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Fecha: 19990613

Título: Dios nos ha dado una prueba de que si nos ama.

Original en audio: 23 min. 49 seg.


Amados Hermanos:

Las lecturas de este domingo verdaderamente son un banquete, pero hay banquetes de banquetes, hay banquetes donde uno se sienta y tiene que contentarse con lo que le lleven a la mesa, hay veces que dan mucho y a veces dan poquito, a veces dan mucho de lo que a uno no le gusta y a veces dan poquito de lo que a uno sí le gusta.

Hay, en cambio, otra idea que no sé quién se la inventó, pero él sí sabia lo que estaba inventando, que es el banquete tipo buffet, que tiene la ventaja de que si uno, por ejemplo, come poquito, entonces se sirve solamente poquito, solamente lo que se va a comer.

Si otra persona, por ejemplo, está en crecimiento, sea a lo ancho o a lo alto, tiene oportunidad de servirse un poquito más, por aquello de las vitaminas, las proteínas y los minerales.

Las lecturas de hoy son como un suculento buffete, el surtido de las enseñanzas es tan abundante, que podríamos, sin temor, entrarnos en cualquiera de las lecturas y cada una de ellas es como una sala, como una mesa dispuesta por nuestro Dios para que nos alimentemos, para que recibamos de Él de su estilo, de su cocina.

En la segunda lectura, por ejemplo en la Carta a los Romanos, está una declaración del amor de Jesucristo, se puede sintetizar en esta frase, “Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama”. Ahora vamos a decir cual es esa prueba, pero antes yo quiero que miremos esa frase que está en la Biblia en la Carta a los Romanos capitulo quince “Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama” Carta a los Romanos 5,8.

Quienes son papás a veces tienen una hermosa costumbre, en su oficina o en su lugar de trabajo tienen un escritorio y encima del escritorio un vidrio, y entre el escritorio y el libro tienen una foto de la familia, de las personas que aman, por ejemplo el jefe o la suegra y junto a esas fotos ponen también, por ejemplo, las fotos de los niños, de los hijitos.

Hace pocos días estaba visitando a un amigo que es papá joven y él está aprendiendo a ser papá, la niña que tiene en este momento él con la esposa, una preciosa y encantadora chiquitina, pues yo sentía cómo le daba vida a este hombre.

Él, agotado de su trabajo, pero llegar a la casa y ver esos ojos, esa sonrisa ese “hola, papi” y el abrazo y beso. Y el hombre sentía: “Mi vida tiene sentido” “mi esfuerzo tiene un para qué”.

¡Qué hermosa es la vida de familia, qué hermosa! Ciertamente, tengo la gracia de haberlo vivido en mi familia de origen, tengo la alegría de vivirlo también ahora en la acogida de mi familia y también en otras familias, pero lo que quiero decir, es que en esos amores, está la vida, esos amores le dan una razón a la lucha en estos tiempos tan difíciles, donde a veces parecen escurridizos los centavos.

En estos tiempos tan arduos, tener un motivo, tener la foto de un niño en mi escritorio, tener esta meta, este camino, esa propuesta, ese reto, porque todo eso son los hijos. Cómo es de bello eso, cómo es de bello, en medio del trabajo y de las ocupaciones, tener un niñito para mirar el rostro hermoso y sonriente de los hijos.

Otras personas guardan en un cajoncito documentos preciosos, por ejemplo cartas. Dicen que uno cuando se va volviendo viejo se va volviendo sentimental. Los que no éramos sentimentales, otros hemos sido sentimentales toda la vida, se vuelven sentimentales con los años.

Yo creo que yo en algunas cosas he sido sentimental y en otras he sido como muy desprendido, como muy indiferente en términos de tarjetas, de fotos y de cartas, yo siempre he sido muy desprendido, pero creo que estoy envejeciendo, porque ahora me cuesta trabajo desprenderme de ciertas cosas, ni creo tampoco que uno necesariamente se tenga que desprender de todo.

Les quiero contar que hubo una persona, ustedes en general están llenos de amor por los sacerdotes, de amor por los predicadores y realmente hoy, por ejemplo, han manifestado un amor muy grande por mí, y yo se los agradezco.

Hubo una persona, que expresando su agradecimiento en una carta me decía: “Creo que usted ha recibido de Dios la ciencia de transformar las orugas en mariposas”. ¡Me pareció una flor tan bonita!

Uno no acierta siempre, a veces uno se equivoca, a veces uno no tiene el tono, no tiene la manera, no tiene todo lo que se necesita hoy, la santidad que se necesita.

Hoy hay que tener la santidad para llegar a los corazones; a veces uno no tiene eso, pero una frase como esa es muy bonita para el sacerdote, que una persona me exprese con ese cariño, con esa pureza y con esa alegría me diga: “Mire, usted ha recibido de Dios eso”, eso es alimento para mí.

Yo no soy ni de mármol ni de palo, yo recibo eso y realmente lo agradezco, así como hay cosas que duelen, también las cosas que alegran.

Pues estos ejemplos tan tiernos de la foto del niño en el escritorio o de la carta de las orugas y las mariposas o de mi amigo, un amigo de colegio, que algunos de los que están aquí lo conocieron, ese hombre sí se enamoró, pero como dicen los muchachos hoy, lo perdimos, el hombre se enamoró completamente.

Un día saca de su billetera un pedazo ajado de la primera chocolatina que le regaló la novia, yo traté de no hacer lo que ustedes hicieron, reírme, yo dije voy a tratar de no reírme porque esto es muy importante para este señor, entonces yo comenté de todas las virtudes del chocolate.

Tener una señal de amor, cómo es importante dar y recibir señales de amor, ahí está la vida, la vida no es la multiplicación de unas células, la vida humana no es la multiplicación de unas células como un proceso automático, la vida está conducida por todas estas cosas, por todas estas señales de amor.

Nos decía mi papá, que cuando él estuviera muriendo, le pedía a Dios, que cuando eso sucediera, pudiera tener como en una película ante sus ojos el recuerdo de tantas escenas tan bellas de familia, de cuando nosotros éramos niños, el le pide eso a Dios, que pueda recordar eso, porque ahí está la razón, ahí está el para qué. El que da amor da vida.

Si esto es así, uno puede preguntar cuál es esa señal a la que San Pablo la llama prueba: “Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama” Carta a los Romanos 5,8, como una prueba de que Dios nos ama.

Uno es capaz de vencer lo que de otra manera no es capaz de vencer. Cuántas veces las injusticias de la vida, hablando en un plano puramente humano sin meternos con religión ni con Dios, las injusticias de la vida se toleran cuando hay un para qué.

Cuántas personas, de pronto de ustedes mismos, han querido mandar todo a la quinta porra, pero piensan: “Un momento, hay unos hijos, hay una familia, hay unas responsabilidades”, y dicen: "¡Espérate! ¡Detente!" Y la persona habla consigo misma y dice, por ejemplo, con mi nombre: "Nelson, ¡espérare, espérate! Tú tienes una responsabilidad, no puedes botar todo por la borda”.

Tener a quién amar y tener de quién recibir amor, tener una señal de amor, tener una foto en el escritorio, tener una carta en el cajón, tener una flor que se pueda recordar.

A mi, por bondad de Dios, me ha gustado el estudio, particularmente he tenido cariño por las ciencias exactas, matemáticas y física. Me encontré en la biblioteca de la casa, por allá un antiguo libro de cálculo.

Era yo estudiante de bachillerato en esa época y en el bachillerato le dan a uno algunas nociones de cálculo, me pareció simpático aprender un poco más, algo así como qué sigue de cálculo después del colegio.

Tomé el libro este, un libro en inglés, empecé a pasar algunas páginas y de pronto ¡sorpresa!, me encontré un mechón de cabello, el antiguo dueño de este libro había inmortalizado ese momento, un momento de amor, una persona a la que había conocido, una persona importante, además les cuento que el cabello es lo que más dura, el cabello sí que dura.

Y ahí estaba ese mechoncito de cabello y yo, que tenía como poca poesía en esas lides en aquel tiempo, miré ese mechoncito de cabello y me parecía una mezcla de basura y de tesoro, como yo no sé de quién era ese mechoncito de cabello, ni que shampoo usaba, ni si era control caspa o no, el mechoncito de cabello podría convertirse en basura para mí.

Pero alcancé a percibir que en ese sencillo mechoncito había una voz, había un instante que había sido inmortalizado ahí, ese mechoncito significaba que alguien fue importante para alguien un día.

¿Son los mismos? ¿Qué fue de ellos? ¿Se conocieron? ¿No se conocieron? Es decir, ¿si se siguieron tratando? ¿Se casaron? ¿No se casaron? ¿Se separaron? ¿Enviudaron? Ese mechón no me podía decir eso, y en libro en el que estaba, un libro de cálculo, tampoco se mete en esos temas.

De manera que ahí estaba el mechoncito de cabello para decirme simplemente: “Alguien recibió vida de alguien, porque alguien fue importante para alguien un día". Y de esas señales de vida, de eso depende que uno tenga felicidad o tristeza, que uno tenga sonrisa o depresión.

Claro que también hay muchos otros factores que influyen en todo eso, pero yo creo que ustedes me reciben la idea, a través de esas señales de vida, a través de esas señales de amor, nosotros vamos y comunicamos vida.

El mapa en el que uno se mueve en la vida, mis amados hermanos, no es el mapa en el que uno se mueve en la vida, no es el mapa de las calles, las diagonales y las transversales.

Por efectos del ministerio sacerdotal, he tenido que dar muchas vueltas por este Bogotá y he descubierto que Bogotá son muchas ciudades.

A cada rato resulto yendo a un barrio o alguna región o alguna zona, que dice uno: “Esto parece...”, “yo no sabía que esto existía”, “no tenía ni idea”, “es como otra ciudad”. Uno no se mueve en el mapa de la ciudad, uno se mueve en el mapa de las señales del amor y de la vida.

¿Qué tan grande es Bogotá para usted? Eso es fácil responder. Si nos vamos al Instituto Agustín Codazzi, a la Alcaldía Mayor, nos dirán: “Bogotá va hacia la calle tal sur o a la calle tal norte, al este o al oeste, tiene tantas cuadras o manzanas".

Eso pueden decir los libros, pero ese no es mi Bogotá, mi Bogotá está constituida por aquellas personas a las que yo puedo llamar, con las que puedo contar, aquellas personas para las que yo significo algo.

Por eso, lo terrible de sentirse uno extranjero, cuando uno llega como extranjero a un lugar, la ciudad es del tamaño de la ropa de uno, así tenga todas las calles y carreras del mundo, pero cuando por fin uno empieza a ser alguien para alguien, entonces ya la ciudad tiene por lo menos una calle, la calle que llega a la calle de mi amigo.

Ya tiene una carrera, la carrera donde nos reunimos los días tal, ya tiene un edificio. La ciudad de una persona que está llena de amor, es una ciudad que tiene muchas casas; la ciudad de una persona que tiene muy poquito amor, es una ciudad que tiene muy poquitas casas.

Hay ciudades con muchas casas cuando hay mucho amor, y hay ciudades que tienen muy poquitas casas cuando hay muy poquito amor. Señales, señales de amor que hacen que el mundo sea ancho o que sea estrecho. Si uno no tiene más ciudad que el tamaño de la ropa de uno, quizá ese sea el tamaño de la ciudad de uno, uno se siente ahogado.

Usted puede llegar al aeropuerto más amplio del mundo, en la ciudad más amplia del mundo, una ciudad como cualquiera de las de Colombia, pero si usted no es nadie para nadie, su ciudad es del tamaño de la ropa suya, y eso oprime el corazón y eso produce angustia.

Angustia significa literalmente eso, estrechez; pero cuando llega una señal de amor, cuando llega una señal de vida, el mundo se abre y esa es la sensación de primavera, ese es el valor que le da a los enamorados, es eso, el mundo se abrió, el mundo estaba encerrado, el mundo estaba metido dentro de una cárcel, pero ahora el mundo se abrió.

¿Qué fue lo que hizo que el mundo se te abriera? ¿Qué fue lo que pasó? "Me sonrió, ¿y le parece poco que me sonrió?" Está bien, esa sonrisa le abrió el mundo. Dice San Pablo: “Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama” Carta a los Romanos 5,8.

Vivir en la Ciudad de Dios, que llamaba San Agustín, es vivir en esto, en la prueba de que Dios sí nos ama, es mantenerse en esa señal, una señal indestructible, una señal invencible, una señal elocuente.

Qué bueno que usted que pega letreritos en su casa, que pega fotos en la pared de su cuarto, qué bueno que usted, de pronto en un arrebato de fe, sacara un papelito con esta frase: “Dios nos ha dado una prueba de que sí nos ama” Carta a los Romanos 5,8.

Sí, es verdad, Él no guardó su amor para sí, nos dio una prueba, nos dio una señal y la señal del amor de Dios trae vida abundante para nosotros, una vida tan poderosa, tan poderosa que es más fuerte que la misma muerte.

Porque todas las señales bellas de las que yo he hablado, incluyendo los recuerdos tiernos de la infancia, de los hijos, todas esas señales bellas, de algún modo se acabarán con la muerte.

Esta señal que viene del amor que Dios nos tiene, es la señal por excelencia, todas son importantes, pero hay una que es la más importante de todas, la más grande de todas, la más maravillosa de todas: “Dios me ha dado una prueba de que sí me ama, yo tengo una prueba de que sí me ama".

¿Y qué es una prueba? Una demostración, ¿qué es? Pues lo que era ese papel de chocolate de la novia del amigo, es eso, es ese algo que yo puedo sentir, es algo que yo puedo tocar, es algo que yo puedo percibir. Me ha dado una señal, como la foto del niño, es como la carta en el cajón, es algo que está ahí.

La Escritura dice que "Dios nos hado una prueba de que nos ama” Carta a los Romanos 5,8. Felices, mil veces felices, para siempre felices los que puedan repetir esta frase con San Pablo.

El que pueda decir, el que pueda salir de este recinto, el que pueda salir esta tarde y decir: "Tengo pruebas, tengo señal de que Dios sí me ama, el que tenga eso, tiene una victoria sobre la muerte, tiene una fuerza que es mayor que todos.

Con esa señal escoge uno navegar, y aun en las angustias en las estrecheces y las soledades de este mundo, porque hay traiciones, dolores enfermedades, ingratitudes; aun en medio de los males de este mundo, esta señal, si tú la has tenido, si tú la has recibido, esa señal es más fuerte que todo.

Con esa señal que Dios te ha dado, la señal de que sí te ama Dios, con esa señal maravillosa, tú eres vencedor, con esa señal maravillosa, aunque te apresaran en la más oscura cárcel, tú podrás decir como San Pablo: "Pero la palabra no está encadenada" 2 timoteo 2,9; por esa señal, aunque tu cuerpo se desmoronara por la enfermedad, y todos nos vamos a desmoronar una vez, todos.

Como decía un pensador: "Este mundo, -es una frase un poco triste, pero en fin, ustedes la entienden- este mundo es un pabellón de enfermos terminales, de los cuales unos pocos ya saben cuál es su fecha de partida, los demás no sabemos cuál es nuestra fecha de partida"; los demás no sabemos.

Pues aunque se desmorone nuestra morada en esta tierra, dice San Pablo, “Dios nos está preparando casa en los cielos” 2 Corintios 5,1. Esa es la certeza que brota de esta palabra. Es que tenemos una prueba de que sí nos ama.

Yo, lo que le pido a Dios, es que esa prueba, que no es otra sino el sacrificio de Cristo, y la Cruz de Cristo, que esa prueba no se quede, no aquí afuera. Este Cristo de metal lo guardarán en algún salón, lo guardarán en alguna sacristía, allá en algún rincón; lo importante no es esto, lo importante es que allá en tu corazón, como le pasó milagrosamente al bienaventurado Enrique Seuze, allá en tu corazón quede grabada la señal de Jesús.

Que tú puedas decir: "Aunque destruyeran todos los crucifijos, aunque la persecución antirreligiosa más terrible acabara con todas las imágenes del Señor, yo tengo una imagen, yo tengo un crucifijo, yo tengo una señal, que es de mi propio tamaño, que es tan honda como mi corazón y tan viva como mi sangre, y yo se que Él sí me ama".

Con esa señal y con ese amor, es posible caminar por esta tierra; y con esa señal y con ese amor se abre la puerta del Reino de los Cielos.

¡Gloria a Dios!