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Fecha: 20020728

Título: “Los que aman a Dios”

Original en audio: 19 min. 14 seg.


En la liturgia del domingo la Iglesia nos propone tres lecturas, la primera seguida de un salmo de respuesta. Casi siempre hay una relación más o menos clara entre la primera lectura y el evangelio; pero la segunda lectura abre otro tema, abre un tema distinto, va por otro lado.

Yo no sé si esa liturgia cambiará en un futuro, tal vez sí y se organicen las lecturas de otra manera, porque casi siempre la experiencia que uno tiene como predicador es que uno toma la primera lectura y el evangelio, que son las que van relacionadas.

Y la segunda lectura, que con mucha frecuencia es una Carta Apostólica, a menudo de San Pablo, se queda sin predicación. Hoy por lo menos vamos a tratar de subsanar un poco esa deficiencia, y vamos a centrar nuestra atención en la segunda lectura, en este caso tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, es un texto breve pero increíblemente denso, que trae a nuestra consideración temas profundos, trascendentales.

“Sabemos que los que aman a Dios todo les sirve para el bien” Carta a los Romanos 8,28. Uno oye esa frase y siente gozo y siente preguntas.

Gozo por la esperanza de que todo encuentre su lugar en el plan que Dios tiene en nuestra vida, pero también preguntas: “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien” Carta a los Romanos 8,28, ¿entonces para otras personas es distinto? ¿Qué tiene que ver nuestro amor con que todas las cosas nos sirvan para el bien?

Ese es un tema, por ejemplo, la manera cómo Dios integra en nuestra vida todo lo bueno y lo malo, lo que hacemos y lo que hacen con nosotros, lo que nos pasa y lo que nosotros hacemos que nos pase. Ese sería un tema hermoso en este día.

Y luego está el otro tema de la predestinación: “A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo” Carta a los Romanos 8,29. ¿Cómo es esto de la predestinación que ha dado tanta discusión, tanto espacio de discusión en la Iglesia?

La reforma protestante tuvo su primera división fuerte precisamente por este tema de la predestinación. Los calvinistas son rígidamente predestinacionistas, mientras que otros confesiones, luteranos y los nacidos de los luteranos, no tienen esa misma postura. Y luego eso se retrata también en nuestro tiempo. Si ustedes, allá en su lugar, tienen grupos protestantes, un día por curiosidad hagan esta pregunta: ¿una vez salvos, siempre salvos? ¿Se puede perder la salvación?

Los grupos protestantes están divididos a ese respecto, hay unos, los de tendencia más calvinista o de influencia más calvinista dicen, “no señor, la salvación nunca se pierde”, porque el haber aceptado a Jesucristo es señal de estar predestinado, según el texto del capitulo octavo de la Carta a los Romanos.

Otros, en cambio, dicen que no, que la salvación sí se puede perder, porque hay otros textos como la Carta a los Hebreos que nos hablan de quienes aceptaron, pero luego dieron la espalda, apostataron de la fe.

Ese otro tema es, en términos teológicos, de muchas discusiones, pero en términos de espiritualidad y de edificación en nuestra fe, también tiene mucho que darnos. Y luego la secuencia, esa escalerita que nos pone San Pablo: “A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; y a los que justificó, los glorificó” Carta a los Romanos 8,30, y ahí falta el primero: a los que había escogido.

O sea que los verbos completo son: “los escogió, los predestinó, los llamó, los justificó y los glorificó”; esa escalera que describe como la obra de la gracia hasta la gloria, es muy linda también y trae muchas esperanzas, como mucho consuelo al corazón, y a la vez, nuevas preguntas para quienes amen la Teología.

O sea que fíjate, que en esos tres versículos, nos salen como tres temas, todos profundos, todos muy densos en la enseñanza del Apóstol San Pablo. Por ahora dejemos el tema de la predestinación en segundo lugar, y dejemos esa escalera de verbos, el camino de la gracia en nuestra vida.

Elección, predestinación, llamado, justificación y glorificación, dejemos esos dos temas o sea el segundo y tercero de la enumeración que yo hice y tratemos, con el auxilio que nos de el Espíritu Santo, de centrarnos en el primer versículo apenas: “A los que aman a Dios todos les sirve para el bien a los que ha llamado conforme a su designio” Carta a los Romanos 8,28.

¿Qué podemos observar en estas frases? Y yo creo que esto cubre la lectura de hoy, que estos enunciados están puestos así como en abstracto, como en general, pero a esto se llega mirando al pasado, estos son descubrimientos que uno hace cuando uno recupera delante de Dios lo que ha sido la historia de la vida de uno.

Estas palabras no se entienden bien en el presente, no se entienden, desde luego, hacia el futuro, a menos que las leamos en clave, de simple confianza, de abandono en Dios, pero adquieren su significado, su carne, la adquieren del pasado; estas palabras sólo uno las entiende leyendo el pasado de uno a la luz de Dios.

“A los que aman a Dios todo le sirve para el bien” Carta a los Romanos 8,28. De manera que tomemos esta frase no como un enunciado dogmático, no como un problema teológico sino como el resumen de una experiencia de vida que hace el Apóstol que ha visto en la vida de otras personas y que nos invita a que nosotros mismos hagamos. Son palabras que nos invitan a recuperar nuestra historia delante de Dios.

“Todo sirve para el bien" Carta a los Romanos 8,28, es un pensamiento que al mismo tiempo es un homenaje a Dios y es una fuente muy grande de paz para el hombre; todo sirve para el bien, todo.

El rechazo a nuestra historia es como el rechazo a nuestro cuerpo, o como el rechazo a nuestra familia, o como rechazo a nuestro tiempo. Rechazar lo que nosotros hemos sido, es tanto como rechaza la nariz que a uno le tocó, o las orejas, que si uno es rodilli-junto y pati-apartado.

Rechazarse es la mejor manera de no entenderse y no entenderse es la mejor manera de vivir en conflicto. El que no se entiende, el que no se acepta y, por consiguiente, tampoco se ama, vive en conflicto consigo mismo y, por consiguiente, siempre estará despertando conflicto hacia afuera o avivando el conflicto ahí donde lo encuentre.

El que está en guerra consigo mismo no puede tener paz con los demás, porque cualquier cosa que hagan los demás, va a apoyar a uno de los dos bandos en donde la persona está dividida por dentro, y así nunca puede haber paz.

“Todo sirve para el bien” Carta a los Romanos 8,28. Este descubrimiento no se le puede economizar al alma humana. Cada uno tiene que hacerlo en sí mismo: ¿cómo me pudo servir para el bien tal o cual cosa? Pues no sé, no tengo una respuesta en este momento, pues me pongo delante de Dios, le pido su luz, le pido a su Espíritu, que me dé sabiduría, y voy encontrando.

Dicen que el ejemplar que tenía San Agustín de la Carta a los Romanos, ejemplar anotado por pluma del Santo aquí, agregaba: “A los que aman a Dios todo”,-y agregaba aquí-: también los pecados”. Porque al decir “todo”, no quedó excluido eso.

Realmente esta frase suena muy novedosa, pero empata con una cantidad de expresiones que ya estaban en el Antiguo Testamento, por ejemplo, eso que dice el Salmo 119, este Salmo largo a la Ley de Dios, donde dice: “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos” Salmo 119,71. Es esta misma idea que aparece en la experiencia de Job: “Yo antes te conocí de oídas, ahora te han visto mis ojos” Job 13,1, es esta misma experiencia.

Lo que dice otro Salmo: “Gustad y veréis, saboread cuán suave, cuán bueno es el Señor” Salmo 33,9, es decir, es la experiencia. Otro Salmo también nos expresa una realidad parecida cuando dice: “Unos confían en sus carros, otros en sus caballos, nosotros esperamos en el Señor” Salmo 20,7.

Y en otra parte dice: “Señor, ya no nos va a salvar Asiria: Egipto no cuida de nosotros, ya no volveremos a poner nuestra esperanza ni en los carros ni en los caballos” Oseas 14,3.

Eso también tiene que ver con esto, es decir, es una experiencia que acompaña al pueblo de Dios y es una experiencia que cada uno de nosotros tiene que hacer. Dios está escribiendo su historia conmigo, Dios está escribiendo su historia en mi vida. Al leer mi vida encuentro que, pobreza, enfermedad, tentación, soledad, incluso pecado, tienen un lugar.

Y cuando hago ese descubrimiento iluminado por la Palabra, iluminado por el Espíritu, entonces siento paz con mi pasado y siento un homenaje de alabanza a Dios.

Bueno, nos queda por comentar algo sobre eso que dice aquí: “Los que aman a Dios” Carta a los Romanos 8,28, uno como que quisiera corregir la Biblia, pero así está tal cual.

Y no faltaba en el texto griego uno como que quisiera que dijera: “Sabemos que a los que Dios ama todo les sirve para el bien”, pero no, realmente el texto lo que dice es: “Los que aman a Dios” Carta a los Romanos 8,28.

Bueno, de pronto un comentario que se puede hacer es que el amor a Dios es el que despierta la inteligencia para leer la historia; es el amor a Dios. A ver, ahí hay como una circularidad, amamos a Dios porque Él nos amó primero, entonces parece que el proceso es: Dios me amó primero, yo descubro en algunas cosas de mi vida ese amor, y despierto el amor hacia Él, en la medida que va creciendo el amor hacia Él.

Entonces, tercer paso: se ilumina mi historia y empiezo a ver que hay más señales del amor de Él, entonces me vuelvo a Él con un amor más grande y entonces recibo más luz; y vuelvo sobre mi historia y la encuentro más iluminada. Parece que ese proceso, esa circularidad es el secreto que está en Romanos 8,28.

Porque fíjate lo que dice: “A los que ha llamado conforme a su designio” Carta a los Romanos 8,28, en plena concordancia con lo que dice la primera Carta de Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” 1 Juan 4,10.

Entonces, parece que el círculo que se establece es ese, yo descubro, de pronto por alguna circunstancia, en alguna predicación, en una oración, en un momento de angustia, en un retiro, descubro el amor de Dios; me vuelvo hacia Él con amor, ese amor ya me introduce en este versículo: “Los que aman a Dios” Carta a los Romanos 8,28.

Con ese amor hacia Él se ilumina mi historia y descubro que yo me di cuenta de que Él me amaba en un punto de mi vida, pero hay muchos otros puntos que ya me parecen luminosos.

Entonces descubrí esos otros puntos y me vuelvo hacia Él con mayor alabanza y gratitud y recibo una luz más grandes que me hace sentir, haga de cuenta esas líneas de la geometría y de la matemática, que hay muchos más puntos luminosos, y entonces me siento mucho más amado y vuelvo hacia Él con mayor gratitud y mayor alabanza, hasta llegar a esta línea.

Esta es una línea de luz, de pronto siento que toda mi vida es una sola línea de luz que está toda acompañada, toda embellecida, que está toda sostenida por el amor, entonces digo con San Pablo: “Todo sirvió para el bien”. Ese todo es cuando ya se me completa la línea, cuando ya digo verdaderamente: “Me amaste siempre, Señor”.

Y ya ahí sí la persona se derrite de amor y ahí es cuando salen esas expresiones de los santos, como Santa Teresa de Jesús cuando dice: “Dadme muerte, dadme vida, honra o deshonra, ¿qué mandáis hacer de mi?” Ya está bien, me perdí, ya no tengo nada que pedir, ya sé que estoy en tus brazos, ya sé que siempre me amaste, ya sé que tú eres todo para mí.

San Francisco postrado pasando la noche: “Mi Dios y mi todo”. Francisco, en el comienzo mismo de su vida espiritual, ya tuvo una sensación muy intensa de esto: “Mi Dios y mi todo”, y se pasaba la noche, dicen lo que estuvieron con él, -no sé si dormirían los que estaban con él, por turnos seguramente-, pero cuentan que decía: “Mi Dios y mi todo”.

Él sentía que su vida era una línea de luz, que estaba lleno por Dios, y entonces ahí es cuando la persona se regala a Dios y dice: “Mire, lo que quiera, como quiera y cuando quiera, por el motivo como usted lo quiere”; ahí es cuando estamos verdaderamente en el Señor.

Que Dios nos ilumine para otra ocasión abordar el tema de la predestinación. Estamos en el ciclo A, entonces quedemos de encontrarnos, por favor, el domingo 17 del ciclo A dentro de tres años para predicar, porque como esto casi nunca se predica, en tres años, Dios mediante, nos encontramos para predicar sobre la predestinación.

A ver qué podemos decir sobre la predestinación, cómo nos iluminará Dios en ese momento. Tenemos tres años para documentarnos y para orar, a ver qué es eso de la predestinación, por ahora sabemos que hay una circulación, una circularidad del amor que me permite ir entre los puntos de luz que voy encontrando, y la fuente de luz que es Dios, y cada vez siento que mi vida está más llena.

Una anécdota pequeñita personal, para acabar. Con frecuencia le pasa a uno que le pregunten que de dónde le salió la vocación, y el otro día me daba risa conmigo mismo, porque cada vez que me hacen esa pregunta tengo que remontarme más atrás en el tiempo.

Cada vez descubro que el momento en el que yo concientemente dije: “Sí, dominico, sacerdote”, ese momento lo dije yo en una determinada hora y en determinado día, eso lo dije en un 30 de noviembre de 1984 como a las nueve y media de la noche, en viernes; ese fue un punto, pero ese punto estaba preparado por muchos otros puntos.

De manera que cuando yo recorro mi historia vocacional digo: “No, pero eso ya venía desde antes, si el 15 de agosto del 80 ya había sucedido otra cosa”, pero luego me devuelvo y digo: “No, pero si en noviembre del 75, acuérdese de lo que me pasó”, y luego me devuelvo y digo: “Pues sí, señor, y digo: "Si en octubre del 72…”.

Es decir, es una manera de contarles, que aunque es de una manera rudimentaria, yo creo que esto es verdad, que a uno se le va como iluminando la vida y uno va descubriendo: “Oiga, sí, verdaderamente me amó y verdaderamente me escogió”, no voy a decir me predestinó, hoy me tiembla el pulso para decirlo, pero sí voy a decir: ¡qué maravilla!

Sí, hubo uno que sí sintió que lo había predestinado, que se llama Santo Domingo de Guzmán, cuando tuvo esa experiencia con los Apóstoles Pedro y Pablo y le dijeron: “Tú ve y predica, que para eso, para eso has sido enviado”.

Démosle gracias a Dios por Santo Domingo, y pidámosle a Dios que ilumine toda nuestra vida, hasta que sintamos que es una sola línea de luz para la gloria del Padre.