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Fecha: 20020818

Título: La misericordia y la fidelidad de Dios son el rostro de su amor

Original en audio: 15 min. 20 seg.


Hermanos:

En la Primera Carta del Apóstol San Juan, encontramos una especie de definición de Dios, ¿qué es Dios? “Dios es amor” 1 Juan 4,8, dice la Primera Carta de Juan; como la palabra amor se gasta tan fácilmente y se utiliza tan mal tantas veces, tenemos que seguir preguntando: ¿y qué significa amor? ¿Qué es amar según La Biblia?

¿Cuál es el amor que Dios nos ha mostrado, y que es tan suyo que podemos decir que Él mismo es amor¡ ¿Cuál es ese amor? Las lecturas de hoy, nos muestran de una manera concreta y bella, cuál es el rostro del amor de Dios.

Ese rostro lo podemos reducir, lo podemos abarcar en dos grandes pinceladas, dos grandes rasgos nos dan el rostro del amor de Dios, y estos dos rasgos corresponden a dos palabras que la Biblia continuamente atribuye a Dios.

Como cosa muy suya, la primera palabra es la palabra misericordia. La segunda palabra es fidelidad. El Amor de Dios no es cualquier amor; no es un amor de bolsillo; no es un amor que podamos gastar con cualesquiera palabras.

El amor de Dios tiene un rostro particular, dibujado por dos grandes rasgos que son: misericordia y fidelidad. La misericordia y la fidelidad de Dios son el rostro de su amor. La primera lectura nos ha mostrado especialmente la misericordia.

La primera lectura es un mensaje a aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel; pero, que sin embargo, quieren acercarse a ese pueblo; quieren unirse a ese pueblo y tienen una esperanza, gracias a la compasión, gracias a la fidelidad.

La primera lectura nos ha presentado el rostro de la misericordia, a través de ese llamado a los que no tenían ningún derecho. Dios muestra especialmente su misericordia, porque Dios tenía un pacto, una alianza, pero ese pacto era con el pueblo de Israel.

Y la primera lectura se refiere y está dirigida, precisamente, a los que no son de Israel, ¿por qué Dios se dirige a estos pueblos que no son otros pueblo sino nosotros mismos? Porque no somos, según la carne y la sangre, raza de Abraham.

¿Por qué Dios nos mira a nosotros? ¿Por qué a nosotros extienden estos bienes, si no somos de la raza de Abraham? La respuesta es: ¡por misericordia! La misericordia de Dios es la que alarga, la que extiende sus promesas más allá de los límites del pacto, más allá de las fronteras de la alianza; sobre nosotros, hermanos, hay una cobija de misericordia.

Sobre nosotros se extiende un designio de misericordia. Dios nos ha mirado con misericordia, por eso estamos aquí, por eso podemos pronunciar su santo Nombre, por eso podemos escuchar su bendita Palabra, por eso podemos adorarlo en la Eucaristía y comer de su propio Cuerpo y de su Sangre, por eso podemos invocar su Espíritu y sentir que nos transforma, porque hay una palabra de misericordia sobre nosotros, una palabra a la que no teníamos derecho, pero una palabra que es eficaz, porque Dios cumple lo que promete.

Y aquí llegamos al segundo término del día de hoy, el segundo aspecto del amor: la fidelidad. Estamos tan acostumbrados a la infidelidad; estamos acostumbrados a que nos prometan y no nos cumplan; estamos acostumbrados a prometer y no cumplir, que necesitamos una piscina, un baño de Biblia, para convencernos que sí hay una fidelidad, que es posible.

Y esa fidelidad, es la fidelidad de Dios. Y el rostro más grande de la fidelidad de Dios aparece, precisamente, con su pueblo, con el pueblo de Israel, como nos ha mostrado San Pablo en este pasaje de la Carta a los Romanos, que se proclamó hoy.

Los Israelitas le dieron la espalda a Dios, pero Dios no le dio la espalda a Israel. Nosotros estamos en un mundo en el que si me traicionan, yo traiciono; si me mienten, yo miento; si me la hacen, me la pagan.

Dios no sigue ese esquema. La fidelidad de Dios se confunde con su misma misericordia, porque es una fidelidad que va más allá de los términos de un contrato o de un pacto.

Y este es el modelo del amor: amar cuando se está recibiendo lo que se esperaba, realmente, no es amar, es negociar; amar cuando las cosas salen según nosotros queríamos, no es amar, es cosechar lo que uno esperaba.

Pero amar cuando el otro da la espalda, seguir amando cuando el otro se cae, permanecer en el amor cuando el otro traiciona, ese es el amor que Dios ha mostrado al pueblo de Israel.

A mí se me ocurre ahora, que Dios en su infinita sabiduría permitió la traición del pueblo de Israel, ese pueblo judío que le dio la espalda y que no reconoció a su Redentor.

Dios permitió esa traición para mostrar a todas las naciones y mostrar a todos los siglos, y todos los pueblos que su amor es invencible, o como dice San Pablo, que "los dones de Dios y la llamada de Dios son irrevocables” Carta a los Romanos 11,29.

Podemos decir, Dios es serio para amar, el amor de Dios no es un juego; el amor de Dios es serio; se puede creer en Él; se puede creer en el amor de Dios; uno se puede sustentar en el amor de Dios. El amor de Dios es el nuevo piso, es el nuevo cimiento después de que el pecado parecía haberlo agrietado todo; el pecado parecía haberlo roto todo, parecía haberlo arruinado todo; pero hay un nuevo cimiento: el amor indestructible de Dios.

El Amor de Dios que no se raja, ¡qué grande es sentir eso! Y la Iglesia quiere que nosotros nos apoyemos, nos paremos, brinquemos, saltemos, nos gocemos en el amor que no se raja, en el amor que no se rompe, en el amor que no se agrieta.

Hace unos días una tragedia enlutó a Bogotá, había una celebración del llamado Festival de Verano, y un grupo de visitantes del parque Simón Bolívar, estaban sobre una tarima en el agua, y se animaron y estaban como saltando, bailando, jugando, o lo que fuera, y se les hundió, se les volteó.

Lamentablemente, tres personas perdieron la vida, no era una base sólida. ¡Feliz el que encuentra el Amor de Dios! Un amor grande, más grande que la Iglesia, más grande; y, un amor firme, más firme que la roca más firme. Ese es el amor.

Amor no es simplemente un sentimiento bonito; amor es esta generosidad que va más allá de lo anunciado; amor es esta fidelidad que permanece, aunque todo se derrumbe.

Ese amor tiene un orden y eso fue lo que mostró Cristo en el evangelio, puesto que se habían hecho unas promesas a la Casa de Israel, lo primero era cumplir esas promesas, y por eso Cristo dice: “Un momento, es que yo no soy un curandero, yo vine a cumplir las promesas de Israel”.

Pero la mujer, a fuerza de humildad y a fuerza de fe, se volvió israelita en un minuto; ella se hizo Israelita con su acto de confianza total, con su abajamiento, y Dios elogió la fe de esa mujer y le otorgó lo que ella pedía. Ahí también hay enseñanza para nosotros: la puerta de la misericordia está abierta a todos, pero el que quiera entrar rápidamente, frescamente por esa puerta, sabe que necesita dos cosas: humildad y fe, como mostró esta mujer.

Hermanos, ahora que sabemos que así es el amor, ¿qué podemos decir para nuestra vida? ¿Cómo podemos aplicar esta palabra a nuestra vida? Pues yo solamente tengo que repetir lo que he dicho sobre el amor: Dios es serio para amar; Dios nos ama con seriedad.

Y eso significa que "uno que ha nacido de Dios" 1 Juan 3,9, como dice la Primera Carta de Juan; uno que ha nacido de Dios, tiene que ser serio para amar.

Traduzcamos esto a una pregunta: ¿somos serios para amar? ¿Somos serios en el amor? Pero Dios además es misericordioso. La misericordia va más allá de la conveniencia de los pactos: "Doy para que me des"; "el doy para que me des", es un negocio.

El amor va más allá. Traduzcamos esto a nuestra vida con una pregunta también: ¿a quién amas que no te ame? Si la respuesta es, como dicen en matemáticas, el conjunto vacío, ¡cuidado! ¡Estás muy lejos de Dios!

"-¿A quién amas que te haya decepcionado? "-A no, si me decepcionan, yo dejo de amar; si me traicionan yo corto el amor". "-¿A quién amas que no te ame? ¿A quién amas que te haya dejado de amar? ¿A quién amas que no te ponga cuidado? Y sobre todo, ¿eres serio en el amor?" ¿No les parece, mis hermanos, que con estos criterios podemos renovar prácticamente todo en el mundo?

Traigámosle seriedad al amor, ¿y qué va a suceder con los noviazgos? ¿Qué va a suceder con los matrimonios? ¿Qué va a suceder con las amistades? Traigámosle generosidad al amor; ¿y qué va a suceder con los pobres, con los desplazados, con los marginados, con los ancianos, con los enfermos? Generosidad en el amor; seriedad en el amor para que nuestro amor se parezca al amor de Dios.