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Fecha: 20020714

Título: Evitar las preocupaciones para que la Palabra de Dios caiga en tierra buena

Original en audio: 33 min. 9 seg.


Yo creo que como predicador, como sacerdote, tengo una experiencia que compartirles en este día de la parábola del sembrador.

Donde están ustedes sentados, tienen ocasión de mirar al que está predicando, pero eso también funciona de aquí para allá, ustedes miran al sacerdote y descubren muchas cosas, si está cansado, si está enfermo, si habla con convicción o si está cumpliendo un oficio solamente. Hay veces que uno siente: “Este hombre habla esto porque le toca”, otras veces uno siente: “Estoy ante un enamorado de Dios y de su Palabra”.

De alguna manera ustedes tienen ocasión de valorar lo que es el sacerdote, y eso yo no puedo impedirlo, porque estoy ante sus ojos, y eso también funciona de aquí para allá.

Es decir, también yo me doy cuenta de cómo reciben ustedes la Palabra, y por eso podemos decir que en cada Santa Misa esa parábola se cumple, en cada Santa Misa uno se encuentra con estos terrenos de los que habló la parábola.

Uno se encuentra con esa semilla que cayó al borde del camino, que ni siquiera alcanzó a llegar a la tierra, ¿esto cuándo sucede? Esto sucede cuando el micrófono no funciona, momento en el que falla el micrófono, no se puede; cando el micrófono falla, la Palabra no llegó; otras veces el micrófono tiene una cantidad de ruido y de interferencia y uno se fastidia y no oye.

Otras veces se predica la Palabra y en ese momento un niño, el niño más pequeño empieza a llorar y empieza uno a sufrir porque sabe que hay un niño sufriendo, claro, pero además nos está haciendo sufrir a todos, y hay mucha gente que no tiene la capacidad de concentrase porque hay un niño llorando al lado.

Hay mucha gente que no tiene capacidad de concentrarse, quizá yo sea de esa misma gente; en esos casos la Palabra ni siquiera llega. Otras veces la ceremonia está tan plana, tan aburrida, tan monótona, la gente tan distraída o pensando en sus asuntos o en sus problemas y la Palabra no llega, esto se da en todas las Misas.

¿Pero cómo podemos luchar contra eso? Porque no vamos aquí solamente a hacer la denuncia, sino miremos qué soluciones tiene eso.

La única solución efectiva es, necesitamos preguntarnos cuando termine la homilía, o cuando termine la Santa Misa, o cuando ya salgamos para la casa, y no sé, me distrajo aquí la señora, por favor, necesitamos preguntarnos qué fue lo que me dijo Dios.

O sea que la responsabilidad es conjunta, ustedes procuren entender lo mejor posible y yo trataré de hablar lo más claramente posible. El sacerdote debe tratar de exponer las cosas tan claramente como sea posible, pero el fiel que escucha debe atender al máximo de su corazón, y hasta donde pueda con su inteligencia, debe estar ahí con sus cinco sentidos.

“Señor, ¿qué me quieres decir?” Esa es la actitud de la persona que oye. "¿Qué me quieres decir, Señor? Yo no quiero perder el tiempo, ni quiero hacerle perder el tiempo a nadie. ¿Qué me quieres decir tú? Así, mientras estemos oyendo, y después al salir, tenemos que preguntarnos. A veces se puede hacer incluso en familia: "¿Qué nos dejó la Misa de hoy?"

La Misa no puede terminar solamente con: “Podéis ir en paz”. la Misa hay que saberla prolongar, porque acuérdese que el mandamiento de la Ley de Dios dice: “santificarás las fiestas”, no dice santificarás las Misas.

El día del Señor es todo el domingo el día del Señor no son los cuarenta y cinco o sesenta minutos de la Misa. Si el día del Señor es todo el domingo, todo el domingo debe quedar santificado por una especial presencia de Dios en la familia.

Santificar la fiesta, santificar el día. He conocido familias campesinas, que en aparente ignorancia, tienen más sabiduría que muchos de nosotros. Porque conocí una familia que cuando salían de la Misa el papá empezaba a repasarle la lección a los hijos: "-A ver, explíqueme, Antonio, ¿cuál fue el Evangelio?" “-Ay, papá, yo no me acuerdo”, "-que no le vuelva a suceder, esté atento; y luego, “-a ver, Claudita, ¿cuál fue el evangelio?” "-¡Qué, papá?"

¡Qué calidad de papá! Así ayudaba a que los hijos estuvieran atentos y a que no fuera a suceder que los pájaros se comieran la semilla y se perdiera la Palabra antes de que llegara al corazón.

Dice Jesús: “Otra parte cayó en terreno pedregoso, como la tierra no era profunda, brotó rápidamente; las plantas quedaron expuestas, muy pronto y se secó” San Mateo 13,5.

Es decir, es la espiritualidad de la “Alka Seltzer”, sube y baja; otros dicen: "Sube como palma y baja como coco". Hay gente que se entusiasma fácil, pero dice Jesucristo: "Como no tenía profundidad, como era tierra poco profunda, entonces solamente fue flor de un día".

A todos nos gustan los eventos, los congresos grandes, las ceremonias solemnes, las grandes manifestaciones, donde miles de personas alaban a Dios con todas las fuerzas de su alma, y dice uno: ¿Y qué se hicieron después? Y ahí sí, como dicen en Boyacá: “Sin saberse”.

¿Qué se hicieron todos los que alababan a Dios? “Bendito seas"; "te alabo, Señor Jesucristo”, ¿dónde están? No, pues, como la tierra era poco profunda, como eran superficiales... Todos tenemos algo de superficiales, especialmente si tenemos un temperamento rumbero, guapachoso, tenemos algo de superficiales.

Tenemos algo de superficiales, porque imagínese, lo llevan a uno a Misa con saxofón y siente uno el poder de la alabanza, el poder del instrumento, pero resulta que nadie vive en concierto todos los días de la vida.

Entonces uno asiste a un tremendo concierto y la alabanza y eso se mece, la tribuna... y luego viene la Misa de la Parroquia y sale por allá la voz de un viejito, que casi no se le oye, y uno siente que esa Misa ya no sabe a nada, y entonces dice: “Yo voy a esperar que organicen otro congreso, otro evento y allá me vuelvo cristiano otra vez”.

Esa superficialidad también la tenemos, esa superficialidad también nos aqueja a nosotros, nos cuesta trabajo vivir la espiritualidad día a día. El día emocionante, "¡aleluya!", y el día aburrido, “ah, no, para el día aburrido, ahí sí prefiero ser pagano; yo seré cristiano cuando me organicen un congreso bien hecho, de resto, cuénteme entre los paganos". Esos juegos no se pueden hacer con Dios.

¿Qué quiere decir esto? Que para no ser oyentes superficiales, tenemos que luchar contra la superficialidad y esto se logra por medio de tres cosas. La primera cosa es el examen de nuestra conciencia. Me parece que fueron, sobre todos los padres jesuitas, los que descubrieron que era muy difícil estar en un camino serio de santidad, si uno no tiene una costumbre, un buen habito de examinar la conciencia.

La conciencia se examina, como hacía un padre en una parroquia que yo conocí, cuando iba a empezar la Misa: “En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén”, “-el Señor esté con vosotros", "-y con tu Espíritu”. “Hermanos, antes de empezar esta celebración, vamos a preguntarnos si hemos realizado lo que Dios nos dijo el domingo pasado”.

A esas alturas, muchos, los del primer tipo de tierra, ni siquiera se acordaban lo que era la Misa del otro domingo. "¿Qué era?" "¿como era?" "¿Si, claro, estaba Jesús, ¿quién mas estaba?"

¿Qué tal que hiciéramos el examen aquí? "Ah, pues, ¿se acuerda del evangelio donde estaba Jesús" "Bueno, sí, Jesús está casi en todos los evangelios, pero ¿quién más estaba? "-Los discípulos", "es raro encontrar a Jesús solo, debe de haber un discípulo por ahí, ¿cierto?" "¿Quién más estaba por ahí?" Y así empezaba a examinar.

Bueno, si uno no examina la conciencia jamás va a salir de la superficialidad, hermanos, y el examen de la conciencia se realiza poniéndose como frente a un espejo, frente a la Palabra de Dios: "Voy a examinarme frente a la Palabra de Dios", y ahí se da uno cuenta todo lo superficial que uno es.

"A ver, ¿qué era lo que tenía la Misa del domingo pasado? A ver, ¿cómo era? Era Jesús que estaba con los discípulos", y empieza uno a hacer el ejercicio. El primer ejercicio es hacer el examen de la conciencia, sin examen de conciencia jamás salimos de la superficialidad.

Segundo ejercicio para dejar de ser tierra superficial. Como muchas veces somos. Necesitamos, hermanos, aprender a exigirnos más a nosotros mismos, para eso sirve, por ejemplo, lo que decíamos: usted va a la Misa en su parroquia, de pronto la Misa de su parroquia no tiene trombón, la Misa de su parroquia, le puedo apostar, que tal vez no tiene trombón, y de pronto a usted le encanta el trombón y usted dice: “que trombón también tocaba” “ese sí es trombón”

Claro, hay gente que empieza a hacer cuentas y dice: “¿En dónde andaría ese muchacho antes de convertirse? “Quién sabe en que pasos andaba”. Bueno, lo cierto es que el trombón no estaba en la parroquia. Haga usted el ejercicio de ir a esa Misa que le parecía aburrida y sea fuerte, sea exigente con usted mismo, no se deje llevar por la comodidad.

Cuando usted quiere educar a un niño, ¿usted qué hace? Usted no le consiente todas las cosas: “-Mamá, quiero otra media libra de arequipe”, “bueno, mijito, cómasela”, no, eso no hace la mamá, la mamá le pone límites al niño: “Usted no come dulce hoy, acuérdese que hoy va a comer acelga con apio”, y el niño dice: “Ay, mamá, yo no quiero”, “-¿No? Pues tómeselo: a ver, uno por el abuelito, otro por el tío”, y ahí vienen las peleas familiares, claro.

Bueno, el hecho es que a los niños no les consentimos todo, ¿cierto? Nosotros en la espiritualidad también somos como niños, no queremos sino ir a la Misa del trombón, a la Misa con la batería o con pilas, en fin.

Hermanos, uno no puede estarse consintiendo en todo, si usted va a una Misa que le parece aburrida, usted sea exigente con usted mismo, acérquese al parlante, "es que al padre casi no se le oye", ¿y usted dónde se hace? En la esquina enfrente de la Iglesia... Así va a quedar muy difícil, ayúdese usted, exíjase también, esto tiene que ser de parte y parte, pero también exíjase, párese ahí dentro de la Iglesia donde se escucha mejor.

Ponga todo de su parte, concéntrese en lo que se está diciendo, “ah, pero es que esta Misa no es emocionante”, deje la superficialidad, no se quede solamente con las emociones, vaya como las gallinas, vaya al grano, concéntrese en lo fundamental, en lo más importante, así usted se ayuda a vencer la superficialidad.

Porque si somos oyentes superficiales, mañana nos llevan para otra parte, como le pasó a muchos ministerios de música, yo espero que eso no pase aquí, pero en Bogotá eso pasó mucho. Les encantaba tanto cantar y tocar, cantar y danzar y la vida era una fiesta y entonces asomaba por ahí una persona de un grupo protestante y le decía: “Oiga, usted, el del trombón, ¿cuánto le están pagando por eso? ¿ya grabó un CD?"

Y claro, cuando a un músico le dicen que si ya grabó un CD, ya se le abren los ojitos y de pronto se le escurre un poquito la baba y dice: “Ay, un CD”, “Ay, si yo grabara un CD”, y el del grupo protestante le dice: “Nosotros te podemos iniciar un CD de alabanza”, y el músico empieza a sentir “Ay, bueno, al fin y al cabo es el mismo Papá de nuestro Señor Jesucristo”; “ay, un CD de alabanza”.

Y cómo será que mucha gente pasó de los ministerios de música católicos, se fueron a grupos protestantes y allá grabaron un CD, dos CDs, tres CDs, no sé cuantos llevarán, pero el hecho es que abandonaron su fe católica, vendieron su fe por un plato de CDs.

Esa es la superficialidad, hermanos. Por eso uno tiene que darse cuenta en qué está y uno tiene que aprender a exigirse, tenga en cuenta que usted es como un niño chiquito, entonces necesita exigirse para salirse de la superficialidad.

El tercer recurso para salir de la superficialidad es la lectura. Necesitamos leer, hermanos, necesitamos leer la Palabra en nuestras casas y necesitamos lecturas que nos ayuden a edificar, especialmente la lecturas de los santos, lecturas del Catecismo de la Iglesia y en primer lugar, la lectura de la Palabra.

Si nosotros no profundizamos en la fe, no vamos a tener una fe profunda. ¿Qué opina de esa verdad que le acabo de decir? Elementalísima, ¿no? Mire, cuando un médico se gradúa piensa en dos cosas: "Tengo que conseguir trabajo y tengo que seguir estudiando"; cuando un abogado se gradúa piensa también en dos cosas: "Tengo que conseguir trabajo y no tengo que dejarme desactualizar.

¿De qué sirve un abogado desactualisado? ¿Usted se imagina un abogado que dijera: “De acuerdo con el código 966…” viejito panzón, su código del 966 no sirve para nada, hermano, ya eso ha sido cambiado, tenemos una nueva Constitución, nuevo Código Civil, usted no sabe dónde está parado". La única manera de ser un abogado en ejercicio es estar estudiando.

El ingeniero asiste a congresos de ingenieros, el médico hace cuanto curso puede, el profesor hace especializaciones, ¿y el cristiano? Mira la televisión y se rasca la barriga, y luego que por qué somos superficiales, porque nunca profundizamos. Necesitamos leer, necesitamos estudiar, asistir a cursos de formación, a apoyar las actividades de formación que hay en la Iglesia.

Si uno no profundiza nunca será profundo. "-¿Que opina de lo que le estoy diciendo?" "-Pues elemental", “pero es que yo no tengo tiempo para estudiar”. Mire, hoy por hoy hay muchos libros, desde los más sencillos, desde obras elementales con la vida de los santos, cada uno según su capacidad intelectual y económica, puede profundizar.

Como sacerdote me he encontrado con personas de un estrato muy humilde y de una gran sabiduría, porque tienen la mente acostumbrada a meditar en la Palabra del Señor. O sea que el segundo terreno también se da, y el tercero, pues ese sí que más.

El tercer terreno es el de aquellas personas, a ver, ¿qué dice aquí? “Otra parte cayó entre zarzas que crecieron y la ahogaron” San Mateo 13,7, y el mismo Cristo explica cuando hace la homilía de esta parábola: “La preocupación por los afanes de este mundo” San Mateo 13,22; eso también nos pasa a nosotros.

Me decía una vez señora con muchos problemas económicos y de todo género: “Pues sí, Padre, muy bonito, y rece y cante, pero a mí no me van a tirar el pan de los cielos, yo tengo que trabajar y también tengo que hacer mis cosas”. Pues sí, usted tiene razón, nosotros no estamos haciéndole propaganda a la vagancia ni a la pereza, pero no podemos someternos a la esclavitud del trabajo, no podemos someternos a la esclavitud de las cosas materiales.

Todo tiene su tiempo, nos enseña la Palabra de Dios en el Eclesiastés, claro que hay que trabajar y hay que ganarse el pan con el sudor de la frente, no con el sudor del de enfrente, claro que hay que ganarse el pan y claro que hay que trabajar, pero el trabajo no puede convertirse en una esclavitud para nosotros. Luego, necesitamos para vencer la tentación de ser tierra de zarzas.

Para no ser más esa tierra de zarzas necesitamos, ¿qué? Separar un tiempo para Dios a través de la oración personal, a través de la Misa del domingo bien celebrada, bien vivida, a través del retiro espiritual, a través de tantos paréntesis bellos que le traemos a nuestra vida. Vamos acostumbrándonos a liberarnos de la esclavitud del pecado, mis hermanos, y de la esclavitud del trabajo, y de la esclavitud de la codicia, y de la idolatría.

Uno no puede vivir pensando en sus negocios y en sus negocios todo el tiempo: que si que necesito plata, esos son los que luego los filman y hablan dormidos, ¡no, señor! Usted tiene que salir de esa esclavitud.

Hagamos una cosa, ¿usted cuántas horas pasa despierto? O sea, descontemos el tiempo que se duerme en Misa, ¿usted cuánto tiempo pasa despierto? "-Yo paso despierto diecisiete horas al día" ¿No le parece que esas diecisiete horas al día, con que doce horas o de pronto menos, ocho horas, o no lo sé, pero supongamos doce horas que usted esté pensando en sus problemas o sus negocios, porque usted vive muy alcanzado de plata, no le parece que ya está bien?

¿Por qué no deja otras cinco horas para otras cosas? Para ser feliz con su familia, para educarse, para hablar de otros temas, para formarse, para orar, para cantar, dese vida, hermano, descanse, salga un momento de esa obsesión, obsesión por el trabajo, obsesión por el placer; salga de sus idolatrías, en el nombre de Jesucristo, salga de sus idolatrías, hermano.

Usted tiene que darle un respiro, tiene que tener un tiempo en el que no esté pensando: “A ver, cómo hago mas plata”, “a ver, cómo consigo”, “a ver, como le hago”. No, ponga un límite, hermano, ponga un límite en su trabajo y diga: "Bueno, hasta tal hora voy a pensar en el trabajo".

Es que hay gente que se levanta temprano a trabajar, almuerza pensando en el trabajo y por eso pide que le den sopa de letras para seguir allá haciendo sus cuentas, y sigue pensando en su trabajo, y no hace siestas porque la siesta es para echar barriga, y sigue trabajando y llega a la casa y le pregunta la esposa: "-¿Amorcito, ¿cómo te fue? “-Mal, tengo que seguir trabajando, siéntate y dame más ideas”.

Claro, se le acaba el matrimonio, se le acaba la paz en la familia. Póngale un paro, hermano, póngale un paro a ese asunto, usted no puede estar así. Y llega un momento en que la persona se embota.

Fíjense cómo los deportistas tienen que entrenar, pero también tienen un límite, ¿usted no ha oído que algunos futbolistas les pasa que están sobre entrenados? Eso pasa en el deporte, se sobre entrenó, ya quemó el organismo. Bueno, ya llegó el gran partido y la persona ya se quemó, ¿por qué? Por tanto entrenamiento.

Eso quiere decir que a los deportistas, a los atletas, por ejemplo, les ponen un límite: "Si, usted entrena todos los días, pero hay un límite, usted entrena hasta aquí, de aquí en adelante usted tiene que descansar; vaya, piense en otra cosa, dése una vuelta, respire, mañana nos vemos, por hoy estuvo bien".

Eso hay que saber decirle a las preocupaciones de la vida, sí, que hay que conseguir plata, trabajo y esta el problema de la hipoteca y que viene una deuda y un culebrero terrible y todos los problemas que tenemos, pero eso no se va a solucionar despedazándose usted la cabeza, piense y piense, acabando el hogar.

Con amargura, con discusiones no se va solucionar, llega un momento que le va uno a decir: "¡En el nombre de Jesucristo, no más, no pienso más en esto!"

"Señor, yo te dejo esto, yo estoy haciendo lo que estoy pudiendo, necesito un tiempo", ¿para qué? Debe decir un padre de familia: "Necesito un tiempo para abrazar a mis hijos".

"Pero a ver, yo todavía no tengo hijos", bueno, no sé, que pasee al perro, haga algo, pero descanse, deje la esclavitud, usted no puede vivir esclavo de los afanes, de las angustias, de los problemas. ¡No! Póngale un pare a eso, recuerde una canción, haga como estas jovencitas, entre a un grupo de danza y haga usted también su danza y verá.

¿Usted cuándo ha visto a una de estas muchachas de estas tensas? Nunca, ellas no sufren de estrés no tienen sufrimiento, ¿por qué? Porque se desestresan.

Lo mismo necesitamos nosotros. Póngale un límite a esa angustia suya, “que tengo un hijo enfermo”, “que tengo un hijo alcohólico”, porque los problemas no son únicamente de plata, pues usted también tiene que poner un límite a la pensadera, a su hijo borracho o su hijo ladrón, o con el esposo infiel, usted tiene que ponerle un límite.

El cerebro se agota, el cerebro se destruye pensando dieciocho horas o veinte horas al día en el mismo problema, llega un momento en el que uno ya no está pensando, sino que está destruyendo la cabeza. Póngale un límite a eso. "-Si, Padre, pero mire, yo tengo un hijo borracho, mire, él está borracho de licor", y usted está borracho de pensar en la borrachera de él.

Así que hágame el favor de dejar de pensar, dese un recreo de hijo, descanse y utilice ese tiempo para respirar profundo, para darle gracias a Dios, porque cuando uno está obsesionado por un problema, entonces ni siquiera se da cuenta de las cosas buenas.

Eso le pasa a la gente que está tan obsesionada por un problema y tan obsesionada que no ve que el sol salió, ni que existen las estrellas, ni que hay bondad en el mundo, ni que Cristo está en el Sagrario, ni que la Biblia nos cambia la vida.

“No, no me importa nada, me importa mi hijo borracho, borracho mi hijo”. ¡No! la vida tiene otras cosas, la vida no es solamente su hijo borracho, hay que saberle poner un límite a las angustias, especialmente cuanto mayor es la responsabilidad de una persona.

Piense usted, por ejemplo, en el Papa. Al Papa todos los días le llegan problemas, creo que no hay un día que al Papa no reciba problemas, todos los días le llegan problemas, problemas y más problemas: “Figúrese que pasó esto”, “que mataron al obispo de no sé dónde”, "que secuestraron", que robaron”. Todos los daños espirituales y materiales del mundo, de alguna manera repercuten en el Papa.

¿Ustedes se imaginan al Papa desesperado, angustiado saliendo por allá en una homilía diciendo: "Estoy desesperado, angustiado, estoy que no puedo más, ya no sé que predicarles con toda esta problemática; estoy que no puedo más"¡; eso no sirve. Un Papa emproblemado, agobiado, no sirve.

Todos necesitamos ponerle un freno a los problemas, por graves que sean, óigalo bien, por graves que sean. Problemas, económicos, problemas familiares, problemas afectivos, hay que saber ponerle un freno a los problemas, usted, en el nombre de Jesucristo, tiene que ponerle un freno a los problemas.

Esto nos puede pasar a todos, a las religiosas también les sucede: “Tengo una angustia muy grande, porque no sé, “porque el ambiente de la comunidad, “porque sí me parece, “porque no me parece, que sí me parece, y el problema de la comunidad, y el problema y es que las hermanas... Mire, descanse un poco, respire para hablar.

Hermana, por favor, descanse, eso no se va a solucionar porque lo piense y lo piense, usted también necesita descansar.

"Pero es que tengo este pecado", "tengo esta angustia", "es que estoy en crisis", "usted no me entiende, padre". Pues en crisis y todo, así usted este como decía un padre, así esté usted “crisiento”, usted necesita descansar, dele recreo a su crisis, dele un descanso a su crisis.

"-Mi crisis es muy grande, padre", pues su descanso debe ser más grande. La vida cristiana no es una vida de agobios, tenemos ocupaciones, pero tenemos que evitar las preocupaciones.

Había un predicador muy bueno que predicaba esto, y con eso terminamos, porque tampoco quiero que el agotamiento impida escuchar. Decía: "Mire, en vez de preocuparse, procure ocuparse, en vez de andar preocupado ande ocupado, haga lo que tiene que hacer, todo lo que tiene que hacer, deje lo de más en manos de Dios, ocúpese, no se preocupe".

Cuando nos ocupamos de escuchar la Palabra de Dios con atención, para que no nos pase como la semilla a la orilla del camino; cuando nos ocupamos de vencer la superficialidad y queremos ser verdaderos oyentes; cuando nos ocupamos de liberarnos de la idolatría, del trabajo y de las demás angustias, entonces empezamos a ser tierra muy buena, y la Palabra va llegando a nosotros, y la Palabra va venciendo en nosotros, y la Palabra va haciendo una obra maravillosa en nosotros, para alabanza de Jesucristo.

Amén.