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Fecha: 19960114

Título: ¿Que es lo que nosotros hacemos cuando asistimos a la Eucaristia?

Original en audio: 15 min. 43 seg.


Queridos Hermanos:

¿Qué es lo que nosotros hacemos cuando asistimos a la Eucaristía?

Acaba de terminar el tiempo de Navidad. No me refiero al tiempo de la Navidad zanahoria, ni me refiero al tiempo de la crisis sobre si se podía o no vender pólvora, si se podía tomar o no trago a ciertas horas, por ciertas personas, en ciertos lugares.

Me refiero al tiempo litúrgico de la Navidad, el tiempo que la Iglesia llama "Tiempo de Navidad", que empieza desde luego en la noche de víspera para el veinticinco de diciembre y que se prolonga ¿hasta cuándo?

Hasta la fiesta del Bautismo del Señor, fiesta que casi siempre cae en domingo, excepto en un año como este en que ha caído en lunes. Las razones por las que hay ese cambio, en este caso, no las vamos a comentar.

La Navidad, pues, va desde el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, hasta su bautismo. En el nacimiento viene ya con un nombre a esta tierra, y en ese nombre trae una misión. De acuerdo con el relato del evangelio según San Mateo, es un Ángel el que le dice a San José que debe llamarse Jesús ese Niño; y de acuerdo con el evangelio de Lucas, es un Ángel el que le dice a María que el Niño debe llamarse Jesús.

Y el Niño debe llamarse Jesús porque esa palabra para ese nombre que era tradicional para los hebreos, más o menos Yeshúa, se pronuncia en hebreo, ese nombre tradicional entre los hebreos significa "Yavé Salva", o, "El Señor Salva".

El tiempo de Navidad va entonces desde que nace ese Niño que tiene ese nombre tan especial, ese Niño que se llama Salvador; pero ese Niño no tenía ahí su nombre completo, el nombre completo lo conocemos nosotros, Él se llama Jesús, el Cristo, el Unido; Cristo quiere decir ungido; Él se llama Jesús, el Cristo, o, más breve, se llama Jesucristo.

Y el nombre Cristo, ¿en qué momento lo recibió? Lo recibe en el momento en el que es ungido, y es ungido en su bautismo cuando el Espíritu Santo desciende sobre Él como una paloma, que es el acontecimiento que nos ha recordado discretamente el texto del evangelio según San Juan, que hemos oído.

De manera que el Tiempo de Navidad, que acaba de terminar según el ciclo litúrgico de la Iglesia, es el tiempo en el que ese Niño, en el que ese hombre, recibe su nombre.

Es Jesús desde niño, y es Cristo desde que el Espíritu lo unge, se apodera de Él, lo posee el Espíritu Santo, para que este Niño, siempre Niño, inocente en su corazón, pero ya adulto por sus fuerzas y por haber crecido en la gracia y haber crecido en edad; en el que este Niño y este adulto, que es Jesucristo, se dispone a la salvación, se dispone a trabajar en esta obra, la obra para la cual ha sido Cristo, la obra para la cual ha sido ungido, la obra que lleva en su nombre desde el nacimiento.

Así pues, el Tiempo de Navidad ha sido algo así como la presentación del gran Personaje, la presentación del Protagonista de los Evangelios; y ese Protagonista es Jesucristo, y su nombre empezó el veinticinco de diciembre, y su nombre terminará, o se concluye de dar ese nombre, en la Fiesta del Bautismo.

La Fiesta del Bautismo del Señor cierra el Tiempo de Navidad, ¿y después qué viene? Viene este otro tiempo litúrgico en el que la Iglesia se viste de otro color. Durante la Navidad habíamos tenido vestidura blanca en la celebración eucarística; la estola que utiliza el sacerdote, en su color tiene una sintonía con el tiempo que está celebrando la Iglesia.

Durante el tiempo de Navidad teníamos ese blanco como expresión del gloria y de la alegría; ahora en el Tiempo Ordinario, que es el tiempo que acabamos de comenzar, llevamos este color verde, que significa tantas cosas, entre otras, la esperanza.

¿Y qué hacemos nosotros durante el Tiempo Ordinario? Es bueno y es bonito saber qué conllevan las celebraciones, porque así no seremos como esos personajes que asisten a Misa y siempre sienten que les dicen las mismas o parecidas lecturas, y siempre el mismo padre diciendo más o menos los mismos regaños a los mismos fieles.

Si nosotros, desde el principio de este año litúrgico, acabamos de vivir el Tiempo de Navidad, desde el el principio de este Tiempo Ordinario, tomamos la sintonía de lo que la Iglesia nos va a ofrecer, seguramente vamos a obtener también mucho mayor provecho espiritual.

A lo largo de su experiencia de veinte siglos, la Iglesia ha llegado a dos conclusiones importantes. La primera, ya desde los primeros años, y es: que para celebrar la Eucaristía hay que escuchar la Palabra de Dios. Por eso la Eucaristía tiene esas dos partes: la liturgia de la Palabra, y luego la llamada propiamente la liturgia de la Eucaristía.

¿Por qué hay ese orden? Lo esencial, ciertamente, está más en la liturgia eucarística, en la cual el pan y el vino, frutos de nuestro trabajo, por la unción del mismo Espíritu, del que se nos habla en el Bautismo del Señor, por las palabras del sacerdote ordenado por ministerio de la Iglesia, se convierten en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, oculto, ciertamente, bajo esas especies que para nosotros siguen pareciendo sólo pan y vino; pero realmente presente para salud de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.

En esa liturgia eucarística, pues, consagramos el pan y el vino como Cuerpo y Sangre de Cristo, y sobre todo lo comulgamos, nos lo comemos, nunca subrayaremos lo suficiente que este es el centro de la Eucaristía. Ni siquiera las palabras del sacerdote, ni siquiera la explicación del Evangelio y ni siquiera la proclamación misma de esta Palabra, ni siquiera ese es propiamente el corazón.

El corazón de la celebración es ese Cristo presente en las especies eucarísticas, que con nosotros y por nosotros se ofrece al Padre para la gloria, para la eterna gloria del Dios que nos ha creado y que nos ha salvado. Eso es lo que nosotros celebramos. Y por eso, bueno es subrayarlo, se queda a medias, se queda incompleta la Eucaristía de la persona que no comulga.

Como ya es frecuente la imagen, es lo mismo que si lo invitaran a uno a una comida y uno echara muchos chistes, y riera mucho, y estuviera muy agradable, pero no probara un solo bocado.

¿Cuál es el sentido de la liturgia de la Palabra, la que viene antes, en la que estamos en este momento? El objetivo de estas lecturas que escuchamos, todas tomadas de la Sagrada Escritura, es contarnos cuál es el Cristo que se consagra sobre este altar.

Estas lecturas nos dicen quién es el Jesús que se nos ofrece; estas lecturas iluminan nuestra fe, levantan nuestra esperanza, enfervorizan nuestro amor, de manera que nosotros reconozcamos cada vez mejor a este Jesús, sepamos cada vez mejor quién es, para que al momento de comerlo, no nos quedemos solamente con el sacramento, sino que obtengamos también la realidad que está oculta bajo ese sacramento.

Así, por cierto, lo pide Santo Tomás de Aquino en una hermosa oración que él utilizaba para preparación de la celebración de la Eucaristía. Decía él: "Señor, que no me quede con el sacramento solamente, sino que reciba la realidad de ese sacramento". Y para llegar a la realidad de ese sacramento, para llegar a ese Jesús están las lecturas de la Misa.

Y por eso, porque nos hablan del mismo Cristo, que luego comulgamos en la Eucaristía, por eso tiene tan alta dignidad y tanta solemnidad en la proclamación.

De esto ha estado convencida la Iglesia en todos los siglos. Es emocionante encontrarse documentos del siglo segundo, por ejemplo de un san Justino, que no fue sacerdote, él fue un laico, filósofo y luego mártir, San Justino, que cuando él cuenta cómo celebraban la Eucaristía en su tiempo, es decir, en el siglo segundo, describe básicamente los mismos elementos que nosotros tenemos ahora.

Es emocionante, digo, encontrase con eso y ver que nosotros comulgamos con el mismo Jesús, que ha producido santos; el mismo Jesús, que dio fortaleza a los mártires; el mismo Jesús, que deseos de virginidad, que inspiró deseos de altísima ciencia; el mismo Jesús del que se alimentaron una Teresa de Jesús, un Martín de Porres, un Luis Bertrán o un Santo Domingo de Guzmán.

El otro punto, otra convicción a la que hemos llegado es, que para que estas lecturas sean realmente provechosas, tiene que tener un cierto orden. Y así la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha ido aprendiendo la manera de servir este banquete de la Palabra de Dios.

De manera que lo que nosotros recibimos después de dos mil años de cristianos, es un banquete precioso, como es preciosa la Sangre de Cristo, y sumamente bien preparado, porque tiene la experiencia de una ama de casa, que es la Iglesia, que sabe muy bien que hay que darle a esos discípulos, a sus niños, a sus pequeñuelos, que somos nosotros.

¿Qué se ha inventado la Iglesia? Hoy sólo doy un elemento, porque no puedo eternizarme en estas explicaciones.

Bueno, doy un elemento, ¿cómo ha distribuído los Evangelios? La mayoría de ustedes asisten a la Eucaristía principalmente en los domingos; ojalá cobráramos tanto amor a Jesús en el sacramento, que también entre semana nos acercáramos mucho a recibirle y a escucharle.

Pero hablemos de la Eucaristía dominical. Los domingos de cada año escogen a un determinado Evangelista.

Este año, por ejemplo, el año noventa y seis, nosotros vamos a escuchar fundamentalmente el evangelio según San Mateo, con la excepción precisamente que hace la regla el día de hoy, en que se ha tomado una lectura del evangelio de Juan, para empatar entre la fiesta del Bautismo y los textos que luego siguen en San Mateo.

Pero en los otros domingos de este año noventa y seis de este año litúrgico, vamos a escuchar sustancialmente a San Mateo, un hombre, un apóstol, un convertido, un evangelista.

Si usted asiste con juicio y con amor a la Santa Misa durante este año, usted escuchará a sorbos provechosos y dosificados el evangelio según San Mateo. Eso es lo que se llama el ciclo A de las lecturas. El año entrante escucharemos en los domingos el evangelio según san Marcos, y el año entrante, si Dios nos da vida, en el noventa y ocho, escucharemos el evangelio según San Lucas.

Preparémonos, pues, sabiendo que este Jesús es "Luz de las naciones" Isaías 48,6, como lo ha dicho el profeta Isaías; preparémonos para alimentarnos bien.

Y ojalá siempre, antes de entrar al templo, siempre, antes de participar de la Eucaristía, tenga cada uno de ustedes, cada uno de nosotros, una pregunta en el corazón: "¿Qué es lo que me quiere decir el Señor mi Dios, mi Creador, el que me creó para Él? ¿Qué será lo que me quiere enseñar en este domingo?"

¿Sabe por qué es tan importante esa pregunta? Porque venir a la Eucaristía sin una pregunta, sin ese deseo, sin esa motivación, es lo mismo que ir a la comida, de la que ya había hablado, sin apetito.

¿Por qué muchas personas salen de la iglesia igual que entraron? Porque vinieron sin hambre, porque vinieron sin apetito, porque vinieron sin pregunta, porque no vinieron para ser enseñados. Y así, lastimosamente, viandas espléndidas se sirven delante de ojos y de mentes y de oídos distraídos.

Y no va a ser el caso para nosotros, el año apenas está empezando; vamos a venir siempre con esa hambre y con ese deseo de escuchar a nuestro Maestro; vamos a conocerlo, vamos a saber quién es, para poderle contar a este mundo, que seguramente está bien distraído y bien indolente ante el amor y ante el dolor.

La gloria sea para Jesucristo, y que Él nos conceda un año lleno de bendiciones.