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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20080120

Título: Una actitud humilde y abierta permite reconocer a Cristo y valorar nuestra propia existencia

Original en audio: 10 min. 51 seg.


Las lecturas de este domingo, mis hermanos, vienen siendo como un eco, una prolongación de la fiesta del Bautismo del Señor que tuvimos la semana pasada.

Y yo quisiera destacar un par de frases en los textos que hemos escuchado. Primero, lo que dice Juan con respecto a Jesús: "Yo no lo conocía" San Juan 1,31;San Juan 1,33.

Y en segundo lugar, esa frase que está en el texto de Isaías: "El Señor me dijo: "Tú eres mi servidor". Pero, yo dije: "En vano me fatigué; para nada he gastado mi fuerza" Isaías 49,3-4.

Yo creo, mis hermanos, que nos cuesta trabajo pensar en Jesús como una persona que uno no reconocería. En efecto, lo que nos está diciendo Juan, es que Jesús se confundía en la multitud. O dicho de otro modo: uno podría pasar al lado de Jesús sin reconocerlo. Su apariencia no lo denuncia, su apariencia es sencilla: podría pasar por uno de tantos.

Juan necesitó un signo especial, que en ese caso fue el signo de la paloma, para poder reconocer a Jesús. Porque, Jesús parecía uno de tantos.

Esto mismo nos dice la Carta a los Filipenses en el capítulo dos. Dice que, "Jesús, actuando como un hombre cualquiera, pasó por uno de tantos, y así se sometió a la muerte" Carta a los Filipenses 2,7-8.

Y yo quiero destacar este punto, porque a veces uno no encuentra a Jesús: "¿Dónde está Jesús? ¿Dónde está Dios en la vida mía?" A veces nos parece que nuestras angustias, nuestras preguntas, nuestros problemas están muy lejos de Dios, o Dios está muy lejos de ellos. ¡No encontramos a Dios!

A veces quisiéramos, como una vez "pidieron los fariseos, que Jesús nos regalara un signo bien grande en el cielo" San Marcos 8,11, algo que fuera inconfundible, o como decía una amiga mía, un letrero grande de neón que dijera: "Aquí estoy; deseo ésto de tu vida", o cualquier otra cosa semejante.

Aparentemente, Dios es demasiado discreto. Aparentemente, Jesús sabe mimetizarse, sabe esconderse muy bien y podemos pasar al lado de Él sin reconocerlo. Yo creo que esto es importante, porque nos hace reflexionar que tal vez Jesús ya se ha atravesado en nuestra vida. Tal vez Dios ya nos ha hablado muchas veces y nosotros seguimos pidiéndole que nos hable.

Quizás Él nos ha saludado, nos ha sonreído, ha querido conversar con nosotros, pero lo hemos despreciado porque nos ha parecido demasiado ordinario. De pronto creemos que ya lo conocemos, de pronto creemos que ya hemos aprendido todo lo que se puede aprender de religión.

En algunos lugares de esta Europa tan amada, sucede éso: la gente cree que ya conoce a Jesús, que ya conoce la Iglesia, que ya conoce la Biblia; es algo que se confunde en el paisaje, algo que no despierta admiración.

Desde niños nos hemos acostumbrado a ver esos grandes edificios que llaman iglesias. Nuestra infancia y juventud han conocido muchas veces la señal de la Cruz. Y hemos perdido la capacidad de admiración frente a esas señales religiosas, así como hemos perdido quizás la capacidad de descubrir a Jesús allí donde Él prefiere esconderse: en la persona de sus enfermos, en la persona de sus pequeños y de sus pobres.

Él dijo: "Lo que hagáis a uno de mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis" San Mateo 25,40. Y de ese modo nos estaba enseñando que Él sigue ahí, que Él se esconde ahí, que Él está oculto tras la humilde apariencia de mendigos, pobres, necesitados y pecadores públicos.

Por éso, quiero destacar de la lectura de hoy ese pensamiento: "Ya Dios me ha hablado muchas veces, ya Dios se me ha aparecido muchas veces, ya Dios ha querido cambiar mi vida muchas veces" Isaías 49,1-2. No obstante, a veces hacemos oídos sordos.

La semana pasada, el rector de la "Universidad de la Sapienza", en Roma, invitó al Papa Benedicto para que diera un discurso, para que presentara un discurso frente a esa prestigiosa universidad pública.

Un grupo de estudiantes y de profesores protestaron airadamente. Dijeron que el Papa era un reaccionario, alguien que niega la autoridad de la razón, de la ciencia, de la historia, y que no merecía hablar en esa institución.

Las protestas fueron creciendo, hasta que finalmente la Universidad de la Sapienza no recibió al Papa, o mejor, la Secretaría del Estado Vaticano manifestó que no estaban dadas las condiciones para esta visita del Santo Padre y que por consiguiente era mejor aplazarla. El Papa de todas maneras envió su discurso.

En este hecho, creo que se retrata lo que mucha gente siente: "Ya conocemos al Papa, ya conocemos la Iglesia, ya sabemos su discurso, no queremos oír más".

Es muy fácil tener oídos sordos; es muy fácil creer que uno ya conoce a Cristo. Uno se siente tan científico, o se siente tan ilustrado, tan moderno, tan inteligente, tan secular, uno se siente tan bien preparado o se siente tan antiguo, tan experto, que cree que ya no necesita de Jesucristo.

A veces uno se siente demasiado bueno y no necesita ya de Jesús para seguir siendo cristiano.

Por el contrario, esta lectura del evangelio nos invita a permanecer en una actitud humilde y abierta, esperando las señales: cómo quiere mostrarse Jesús hoy a nuestro tiempo, cuáles son las señales de su presencia en nuestra sociedad, en nuestra familia o en nuestra propia vida. Creo que ese pensamiento es interesante.

Sin embargo, así como a veces no podemos reconocer a Jesús, o creemos que ya lo conocemos, a veces también pasa que creemos que ya conocemos lo que nuestra propia vida, -la de cada uno de nosotros-, puede ofrecer.

Entonces, así como menospreciamos la presencia de Cristo sobre esta tierra, también puede suceder que tengamos poco aprecio sobre nuestra propia misión.

Yo quisiera decir a cada uno de ustedes, mis hermanos, y decirme a mí mismo, esa frase tan hermosa de la primera lectura, esta frase que dice el Profeta: "Yo soy valioso a los ojos del Señor; mi Dios ha sido mi fortaleza" Isaías 49,5.

Creo que el mismo corazón que no permite reconocer la presencia de Jesucristo, es el corazón que tampoco reconoce la presencia y el paso de Dios en la propia vida.

Y a veces uno puede sentir que la vida de uno es insignificante, inútil, así como dijo el Profeta en la primera lectura: "En vano me fatigué, para nada he gastado mi fuerza" Isaías 49,4.

Por el contrario, lo que nos recuerda esta lectura, es que cada uno de nosotros tiene un lugar irreemplazable. Cada uno de nosotros tiene una misión, así como Jesús tenía la suya. Por supuesto, excelsa, maravillosa, santa la de Él, pero también nosotros tenemos una misión irreemplazable.

Yo quisiera que cada uno de ustedes saliera de esta iglesia con esa convicción y pudiera repetir esa frase: "Yo soy valioso" Isaías 49,5. "Yo soy valiosa". "Yo valgo mucho, soy precioso ante los ojos de mi Dios. Él es mi fortaleza".

Le pido a Dios en síntesis, que nos dé ojos, que sane, que renueve nuestros ojos, para ver a Jesús en las calles de Dublín, para ver a Jesús en la historia de Europa, para ver a Jesús en nuestra propia vida, pero también para ver nuestra propia vida de una manera nueva, para ver nuestra existencia y poder arrojar fuera toda depresión, toda melancolía, toda baja autoestima.

En contraste, para poder decir: "Yo soy precioso, yo soy valioso ante los ojos de Dios, y aunque mi misión permanezca oculta o no le importe a mucha gente, es una misión que es preciosa, que es valiosa a los ojos del Señor".

Que Dios nos conceda esa mirada nueva, y que podamos en medio de las dificultades y de los absurdos que a veces enfrentamos, descubrir la belleza, la hermosura que Dios va tejiendo también en esta vida nuestra.

Amén.