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Fecha: 20100325

Título: Si Cristo no fuera Hombre verdadero, tampoco seria nuestro Salvador

Original en audio: 13 min. 56 seg.


Dichosos nosotros, hermanos, que podemos reunirnos en este día para recordar con amor y con gratitud el comienzo mismo de la vida del Hijo de Dios sobre esta tierra.

Como bien predica y enseña el gran Papa San León Magno, Cristo Nuestro Señor, sin dejar de ser lo que era, es decir, Dios verdadero junto al Padre, empezó a ser lo que no era, es decir, empezó una existencia humana como la nuestra, en todo semejante a nosotros menos en el pecado.

Esta es la grandeza del misterio que celebramos hoy, el nombre que le damos es "la Encarnación". Cristo acepta, Cristo recibe nuestra carne, que es una manera de decir, nuestra naturaleza humana.

Verdadero cuerpo tuvo, cuerpo como el nuestro; verdadera alma como la nuestra, aunque santísima; verdaderos entonces sus dolores; verdaderos sus amores; verdadera su oración; verdadero su sufrimiento; verdadero su sacrificio, y por eso, verdadera nuestra salvación.

El misterio de aquello que Cristo es, refluye sobre el misterio de aquello que Cristo ha hecho por nosotros. Dicen los teólogos: "La Cristología, que es el estudio y meditación de aquello que Cristo es, se confunde con la Soteriología, es decir, con el estudio y la reflexión de lo que Cristo ha hecho por nosotros, es decir, nuestra salvación".

La verdad del ser de Cristo es la salvaguarda de la verdad de nuestra redención; si Cristo no fuera verdadero Dios y verdadero Hombre, nosotros no seríamos salvos. Si Él no fuera verdadero Dios, su sufrimiento, aunque ejemplar, de ninguna manera podría traer el perdón a nuestros pecados.

Porque ya había muchos que habían sufrido. En el Antiguo testamento se destaca sobre todo aquel gran profeta, Jeremías, que tanto padeció por la causa de Dios, y que tanto ofreció en intercesión por el pueblo de Dios.

Pero esos sufrimientos de Jeremías no pueden ser contados como perdón de los pecados de Israel; podía él interceder, podía él atraer la benevolencia divina, pero la victoria sobre el pecado estaba anunciada por él pero no podía él realizarla.

Cristo, solamente Cristo puede realizar ese misterio, porque en la medida en que afirmamos que es verdaderamente Dios, afirmamos también el valor sin límites de su sacrificio, el valor perpetuo y completo de su ofrenda, por la cual fue inaugurada la Alianza Nueva y Eterna, como decimos en la Santa Misa.

Así que si Cristo no fuera verdaderamente Dios, su dolor podría ser un ejemplo notable, su dolor podría ser una intercesión, una oración eminente y muy noble, pero no podría ser la ofrenda que perdona, que quita el pecado del mundo.

Si Cristo no fuera Dios, no hubiera podido o no hubiera debido decir Juan Bautista: "Este es el Cordero, que quita el pecado del mundo" San Juan 1,29.

Solamente lo puede quitar, solamente puede limpiar el universo de toda mancha de pecado, aquel que tiene la misma escala de Dios para obrar en la creación, y esto es lo que Cristo ha hecho porque es Dios verdadero.

Pero si Cristo no fuera Hombre verdadero, tampoco sería nuestro Salvador, ¿por qué? Porque en la verdad de la humanidad de Jesucristo reposa la verdad de su sacrificio. Nos cuentan los Evangelios, en efecto, que Él recibió duros azotes, punzantes espinas, humillantes escupitajos; fue desechdo y maltratado, puesto en la cruz, levantado en alto como un reo, y allí murió.

Pues bien, mis hermanos, nada de esto sería verdad, nada de esto sería cierto si no fuera cierta la humanidad de nuestro Salvador. Si Cristo no fuera verdaderamente Hombre, entonces esos clavos tampoco serían verdadero dolor para Él, ni esos azotes significarían nada.

Hubo en la antigüedad, queridos hermanos, algunos que se desviaron de la fe de los Apóstoles y que llegaron a afirmar que Cristo no era verdaderamente Hombre.

Entre los gnósticos, por ejemplo, hubo quienes dijeron que Cristo era Ángel, y que el cuerpo que Él tenía era como una apariencia, algo así como una proyección gráfica, tridimensional, que nosotros interpretábamos como si fuera un cuerpo, pero que no era un verdadero cuerpo.

Pues, ¿qué pésimo servicio han prestado esos gnósticos diciendo tantas tonterías! Si el cuerpo de Cristo fuera como una proyección simplemente visual, entonces los azotes de Cristo serían golpes en el aire, y Él sería simplemente un actor, un actor que no sufrió, un actor que nada entregó, un actor que en realidad nunca nos amó.

Nosotros no podríamos considerarnos salvos si no fuera verdad la preciosísima Sangre que empapó el ávaro de la Cruz; si esa Sangre no es verdadera, tampoco es verdadera nuestra salvación; si esos clavos no son verdaderos, entonces tampoco es verdaera la firmeza de nuestra redención.

Solamente porque creemos en la verdad de la humanidad de Cristo, creemos que Él, como lo había anunciado, entregó su vida; solamente porque es verdadera esa carne, la que Él tomó de las entrañas purísimas de María, solamente por la verdad de esa carne sabemos de la verdad del amor con que Dios nos ha amado.

Y por eso, solamente afirmando la verdad de la Carne de Cristo, la verdad de la naturaleza humana de Cristo, podemos afirmar que somos verdaderamente salvos.

He aquí, hermanos, la fiesta maravillosa que tenemos en este día: un Cristo, porque es uno solo, es una sola persona, es uno solo y verdadero Dios y verdadero Hombre, un solo Cristo, que en cuanto verdero Dios, otorga un valor, una potencia de salvación infinita a todo aquello que ha realizado, no solamente la Pasión en la Cruz, pero especialmente esa bienaventurada Pasión.

Y uno que es verdaderamente Hombre, y que por eso podemos decir que en realidad ha sufrido por nosotros, que en realidad ha entregado todo por nosotros.

¡Bendita sea la preciosísima Sangre de Cristo! ¡Bendita sea la preciosísima y perfectísima naturaleza humana de Cristo, del cual dijo en profecía el salmo: "Eres el más hermoso de los hombres; y en tus labios se derrama la gracia" Salmo 44,3.

¡Bendita sea esa naruraleza, esa naturaleza de Cristo, esa hemosura de Cristo en la cual se renueva el misterio mismo de la creación!

Cristo, como nos dice San Pablo, Cristo es el "nuevo Adán" 1 Corintios 15,45, y si de Adán pudo decir el Génesis que era imagen y semejenza de Dios" Génesis 1,25, pues de Cristo tenemos que decir lo que Él mismo le dijo al Apóstol Felipe: "El que me ha visto a mí, Felipe, ha visto al Padre" San Juan 14,9.

El nuevo Adán, ese es Cristo, la humanidad renovada, ese es Cristo, el destino final del universo, el punto Omega de toda la creación, el final maravilloso de toda la humana huiitoria, ese es Cristo, Aquel que desde las entrañas mismas de María, ha cumplido el designio de salvación que Dios Padre le impuso.

A través de la obediencia y del amor, obediencia que se recuerda especialmente en la segunda lectura del día de hoy, tomada de la Carta a los Hebreos, a través de la obediencia y del amor, Cristo deshizo el camino tortuoso y triste que había tomado la historia humana, por causa de nuestros pecados.

Porque el principio de toda nuestra desgracia está en la desobediencia, y el resultado y fruto primero de esa desobediencia es cortar la unión de amor que teníamos originalemente con el Padre Celestial.

Pues esa desobediencia y ese desamor quedan hoy destruidos en el misterio de la Encarnación de Cristo, el cual desde el primer momento de su existencia, según dice la Carta a los Hebreos, proclama con altísima voz: "Aquí estoy para hacer tu voluntad" Carta a los Hebreos 10,7.

La bendita obediencia de Jesucristo, desde la concepción hasta la muerte en la Cruz, ha destruido nuestras desobediencias; y el bendito amor de Cristo, desde su concepción hasta derramara la última gota de su Sangre en la Cruz, ha vestido de amor nuestra existencia, nos ha dado la ropa apropiada para el banquete celestial, al cual somos todos invitados y a donde habremos de llegar por su gracia, pues Él es fiel a sus promesas.

Sigamos, hermanos, esta celebración. Quiero que haya gratitud en nuesro corazón. Que la devoción, que el amor, que la alabanza compitan en nuestro corazón para festejar a nuestro bendito Jesucristo, para mirar en Él el modelo mismo de toda vida humana, y para recibir de Él las fuerzas que no tenemos, pero que sí necesitamos, para agradar al Padre Celestial.

Nada más pensemos, mis hermanos, en el contexto de esta celebración, que lo que sucede en la Eucaristía es muy semejante a lo que sucedió en la Encarnación. También aquí, sobre este altar, Cristo se hace presente, y este Cristo que tú recibes al comulgar, llega a ti como llegó al vientre de María Santísima, para crecer en ti como creció en las entrañas purísimas de María.

Cristo quiere llegar a através del sacramento eucarístico, quiere llegar a tu cuerpo, quiere llegar a tu alma, quiere penetrar toda tu historia, quiere embellecer tu corazón, quiere liberarte de toda opresión y de todo enemigo, quiere santificarte interiormente para que te levantes a la dignidad de hijo de Dios, porque para eso fuiste creado.

No fuiste creado para arrastrarte en las arenas del pecado, en el fango de la iniquidad; fuiste creado para levantar tu frente iluminada por la luz de Cristo y saludar al Padre Celestial llamándolo como Cristo: "Abbá".

El Padre Celestial, el Abbá Celestial, es el que te llama a que tú permitas a Cristo crecer dentro de ti.

Al comulgar santamente en esta Eucaristía, mis hermanos, sepamos que estamos uniéndonos místicamente al misterio de la vida de María, que recibió a Cristo en sus entrañas.

Que crezca Nuestro Señor en neustra vida, que Él tome plena posesión de todo aquello que redimió en nosotros, para que nosotros demos plena gloria al Padre Celestial, como Él lo realizó y como Él lo sigue relaizando en la altura del cielo.

Bendito sea Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, ahora y por siempre.

Amén.