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Fecha: 20110731

Título: La misericordia de Dios es inagotable

Original en audio: 4 min. 43 seg.


Como suele ser lo más común, lo más normal en los domingos, la primera lectura y el evangelio tienen una grande y visible coincidencia en esta ocasión. Pero antes de seguir, ¡feliz domingo! ¡Feliz día del Señor!

Si uno aprende a vivir el domingo, si uno aprende a alegrase por la victoria de Cristo, se hace cada vez más cristiano, porque ¿sabes una cosa? Sin alegría es muy difícil vivir la fe, de hecho, sin alegría es muy difícil vivir, sin alegría uno lo que siente es que está sobreviviendo; en cambio la alegría nos permite vivir la vida como un regalo, recibir la existencia como el primero de todos los dones. Y nuestra existencia se ha vuelto valiosa, gracias a Jesús, gracias a su resurrección, gracias a su palabra y al don de su Espíritu.

Hoy por ejemplo tenemos el pasaje tan conocido de la multiplicación de los panes, un pasaje que es toda una catequesis, y esto significa que puede leerse y apreciarse desde distintos ángulos. Permíteme compartirte uno.

Los discípulos se acercan a Jesús y le piden que despida a la gente, ¿no te parece sospechosa esta petición? ¡Qué contraste tan grande entre Jesús y sus discípulos! Nos dice San Mateo, en este capítulo catorce, que Jesús se compadece de la gente, y yo pregunto: cuando los discípulos dicen "despídelos para que vayan y se compren algo ellos" San Mateo 14,15; "despídelos para que ellos resuelvan su problema"; "despídelos para que nosotros podamos descansar de ellos". Jesús está educando a sus discípulos, pero bien se ve que falta mucho camino por recorrer.

¡Qué distintas las entrañas de Jesús y las de estos hombres! Y Jesús les responde: "Dadles vosotros de comer" San Mateo 14,16. Es decir, inmediatamente los confronta con su propia dureza, con su propio egoísmo; porque en el fondo la preocupación de ellos no es la gente, la preocupación de ellos está en el descanso que necesitan, y es comprensible que lo pidan, y sobre todo, en que quieren por fin sentarse, reposar, tener sus alimentos para ellos.

Yo quiero destacar que la petición de los discípulos es muy razonable, es perfectamente humana, si queremos decirlo así, y además, es seguramente lo que también nosotros pediríamos. Después de esas jornadas agotadoras, después de horas y horas de enfermos, y posesos, y paralíticos, y ciegos, y sordos; después de ese interminable desfile de la miseria humana, pues lo que queda es agotamiento, fatiga, están extenuados los discípulos, como seguramente estaríamos también nosotros.

Pero he aquí o maravilloso: si la miseria humana parece no agotarse, la misericordia de Cristo es también inagotable. Tenemos un Dios que alcanza y supera la medida de nuestras miserias, y tenemos un Dios que nos pone delante ese espejo de generosidad para que veamos nuestros egoísmos y para que demos un paso, el paso decisivo que le permite luego a Dios multiplicar con amor lo poco o mucho que podemos darle.

Es la hora de reconocer a Jesús, es la hora de reconocer quiénes somos y es la hora de poner en sus manos eso que somos.