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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960728

Título: Habremos encontrado el Evangelio cuando encontremos un Amor del cual no vamos a ser duenos sino que sera nuestro Dueno.

Original en audio: 8 min. 27 seg.


Jesús utiliza comparaciones sencillas para decir cosas profundas. Porque, a veces lo más profundo es también lo más sencillo. Y a veces buscamos muy lejos lo que está muy cerca, para terminar encontrándolo pecisamente ahí donde siempre estuvo.

Nos va hablando Jesús del Reino de Dios, porque ésa es la vida de Él: anunciar e instaurar el Reino de Dios; es decir, que Dios reine. Y para darnos a entender qué es el Reino de Dios, utiliza parábolas, narraciones, comparaciones.

Hoy, por ejemplo, nos habla de un hombre que encontró un campo, un tesoro en un campo, y nos habla de un comerciante que buscaba perlas finas.

Yo quiero empezar con ese comerciante. Porque, un ejercicio bien bonito es pensar que éso se dio después de donde termina la parábola. Es un ejercicio para la imaginación.

Pensemos en ese comerciante. Si es comerciante, compraba y vendía: ésa es la definición del comerciante. Pero, mientras compraba y vendía, buscaba: éso significa que nada de lo que compraba terminaba de satisfacerlo, y todo lo que vendía había dejado de llenarlo.

¡Compraba y vendía! Compraba porque seguía buscando y vendía porque todavía no encontraba. Cuando se encontró con esta perla fina, dejó de comprar y vender. Hizo una compra definitiva: fue y vendió todo lo que tenía y la compró.

Mientras era comerciante no compraba todo lo que necesitaba ni vendía todo lo que tenía. Mientras era comerciante adquiría algunas cosas y perdía algunas cosas. Cuando apareció esta Perla lo perdió todo y lo ganó todo.

De modo que la diferencia entre esta Perla y las que él había obtenido antes, es una diferencia no sólo de cantidad sino de cualidad o incluso de decencia. Se trata de algo totalmente distinto.

Por fin este hombre deja de comprar y vender. Ya no tiene que comprar más porque ya encontró lo que quería, y ya no tiene que vender más porque ahora sí él sólo tiene una cosa que es su Perla, precisamente la que quiere.

Esto significa que la llegada del Evangelio a una vida transforma esa vida mucho más de lo que a veces creemos.

Esto significa que la llegada del Reino de Dios es capaz de cambiar, no una perla por otra, no como el que deja un carro para comprar otro mejor, no como el que actualiza su computador, no como el que deja la ropa que se ha gastado y compra otra que esté de moda.

El Evangelio no entra dentro del círculo de la moda o dentro del círculo del computador o del carro. No es algo que ahora compramos o que ahora adquirimos, para luego dejar.

Es que en verdad cuando nosotros compramos, nos hacemos dueños de las cosas. Cuando este comerciante se encontró esta Perla, sintió que esa Perla era su Dueña. Ésa es la gran diferencia.

Mientras no encontremos un amor que sea nuestro dueño, seguiremos comprando y vendiendo. El caso más deprimente, desde luego, es el del que compra y vende amor. Ése es el más deprimente, quizás seguido de cerca por el de aquel miserable que compra y vende placer.

Bien dice El Cantar de los Cantares en el capítulo octavo: "El que quisiera comprar el amor con las riquezas, se haría despreciable" (véase Cantar de los Cantares 8,7). No adquiriría entonces ni riquezas ni amor, sino él mismo perdería su propio precio.

Queridos hermanos, lo que nos está contando Jesús, -yo no debo hablar así-, sino, algo de lo que nos está contando Jesús; porque, el Espíritu Santo le puede contar a usted más cosas de las que me dice a mí. Yo no tengo que decir que ésto es lo único que dice el Espíritu Santo en esta Palabra; únicamente le comparto a usted lo que yo veo en este texto.

Entonces, me corrijo: Algo de lo que quiere decirnos Jesús con esta Parábola, es que cuando encontremos un Amor del cual no vamos a ser dueños sino que será nuestro Dueño, cuando encontremos ese tamaño de amor y sepamos que ese tamaño de amor es el que sí está reinando, habremos encontrado el Evangelio. ¡Ése es el tamaño de la Buena Noticia!: algo que realmente uno no debe perder.

Po eso, "aquel hombre que encontró el tesoro lo volvió a esconder, y de la alegría él vendió todo lo que tenía para comprar aquel terreno" (véase San Mateo 13,44). ¡De la alegría!

¡De la alegría! La verdadera alegría del corazón humano no está en llenarse de cosas sino en encontrar algo que a uno lo llene. Y ciertamente no nos van a llenar las cosas que nosotros tenemos, sino esta Perla, este Tesoro que es capaz de tenernos a todos.

Por lo tanto, yo quiero pedirle a Dios que en esta Santa Misa, por el poder de esta Palabra, por la gracia de su Espíritu, Él se apodere del corazón, de la mente, de los recuerdos, del futuro de cada uno de ustedes.

Le decía Dios a San Agustín en el momento bendito de su conversión: "Crece y me comerás". "¡Crece y me comerás!" Y explica San Agustín: "Entendí que existía un alimento que había sido hecho para mí, pero que yo no podía comerlo todavía".

Y dice más San Agustín: "El Señor me dijo: No sucederá con este alimento lo mismo que con el alimento natural, porque el alimento natural suele transformarse en ti". Las mogollitas, las papitas, la carne y la lenteja, más tarde se vuelven piel, se vuelven uña, se vuelven hueso, se vuelven músculos.

"Este alimento no se va a convertir en ti, sino que tú te convertirás en mí". Éso quiero pedirle yo a Dios, que por el poder de su Divina Palabra, por la gracia de su Santísimo Espíritu, esta vez no convirtamos a Dios a nosotros, sino nosotros nos volvamos a Él.

Esta vez no le pidamos: "Señor, haz mi voluntad", sino, "Señor, haré tu voluntad". Esta vez no le digamos:"Señor, que todo me salga bien", sino, "Señor, que todo te salga bien". "Señor, que mis proyectos, que mis sueños se realicen": ya no le hablaremos así. Fascinados por su amor diremos: "Señor, que tu proyecto, que tu plan, que tu Reino se realice. ¡Que venga tu Reino!"

Amén.