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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990131

Título: “Hazme de tal manera que nada, sino tu, seas mi alimento.

Original en audio: 12 min. 47 seg.


Hay una actitud del corazón que aparece en las tres lecturas de este domingo: la humildad. Humildad de los humildes y del pueblo pobre en el profeta Sofonías; humildad de los ignorantes y despreciados en el Apóstol San Pablo; humildad de los pobres, los sufridos, los que lloran, y tienen hambre en las palabras de Jesucristo.

A veces creo que todas estas palabras de Nuestro Señor, y todas estas recomendaciones de la Escritura apuntan hacia algo que no tiene nombre, hacia algo que no cabe en ninguna palabra.

Algo que llamamos a veces humildad, algo que podríamos llamar pobreza en el espíritu, algo que podríamos llamar misericordia de limpieza de corazón, algo que tiene muchos nombres, y algo que no tiene nombre.

Es como si todos nosotros saliéramos, por ejemplo, al aire libre, y todos señaláramos con nuestras manos hacia el sol. Nuestras manos son distintas; las direcciones que trazan nuestros brazos son distintas con respecto a la tierra.

Pero todas esas líneas que forman nuestras manos, finalmente convergen hacia algo que es el sol. Así, creo yo también que hay una actitud del corazón que está más allá de toda palabra.

Una actitud del corazón que a veces se llama humildad, que a veces se llama pobreza, que a veces se llama limpieza de corazón. Es algo difícil de describir, o algo que se puede describir de muchos modos.

Pero es algo maravilloso, porque las personas que reciben eso, tienen en sus manos, por así decirlo, las manos de Dios; tienen la puerta hacia la dicha, tienen la puerta hacia la bienaventuranza.

¿Qué es eso maravilloso? Lo podemos aprender ante todo de la mansedumbre del corazón de Jesucristo, de la humildad del corazón de Jesucristo, de la pobreza de la vida de Jesucristo.

En verdad, el conjunto de esta actitud que digo que trasciende toda palabra, esa actitud no es otra, sino la que vemos en Jesús. En Jesucristo, especialmente, en la divina pasión de Nuestro Señor.

Especialmente ahí, en la pasión de Jesucristo, ahí se ve cuál es esa actitud. Y eso que llamo aquí una actitud que está más allá de toda cualidad, que no es propiamente una virtud que uno adquiera a fuerza de proponérselo.

En esa actitud hay algo maravilloso, porque esa actitud es como una antena que atrae a Dios. Dice, por ejemplo, el Apóstol San Pedro: “El Señor resiste a los soberbios, le da su gracia a los humildes” 1 Pedro 5,5.

La gracia de Dios es siempre algo inmerecido. La gracia de Dios no es algo que uno compre a ningún precio, pues nos está diciendo San Pedro que esos que tienen esa actitud, reciben la gracia. Definitivamente, eso tiene que ser una gracia.

Sólo una gracia atrae a otra gracia, como dice San Juan en su prólogo que: “Por Cristo hemos recibido gracia sobre gracia” San juan 1,16. Y por eso, este domingo nos invita a contemplar esta pluralidad de las bienaventuranzas, o esa, unidad de la bienaventuranza en Jesús.

Jesús dijo varias bienaventuranzas. En Mateo aparecen ocho, o tal vez nueve, según la cuenta de otros; o siete, según la cuenta de otros. En Lucas aparecen cuatro. Jesús habló de varias formas sobre lo que era ese modo de vivir.

Porque de eso es de lo que se trata, de un modo de vivir marcado, ¿por qué? Por la conciencia de criaturas, por la absoluta confianza en el Creador, por la incapacidad para hacerle daño a otros, por el deseo del bien para todos, por la compasión para con el pobre, con el que sufre; caracterizado por la rectitud de intención, caracterizado por un ansia, un hambre.

Si yo tuviera una palabra para describir lo que trato de decir, yo diría esa palabra, pero no la tengo, porque esto no es tanto algo que uno tenga; precisamente, es tan difícil de describir esto.

Es el arte de no tener. Por algo se llama pobreza, por algo se llama hambre, por algo se llama desconsuelo. Es el nombre de un vacío que se hace en el alma, pero es un vacío que queda como repleto de esperanza, de ansia.

Es como la decisión firmísima de no dejar que nada, sino Dios nos llene. Es la convicción profunda, la convicción irreversible de que no puedo entregar el corazón que Dios hizo sino a Dios que lo hizo.

Y por eso es también como una lucha, como una batalla; la batalla por mantener arreglada la casa para cuando venga el Señor; la batalla por mantener despierta el alma, mientras dura la noche, y llega el Esposo.

La batalla por negarle a la carne su grito, y decirle: “¡Aguarda, aguarda!”; la batalla por vencer en una injusticia grande, por vencer el ataque del mundo. Hay unos cristianos que han querido radicalizar esta batalla. Se puede entender muy bien en la vida de los religiosos, en la vida de las religiosas.

El verdadero religioso se priva de una cantidad de cosas, y no las reemplaza. Ahí está el arte, no reemplazarlas.

Me he quedado sin pareja, y nada, nada reemplaza eso. Nadie reemplaza eso. Hay un vacío en mi alma, ¿y por qué dejas ese vacío? Porque quiero que ese vacío hable, quiero decirle a todo el mundo que sólo Dios puede llenarme.

Si se despoja de su voluntad, se despoja de sus cosas, y permanece así, extrañamente, sin una respuesta para aquel que le pregunte por qué.

Ser religioso, ser consagrado es quedarse sin respuesta. A veces creo que la teología de la vida consagrada, por lo menos en algunos autores se enseña, se describe como diciendo: “Este es otro modo de plenitud humana.”

Algunos son plenos en su matrimonio, en sus cosas. Nosotros somos plenos aquí. No me gusta eso. El amor de mi alma, Jesucristo, yo no lo veo pleno, sino muy vacío; no le veo lleno, sino desocupado, y desolado.

Ir tras de Jesucristo es hacer un vacío grande como ese de la cruz. Es pasear un absurdo grande por la superficie de esta tierra. ¡Qué poco servicio le han prestado a la Iglesia los que han hablado de la vida religiosa como un modo de plenitud humana! No. Es un modo sublime de estar vacío, pero ese estar vacío sin recargarse en nadie, por eso parece una plenitud, precisamente, porque no hay muletas, porque no hay bastones, por eso parece que la persona estuviera llena.

Pero si miramos nosotros a Jesucristo, Jesucristo no está pleno, no está lleno, está vacío. Está vacío de sí mismo. Parece que está lleno, porque da mucho; parece que está lleno, porque no pide, porque no se apoya, porque no mendiga de las fuerzas de este mundo, de los poderes de esta tierra.

Parece que está lleno, por eso, porque no pide y porque da; pero es una pura ilusión. Jesucristo no pide de esta tierra, y sí da a esta tierra, porque todo lo recibe y porque completamente depende de Dios, su Padre.

De ese modo, Jesús se convierte como en un canal de las obras y del amor de Dios Padre. Sostenido sólo en el Invisible, agarrado sólo de lo que no se ve. Ese es el Señor que nos ha hablado en este evangelio.

Es el Señor que nos invita a vivir también así: una extraña actitud, una nada en esperanza, un hambre repleta de confianza, una pobreza que enriquece a todos, y no tener repuesta para convertir nuestro silencio en una pregunta a todos los que quieren las cosas de esta tierra.

Así era Jesucristo, así es Jesucristo, y así es también la religión de Jesucristo. Vivir así, permanecer así. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Le vamos a decir a Dios que venga a llenarnos, o que venga a desocuparnos?

Casi siempre le pedimos que venga a darnos. Creo que hoy nos toca pedirle lo contrario: "Ven y desocúpame. Esta vez soy yo el que te voy a dar, y te voy a dar todo, todo lo que tengo todo, lo que pienso, todo lo que soy". Crea en mí, ¿qué? Un vacío.

¿Qué tal esa petición? "Crea en mí un inmenso vacío. Hazme de tal manera que nada, sino tú seas mi alimento. Obra así conmigo. Camine yo así por esta tierra, y sáciame después de ella en la dulzura de tu rostro".

Amén.