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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990704

Título: Todos vamos a llegar a la grandeza de ser pequenos

Original en audio: 9 min. 41 seg.


Queridos Hermanos:

Hace unos días vinieron a la puerta de nuestro Convento unas señoras, piadosas ellas, participantes de grupos de oración. Y aunque sabían que nuestro Convento de Santo Domingo no es parroquia, y que en general estamos ocupados, sobrecargados los sacerdotes que vivimos aquí, con sus ojos anhelantes y su palabra suplicante, traían una petición: un señor, pariente de una de ellas, agonizando, un hombre a las puertas de la muerte.

Dios, Nuestro Padre, concedió la manera, el medio, el transporte, en que pudiera ir uno de nosotros allá. Esta vez, me correspondió a mí. Y fue de veras providencial, porque estuve donde este caballero, un hombre anciano y enfermo, que a los pocos días, dos o tres, se estaba despidiendo de esta tierra.

En esos casos, yo como sacerdote, siempre pienso en darle gracias a Dios, y también pienso, qué terrible habría sido que ninguno de nosotros hubiera podido estar ahí.

La historia va a contarles cuál fue el cuadro que me encontré. Ustedes pueden imaginarlo: una persona desgastada por los años, golpeada por la enfermedad, disminuida por algunos ataques, algunas trombosis, verdaderos bloqueos de zonas enteras del cerebro, que disminuyen al mínimo la actividad mental.

Este hombre estaba envuelto en su ruana, puesto en su silla de ruedas, mirando al vacío por una ventana. Debajo de la ventana había una mesita con una cantidad de fotos. No voy a decir el nombre de él, por cariño, por respeto a su familia. Les digo sí, un hombre muy importante, lleno de fotografías, de periódicos y de actividades en el mundo de la política, del deporte y de la ciencia.

Muchas reflexiones vienen a la mente cuando miramos ese final de la vida de tantas personas. Los periódicos, los medios de comunicación, tienen listas sus cámaras para aquel que está arriba, no para el que ya bajó. Están listos para dar reporte, dar noticia del que está en la plenitud de su fuerza, de su belleza, de su talento, de su influencia.

Pero si se pierde esto, como le pasó a este caballero, si la enfermedad, la vejez se abalanzan sobre la persona, entonces ya no es noticia, y queda ahí en el rincón de una casa, que puede ser bella, esperando que la caridad de unas señoras y el tiempo de un fraile, le traiga una bendición, la última bendición, lo único que podía importarle en ese momento.

Él ya no quería ni más cámaras, ni más fotógrafos, ni más periodistas. Deseaba una absolución de sus pecados, una bendición de alguien que pudiera hablarle de Dios, y quería irse a reunir con su esposa. En nuestro breve diálogo, tres veces derramó lágrimas por ella.

Cristo, en cambio, pensó las cosas de otro modo. Cristo sí las pensó bien. Nosotros, los seres humanos, hoy somos populares, fuertes, jóvenes, acaudalados, influyentes, y mañana estamos arrinconados en cualquier parte.

Este mismo amigo de ustedes, este fraile que les predica, ¿dónde estaré yo? ¿Qué me puede pasar a mí? ¿Acaso estoy exento? ¿Tengo seguro antitrombosis? Ninguno de nosotros lo tiene.

También yo, probablemente, en un rincón de una pieza de un convento, estaré esperando que llegue algún sacerdote a bendecirme, a perdonarme porque soy un pecador, en el Nombre de Cristo a perdonarme, y a darme esperanza para ese paso definitivo.

Si el Evangelio fuera una oferta, como las ofertas de este mundo, es decir, sólo para los que estén en "los quince mejores", sólo para los que sean lo máximo, lo más alto, lo más hermoso, por esas puertas de lo más alto y de lo más hermoso, siempre hay pocas personas.

Además, en las cumbres, el aire se enrarece. No es extraño que en esas cumbres de fama, de dinero, de aplausos y de influencia, encontremos, como todos lo sabemos, y como la misma prensa gusta de repetir, escándalos y corrupción.

Si Cristo hubiera puesto la puerta del Evangelio a esas alturas, muy pocos, muy extraños y muy enrarecidos hubieran podido entrar. Pero fue el Padre Celestial el que puso una puerta por la que todos podemos pasar.

Dice Cristo: "Te alabo, porque revelaste estas cosas a los pequeños" San Mateo 11,25. Eso es maravilloso, porque pequeños todos vamos a ser. ¡Todos! El final de nuestra vida, en la vejez, en la enfermedad y en la desesperación, las deudas, el anonimato, la soledad, los reveses de fortuna, más tarde o más temprano, a todos nos van a llevar a ser pequeños.

Y por eso, Jesucristo alaba a Dios que revela sus secretos a los pequeños, porque así los secretos de Dios están para todos. En algún momento, si no es hoy, en algún momento el cansancio de la vida, en algún momento la enfermedad de la vejez, te hará despedir de todo, menos de esa puertecita, chiquita, que se llama ser pequeño. ¡Ser pequeño! Y por tanto, hoy las lecturas nos invitan a contemplar la grandeza de ser pequeño, nos invitan a reconocer la sabiduría de la humildad.

Hay cosas que no se aprenden sino a corta distancia, a poca distancia del suelo. Y creo que muchos de los que estamos aquí, hemos aprendido sobre quiénes somos nosotros y quién es Dios, no cuando todo el mundo nos exaltaba y aplaudía, sino cuando tal vez nos dieron la espalda, cuando llegó un problema, cuando llegó una tragedia, cuando nos tuvimos que enfrentar en últimas con nuestra condición de creaturas.

Porque la humildad no consiste en bajarse más allá del suelo. No hay que abrir un hueco y enterrarse. Basta con que vuelvas al suelo. Y le dijo Dios a Adán, que "tendría que volver al polvo del que había sido tomado" Génesis 3,19. No le dijo más abajo del suelo, pero sí al suelo.

Hay que volver al suelo, hay que volver a tocar tierra. Y es preferible pedirle a Dios humildad, que esperar a que el mundo nos humille. Es preferible recibir de Dios la humildad, que recibir del mundo la humillación. Roguémosle a Dios que nos dé la sabiduría de los pequeños, la sabiduría de los humildes.

Por algo son los niños, los que tienen las preguntas más inteligentes. Por algo son ellos, los pequeños, los que tienen la palabra más libre. Por algo son también ellos, los que son más vecinos de la alegría, de la esperanza, del canto.

Recojamos la enseñanza de los pequeños, y agradezcámosle al Padre Celestial que haya puesto su Evangelio para ellos.

Que si hoy todavía no lo somos, deja pasar unos años. Deja que lleguen otras circunstancias, y encontrarás esa puerta siempre lista, siempre abierta. Allí te aguardará el Señor, allí estará Jesús para darte su gracia como el primer día.