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Fecha:20110325

Título: Jesucristo quiere tomar carne en nuestra vida

Original en audio: 4 min. 29 seg.


El día de la Anunciación. En este desierto propio del tiempo de Cuaresma, qué bueno es encontrar estos oasis de alegría y esperanza.

No hace mucho teníamos la solemnidad de San José, y esta es otra fiesta litúrgica que nos invita a la alegría, al agradecimiento, y por qué no decirlo, a la ternura y la adoración.

La fiesta de la anunciación tiene esta fecha particular, veinticinco de marzo, porque se sitúa nueve mese antes de Navidad, de modo que ya desde esta fecha estamos mirando el misterio del nacimiento de Jesucristo.

Es parte del encanto que tiene la celebración de nuestra fe, de la manera que lo hacemos en la Iglesia Católica. Este sistema de tiempos litúrgicos, fiestas de los santos, va alternando de tal modo que nosotros al mismo tiempo nos alimentamos en nuestra fe y crecemos en la esperanza y el amor.

Así que, bueno, aquí está un recordatorio de que habrá Navidad, un recordatorio del amor con el que Dios ha llegado a esta tierra.

Los textos principales de la Misa de hoy son el capítulo siete de Isaías y el capítulo primero del evangelio según San Lucas. Por supuesto, el evangelio nos recuerda el hecho mismo de la anunciación.

Llamamos anunciación el anuncio solemne que el Arcángel San Gabriel da a María Santísima, revelándole ese plan de amor, ese plan de misericordia, ese plan sapientísimo, a través del cual tú y yo, querido hermano, vamos a recibir la salvación.

Y María tiene ese lugar central dentro del plan de salvación. Como dice Santa Catalina de Siena, "Ella no fue obligada a ser madre, fue invitada a la maternidad". Es decir, la libertad de María y el "sí" de María entran en juego; pero María no es un vientre sustituto, María no prestó simplemente una parte de su cuerpo, María entregó toda su vida.

Como dice hermosamente San Agustín: "Antes de concebir a Cristo, que es la Palabra de Dios, en sus entrañas, lo concibió primero en su mente y en su corazón; lo aceptó primero como Señor en su corazón, y luego lo aceptó como Hijo amadísimo en sus entrañas".

Y esto nos muestra también por qué la fiesta de la Anunciación no es solamente el recuerdo de algo que le sucedió a esta doncella de Nazaret. Ya es bien hermoso llenarnos de ternura por este milagro de amor que es la encarnación del Hijo de Dios en María; pero, si lo pensamos bien, nosotros tenemos mucho en común con María.

Cristo no viene a encarnarse en nuestras entrañas como se encarnó en el vientre de María, pero Cristo sí quiere tomar carne en nuestra vida. Y es aquí donde esta fiesta adquiere su significado más claro, más vigoroso para los cristianos.

Porque así como Ella, según las palabras de Agustín, aceptó a Cristo en su mente y en su corazón, y así Cristo se volvió carne de su carne; así también nosotros, si aceptamos con alegría y con fe a Jesús, entonces Él toma nuestra carne, y entonces Él mira a través de nuestros ojos, y Él bendice a través de nuestras manos, y sobre todo, Él ama y ora a través de nuesro corazón.

Entonces nosotros podremos decir, como dijo San Pablo: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" Carta a los Gálatas 2,20.