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Fecha: 19960616

Título: La compasion es la fuente de la obra de Cristo y de ella nacen los Apostoles

Original en audio: 12 min. 23 seg.


Queridos Hermanos,

Nos dice el Santo Evangelio: "Al ver Jesús la multitud, sintió compasión por ellos" San Mateo 9,36.

Sintió compasión, y de esa compasión de Cristo nacen sus milagros; sintió compasión, y de esa compasión nacen sus discursos, sus parábolas; sintió compasión, y de esa compasión de Cristo nacen sus exorcismos, la resurrección de los muertos, el limpiar los leprosos, el dar la vista a los ciegos.

Jesús, al ver la multitud, sintió compasión" San Mateo 9,36, y de esa compasión de Cristo nace también su intercesión; sintió compasión, y de esa compasión de Cristo nacen sus Apóstoles.

Con esto quiero decir dos cosas. Primera: que la fuente viva de toda la obra de Jesús, de todo su hacer, de todo su tiempo y de todo su padecer, y de su horrible muerte, y de su gloriosa Resurrección, toda la fuente de Cristo está en este verbo (en griego), sintió compasión.

Bendita compasión de Cristo que lo rajo del cielo a la tierra, bendita compasión de Cristo que nos lleva de la tierra al cielo, bendita compasión de Cristo que le lleva a cargar sobre sí, que le conduce hasta el Calvario; pero sobre todo, bendita compasión de Cristo que lo saca del sepulcro para que ya no Él solo sino con todos nosotros, ascienda victorioso hasta el Padre.

De modo que el primer pensamiento, que quisiera quedara bien en nuestro corazón, es que hay corazón en Dios. Que se grabe en nuestra alma que hay esa compasión y esa misericordia en el Señor. Que nuestro amor aprenda que el amor es la única explicación de la obra de Cristo.

Pero por otra parte, también quisiera que quedara claro, en segundo lugar, que los Apóstoles nacieron de la compasión, nacieron del amor de Cristo. Cristo, que por amor nos dio milagros, por amor nos dio parábolas, por amor nos dio exorcismos; Cristo por amor nos dio Apóstoles. Los Apóstoles de Cristo son expresiones de su propia compasión. Los Apóstoles de Cristo son multiplicadores de sus manos, multiplicadores de sus ojos, multiplicadores de su palabra.

Cristo se multiplicó, se multiplicó primero por doce, luego por mil, por un millón, por mil millones. Cristo encontró manera de multiplicarse a través de sus Apóstoles, pero encontró también manera de multiplicarse a través de la gracia del Espíritu Santo.

Estos Apóstoles no son repetidores de discursos. Los Apóstoles de Cristo no son gente que que simplemente cuenta como grabadora lo que han escuchado. Los Apóstoles de Cristo tienen el poder de Cristo, porque Cristo así como multiplica Apóstoles, multiplica la gracia del Espíritu, de manera que el Apóstol le vaya hablando a nuestro oído exterior, y el Espíritu Santo le vaya hablando a nuestro oído interior.

Así Cristo logra llegar. A través de las culturas, de los siglos, de las lenguas, de las fronteras, Cristo logra llegar a cada persona.

Hemos dicho hasta aquí dos pensamientos: que la compasión es la fuente de la obra de Cristo, y que una expresión particular de esa compasión son los Apóstoles. Esto significa que estos Apóstoles son un regalo del Señor. Evidentemente, un regalo que tenía que prolongarse a través del tiempo, y por eso Cristo comunica su misma fuerza y gracia a estos Apóstoles.

Jesús dice allá en el evangelio de Juan: "No hay mayor amor que dar la vida" San Juan 15,13. Esa expresión en primer lugar se refiere, desde luego, al hecho mismo de morir por nosotros, pero dar la vida es también que tú tengas la misma vida que yo tengo, eso también es expresión de amor.

Y Cristo realmente les dio su vida a estos Apóstoles, compartió su vida con estos Doce, les dio de sí mismo, de su mismo amor a esos Doce.

Y por eso ellos, transfigurados por la gracia y el poder de Cristo, también eligieron a otras personas para que presidieran a las comunidades que iban siendo evangelizadas. De este modo, el Evangelio de salvación se fue propagando. Esos responsables de las distintas comunidades son los que dan origen a los que nosotros llamamos hoy Obispos.

Entonces el obispo es, dentro de la Iglesia, un regalo de Jesucristo y tiene por misión dar ese mismo testimonio de Cristo. Es decir, el encargo del obispo es proclamar que ya llega el reinado de Dios, curar a los enfermos, resucitar a los muertos, sanar a los leprosos, expulsar a los demonios y dar gratis lo que ha recibido gratis.

Si usted siente un poco de descontento porque tal vez no ve este retrato completo en los obispos que usted conoce, esto significa que tenemos que unirnos en oración por nuestra Iglesia y pedir a Dios que renueve esta gracia apostólica en los obispos.

En ellos, efectivamente, la sucesión apostólica preserva para las nuevas generaciones y para nuevas y nuevas culturas el don del Evangelio que Cristo proclamó a estos Doce.

Como ayudantes de los obispos tenemos a dos tipos de personas. Hay un tipo de ayudante del obispo que es el diácono. Hoy, por ejemplo, tenemos a un diácono allá debidamente acomodado, sentado, presto para servir. Diácono significa servidor.

Desde los primeros siglos de la Iglesia hay un ayudante del obispo que es el diácono, es su mano derecha, le colabora en la liturgia y le colabora en el ministerio de la misericordia, especialmente con los más pobres.

El diácono presenta ante el obispo las intenciones del pueblo y con frecuencia expone la palabra del obispo al mismo pueblo de Dios. Ese es un tipo de colaborador.

Hay otro género de colaborador. La comunidad necesita alimentarse del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Hay un colaborador que desde los primeros siglos tuvo ese encargo, es el presbítero, al que nosotros solemos llamar sacerdote.

Como el obispo tiene a su cargo una inmensa grey y no puede celebrar la Eucaristía en todas partes, participa y autoriza de modo más o menos permanente, en principio de modo permanente autoriza a algunos creyentes cristianos formados, para que presidan la Eucaristía. Ese es el origen de los sacerdotes, de los presbíteros.

Lo cual quiere decir que también nosotros, sacerdotes, tenemos algo, no tendremos mucho pero algo tenemos de esa característica, de esa dimensión de regalo. El sacerdote no es en primer lugar un tipo templado, muy estudiosos, macho para aguantarse una cantidad de cosas, que tendrá que reprimirse de muchas otras, y que él por su propia cuenta y heroísmo hace lo que puede.

El sacerdote, cada sacerdote es un regalo de Jesús, es una expresión de la compasión de Cristo, una expresión de la misma compasión por la que Cristo vino del cielo a la tierra, y de la misma compasión por la que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Cristo Nuestro Señor, de su amor sacó doce Apóstoles. En el Antiguo Testamento, Jacob, de su amor por una mujer, de su amor por Lía y por Raquel, de su amor había dado doce hijos que le dieron nombre a las doce tribus de Israel. Pero el amor de Jacob fue el amor de pareja, de un amor que tuvo su dosis de interés, de concupiscencia, su dosis de negocio, como nos lo explica bien el Génesis.

Jacob, de su amor, dio doce patriarcas a Israel; Jesús, de su amor, dio doce Apóstoles y sigue multiplicando apóstoles, obispos, sacerdotes y diáconos para el servicio del pueblo de Dios. Yo digo estas palabras y miro mi corazón y reconozco cuántas veces no he sido yo, no he sido un regalo para ustedes o para otras comunidades.

Le pido a Cristo Jesús que Él sea captor de mi vida. San Agustín, el gran Obispo, decía: "Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano". Creo que todo diácono, presbítero y obispo tiene que recordarse eso. "Para ustedes soy un regalo, pero de por mí, un hombre lleno de necesidad, ante todo de inmensa necesidad de Jesús".

Amigos, en este día pensemos en la inmensa cosecha, oremos por quienes se sienten llamados a esta vocación y demos gracias a Cristo, que desde su compasión, todo nos lo ha dado.