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Fecha: 20080817

Título: ¿Cual es el proposito de Jesus cuando realiza milagros?

Original en audio: 18 min. 27 seg.


En mi experiencia, este es uno de los textos del Evangelio que produce mayor extrañeza en muchas personas.

Estamos acostumbrados a pensar en Jesús como un hombre lleno de compasión y misericordia, que está siempre atento a las necesidades de los demás. Y resulta que en el evangelio de hoy hay una persona que tiene una gran necesidad, una persona que está reclamando esa ayuda, y a Jesús lo encontramos particularmente duro, parece que si los discípulos no le hubieran insistido, parece que si esta mujer no hubiera llegado al punto de volverse fatigosa, Él no hubiera hecho esa obra, ese exorcismo a distancia.

Y eso nos parece extraño, porque Jesús usualmente derrama su amor con tanta abundancia, su compasión, su ternura, incluso, por ejemplo con los niños, con los leprosos, con los pecadores, entonces nos preguntamos qué es lo que sucede en el texto de hoy, qué es lo que produce esa diferencia, o sería simplemente que Jesús había pasado mala noche, estaba de mal genio o estaba enfermo y no quería que ya lo pusieran a hacer más milagros ni le pusieran más trabajo, esa explicación parece pobre.

Una primera pista para resolver esta pregunta la tenemos en la primera lectura de hoy, ustedes saben que la Iglesia es supremamente pedagógica, es maestra, la Iglesia es madre y maestra, se habla de cómo los pueblos extranjeros van a venir a la casa de Dios, por ejemplo dice: “A los hijos de una tierra extranjera que se han unido al Señor para servirlo, a todos los que observen el sábado sin profanarlo, yo los conduciré hasta mi santa montaña” Isaías 56,6-7.

Esto es muy importante, porque dentro del judaísmo había la idea que como ellos son el pueblo elegido, ningún otro pueblo podía verdaderamente llegar a conocer a Dios, llegar a recibir alianza con Dios, sellar alianza con Dios.

Entonces, este texto de Isaías que está en el capítulo 56 nos dice que vendrán personas de otras naciones, que no solamente los del pueblo judío podrán acercarse a Dios, sino que también otros, ¿y cuáles son esos otros? Pues esos otros somos nosotros, porque creo que tal vez sin excepción por ejemplo los que estamos aquí hoy, nosotros no venimos de familia judía, nosotros no pertenecemos a la descendencia de Abraham según la carne y la sangre.

Entonces nosotros somos estos extranjeros de los que habló Isaías en el capítulo 56, entonces la tónica general de las lecturas de hoy es: cómo van a llegar los pueblos extranjeros, los pueblos que no pertenecen a la alianza de Moisés, cómo esos pueblos van a entrar a la Alianza con Dios, ¿y esos pueblos cuáles son? los Incas, los aimarás, los aztecas y, por supuesto, los celtas, y los muiscas, y los aborígenes de Australia, y los animistas en Africa, los pueblos todos, la inmensa mayoría de la humanidad en realidad.

Toda esa gente, que somos nosotros, ¿cómo es que nosotros llegamos a entrar en amistad con Dios y en Alianza con Dios siendo que nosotros no pertenecemos a la descendencia de Abraham? ¿Cómo pudimos nosotros llegar?

Ese es el tema del domingo de hoy, y observemos una cosa, esta mujer, la mujer que le pide el milagro a Jesús, ¿qué característica tiene? Vamos a ver, Jesús partió de Genesaret, Genesaret es el lago que queda en Galilea al Norte.

Se retiró al país de Tiro y Sidón, Tiro y Sidón, ya eran países vecinos, aunque el concepto de país, obviamente, era muy difuso o no existía en esa época, pero para que nos entendamos, Tiro y Sidon eran ciudades poderosas, ciudades que pertenecían a los fenicios, no eran entonces parte del pueblo de Dios, no lo eran.

Y esta mujer era una mujer siro-fenicia, ella era una mujer que no sabía de Moisés, que no sabía de la Alianza, que no sabía de mandamientos, que no sabía nada de eso, ella no conocía de esa Alianza, lo que ella sí conocía era que su hija tenía un problema muy grave, lo que ella sí conocía es que su hija estaba sufriendo mucho, y lo que ella sí conocía es que necesitaba ayuda, y seguramente había buscado ayuda en muchas partes.

No es absurdo imaginar que esta mujer había buscado en muchos otros lugares y con muchas otras personas antes de que Jesús apareciera en su vida, muy probablemente ella había ido a los curanderos, a los chamanes, o como se llamaran en ese lugar, a los brujos, a los que invocan espíritus, a toda esa clase de personas que en el mundo antiguo y también en nuestra época ofrecen algún tipo de curación.

Entonces, en la mente de esta mujer, -y esta es la clave-, ¿Jesús quién era? Jesús era otro brujo, Jesús era otro que tenía poderes ya ella había intentado con uno, con otro y con otro, ella había ido a estos grandes sitios seguramente, como la ciudad de Tiro.

Le voy a contar otro detalle: resulta que los fenicios fueron los grandes navegantes en la antigüedad, los fenicios fueron, por ejemplo, los que fundaron la ciudad de Cartago al norte de África, la ciudad que entró en guerra contra Roma, por allá en el siglo III a. de C., esas famosas guerra púnicas, bueno, eso viene de la ciudad de Cartago y Cartago fue una ciudad fundada por los fenicios; pero cuando tú miras dónde está Roma en el mapa, dónde está Italia y el norte de África, y luego te vas hasta Tierra Santa, pues calcula qué calidad de navegantes eran estos, hasta dónde alcanzaron a llegar y aún más allá.

Y destaco que los fenicios eran navegantes para decir que en la ciudad de Tiro, como después pasaría también en la ciudad de Corinto, toda clase de ideas, toda clase de religiones, toda clase de filosofías circulaban, es lo propio de los puertos, en los puertos siempre llegan frescas la ideas, los cultos, las religiones, las filosofías, las distintas formas de meditación, de modo que esta mujer podemos imaginarla yendo de un brujo a otro y de un chaman a un curandero y del curandero a un médico espiritista.

Ella había recurrido a toda esa gama de posibilidades y de pronto le dicen “oye que hay por allí un judío que ha curado una cantidad de gente” ella que no soportaba ver sufrir a su hija, que es muy explicable una mamá que ama a su hija, pues se pone en camino y sale al encuentro de Jesús y se encuentra con Jesús y sucede la escena del evangelio, por congraciarse con El le da un titulo que es de máximo elogio, un titulo bellísimo: “Hijo de David” San Mateo 15,22, esa expresión significa: “Tú eres el Mesías, Señor, tú eres el Mesías, ten piedad de mí”, pero esta mujer está mirando a Jesús como un curandero, está mirando a Jesús como un brujo.

Hay gente que utiliza la religión de esa manera, la religión la miran como un poder, un poder para salirse con la suya, un poder para aplicarlo a sus propios planes y para lograr sus propios intereses, y esta, mis hermanos, esta es la gran diferencia entre la fe y la magia.

La fe consiste en que yo me pongo en manos de Dios, la magia consiste en que yo quiero que Dios quede en mis manos, son dos cosas totalmente distintas. En la fe yo me entrego a Dios y le digo: “Hágase tu voluntad”, como vamos a decir en el Padre Nuestro en unos minutos, esa es la fe: “Yo me entrego a Dios, yo me pongo en manos de Dios” esa es la fe.

La magia en cambio ¿qué es? "A ver cómo le arranco los secretos a la naturaleza"; "a ver cómo logro que las fuerzas del cosmos operen para que yo logre lo que yo quiera, y lo que yo quiero es salud, dinero y amor"; "a ver como consigo que las fuerza del universo me den el hombre que yo quiero o la mujer que yo quiero, que me den el dinero que yo quiero, el éxito que yo quiero".

La magia es ante todo la idolatría de la propia voluntad. Esta mujer viene del mundo de la magia y lo que ella conoce es eso, que uno le tiene que caer bien al curandero o al brujo para que el brujo le haga el favor a uno de conseguirle la salud, el dinero o el amor.

Jesús no responde nada a esta mujer, recordemos que Jesús mira mucho más de lo que suelen ver nuestros ojos, Jesús con su mirada penetra el corazón humano, Jesús se da cuenta qué hay en ese corazón de ella y se da cuenta que ese corazón en ese momento no saca nada y no adelanta nada con conseguir ese favor, porque efectivamente, toda la gente que se pone a practicar espiritismo, horóscopo, brujería y logra lo que quiere, ¿esas personas adelantan algo? Es decir, en el camino verdadero, en el camino de Dios, en el camino de la vida eterna, ¿ganan algo esas personas? Lo único que ganan es que se extravían más, bien dice santo Tomas de Aquino: “El que está fuera del camino cuanto más corre más se pierde”.

De modo que Jesús no quiere que ella lo trate como un curandero, eso no es lo que Él quiere, no es simplemente el sufrimiento, no, los milagros de Jesús, las curaciones de Jesús no son simplemente soluciones al sufrimiento; si las curaciones de Jesús fueran soluciones al sufrimiento, lo que Jesús tenía que haber hecho era lo siguiente: en vez de ponerse a recorrer toda esa Galilea o toda esa Judea, lo que tenía que haber hecho Jesús es pararse en una montaña y decir: “Ordeno y mando que se curen todos los ciegos del mundo”, y ya se curaron todos los ciegos del mundo; y luego decía: “Ordeno y mando que se curen todos los paralíticos del mundo”, y se curaban todos los paralíticos.

Pero Jesús no es un milagrero, Jesús no es una fábrica de milagros, ese no es Jesús, el propósito de los milagros de Jesús no es simplemente aliviar el sufrimiento, eso no es ni lo primero ni lo principal, eso no es lo básico, lo primero y principal es que en el alivio del sufrimiento nosotros descubramos el plan de Dios que no muere.

Porque a ver, si yo tengo por ejemplo una infección en el riñón y le digo a Jesús: “¡Oh Jesús, tú que eres compasivo, cúrame!” Jesús me puede curar de ese problema en el riñón, ¿pero eso significa que voy a tener salud para siempre? Pues no, porque igual si voy al médico de la esquina y me cura de mi problema del riñón un día me voy a enfermar de otra cosa, todos nos volveremos a enfermar y todos nos vamos a morir.

El objetivo de los milagros no es, en primer lugar el sufrimiento, sino en primer lugar expresar un amor que no muere, eso es lo que Jesús quiere con sus milagros, eso es lo que Jesús quiere con sus exorcismos, eso es lo que Jesús quiere con sus curaciones, que nosotros descubramos ese plan de Dios que no muere y que entremos en alianza con El, una alianza que no se acaba, eso es lo que Jesús quiere.

Entonces Jesús sigue caminando y la mujer se da cuenta de que este curandero no es tan fácil de convencer y sigue diciendo y que la ayude y que la ayude. Jesús dice esto: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” San Mateo 15,24, y la mujer hace un acto que es a la vez de profunda humildad y de profunda fe, de profunda humildad, porque Jesús le dice: “Mira, el pan de los hijos no es para los perritos, para los cachorros” San Mateo 15,26.

La palabra "perro" no era tan despectiva en esa época como lo es para nosotros, casi que la palabra perro equivale aquí para mascota o como traducen aquí en el leccionario argentino cachorro. No es una palabra despectiva, no es un insulto lo que Jesús le está diciendo a ella, es como si Jesús dijera, una cosa es la comida de la familia y otra cosa es la comida de las mascotas, algo así, pero aun más leve que eso seguramente.

Y esta mujer hace un acto de humildad, ella dice: “Bueno, si nosotros somos los cachorros, pues cuando cae algo de la mesa, uno también come” San Mateo 15,27, eso es un acto de humildad, pero es sobre todo un acto de fe, porque es reconocer que el mismo pan de Israel es el pan que yo necesito, el mismo pan de la Alianza con Moisés, es el mismo pan que yo necesito.

Y cuando ella dice esa palabra, en donde se unen la fe y la humildad, entonces Jesús le concede el milagro, pero fíjate la palabra que le dice Jesús, no le dice simplemente: “Ya se curó tu hija”, como deshaciéndose de ella, Jesús nunca deja de ser Maestro, mira la frase que le dice: “¡Qué grande es tu fe!” San Mateo 15,28, es decir, es una catequesis en cinco palabras. Es una catequesis es decirle: "Mira, cuando pusiste tu confianza en el Dios de Israel, cuando descubriste que las promesas de Israel son para ti, ahí recibiste lo que querías, ¿te das cuenta de eso?" Esa es la catequesis que le está dando Jesús.

"Lo que a ti te cura no es lo que tú le pagues al curandero, lo que tú le pagues al brujo, lo que tú le pagues al de la astrología, el tarot, las cartas o lo que sea, lo que a ti verdaderamente te cura, lo que verdaderamente cambia tu vida es que tu aceptes al Dios de Israel como lo acabas de hacer, mujer, eso es lo que te ha curado, que nunca se te olvide eso".

Esa es la enseñanza, esa es la preciosa catequesis que le da Jesús a esta mujer y es la misma catequesis que nosotros recibimos hoy: que lo que a nosotros nos trae la salud, es ese Dios, el Dios de la Alianza, porque en la mesa del Dios de la Alianza nosotros hemos recibido el pan de los hijos, a pesar de que no pertenecíamos al pueblo de Abraham.

Bueno, entonces ¿cómo es la enseñanza de hoy? ¿Cómo la resumimos? Bueno, primero, que Jesús no es un curandero, no es una fábrica de milagros; segundo, que los milagros no son simplemente alivio al sufrimiento, sino que son señales de la Alianza nueva con Dios; y tercero, que a esos milagros se llega por virtud de la fe, es decir, cuando uno se reconoce miembro del mismo pueblo de Abraham y reconoce que el Dios de Abraham es el Dios que lo puede salvar a uno, porque la fe es lo contrario de la magia, mientras que en la magia yo quiero tener el poder de Dios en mis manos, en la fe soy yo mismo el que me entrego al poder mismo de las manos de Dios.