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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990207

Título: “Es propio del cristianismo que la luz vaya unida a la sal

Original en audio: 12 min. 14 seg


Hermanos,

Fue costumbre continua de Nuestro Señor Jesucristo enseñar con palabras sencillas. De manera que todos, del más pequeño al más grande, pudieran comprender su doctrina, y pudieran aprovecharla.

Pero no sólo por eso Jesús utilizó comparaciones como las de hoy: “la luz, la sal” También nos habló con esos términos de la vida de cada día para que nosotros nos acostumbráramos a buscar el paso de Dios. La huella de Dios. El rastro de Dios.

No sólo en los acontecimientos grandes, impresionantes, maravillosos, sino para que tuviéramos por costumbre y por norma, encontrar a Dios en cosas pequeñas. ¿Quién no tiene un poco de sal en su casa? ¿Quién no tiene la experiencia por ausencia, o por presencia de lo que es la luz, y del bien que trae?

De modo que una primera enseñanza de este domingo va en esa dirección. Si aprendemos a leer nuestra vida de cada día, encontraremos que Dios ha estado presente, que nos ha estado hablando, probablemente, nos ha estado gritando, y tal vez, su mensaje todavía no lo hemos escuchado.

Llega Jesús, y pone a hablar a las cosas. Llega Jesús, y hace elocuentes a los campos, los sembrados, la mata de harina, el poco de levadura, la moneda que se pierde, la oveja que se extravía, el muchacho pródigo, la sal y la luz.

Que llegue entonces Jesús a nuestra vida, y toda la vida se va a convertir en un discurso, en una parábola maravillosa, en una palabra fascinante, en un diálogo entre Dios Nuestro Señor, y cada uno de nosotros.

Pasemos a una segunda enseñanza: hoy, Jesús utiliza dos palabras: “la sal y la luz” Este Evangelio es de los más conocidos, y de los más predicados en la historia de la Iglesia.

Yo quiero empezar por la luz: dice Jesucristo que sus discípulos son luz del mundo, porque así como la luz permite ver, y en cierto sentido, obliga a ver; así también los discípulos de Jesucristo hacen que se vea lo que antes no estaba.

Los discípulos de Jesucristo, ojalá todos nosotros, hacemos que aparezca ante el mundo lo que no existía, o lo que existía pero no se veía. Por eso, para aprender a ser luz, y consiguientemente, para hacer verdaderamente discípulos de Jesucristo es necesario que descubramos primero: ¿cuáles son esas cosas, esas realidades que ahora no se ven, pero que cuando llega Jesucristo aparecen?

Estoy pensando sobre todo en una palabra que es tan propia del corazón de Jesucristo y que es tan escasa en nuestro mundo, porque a veces las cosas no se ven, no porque no existan sino porque son demasiado escasas.

Una de ellas, inmensamente escasa, enormemente ausente es: “la misericordia” Hacer visible la misericordia. ¿Qué tal llevar con nuestras obras, y con nuestras palabras misericordia?

Vamos a ver su sucedería en este caso: Imaginemos a un cristiano que asiste a la Santa Misa en este domingo, que escucha La Palabra de Jesús, y que se convence que puede llevar una palabra nueva también a su casa y a su trabajo.

Esta palabra Misericordia queda grabada en el corazón de este cristiano. En el ejemplo que les estoy dando, el cristiano llega mañana al trabajo. En una reunión mientras se toman un tinto, un grupo de compañeros están hablando de alguien que no está presente. Cada uno agregando un comentario amargo. Cada uno diciendo un chiste, una burla. Cada uno destrozando a dentelladas al prójimo que no está presente.

Un pecado que seguramente todos conocemos, y que tal vez, muchos hemos practicado. Pero esta vez, el cristiano lleva dentro de sí una palabra nueva: “misericordia” Sabe que la misericordia es la gran ausente en esa conversación de demonios que no pretende, sino despedazar, destruir a otra persona, a un compañero de oficina, a un jefe, a un extraño.

Este hombre tiene, entonces, en ese círculo que podríamos llamar: “satánico” Tiene una misión: mostrar una palabra que no existe para ninguno de los que hablan ahí, y arreglárselas como discípulo de Jesucristo.

Arreglárselas para hacer aparecer una palabra que no tiene, tal vez, sentido, ni lugar entre los que están ahí. Movido por el Espíritu de Jesucristo encontrar el modo de hacer ver a esas personas, pero hacerles ver con misericordia, que esa no es la manera de hablar.

Con toda la prudencia de pronto dice algo como esto: “si les parece, que tal si cambiamos de tema, tal vez, ya estuvo bien de lo que venimos hablando” Eso dice él, aunque no había hecho ningún comentario. Eso dice él.

Los demás abren los ojos: “¡¿a este qué le pasa?! ¡¿Pretende ser juez de nosotros?! ¡Mira el santo! Él aparece como distinto. Causa incomodidad. Denuncia una falta, aunque sea discreto. Aunque pretenda ser leve, muy leve. Los demás, indudablemente, se darán cuenta de que ahí, hay un lenguaje distinto. Les causa incomodidad.

La falta de murmuración de este cristiano hace que aparezca clarísimamente el pecado de murmuración de todos ellos, y eso incomoda. De pronto se ven denunciados.

Una sonrisa. Una mirada que se baja, y de pronto alguien que dice: “no sabía que había santos en esta oficina, permiso me devuelvo a mi escritorio”. El pecado de esa persona ha quedado denunciado. Si él sigue obrando así, es probable que se convierta en un personaje incómodo, como pica la sal, como molesta, y causa escozor la sal.

Por eso, la luz va unida a la sal, y esto es lo propio del cristianismo. No sucede así en el budismo zen. No pasa así en la nueva era. No pasa así en las enseñanzas de Chopra, o cualquiera de estos señores. Para ellos la iluminación es un proceso pacífico donde no tienes que meterte con nadie, porque tu estás en una columna de luz que te lleva a las alturas.

El cristiano es alguien que se mete con: el mundo, el pecado, tiene un encargo, una misión. Misión ardua, incluso, si se vive en el orden, y en la paz de una oficina.

Por esto, mis queridos amigos, convertirse en luz es convertirse en sal. Hacer ver lo que no aparecía es incómodo, y por eso sentimos, a veces, cobardía. Entonces, se cumple en nosotros lo que dice el principio de este Evangelio: “si la sal pierde su sabor, con qué la salarán”

Ese es del desastre moral que vive, por ejemplo, nuestro país: si nosotros los que sabemos estas cosas nos hacemos cómplices de la murmuración, de la vulgaridad, de la deshonestidad, del odio, del rencor.

Cuántas personas de las que uno atiende como sacerdote dicen: “es que una amiga me aconsejó que yo hiciera eso” Yo siempre les digo: “esa amiga que le aconsejó que se vengara; que abortara esa no es una amiga. Es una enemiga.

Vivir así; ser discípulo de Jesucristo no en la tranquilidad del templo, sino en el alboroto, en la contradicción, en la dificultad de la calle, del trabajo, de la universidad es difícil. Por eso muchos nos retraemos con cobardía, y entonces, la sal pierde su sabor.

Ya Jesús dijo lo que sucedía cuando la sal perdía su sabor: “ya no sirve para nada, sino para tirarla al suelo y que la pise la gente” Esto es lo que está pasando con el nombre de Jesucristo. Esto es lo que está pasando con la santa Iglesia queda por el suelo, y la pisa la gente.

Entonces, nos parece muy cómodo lavarnos. Quitarnos el bautismo, y decir que la Iglesia, o sea, “los obispos, el Papa, los sacerdotes deberían hacer… Es que los obispos tendrían que hacer…, esos curas deberían…” Yo no soy el único bautizado que está en esta Iglesia. Cuando usted habla así que los obispos deberían…, y los curas deberían… está quitándose el bautismo. Cosa que por cierto no es posible en la teología.

Mis amigos, hoy recibimos el regalo, el encargo, y la responsabilidad de atrevernos a ser luz. A ser distintos. A mostrar una diferencia.

Ahora, vamos a decir el Credo, y yo quiero que todos los que digamos el Credo, pensemos: “si estamos dispuestos a asumir el Espíritu de Jesús en nuestra vida, para ser distintos con la distinción de ese Espíritu de ese amor, y de esa Palabra!

Amén.