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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020120

Título: Jesucristo viene a nosotros para darnos un corazon libre de la carga del pecado

Original en audio: 13 min. 49 seg.


Lo que tenemos hoy, mis amigos, es como un eco, una prolongación de esa fiesta tan hermosa del domingo pasado, la fiesta del Bautismo de Cristo.

Estamos hoy escuchando el testimonio de Juan, ¡qué grande es Juan Bautista! Un hombre, que podemos decir, vivió para realizar su misión, anunciar a Jesucristo y luego desaparecer, y que grande esa misión.

Quedémonos por un momento en lo que eso significa, anunciar a Jesús y luego desaparecer, fue Juan precisamente el que dijo: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” San Juan 3,30.

De manera que en Juan brillan dos virtudes: un amor inmenso y una humildad incomparable. Anunciar a Jesús es una obra de amor, y luego desaparecer es una obra de humildad, y esa fue la alegría de Juan, y él dijo que su alegría era completa porque había logrado su misión.

La primera enseñanza entonces hoy es: admirémonos de Juan y de esa dos virtudes hermanas que él tuvo en tan alto grado: la caridad y la humildad. ¿Y cuál fue el testimonio que nos dio Juan? Se resume en una palabra, en una frasecita que decimos siempre al celebrar la Santa Misa: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Lo dice el sacerdote, cuando momentos antes de la comunión, presenta la Hostia consagrada ante la Iglesia: “Este es el Cordero”. Esta frase la dijo primero Juan y el pasaje en el que sabemos esto es en el que hemos oído hoy que se encuentra hacia el final del capitulo primero de San Juan evangelista.

“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado”. Busquémosle sinónimos a la palabra pecado y descubriremos un poco cuál fue la maravilla de testimonio que dio Juan. Por ejemplo, el pecado es como una carga.

A menudo después de la confesión le pregunta uno a la persona que se acaba de confesar, y además es la experiencia que yo tengo porque yo también me confieso, le pregunta uno a la persona: "¿Y usted cómo se siente?" Y muchas veces la respuesta es: “Me siento livianito, como que me he quitado una carga de encima."

Una vez en otro lugar tuve ocasión de escuchar la confesión de un caballero que tenía mas de setenta años y más de cincuenta sin confesarse, por un asesinato que había cometido allá en la juventud; más de cincuenta años sin confesarse.

Y este hombre, que ya siente la debilidad en las piernas y ya escucha los pasos de la muerte, se acerca a un sacerdote jovencito que era yo en esa época, a contar una cosa que había sucedido mucho antes de que yo naciera, una cosa que él nunca se había atrevido a confesar, ese horrendo asesinato, y luego se levanta, con el cuerpo que le tiembla por la alegría, y dice: “Padre, me ha quitado un peso de encima.”

El pecado es peso, es una carga. O sea que podemos tomar la palabra de Juan y decir: “Este es el Cordero de Dios que quita tus cargas, que quita tu peso, eso que te agobia, eso lo quita Cristo de encima, Cristo viene a quitarte eso”.

El pecado es también una vergüenza, y de hecho mucha gente, como ese caballero de la historia que les he contado, se detiene y no se confiesa por vergüenza.

Con mucha sabiduría decía un sacerdote ya mayor: "¿Por qué sienten vergüenza de confesarse? Han debido sentir vergüenza de pecar, no vergüenza de confesarse; no es vergüenza confesarse, vergüenza es pecar, porque el pecado es el que trae el oprobio, es el que trae la vergüenza.

Pregúntele usted a una persona, sobre todo si los años ya van pasando: ¿Usted de qué se avergüenza? Y verá que la respuesta siempre son pecados: "Por un engaño que hice", "por una trampa que hice", "porque calumnié a un inocente", "yo no debí haber hecho eso", "me avergüenzo con mis hijos por el mal ejemplo que les di", "me avergüenza que esta mujer no ha hecho sino quererme y yo la he maltratado."

Me avergüenza el pecado, es la vergüenza de la vida. Y viene Nuestro Señor Jesucristo, y San Juan dice: “Este es el Cordero que quita el pecado” San Juan 1,29, y es verdad, este es el Cordero que quita nuestra vergüenza.

Había un pueblecito que se llamaba Sicar, que quedaba en la región de Samaría, y en ese pueblo había una mujer, un pueblo pequeñito, y en ese pueblo una mujer que ya llevaba cinco maridos, iba para el sexto o estaba en él.

¿Ustedes se imaginarán en un pueblito así de pequeñito la mujer que ya llevaba cinco maridos? ¡Cómo se hablaría de esa mujer! ¡Qué vergüenza meterse con esa mujer!

Ella caminaba, y tenía que sentir cómo las miradas de reproche caían implacable sobre sus espaldas, pasaba y tenía que sentir cómo iba dejando una estela de murmuraciones: “Mírala, allá va, quién sabe si irá a conseguir otro"; "mira, qué desvergonzada, qué zorra, qué perra"; me imagino las expresiones duras, los índices acusadores contra esa mujer, y ella lo sabía. Estoy hablando de la samaritana.

La samaritana tenía que ir al pozo a sacar agua y ustedes se acuerdan lo que ella le dice a Jesús: “Señor, dame de tu agua para que yo no tenga que volver a sacar agua del pozo” San Juan 4,15.

No es que le pesara únicamente el jarro o el agua, es que le pesaba tener que salir a la calle y le pesaba la vergüenza, le pesaba sentir que todo el mundo tenía una historia que contar de ella. Yo sé que todas y cada una de las mujeres que están aquí entienden lo que estoy diciendo y creo que nosotros los hombres nos lo podemos imaginar.

¿Por qué traigo a la memoria la historia de esta mujer? Porque esta mujer se encontró con Jesucristo, ese Cristo del que dice San Juan: “Cordero que quita el pecado” San Juan 1,29.

Y Jesús Nuestro Señor con esa delicadeza, con esa pureza que tienen los ojos de Cristo, que tiene la voz de Cristo y que tiene el corazón de Cristo, con esa luz tan grande que tienen sus palabras, Nuestro Señor Jesucristo entró al corazón de esta pobre mujer, y Jesús trajo una luz, trajo una gracia especial a ella.

¿Y sabe qué es lo mas sorprendente? Es que esta mujer volvió al pueblo y empezó a decirle a la gente del pueblo: “Oigan, aquí hay un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho ¿no será el Mesías” San Juan 4,29.

Por Dios, asombrémonos qué maravilla la que hizo Cristo en esta mujer. Ella, que caminaba avergonzada, que tenía que sentir una mezcla de fastidio, repugnancia, vergüenza, rabia, resentimiento contra todo lo que la rodeaba, ella, cuando recibió la luz de Cristo fue tanto lo que recibió que fue capaz de salir con rostro descubierto a decirle a los demás: “Oiga, aquí está Cristo, o sea le sucedió algo tan grande que incluso su misma vergüenza la dejó a un lado” “que importa lo que haya sido, si esa llaga mía sirve para que aparezca la virtud del médico que me curó.”

Es lo mismo que pasa cuando uno ha tenido una enfermedad muy terrible y resulta que hay un buen médico y ese médico lo cura a uno, entonces la enfermedad ya no es vergüenza, sino esa enfermedad se convierte en una ocasión para celebrar esa ciencia, y esa habilidad y esa capacidad del médico.

Así que cuando San Juan dice: “Este es el Cordero que quita el pecado del mundo” San Juan 1,29, está diciendo también: “Este es el Cordero que quita lo que a ti te avergüenza, lo que no te deja levantar la mirada."

Qué pesar siente uno como sacerdote con esto que les voy a contar: uno va a una escuela primaria y lo saludan a uno todos los niños y se ponen de pie, lo miran a uno a los ojos, lo abrazan, le tienden la mano, no se esconden.

¡Qué pesar cuando pasa el tiempo y uno se encuentra ya al niño que ahora tiene catorce o dieciséis años y ya le huye al sacerdote, ya no le da la cara al padre; y la niña ya no saluda, ya no mira a los ojos!

Y si uno logra tener confianza y acercarse a ellos, y si ellos tienen la confianza de abrir el corazón y de hablar, ¿qué es lo que les ha alejado del sacerdote? ¿Qué es lo que hace que no puedan sostener la mirada? El pecado, es que han perdido la inocencia, es que han visto lo que no tenían que ver, es que han tocado lo que no tenían que tocar.

Y por eso, porque el pecado llegó a la vida, con el pecado llegó la vergüenza. Jesucristo Nuestro Señor viene a nosotros para darnos un corazón limpio, para darnos un corazón sano, para darnos un corazón que pueda sostener la mirada, un corazón que no sienta vergüenza.

Esa es la grandeza de la presencia de Cristo en nuestra alma, ese es el Cristo que nos quita la carga del pecado y que nos quita la carga de la vergüenza, ese es el Cordero que saludó San Juan diciendo que quitaba el pecado del mundo.