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Fecha: 20020210

Titulo: ¿En donde esta la fuente del bien?

Original en audio: 15 min. 7 seg.


Queridos Hermanos:

Podemos decir que las lecturas de hoy nos presentan una idea en movimiento, la idea del bien.

San Pablo nos habla del bien máximo que es el de Cristo en la Cruz, lo que Cristo nos ha dado en la Cruz. Por eso cuando él fue a evangelizar a los fieles de Corinto, dice: “Yo no quise saber nada, sino a Cristo crucificado" 1 Corintios 2,2, el bien máximo que está en la Cruz.

Luego, Jesús nos invita a impregnar de bien, impregnar con el sabor del bien, impregnar con el perfume del bien y con el estilo del bien toda nuestra vida.

Y luego, el profeta Isaías nos ha hablado de un bien concreto, el bien al hermano más necesitado, al que está roto, al que está deshecho, es una idea en movimiento.

Podemos decir que las lecturas de hoy responden a tres preguntas: ¿en dónde está la fuente del bien? ¿Por qué hay que ser bueno? y ¿con quién tengo que ser bueno? Tres preguntas: en donde está la fuente del bien, y luego las otras dos: por qué tengo que ser bueno y con quién tengo que ser bueno?

Pero fíjate que hay un orden, no se puede pasar a la pregunta: ¿Por qué tengo que ser bueno? Ni se puede pasar a la pregunta: ¿Con quién tengo que ser bueno? Si no se ha pasado por la primera y fundamental pregunta: ¿En dónde está la fuente del bien? Porque sin la fuente del bien se nos acaba el impulso, se nos acaban las ganas de ser buenos.

Las situaciones que vivimos, hermanos, a veces nos quitan las ganas de ser buenos y a veces quieren meternos ganas de ser malos.

A una muchacha de una pandilla terrible en Medellín, una de esas pandillas que roban, atracan, violan, extorsionan, destruyen, una muchacha, una verdadera delincuente, la entrevistaba un periodista y ella decía: "Es que en este país no se puede sino ser rico o ser peligroso".

Y esa es una gran respuesta, porque eso es lo que estamos sintiendo muchos hoy, que el que no tiene poder del dinero busca el poder de la violencia. En este país para hacerse oír hay que causar un daño, hay que causar una perturbación, cerrar una vía, no dejar trabajar a la gente, o los más exagerados, volar torres y dejarnos sin luz a todos.

Uno siente ganas de ser malo a veces y uno reviste sus deseos de ser malo con una cara de justicia y dice: "Ojalá les cayeran duro". Tal vez haya algo de razón en eso, yo no soy quién para juzgar, lo que quiero destacar es, que como están las cosas a veces siente ganas de ser malo, por lo menos para que lo respeten.

Y resulta que por eso caen en el vacio las dos preguntas finales: ¿Por qué hay que ser bueno? y ¿con quién tengo que ser bueno? Esas preguntas caen en el vacio si yo no he encontrado la fuente de la bondad, sin la fuente de la bondad no le veo sentido a ser bueno, porque ser bueno significa ser tonto, porque ser bueno significa que otros se van a aprovechar de mí, ser bueno significa que no me van a hacer justicia, ser bueno significa ser un perdedor.

Entonces el tema del bien y el tema de la bondad caen por tierra si uno no ha respondido a la primera pregunta: ¿En dónde está la fuente de la bondad? Y la fuente de la bondad nos dice San Pablo que se encuentra en ese enigma, en ese gran interrogante que es Jesucristo en la Cruz.

Un gran obispo y predicador estadinense hacía una reflexión maravillosa sobre esta pregunta: ¿Por qué está Cristo en la Cruz? ¿Por qué? Es una pregunta que lacera el corazón, es una pregunta que quema el alma.

¿Por qué está Jesús en la Cruz? Es inocente, es bueno, es santo, es generoso, es puro, es verdadero ¿Por qué está en la Cruz? ¿Por débil? ¿Por cobarde? ¿Por tonto? ¿Por distraído? Nuestra mente recorre esas posibles respuestas y sabe bien que esa no es la razón.

¿Por qué está Él en la Cruz? ¿Por qué llega Él a la Cruz? ¿Por qué en la Cruz ama? ¿Y qué saca Él con amar? ¿Es inútil ese amor? ¿Es perdido ese amor?

Hermanos, ese amor no es perdido, ustedes y yo hemos venido aquí, estamos aquí y oímos esta palabra, salimos tal vez de nuestras casas, separamos este tiempo por ese amor, y somos millones, cientos de millones en todo el mundo y en todas la épocas y los que vendrán después.

Ese amor no es perdido, hay algo maravilloso, hay algo grande, hay algo poderoso en ese amor, ese es un amor que convence, el poder del Crucificado es el poder de convencernos, con-vencer, ¡vencer! ¡Cristo vence y Cristo convence en la Cruz!

Porque lo grave de la gente buena que uno conoce es que cuando le van a tocar sus intereses se les acaban sus bondades, cuando ya les toca a ellos el turno ahí sí se les acaba el valor, ahí sí se les acaba la bondad; y prometen muchas cosas, pero cuando ya tienen el poder en las manos se olvidan de lo que prometieron.

Cristo es todo lo contrario, Cristo promete y realiza y llega hasta el extremo del amor en la Cruz, y por eso en la Cruz está la fuente de la bondad; y nadie debe hablar de bondad si no se ha admirado, si no se ha fascinado de Cristo en la Cruz.

El que no se ha fascinado de Jesús, el que no se ha admirado de verlo allá en la Cruz, tan lleno de gracia, de mansedumbre, de paciencia, de ternura para con todos, el que no siente admiración por Cristo en la Cruz debe quedarse callado cuando se hable de bondad, porque no conoce lo que es bondad; bondad es y bien es eso que encontramos en Jesucristo crucificado y eso es lo que predica San Pablo.

Cuando uno se encuentra con el amor de Cristo crucificado, ese amor que no tiene límite, que no tiene barrera, porque todos los otros amores los frena la conveniencia.

Las parejas dicen que se aman mucho, le pregunta uno a una mujer destrozada, porque se le acabó una relación de afecto, tal vez de noviazgo: "-¿Y usted lo amaba?" "-Claro, padre, yo lo amaba, yo lo amé desinteresadamente, yo le entregué todo, yo no pedía nada a cambio".

Yo como conozco a Cristo crucificado, yo no le creo mucho a esas ternuritas y a esas palabras, y entonces uno sigue preguntando: "-¿Entonces usted sí amó mucho?" "-Muchísimo". "-¿Y usted amó con desinterés?" "-Mi desinterés era total". "-¿Y entonces por qué llora?" "-Porque miren cómo me pagaron". "-¿No dice que no estaba esperando ninguna paga?" "-Pues sí, padre, pero se entiende".

Los amores grandes, que nosotros llamamos amores grandes, siempre están esperando una monedita, un retorno, un agradecimiento, una paga, quieren ser correspondidos.

El amor fantástico, el amor que le da nombre a todo otro amor es el amor de la Cruz, y ese es el amor que encontramos en la predicación del Evangelio, ese es el amor del que se entrega en la Hostia, ese es el amor del que nos absuelve los pecados, ese es el amor grande: está en el Corazón de Jesucristo.

Cuando uno se encuentra con ese amor entiende un poquito lo que dice el evangelio de hoy, que ese amor no se puede quedar escondido.

Mire que el amor de los que se enamoran no es el amor más grande, porque es una amor que necesita correspondencia, ¿no? Y sin embargo, cuando una persona se enamora se le ve en los ojos, y sonríe, brilla, canta, perdona, se vuelve música, se vuelve poesía porque está enamorado o porque está enamorada.

¿Qué será enamorarse uno de Dios? ¿Qué será uno llenarse de amor por Dios, y sentir que el amor de Dios como una cascada de agua limpia cae sobre el corazón y levanta un arco iris de canciones? ¿Qué será enamorarse de Dios?

Por eso Jesús decía: “Cuando ustedes sientan ese amor, no lo escondan” San Mateo 5,16.

Cuando ustedes sientan que Dios los ha perdonando, que Dios los ha amado, que Dios les ha tenido paciencia, como lloraba una señora en un grupo de oración, y lloraba y se secaba las lagrimitas, y entonces otra señora muy compasiva le dijo: “-Venga y hagamos oración para que Dios la consuele”.

Y la primera, la que estaba llorando, dijo: “-Consolada estoy, lloro de gratitud, lloro de alegría”. "-¿Y por qué? Díganos su testimonio". "-Porque Dios me ha tenido tanta paciencia, me esperó tantos años". Y ella con esas lágrimas derramaba diamantes de gratitud por Jesucristo.

Por eso nos dice Jesús, cuando usted sienta que lo aman con el tamaño de amor del corazón del crucificado no lo oculte, llévelo, muéstrelo a todas partes, que la gente sepa que usted se enamoró, y esta vez de un amor que no falla, esta vez de uno que no defrauda, de uno que nunca será infiel . Enamorémonos de Dios.

¿Qué será sentir el amor de Dios y sentir que las lágrimas, como esa señora, ruedan por las mejillas y que uno verdaderamente es otra persona? ¿Qué será eso, Dios mío? Eso tiene que ser muy bello.

Y Cristo dice: "Cuando a eso le pase a usted, no lo vaya a esconder", que el mundo se entere que usted recibió amor y que el mundo le dé la gloria a Dios.

Y ahí viene la tercera pregunta: ¿y a quiénes tengo que mostrarles esa bondad? Jesús nos enseña en el evangelio: es muy fácil amar a los que nos aman, es muy fácil invitar a los amigos para que luego los amigos nos inviten a nosotros.

Lo realmente grande está en lo que nos dijo el profeta Isaías: “Parte tu pan con el hambriento, ofrece tu techo al desamparado, si ves a alguien sin ropa y le das ropa, si no desatiendes a tu semejante brillara tu luz como el amanecer” Isaías 58,7-8.

Claro, los ejemplos son de esa época, hoy habría que añadir otros, pero la idea está clara: cuando sientas que el amor inunda tu alma, cuando sientas que vas a explotar de amor, busca sobre todo al que no tiene a nadie, al que más puede estar necesitando tu sonrisa, al que más puede estar necesitando tu tiempo, ése, especialmente, tiene una parte del mensaje importante de Dios para ti.