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Fecha: 19990704

Título: De nuestra debilidad Dios hace un puente para unirnos con El

Original en audio: 34 min. 59 seg.


La Ley de Moisés fue promulgada en la grandeza del monte Sinaí en medio de truenos, relámpagos, temblor de tierra, nube espesa, fragor de trompetas.

Era tan fuerte el espectáculo, que el pueblo asustado le dijo a Moisés: “Que no nos hable Él, háblanos tú, que no nos hable Dios” Exodo 20,19; parecía terrible al pueblo la voz de Dios en la montaña del Sinaí.

Dios se mostró, dice allá el Pentateuco, se dejó ver de los setenta ancianos de Israel; el estrado del Dios de Israel parecía un pavimento inmenso y brillante de zafiro y de ahí en adelante, la luz y la revelación portentosa de Dios.

Esta Ley del Sinaí, revelada así con tanto aparato, causó mucha impresión en los israelitas y un deseo sincero de cumplir esa alianza. Cuando Moisés les pregunta: “¿Estáis dispuestos a cumplir con lo que Dios quiere?" (véase ), ellos responden: "Sí estamos dispuestos" Exodo 24,4-7.

La respuesta es pronta, es rápida, pero la infidelidad también es rápida, también es pronta. De toda esa grandeza, de todo ese espectáculo, pronto no quedó nada, y por eso parece que Dios buscó otros caminos, otras maneras de revelarse.

Dios puede hacer esos espectáculos cada vez que quiera, suyo es el universo, suya la materia, la luz le obedece, los vientos están a su disposición, todo truena en sus manos.

Dios puede hacer esos espectáculos, podría repetirlos cuando quisiera y algunas veces da señales portentosas que tienen un valor, llamémoslo así, pedagógico, pero la gran revelación de Dios ya no vendrá por ese camino, porque ese camino ya mostró su límite.

Lo que nos impresiona grandemente en nuestros sentidos, en nuestras emociones, en nuestros sentimientos, provoca una obediencia rápida, pero frágil, necesitamos algo que llegue más hondo al corazón humano.

¿Cuál es el problema con la revelación del Sinaí? El problema es que ahí aparece un Dios muy fuerte, un Dios poderoso y Él es fuerte y es poderoso, pero de ahí puede surgir una tentación, que es la de limitar a Dios y a seguir el camino de Dios también recogiendo nosotros mismos fuerza, esos son los carros y los caballos de los que habla la lectura de Zacarías.

Un Dios que se muestra con tanto portento y con tanta fuerza, tiene la dificultad, de que nosotros, sus seguidores, podemos buscar también portentos y fuerza para hacernos sentir.

Y el problema está en que ya no busquemos esa fuerza en Él, que es el único fuerte, sino que lo busquemos en nuestros recursos, en nuestras cualidades y terminemos haciendo de nosotros, que somos imagen de Dios, terminemos haciendo ídolos de Dios.

Por eso, ese camino de la grandeza y del espectáculo, aunque Dios alguna vez lo utilice, todavía induce a muchos errores, induce a error, porque el que conoció a Dios en portentos tan grandes, probablemente buscará también fuerza, sentirse fuerte, y creerá que puede unirse a Dios uniendo la fortaleza de Dios con su fortaleza.

Pero no es así, porque cuando nos fiamos de la fuerza, fácilmente ponemos nuestra confianza en nosotros, hasta el punto de que ya no importa Dios y ya no importa el plan de Dios.

Él, en su misericordia, quiere unirse a nosotros, no nos necesita, es sólo la misericordia lo que lo trae. El puente ¿cuál es? La fuerza de Él con nuestra fuerza, ese puente falla, falla ese puente porque uno puede poner la confianza en la fuerza de uno y no en la fuerza de Dios.

Ese puente falla, por eso la Alianza del Sinaí falló, no de parte de Dios, falló de parte del hombre, que en últimas lo que sacó fue conocer un bien que no podía hacer. “Hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que sí quiero” Carta a los Romanos 7,15, dice San Pablo, resumiendo el problema, en el capitulo séptimo de la Carta a los Romanos.

Entonces es como si Dios se hubiera puesto a pensar: “Si no podemos unir nuestra fuerza con la fuerza del hombre, unamos nuestra debilidad con la debilidad del hombre".

Entendamos, mis hermanos, que el puente que nos sostiene es el puente de la debilidad de Dios, que ese sí se puede conectar, sí se puede enchufar con nuestra debilidad, y por eso decía San Pablo: "Yo sólo me voy a fiar de mis debilidades, sólo me voy a gozar en mis debilidades, en mis tribulaciones" 2 Corintios 12,10.

Tratemos de ver qué significa esto en lo concreto. Cada uno de nosotros tiene una serie de cualidades, ninguno de los que está aquí está ausente de cualidades, todos tenemos cualidades, en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en los bienes corporales, en los bienes de comunidad, en los bienes culturales tenemos bienes.

Esos bienes pueden convertirse en nuestras fortalezas, tenemos virtudes que pueden convertirse en nuestras fortalezas. Lo que uno quisiera, muchas veces, es que Dios se uniera a la fortaleza de uno, es decir, del lado bonito de uno, ese es el lado bonito que uno tiene.

Si una persona es inteligente, tal vez quisiera uno estar unido a Dios a través de su inteligencia; si una persona es artista, tal vez quisiera estar unido a Dios a través de su arte.

Dios no prohíbe esto, pero ese no es el lazo más estrecho que nos une a Él, porque el inteligente puede utilizar su inteligencia para escrutar los arcanos de la revelación divina, y sacar de los pozos celestiales agua para dar a todos, pero también puede utilizar su inteligencia para envanecerse en ese esfuerzo.

En eso quiere apoyarse, y lo mismo vale para todos los bienes, los bienes materiales, de la salud, los bienes de la palabra, las virtudes pasadas, los pecados que uno no ha cometido, aquellas cosas en las que uno se siente robusto, resistente, uno puede envanecerse en todas esas cosas, puede poner su esperanza en ellas y no hay entre nosotros nadie que no tenga algo en lo que pueda apoyarse.

Uno puede ser el pela papas más rápido del oeste y poner uno en eso su alegría, “en este departamento nadie pela papas en el estilo, a la velocidad a la que yo lo hago”, y otro se puede fiar en su modo de tocar la flauta, en su modo de proclamar o en su modo de predicar, en su modo de orar.

Ustedes han visto que hay personas que tienen un don de Dios extraordinario, que parece que fueran grabadoras o CD, vamos a orar y la persona le empieza a salir una poesía y le sale una prosa maravillosa.

Todos esos dones maravillosos de Dios pueden unirnos a Dios, pero sólo pueden, porque pueden unirnos pero también pueden no unirnos, también pueden separarnos de Dios.

Notemos, amigos, que es norma general en el Evangelio, que lo que vale para la sociedad en su conjunto, vale para el alma en particular. Me explico. Si Cristo dice en el evangelio de hoy que “Dios reveló su secretos a los pequeños y los humildes” San Mateo 11,25 , eso quiere decir que en alma humana Dios va a buscar lo que en ti es pequeño, lo que en ti es humilde y por esa puerta, por ese camino, se va a unir a ti.

Así como vemos a Cristo rodeado de estos humildes, a estos pobres, de estos enfermos, así como en el cuerpo de la sociedad Cristo escoge a esos pobres y humildes y enfermos, así también en nuestro corazón, en nuestra alma, Cristo quiere desposarse con nosotros, quiere unirse a nosotros para siempre ¿a través de que? ¿De la fachada bonita que tenemos? No, a través de lo espantoso de nuestros muladares, basureros, cicatrices, a través de lo que en nosotros se parece a Él.

Este es el modo extrañísimo de obrar de Jesucristo, pero yo les puedo decir que en mi vida, que he visto que es así, lo que a mí me tiene amarrado y ligado a Jesucristo no es lo que ustedes vean de bueno, de poderoso o de fuerte en mí, eso no es; lo que me tiene amarrado en Jesucristo es todo aquello en lo que yo me siento débil, limitado, de lo que me hace llorar, eso es lo que me une a Cristo.

Las Llagas de Cristo saben abrazar las llagas del hombre, y nosotros, que contemplamos las Llagas del Crucificado y lo celebramos, sepamos que así como nosotros miramos las Llagas de Él, Él mira las llagas de nosotros, y así como nosotros tenemos esperanzas en las Llagas de Cristo, Cristo, si se me permite la expresión, tiene esperanzas en las llagas de nosotros.

Lo que nos va a unir a Jesucristo son nuestras llagas, así como lo que le une a Él con nosotros son sus Llagas. Uno no quisiera que las cosas fueran así uno quisiera estar unido a Cristo de una manera más decente, más decorosa.

La parte más aburrida del alma humana, esa es la que parece interesarle a Cristo. ¡Qué cosa tan extraña, a Cristo le interesa la parte aburrida mía, lo aburrido, lo fastidioso, lo deforme que hay en mí. Allí donde la vida es tenue, allí donde la fidelidad está en juego, allí donde no hay fortaleza, allí donde no hay claridad, allí en lo más horrendo de mi vida, allí lo horrendo del Cuerpo llagado de Cristo quiere construir un puente.

Recordemos lo que le pasó el Apóstol San Pablo. San Pablo sintió un aguijón en su carne, no sabemos cuál fue, sintió un aguijón, se sintió débil y aclamó al Señor "¡Líbrame!", no hubo respuesta; segunda vez: "¡Líbrame!", no hubo respuesta; tercera vez: "¡Líbrame!", y sí hubo respuesta: “Te basta mi gracia. En la debilidad se muestra mi fortaleza" 2 Corintios 12,9.

Meditando en este texto, uno llega uno a esta conclusión: San Pablo que tenia muchas cualidades, pero muchísimas, calcule lo que era la inteligencia de este hombre, calcule lo que era el liderazgo de este hombre, calcule los milagros, la voluntad, el afecto, la coherencia, la perseverancia, la sabiduría.

San Pablo, que tenía tantas cualidades, estaba colgado de Dios por un solo hilo, el hilo de su debilidad, y le decía San Pablo a Dios “quítame esta debilidad”, y Dios le decía: "¿Cómo le voy a quitar el hilo del que lo estoy sosteniendo, hermano, no ve que de ese hilo yo lo tengo colgado? ¿No ve que por esa debilidad usted es mío? Por esa debilidad, por su miseria usted es mío". Nuestras miserias se parecen a Jesucristo.

Miremos la vida de Cristo y miremos la vida nuestra y vamos a ver en dónde se encuentran. Vamos a hacer este análisis: Cristo nunca cometió pecado, ¿se parece a usted? Creo que no; Cristo resucitó muertos, ¿cuántos lleva? Limpió leprosos con una sola palabra, ¿la lista, por favor? Curó a ciegos, levantó paralíticos, expulsó demonios con solo decirlo, ¿qué presenta usted?

Y esto es sólo el comienzo, ¿qué tal que habláramos del amor que salía del amor del Corazón de Jesucristo? ¿Qué tal que habláramos de ese amor? ¿Qué tal que habláramos de su manera de amar al Padre? A ver, vamos a hacer vigilia, vamos a sentar de este ladito a Jesús orándole al Padre y de este otro ladito a usted, ¿se parecen nuestras oraciones?

Yo creo que hay muy pocas personas que pudieran decir “sí, yo oro más o menos como Jesucristo, es parecido, es semejante, Él tiene su estilo y yo tengo el mío”. Hay pocos locos que digan eso. Cristo, como decían los muchachos en mi tiempo, Cristo nos deja botados en oración, en milagros, en doctrina, en pureza, en santidad, nos deja botados.

Difícil construir un puente entre la fortaleza de Cristo y la de nosotros. ¿Qué tal uno, ¿eh? Cristo, hagamos una alianza, vamos a juntar tu oración, tu estilo de oración con mi manera de oración".

Yo creo que Jesús se reiría. Ya hubo unos Apóstoles que le salieron con esas: “Jesús, queremos sentarnos uno a su derecha y el otro a su izquierda" San Marcos 10,37, como quien dice, "estamos más o menos de igual a igual".

Y Cristo ¿qué les dice? "¿Y el cáliz? ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?" San Marcos 10,38, y entonces salen ellos con que sí pueden beber el cáliz que Cristo va a beber.

La unión con Cristo no está en los tronos, no está en las grandezas, en esas grandezas Cristo nos deja regados, nos rebasa. Para ser mediador entre el Padre y nosotros, Jesucristo, nuestro Salvador, hizo puente entre sus Llagas y nuestras llagas; ahí sí somos igualitos.

Entre las palabras de sabiduría de Cristo y las palabras torpes, incompletas e ignorantes de nosotros, hay mucha distancia; entre los milagros de Cristo y lo que ha sido nuestra vida, tal vez hay mucha distancia, pero entre las Llagas de nuestro Señor Jesucristo y las llagas nuestras, ahí sí que hay mucho parecido.

Y por esta razón, nuestro bendito Salvador Jesucristo quiere hacer un puente entrando por la humildad de nuestra vida. Por esta razón, nuestro Salvador Jesucristo quiere hacer un puente, entrando por la humildad de nuestra vida.

Por esta razón, nuestro Señor Jesucristo busca lo más miserable en nosotros, lo más débil en nosotros, aquello en lo que temblamos, aquello en lo que no estamos seguros; por eso Cristo busca esa debilidad nuestra, porque ahí sí somos semejantes, ahí sí es posible el abrazo, ahí sí es posible el puente; por eso Jesucristo quiere y busca la humildad en nosotros.

¿Qué conclusión sacamos? La conclusión extraña que decían algunos adversarios de San Pablo: “Ah, entonces pequemos para que tengamos mas llagas y con muchas llagas nos unimos más a Jesucristo”. No. La conclusión no es esa.

Lo que nos une a Jesucristo, desde luego que no va a ser nuestro deseo de pecar, la conclusión más bien es: ahí donde mi vida se hace tenue, donde mi fe se hace vacilante, ahí donde soy dependiente, ahí donde puedo decir y tengo que decir: "Señor, sin ti no puedo", allí encontré el puente, ese es el puente de mi vida.

En aquello donde tú sientes que materialmente que no puedes, en aquello que te humilla, donde tal vez has tenido muchos fracasos, -no es forzoso que los hayas tenido-, en aquello donde te sientas humillado, en aquello que sientes que te queda grande, en aquello que te rebasa y que sin embargo amas y quisieras, en aquello en lo que sientes que sólo con la ayuda de Dios, allí donde tu carne es carne viva y llaga abierta, allí tienes el puente con Dios.

Y cuando tú le muestras a Cristo tus llagas, Cristo te muestra sus Llagas, y Cristo dice: “Ahora somos de los mismos, ahora somos iguales, ahora nos entendemos”.

¡Que misterio este! La unión con Dios no se logró en el espectáculo ruidoso y glorioso del Sinaí sino se logró en Sión, el monte humilde, ahí donde el rey humilde que no monta en caballo sino en un borrico, que no tiene lanza para herir sino bálsamo para curar, ahí donde está ese rey humilde, ahí se realizó el plan de Dios, allí se proclamó la Ley de Dios.

¿Que conclusión sacamos de esta reflexión? Sinteticemos en tres puntos. Primero: vamos a mirar con cariño nuestra propia debilidad, no estoy diciendo con complicidad ni con permisividad, sino con cariño.

Hay en ti una debilidad terrible, que te humilla, que te ha hecho llorar muchas veces, que te ha llevado a confesar, muchas veces has sentido ganas de patear una debilidad, hacer de ella un balón y tirarla de una patada; no la patees, es tu puente con Dios, no la acabes, es tu puente, recíbela y mírala con cariño,

Dice Santo Tomás de Aquino, que el gobierno del alma y el gobierno de todo nuestro ser y de nuestras pasiones no se puede hacer como un tirano o un déspota. El gobierno de nosotros mismos tiene que llegar a través como de una comprensión de nosotros mismos, comprensión que no es permisividad, repito, no es complicidad, no es ser laxos ni relajados, pero sí es ser comprensivos, es tener cariño para lo más débil que hay en nosotros, ese es el puente, entonces no lo patees, no lo destruyas, es tu puente.

Cada uno intente pensar en este momento cuál es su puente, qué es lo que le hace rabiar y llorar, qué es lo que usted dice, "¿por qué no puedo con esto? ¿Cuánto tiempo más? ¿Cuántos años más voy a durar en estas? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué siempre me confieso de lo mismo? Eso que le da a usted impaciencia, eso que lo trasnocha, que lo incomoda, que lo humilla, ese rostro suyo, que si apareciera aquí, usted se sonrojaría, como pasa conmigo.

Si apareciera en este momento todo ese espanto, toda esa miseria, que no es toda esa debilidad que yo soy, yo me sentiría avergonzadísimo con ustedes, ese es mi puente, yo tengo que ver en este momento como si estuviera junto a mí a ese miserable que soy yo, ustedes entienden las palabras, a ese miserable que soy yo y darle un abrazo.

Ese que ha tenido problemas, ¿cuáles son? Yo no sé, fíjese que cambia de una persona a otra. A alguien le sienta y le pega la codicia, a otro la hipocresía, a otro la cobardía, la impureza, a otro la vanidad, otro es un falso, un infiel, un incrédulo, pero darle un abrazo a ese o esa que eres tú.

Yo tengo que darle esta noche un abrazo a ese pobre fraile que soy yo, que puede tener fachada bonita, pero sólo Dios sabe cuánto y cuánto necesita de Él. Yo tengo que tomar a ese fraile miserable que vive sonrojado y arrepentido, tengo que tomarlo y decirle una palabra: “Mira, hay una palabra de esperanza para ti”, y tengo que decirle a ese fraile miserable: “Gracias, hermano, porque usted tiene el resumen de mis miserias, usted es el lo que ha hecho que no me aparte de Cristo”.

Mire, qué risa, que le tenga que dar las gracias a la parte más miserable, a la parte más herida de uno mismo, sin que esto signifique ni ser permisivos, ni ser laxos, ni ser relajados. Esta es la primera enseñanza, la primera consecuencia.

Segunda consecuencia. De aquí, mis hermanos, tiene que surgir un amor inmenso a las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo. Yo les pido que se enamoren de toda imagen de Cristo donde aparezcan las Llagas, y les pido que no se enamoren tanto donde no aparezcan sus Llagas. Las Llagas, la Sangre, yo sé por qué se los digo.

Las Llagas de Cristo. Es tan necesario, así como usted le muestra a Cristo las llagas de usted, vea, que Cristo le muestre las de Él. Hay santos que han tenido unas experiencias preciosas con las Llagas de Cristo.

Catalina de Siena recibió una luz extraordinaria del Espíritu Santo. Una vez, contemplando un Crucificado, rompió en llanto y exclamó en voz alta, y dijo: "¿Cómo así, yo soy el ladrón y tu el castigado?" Si esa imagen de Cristo hubiera sido una imagen decorosa, bonita y no hubieran estado esas Llagas, no hubiera aparecido eso que descubrió Catalina.

Pero bueno, esto no es un problema de imágenes religiosas, es un problema de buscar en el corazón la contemplación de la Cruz de Cristo y a Cristo en la Cruz.

Gocémonos en la contemplación de Cristo, no por el dolor, sino por el amor que lleva hasta ese dolor. Y la tercera enseñanza es, que así como Cristo entra a tu alma por lo más humilde de tu alma, por lo más sucio de tu alma, estáte atento, igual puede pasar en una familia, igual puede pasar en una comunidad, igual puede pasar como pasó en el evangelio, a través de pequeños y de humildes. Estemos atentos, volvamos nuestra mirada a los humildes, seguramente Cristo nos está diciendo palabras ahí.

Quiero recordar, para terminar, una anécdota de Juan Pablo I. Cuando él era párroco, no era todavía Obispo y mucho menos Obispo de Roma, es decir, Papa; cuando era párroco, tomó por estrategia buscar a las personas más humildes de su parroquia para preguntarles, por ejemplo cosas como estas: si la predicación se entendía.

Busquemos, como Juan Pablo I, a los humildes, si queremos saber qué va decir Cristo sobre nosotros, es decir, cuál es el juicio de Cristo sobre nosotros, hay un modo muy sencillo: acerquémonos a los humildes y con la actitud más sana y más sincera que Dios nos dé, oigamos que piensan de nosotros los humildes.

Ya tienes ahí el prólogo del juicio de Cristo sobre tu vida. ¿No dice Él que “lo que hicieseis a uno de tus humildes hermanos, a mí me lo hicisteis"? San Mateo 25,40. ¿Y no dice Él que tomó como hecho para Él lo que se hizo para ellos, y como no hecho para Él lo que no se hizo para ellos?

Acerquémonos a los humildes, oigamos la voz de los humildes, estamos haciendo muchas cosas, ¿qué piensan los más pequeños y los más pobres de lo que nosotros estamos haciendo? ¡Cuántos males, cuántas desgracias se hubieran evitando en la Iglesia si se hubiera seguido esta técnica que tenía Juan Pablo I!

Bueno, Dios en sus planes se lo quiso llevar muy pronto, quién sabe cómo hubiera sido Juan Pablo I en ese servicio en la cátedra de Pedro, muchos males se hubieran evitado en la Iglesia. Yo pido a Dios que a todos, especialmente a los Superiores, a los Pastores, a los sacerdotes, a los Obispos, nos dé a nosotros, nos dé siempre un oído atento y una sabiduría grande para poder preguntar a los humildes: "¿usted qué piensa de lo que estamos haciendo, qué piensa?

Yo no me aguanto de contarles otra anécdota. Mire, hubo un grupo de oración que creció muchísimo, y por tanto le creció muchísimo el ministerio de música, y un día una señora que asistía a ese grupo, le preguntó a una empleada de servicio que solía asistir donde sermoneaba a este inmenso grupo de oración, le preguntó sobre como veía el grupo.

Pero la señora era muy recatada como que no quería hablar, pero se dio mañas la otra señora para sacar la conversación, para oírle la opinión, finalmente le dijo la empleada: “yo antes les entendía como más”. Ahí esta el Espíritu Santo, ahí hay una voz de Cristo, ahí hay algo, yo no estoy diciendo que eso esté mal ni que ese grupo de oración sean unos pecadores, pecador yo, ahí hay algo.

Hay que oír la voz de los humildes: “¿Usted qué siente de lo que estamos hablando?” “Usted qué piensa?” A veces manejamos la Iglesia de modo demasiado empresarial, a todos se nos entra y entonces oímos las voces autorizadas, por eso las voces autorizadas son gente que hace rato es amiga de nosotros y hace mucho rato aprendió a pensar como nosotros, entonces ya no nos dicen las cosas, hay que acercarse al humilde, haber por qué puertas quiere entrar Cristo.

Los sumos sacerdotes tenían su reunión del Sanedrín, allá, era el Sanedrín, y estaban todos reunidos,¡Sanedrín! ¡Y Cristo estaba entrando por la puerta humilde sobre un burrito! !Era Dios entrando allá sobre un burrito! Y estos aquí reunidos, ¡Sanedrín! "Estamos aquí todos los grupos de todos nosotros,los más importantes, aquí reunidos; nada se hace sin nosotros". Y allá Cristo, entrando sobre un burrito.

Esto ha pasado más de una vez en la historia de la Iglesia. Conclusión, oigamos la voz de los humildes.

Hay que pedirle mucho a Dios por los obispos, por caridad, por las entrañas de Cristo, rueguen por los obispos, rueguen por los sacerdotes, hay demasiada vanidad en la Iglesia, eso no es que lo diga yo, es que es un hecho, demasiada vanidad.

Y necesitamos, Dios Santo y bello, necesitamos sabiduría para no reunirnos en un gran Sanedrín y que Cristo esté reuniendo su gente por allá en otra plaza, porque Cristo entró por otra puerta, iba montando en un burrito y nosotros, todos, llegando y entrando a caballo; llegamos muy elegantes, ¡Dios Santo!

Dios Santo, infunde tu sabiduría en nuestros corazones. Yo te clamo, Padre Celestial, envía el rocío de tu Espíritu sobre nuestras vidas. Perdóname a mí, perdóname, perdóname, que en lo que yo soy, debería callarme el resto de mi vida y dedicarme sólo a hacer penitencia y a orar.

Pero si estoy aquí y si debo hablar, dígnate, Señor, iluminar mi palabra y dígnate iluminar los corazones que oyen estas palabras.

Dígnate, Señor, darnos la sabiduría de los humildes; danos el oído atento y permite que ya nunca más reneguemos de aquello en lo que somos débiles, porque ese es el puente que nos une contigo.

A ti la gloria y la alabanza por los siglos.

Amén.