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Fecha: 19960623

título: Dios no entra facil a ninguna vida

Original en audio: 11 min. 41 seg.


Queridos Hermanos:

Las lecturas del día de hoy, en la Santa Misa, nos hablan de persecuciones y dificultades para aquellos que quieran permanecer fieles a Dios, y las persecuciones que sufre el profeta Jeremías por habar del parte del Señor, y las persecuciones que sufren los Apóstoles por hablar de parte de Jesús.

Hay que anotar, sin embargo, que a Jeremías le toca dar una mala noticia, mejor dicho, la peor de las noticias que se podía dar a la casa de Judá. Y los Apóstoles, en cambio, tenían que dar una buena noticia, la mejor de las noticias que se podía dar al resto de Judá. Y sin embargo hay persecución para el que dice malas noticias y hay persecución para el que dice buenas noticias.

Con la ayuda del Señor, examinemos por qué esto es así, y comprenderemos mejor, quizá, cuál es el lugar, la importancia y la tarea del cristiano en nuestro tiempo.

¿Qué había sucedido en tiempos de Jeremías? Es una historia larga. Dios, a instancias de su pueblo, les había dado reyes, empezando por el rey Saúl y siguiendo por el rey David. Y con el rey David quiso Dios comprometerse con juramento diciendo que siempre habría un descendiente de David reinando.

Salomón fue el hijo de David, pero ya el hijo de Salomón, Roboam, no pudo sostener la unidad de ese pequeño reino que queda allá en un rincón del Medio Oriente. Se dividió entonces el reinado que había estado consolidado en manos de David, se dividió entre Judá e Israel.

Y sucedió que tanto los de Israel como los de Judá recayeron en antiguas idolatrías, porque la tierra a la que llegaban los israelitas después de peregrinar por el desierto, esa tierra de Palestina tenía antiguas divinidades, divinidades que prometían, fundamentalmente, la fecundidad, la prosperidad, la seguridad en esta tierra.

Pues bien, tanto los israelitas, los del reino del norte, como los judíos, los del reino del sur, fueron decayendo en su fe en Yavhé y empezaron a dar culto y a dar su fe y su corazón a esas divinidades, porque preferían la prosperidad, porque querían asegurarse una religión fácil.

En estas circunstancias, debilitaron su fe en Dios que los había sacado de Egipto, y Dios ciertamente los había sacado de Egipto con un propósito: manifestar, primero a ellos mismos, y luego, a través de ellos, a todos los pueblos, la grandeza de su misericordia, su profunda sabiduría, su incalculable poder.

De manera que el plan de Dios quedó como frustrado tanto entre los judías como entre los israelitas, tanto en el reino de sur como en el reino del norte.

Las cosas, sin embargo, fueron bastante más graves en ese reino del norte, como nos cuenta la Sagrada Escritura en extensos capítulos. Y bien pronto este pequeño reino, que tenía su capital en Samaria, se debilitó y fue invadido por ejércitos poderosos de los vecinos de Israel.

Judá resistió otro poco, pero aun viendo que Israel había caído, y que había caído por idolatría, por descreído, por no apoyarse en Dios, aun viendo eso, los reyes de Judá entraron en lo que los profetas llamaron la prostitución de su fe.

Es decir, así como una prostituta o una mujer prostituida vende su cuerpo al mejor postor y por conseguir dinero, así también hay personas dispuestas a vender su corazón, a vender su fe y a vender su amor con tal de ganar un plato de lentejas, en el caso de Esaú, prosperidad, en el caso de Israel, o tantas otras cosas y placeres que atraen nuestra vista en nuestro tiempo.

Así las cosas, era inevitable la caída del reino del sur, del reino de Judá en donde se encontraba Jeremías. Estamos hablando del siglo sexto antes de Nuestro Señor Jesucristo. Jeremías se daba cuenta de que es inevitable el castigo, es decir, se da cuenta de que Dios no va a traicionar sus promesas, Dios va a seguir siendo fiel de una manera misteriosa, pero lo va a seguir siendo.

Pero esa fidelidad de Dios tiene que pasar, en esa ocasión, tiene que pasar por el castigo, por un castigo duro; que el hombre, que la persona, que el pueblo se remueva; que logre que la persona y que el pueblo abra su corazón y se dé cuenta del vacío de su ídolo.

Ahí pasa más o menos lo mismo que sucedió a algunos de los misioneros que vinieron a nuestra tierra. En más de una ocasión, misioneros como San Luis Bertrán, tuvieron que coger los ídolos a los que adoraban y veneraban con inmenso amor y religioso respeto los indígenas, coger los ídolos, golpearlos, destruirlos para que se convencieran aquellos indígenas, antecesores de usted y de mí, para que se convencieran de que el ídolo no es nada.

Hay veces que Dios tiene que es coger una vida y estrujarla, y tiene que destrozar muchas cosas en nosotros para que, por fin, entendamos que el ídolo no es nada.

A Jeremías le tocó el papel antipatiquísimo de anunciar que eso era lo que iba a suceder, es decir, que en este caso Dios tenía que coger al pueblo, estrujarlo, remecerlo y purificarlo, para que dejara de creer en su idolatría, para que abriera sus ojos. Nótese que este no es un Dios que está bravo porque se han portado mal, deje su fantasía, deje esas mitologías, no tiene que ver con el Dios de la Biblia. El punto no es que Dios esté bravo porque se han portado mal con Él.

En este tipo de castigo, como en el que tuvo que anunciar Jeremías, lo que hay es un inmenso amor de Dios, como tiene amor el papá que sabe que al niño enfermo hay que inyectarle penicilina, por ejemplo, pero sabe que al niño no le gustan para nada las inyecciones, y que va a llorar su niño. Pero toma al niño, incluso casi a la fuerza, lo inyecta, porque sabe que eso es lo que el niño necesita. Es una manifestación de amor.

A Jeremías le tocaba hablar de ese amor, ese amor cáustico, ese amor purificador de Dios, y el pueblo no lo entendió. Jeremías en más de una oportunidad estuvo al borde de la muerte, y el final de su existencia anticipaba bastante de la Pasión de Jesucristo.

¿Ahora qué sucede en tiempo de los Apóstoles? Jesús vuelve a hablar de persecución, pero esta vez se trata de buenas noticias y es bueno que sepamos por qué reciben persecución los que traen la buena noticia de la gracia.

¿Usted sabe por qué la gracia salvadora de Dios es la buena noticia para el Señor, pero es una mala noticia para mucha gente? Pues porque el pecado es un muy buen negocio para mucha gente. Voy a dar sólo un ejemplo.

Cuando Pablo y Bernabé predicaban en Asia Menor, lo que hoy corresponde a Turquía, cuando estaban predicando, los que fabricaban estatuillas de ídolos, concretamente de Artemisa, fastidiados de esta predicación porque veían que se les iba a acabar su negocio, un día la emprendieron contra los predicadores del Evangelio.

El pecado trae muy buenas ventas y trae grandes ganancias para muchas personas. Hay mucha gente que saca mucho dinero y mucho provecho del tráfico de armas; hay mucha gente que saca mucho dinero y mucho provecho de la pornografía, de la droga, de los excesos. Nada produce tanto dinero como los excesos; nada es tan buen negocio como motivar a las personas y encadenarlas a vicios y a excesos.

Por otra parte, los Apóstoles tendrían con su predicación que luchar también en contra de dirigentes que estaban ávidos de poder y de dominación religiosa. Y por eso también la buena noticia de Dios encuentra persecución.

Saquemos entonces como consecuencia para nosotros: Dios no entra fácil a ninguna vida, porque si Dios dice: "Necesito sacudirse un poco para que despiertes", nosotros le decimos: "A mí no, déjame dormir"; y si Dios dice: "Te tengo la buena noticia de que te amo y quiero perdonarte", nosotros le decimos: "Y la plata que ganaba con mi pecado ¿qué?"

Dios no entra fácil a nuestras vidas, pero entra, pero llega, toca a la puerta y su gracia es eficaz y es poderosa, y a través del misterio de la Cruz, y a través de la noche de la Cruz, destella un amor intensísimo, que es capaz de llegar a los recovecos del corazón y es capaz de despertar en nosotros esa sed que el mismo Dios puso un día al crearnos.

Acojamos entonces a nuestro Salvador, y seamos, empecemos a ser de aquellos cristianos conscientes de su fe, que saben que siempre encontrarán algún grado de oposición, no para llenarnos de miedo sino para llenarnos de confianza en la victoria y de la misericordia por nuestros hermanos, que si algo bueno hay en nosotros, se debe a la gracia salvadora el Señor.

Así nos lo conceda su amor, el que nos ha congregado para oír su Palabra.

Amén.