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Fecha: 20020203

Título: Comprender las Bienaventuranzas

Original en audio: 8 min. 50 seg.


Creo, hermanos, que este texto de las Bienaventuranzas, de alguna manera nos choca. Uno sabe que está en la Biblia, uno sabe que lo dijo Cristo, pero es muy difícil de entender.

¿Cómo es eso de llamar dichosos a los que sufren, a los humildes, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los que lloran? Realmente es un rompecabezas, choca con nuestra lógica, choca con lo que vemos.

Porque los que conocemos que tienen hambre y sed de justicia, no parecen muy dichosos. Y nosotros no quisiéramos estar en esa situación, como tampoco queremos estar en la situación de los que sufren, o de los que lloran, ni le vemos muchas ventajas a ser pobres.

Tal vez se entiende un poco más aquello de "dichosos los limpios de corazón" San Mateo 5,8, y también: "Dichosos los que trabajan por la paz" San Mateo 5,9.

Esas dos son más fáciles de entender, pero las otras son muy extrañas. Y es que me parece que Jesús no era y no es, un profesor de filosofía, ni alguien que viene a traer una teoría política o social.

Para comprender estas palabras, hermanos, de pronto no nos sirve la razón, no nos sirven muchas razones, muchos argumentos. Lo que nos sirve, sobre todo, es mirar al mismo Jesús, ver que Él fue el primero que vivió estas Bienaventuranzas.

Porque todas estas Bienaventuranzas son bienaventuranzas con Jesús. Sin Jesús, son desgracias. Con Jesús, y sólo con Jesús, llegan a ser grandes bienaventuranzas. Y por eso Jesús es el que nos lleva a entender esta Palabra.

Si miramos el tiempo en el que Él vivió, la sociedad en la que Él se movió, inmediatamente entendemos, que esto que hemos escuchado hoy, es la pura verdad.

Porque los que estaban muy ricos y los que estaban muy felices, los que estaban muy sanos y creían que todo lo tenían resuelto, ésos fueron los que no aceptaron a Cristo, precisamente porque estaban muy satisfechos, porque estaban demasiado cómodos y demasiado instalados.

El gran peligro de la comodidad está bien dicho en ese refrán: "Lo mejor es enemigo de lo bueno". Y cuando estamos cómodos, no queremos que nos muevan de nuestra situación, no queremos que nos desinstalen.

Por eso Jesús, con su Palabra audaz, con su propuesta fantástica, con esa locura de amor que trae, se convierte en un ser muy peligroso cuando uno está muy instalado, mientras que se convierte en un héroe, un líder, un poeta, un ser fantástico maravilloso, para el que tiene necesidad, para el que conoce el dolor, para el que ha sido despojado de sus derechos.

Desde el fondo de nuestra alma entendemos el mensaje de Cristo, cuando nosotros mismos nos reconocemos como aquellos que tienen necesidad, como aquellos que pasan dolor. De manera que es la existencia de Cristo y es la existencia nuestra, son esas dos vidas, las que tienen que entrar en diálogo.

En un diálogo de razones, ¿quién comprenderá, por qué hay que llamar feliz al que llora? Pero si el que llora ve amanecer una esperanza, porque ha llegado Jesús a su vida, y al mismo tiempo se da cuenta, que el que estaba muy contento rechaza a Jesucristo, entonces ése descubre, por qué la Palabra de Cristo es la pura verdad y es la gran verdad.

Amigos, Jesús sólo llegará a nuestra vida a través de una de estas puertas. Tal vez no debería ser así. Pero si vamos a la realidad de los hechos, la realidad es que Cristo llega a la vida de uno a través de una de ellas, a través de la pobreza, a través del despojo, a través de la enfermedad, a través del llanto, a través de la persecución.

Sólo cuando sentimos esa desnudez de protección, empieza a cobrar todo su perfil, toda su belleza, toda su fuerza y toda su luz, el mensaje de Jesucristo. Y por eso uno puede experimentar las Bienaventuranzas.

Esta Palabra no debe quedarse ahí escrita nada más. Esta Palabra es para encontrarla en la vida nuestra. O mejor, como decía San Pablo: "No es que yo lo haya encontrado a Él, sino que Él me encontró a mí" 1 Corintios 15,10. Esta Palabra no es tanto que uno salga a buscarla, sino que un día esta Palabra lo encuentra a uno.

Porque el día en que nos visite la desgracia, el día en que nos visite el llanto, el día que lleguen a hacerse realidad en nosotros estas calamidades, tenemos dos opciones: O llenarnos de desesperación, llenarnos de ira, de violencia y empeorar las cosas, o abrirle una puerta a Jesucristo y descubrir, que de pronto, en la hora más terrible de la noche, es cuando va a amanecer.

Esa es la experiencia que hicieron los discípulos, y por eso la gente oía con tanto gusto a Jesucristo, porque sabían que lo que Él estaba diciendo, era y es la pura verdad.

Cuando te encuentre esta Palabra, -porque esta Palabra ha salido a perseguirte-, cuando esta Palabra te encuentre, cuando las lágrimas se amontonen en tus ojos, cuando los sufrimientos recaigan sobre tus hombros, yo te invito en el Nombre de Jesucristo: no conviene renegar, no conviene maldecir, no conviene llenar de la amargura de la venganza el alma. Lo que conviene es mirar hacia Jesús y descubrir que tal vez, lo que parece la peor desgracia de tu vida, es tu gran oportunidad.

Porque así lo proclaman muchos cristianos. Asomémonos a una comunidad neocatecumenal, vayamos a un grupo de oración, asistamos a un cenáculo fervoroso, donde se rece con amor y con provecho el rosario, y preguntemos testimonios.

¿Qué nos dirá la gente? "Cuando yo estaba enfermo, me encontré con Dios". "Cuando mi esposo me abandonó, me encontré con Dios". "Cuando perdí el trabajo y la quiebra se me vino encima, me encontré con Dios".

Las Bienaventuranzas son la pura realidad, son la pura verdad y se cumplen todos los días. Pero para entenderlo, necesitamos que esta Palabra nos encuentre. Ya esta Palabra fue lanzada, hermanos, y esta Palabra sale en búsqueda de nosotros.

Nos va a encontrar, y quiera Dios que cuando nos encuentre esta Palabra, podamos sonreír con gozo, porque Jesús, junto con esa necesidad, junto con ese dolor, junto con eso que parece desgracia, viene a traernos su gracia, que es indestructible, que es santa, fuerte e inmortal.