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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20080810

Título: Nuestra paz comienza cuando reconocemos que Dios es indestructible y ponemos nuestra esperanza en El.

Original en audio: 18 min. 22 seg.


Como hemos destacado en otras oportunidades, es una buena idea buscar un hilo conductor en las lecturas. Estas lecturas que nos ofrece la Iglesia, especialmente el domingo, no son escogidas al azar sino que van recorriendo paso a paso la vida de Cristo, el ministerio de Cristo.

Nos van enseñando por eso mismo a mirar al Hijo de Dios, para descubrir en Él nuestra salvación, para afirmar en Él nuestra fe. Hoy, por ejemplo, la primera lectura y el evangelio nos hablan de esa tranquilidad, nos hablan de esa paz que Dios puede dar.

Elías es el protagonista de la primera lectura, un profeta que tuvo que vivir tiempos muy difíciles, porque la mayor parte de su gente había traicionado la fe de los mayores, había traicionado la Alianza, esa alianza que se selló con Moisés.

Le habían dado la espalda a Dios y Elías había quedado solo, y no únicamente en esa angustia de la soledad, sino en la angustia de la persecución. Detrás de todos los tormentos, de la tribulación de Elías, estaba una mujer, Jezabel, que logró eficazmente implantar la idolatría en Israel.

Por supuesto, ella detestaba con todo su corazón lo que pudiera recordarle a la gente que había una alianza con Yahvé, una alianza con el Dios de Moisés. Y por eso ella odiaba a muerte a Elías.

En la práctica Elías tuvo que salir como fugitivo. No teniendo a dónde ir, se fue precisamente al monte de la Alianza, el Monte Horeb, y allí sucedió lo que encontramos en el texto de hoy.

Elías en su cueva, encerrado, buscando cómo sobrevivir, recibe una visita de Dios y es una visita que trae un mensaje de paz. Es decir, está toda esa tormenta de tribulación, de dolor que asfixia; está toda esa angustia y luego la presencia de Dios que restaura, que devuelve la paz.

En el evangelio hay otra clase de tormenta, mucho más parecida a lo que significa esta palabra en nuestro idioma. Se trata de una de esas tormentas del Mar de Galilea, también conocido como Mar de Tiberíades o Genesaret: son nombres distintos para esa porción de agua.

En el Mar de Galilea son famosas esta clase de tormentas. Los que conocen la geografía del lugar, cuentan cómo de un momento para otro se desencadenan viento, lluvia torrencial, aguas encrespadas, que hacen sentir que el abismo se abre ante tus pies. Y con la misma presteza desaparece también la tormenta, volviendo a quedar todo tranquilo.

En medio de esa tormenta están los discípulos: están angustiados. Y en medio de la tormenta se acerca Jesús. Sabemos lo que sucede: Jesús trae la tranquilidad, Jesús trae la paz a esta barca de los discípulos, y la tormenta cesa.

Es decir, que en principio el mensaje de hoy es un mensaje de paz, es aquella paz que se puede encontrar únicamente en Dios. Si nosotros tal vez estamos atravesando tormentas, que creo puede ser el caso de más de uno de los que estamos aquí, la Biblia nos está invitando, la Palabra nos está invitando el día de hoy a buscar nuestra paz en el Señor, a saber que solamente fundados en Él podemos encontrar ese sosiego, podemos encontrar esa estabilidad.

Fue San Agustín quien dijo famosamente: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, está desasosegado mientras no descanse en ti".

Hay que encontrar a Dios para encontrar esa paz. Y claro, nosotros nos preguntamos cómo es que Dios puede darnos la paz si Dios no nos va a pagar las deudas que tenemos. Y las deudas nos angustian.

A veces tenemos una enfermedad, y el hecho de que creamos en Dios no significa que esa enfermedad va a desaparecer automáticamente, aunque hay milagros, pero no es que vaya a suceder todas las veces.

O quizás tenemos esa otra clase de angustia cuando vemos los conflictos, las peleas, la dureza, el odio. Ahora mismo creo que muchos de nosotros estamos preocupados si dirigimos nuestra mirada hacia Oriente. Porque, acaba de despuntar un conflicto armado entre Rusia y la nación de Georgia.

Y ya hay muertos, ya hay aviones que se envían, ya el Parlamento de Georgia declaró guerra a Rusia. Y no sabemos de qué tamaño va a ser ésto. Pedimos a Dios que tenga compasión de esas dos naciones; pedimos a Dios que éso no vaya a ser el comienzo de una conflagración más grande.

Entonces, también ahí uno dice: "Bueno, con Dios o sin Dios, tengo que pagar mis deudas. Con Dios o sin Dios, me voy a enfermar. Con Dios o sin Dios, hay guerras, hay odio. Con Dios o sin Dios, pasamos por tristezas".

Y de pronto alguien podría preguntar con escepticismo o con cinismo: "¿De qué va a servir creer en Dios si de todas maneras esas cosas nos suceden? ¿De qué sirve ese creer en Dios?" Y es una pregunta que no tiene respuesta fácil.

Sin embargo, sí quiero decir algo al respecto. Es verdad que los creyentes y los no creyentes nos enfermamos, o tenemos quiebras en nuestros negocios, caemos en la bancarrota, sufrimos disputas, hay enfrentamientos, hay familias que se destruyen: mil cosas que nos pasan.

Pero, Dios nos ayuda de muchas maneras y nuestra fe es una roca muy firme. Vamos a ver por qué. Lo primero es que quien no ha encontrado a Dios, tiene algo puesto en el lugar de Dios. Y cualquier cosa que tú pongas en el lugar de Dios, incluso si te pones tú mismo, se te puede acabar, se te puede hundir.

En cambio, ese Dios en el que nosotros creemos, ese Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos, a Él nadie lo puede destruir. Éso ya es un ancla muy firme, éso ya es una roca muy fuerte.

Incluso si destruyen mi dinero, si destruyen mi salud o si acaban con mi vida, no pueden acabar con el Dios en el que yo creo, y éste es el mensaje que han dado los mártires a través de los siglos.

Es una cosa fascinante ver cómo apoyados en esa fe fueron capaces de superar los tormentos y a la muerte misma. Es impresionante caer en cuenta de que el cristianismo, nuestra fe, creció a contravía.

Si tú vieras que hay un partido político y que están matando a la gente de ese partido, ¿entrarías en él? Si tú ves que hay un sindicato y todos los de ese sindicato son apresados y torturados, ¿te meterías a ese sindicato?

Y no obstante, la gente viendo que los cristianos eran perseguidos y arrojados al circo para ser devorados por las fieras, pedía bautismo porque sentía que esos hombres y mujeres que podían llegar hasta ese extremo, habían encontrado algo más firme que andar buscando el dinero, o el poder, o la belleza, o cualquier otra cosa.

Luego, el Dios de la Alianza, ese Dios que buscó Elías, el Dios que levantó a Jesús de entre los muertos, ese Dios indestructible, en Él tengo puesta mi esperanza, a Él no lo destruyen. Y en ese sentido comienza nuestra paz.

Por supuesto que si todos los valores de mi vida están, por ejemplo, en tener placer, cuando se me pierde la capacidad del placer, pues, no queda nada sino el suicidio, la muerte. Pero, si mi vida está puesta en Algo, está puesta en Alguien que no puede ser destruido, entonces mi vida es más fuerte que éso, porque éso no me lo pueden acabar.

Dios nos da también, -y ésta es otra fuente de paz-, una razón más profunda: le da lo que se llama un sentido al sufrimiento.

Uno de los personajes que yo más admiro en el mundo de la ciencia, se llamaba Richard Feynman, un gran físico norteamericano, un genio, con un cociente intelectual superior, un talento maravilloso especialmente para los difíciles problemas de la mecánica cuántica.

Richard Feynman fue un gran hombre. Pero, cuando llegó el momento de su enfermedad, la enfermedad que lo llevó a la muerte, lo único que él podía decir de la enfermedad y de la muerte, es: "Es aburrido estar enfermo, es aburrido morirse".

Él no le podía encontrar otro sentido a su enfermedad, no le podía encontrar otro sentido a su sufrimiento. Lo único que él podía decir del sufrimiento, es: "¡Ésto es muy aburrido!", a pesar de toda esa inteligencia.

Yo, por supuesto, deseo que Dios haya tenido compasión de este hombre al que repito, admiro y aprecio mucho: Richard Feynman. Mas, fíjate cómo enfrentado con un problema de ésos, no puede ver otra cosa sino únicamente: "¡Ésto es aburrido!"

¡Qué distinta es la condición de los que sufren teniendo a Dios! Y ésto se ve mejor en los ejemplos. Un joven sacerdote español, llamado Luis de Moya, estaba visitando a sus papás hace unos cuantos años. Él iba en su automóvil o coche, como llaman en España, y hasta ahí se acuerda.

Cuando se despertó le contaron que se había dormido al volante, que se había salido en una curva. El coche había dado varias vueltas, el hombre se había fracturado el cuello y por consiguiente había quedado cuadrapléjico.

Tiene movimiento y sensibilidad en la cara, cuello, cabeza, pero no tiene sensibilidad ni capacidad de movimiento, ni en sus manos ni en sus piernas. Es un hombre joven, con toda una vida por delante y se encuentra de pronto en esa condición de la cual lo único que uno puede decir, es: "¡Dios nos libre que nos vaya a pasar una cosa de ésas!"

Ese hombre, Luis de Moya, se ve enfrentado a una situación de extremo absurdo y sufrimiento que parece no va a acabar nunca porque es una persona joven. Sus demás sistemas funcionan bien; es decir, aparentemente tiene muy buena salud. Pero, lo único es que está cuadrapléjico, tiene que ser llevado a todas partes, y debe la gente tener cuidado de él.

Sin Dios, sin una razón, lo único que uno puede decir, es: "Esto es muy aburrido, denme una pastilla, inyéctenme algo, mátenme, se acabó este circo". ¡Es lo único que uno puede decir sin Dios!

Luis de Moya, al cual ustedes encuentran en Internet, tomó una decisión diferente. Ustedes pueden visitar a Luis de Moya en esta página: así como se oye en una sóla palabra, con la letra ye por supuesto, luisdemoya, todo seguido, punto org. Es muy fácil de recordar: luisdemoya.org.

Resulta que toda la gente cree que cuando se va a encontrar con un cuadrapléjico, va a encontrar sólo una historia de tristeza, depresión, amargura, quizás blasfemia. Pero, tú te encuentras con Luis de Moya y hallas una persona que tiene una inteligencia tan aguda como siempre, que tiene un carácter amable y que tiene incluso muy buen humor.

Y por supuesto que ésto impacta a la gente. Por supuesto que la gente cuando se encuentra con un cuadrapléjico que no es amargado sino que al contrario ofrece su sufrimiento por la conversión del mundo, que sabe que puede utilizar su inteligencia, su palabra para evangelizar, cuando la gente se encuentra con él queda impactada.

Así que, Luis de Moya, este sacerdote español, se hizo el siguiente razonamiento: "-¿Qué era lo que yo quería hacer cuando entré de sacerdote?" "-Pues, que la gente se acercara a Dios". "-¿Y qué estoy consiguiendo desde esta silla de ruedas, postrado? ¿Qué estoy consiguiendo?" "-Que cada persona que me conoce se asombra de lo que Dios ha hecho en mí y muchos se convierten". "-Entonces, ésto no era lo que yo me imaginaba de mi sacerdocio, pero ésto es lo que ha producido maravillas en mucha gente".

Sin embargo, para poder ver las cosas así, uno tiene que tener a Dios en el corazón. Porque, si uno no tiene a Dios, lo único que puede decir es lo que dijo Richard Feynman con toda su inteligencia: "¡Qué aburrimiento tan terrible estar uno así! ¡Qué aburrimiento! ¡Qué aburrimiento!"

Y por ahí se llega al camino de la eutanasia: "Me aburro tanto que por favor mátenme, porque es mejor estar muerto que aburrido".

Por lo tanto, ahí nota uno que quien tiene a Dios ve mucho más, porque Dios se mueve por caminos misteriosos, porque Dios muchas veces nos da regalos que no sabemos encontrar, que no sabemos valorar.

Detrás de las historias, o mejor, en las historias de muchos santos, hay casos como éste. Otro español, -no porque esté Pepe aquí estoy dando yo sólo ejemplos de españoles-, otro español, Ignacio de Loyola, se encontró con Dios y fundó la Compañía de Jesús, nuestros queridos jesuitas, los fundó a raíz de una experiencia trágica: meses y meses y meses de convalecencia por unas heridas de guerra.

La persona que tiene a Dios es capaz de cumplir lo que dice el salmo: "Ese quedarse un momento en silencio y reconocer que Dios es el que es". En inglés lo dicen bellamente: "Be still and know that I am God" Salmo 46,10.

Quédate un momento en silencio, aprende a reconocer los caminos del Señor y descubrirás que Él está obrando. Pero, tienes que dejar de gritar, tienes que dejar de vociferar y quejarte: "¡Ay, pobre de mí! ¡Ay, todo lo que me sucede!"

Quédate un momento en silencio, entra en tu corazón, pídele al Señor que te ayude a leer de otra manera tu tormenta, tu angustia, tu aburrimiento, y descubrirás que tal vez los momentos más difíciles son también los momentos más fecundos.

En medio de la tormenta los discípulos pudieron encontrarse con Jesús. Fue esa tormenta hasta cierto punto la que sirvió de ocasión para que Jesús se mostrara a ellos de la manera como lo hizo.

Así también nos sucede a nosotros. Muchas veces en lo peor de la tormenta es cuando mejor podemos descubrir el poder soberano y la ternura exquisita de Jesucristo.

Sigamos esta celebración. Yo solamente dejo, -para no alargarme más-, solamente dejo a consideración de ustedes esta actitud de Pedro. ¿No será que somos como Pedro nosotros? ¿No será que a veces miramos tanto la furia del viento que se nos olvida mirar a Jesús?

Fíjate que Pedro empezó a hundirse cuando dejó de mirar a Jesús. Cuando empezó a mirar: "¡Uy, qué viento!¡Qué viento!¡Qué viento!", ahí empezó a hundirse porque dejó de mirar a Jesús, porque apartó sus ojos de Jesús.

Que nuestra mirada no se aparte de Él, que nuestra fe no se aparte de la roca, y que podamos también cosechar los frutos de vida eterna que esa fe nos promete.

Amén.