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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960325

Título: La Anunciacion

Original en audio: 19 min. 4 seg.


Nos reúne la Iglesia en este día para escuchar la Palabra de salvación y para alimentarnos del sacramento que es la vida misma: el sacramento de la Eucaristía.

Las lecturas que hemos escuchado nos hablan bien del misterio que se celebra. Dice el texto del evangelio: "A los seis meses fue enviado el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; y la virgen se llamaba María" San Lucas 1,26-27.

A los seis meses, dice, ¿a los seis meses de qué? Pues precisamente a los seis meses de otra anunciación. Este mismo Arcángel había sido antes enviado a otra pareja: Zacarías e Isabel. Pero ahí hay una gran diferencia: Zacarías oye el anuncio del Ángel y le cuesta trabajo creer, y por eso pregunta casi con violencia: "Yo cómo voy a estar seguro de esto?" San Lucas 1,18.

Zacarías e Isabel eran de edad avanzada; parecía imposible que tuvieran ya hijos. Zacarías, probablemente resentido contra Dios, que le había negado el ser papá, y eso sólo podía ser visto como una maldición en el pueblo judío, tenía en el fondo de su alma una pregunta: "Por qué si yo cumplo con los mandamientos de Dios, Dios me castiga así?" "¿Por qué si yo soy bueno Dios me trata mal?"

Y por eso, cuando llegó Dios a tratarlo bien, a Zacarías le salió lo que tenía en el alma: hiel, amargura, y le dijo al Arcángel: "¿Y cómo voy a estar seguro de eso?" San Lucas 1,18.

El Ángel le dice: "Mis palabras se cumplirán en su momento, tú por ahora vas a quedar mudo" San Lucas 1,19-20; y Zacarías quedó mudo hasta que nació su hijo y ese hijo fue el Precursor del Mesías: San Juan Bautista.

Seis meses después tenemos de nuevo a este Arcángel enviado por Dios para un nuevo anuncio, para un nuevo nacimiento; esta vez ya no se trata del Precursor, sino se trata del Señor en persona.

El Arcángel se refiere, habla directamente a la Virgen: "Alégrate" San Lucas 1,28, le dice; ese era el saludo común en el griego del siglo primero, y como este evangelio fue escrito primero en griego, ese "alégrate", que en griego se dice jáire, en parte es un saludo, pero en parte es la noticia maravillosa de que por fin llega la alegría a este mundo.

Porque si uno lee el conjunto del Antiguo Testamento, el balance del Antiguo Testamento es triste; el Antiguo Testamento es la historia de cómo Dios hace cosas y la humanidad no le entiende; dice cosas y la humanidad no le cree; manda cosas y la gente no le obedece, ese es el Antiguo Testamento.

Y por eso el Antiguo Testamento es una historia de intentos fallidos. El modelo Patriarcal, el modelo de los Jueces, el modelo de los Profetas, el modelo de los Reyes, el modelo de los Sacerdotes, ¿qué no falló en el Antiguo Testamento? Parece que todo lo que Dios hubiera intentado, hubiera fallado.

Y por eso el Antiguo Testamento se parece mucho a nuestra vida, porque no todos los que estamos aquí en este día, estamos en el Nuevo Testamento ni todo en nuestras vidas está en el Nuevo Testamento.

Hay mucho en nosotros de ese resentimiento en Zacarías, hay mucho de ese sentir que somos buenos y nos tratan mal, hay mucho de esa amargura y hay mucho de esa sensación de que el mundo entero y la humanidad entera se derrumba bajo su propio peso como una estructura de concreto mal diseñada.

De manera qye cuando el Ángel le dice a María: "Alégrate" San Lucas 1,28, también nos dice a cada uno de nosotros: "Deja que se quiebre la cadena de las malas noticias en tu vida, deja que se rompa ese saco de hiel que tiene tu alma; no entres tú en la mudez de Zacarías, entra mejor en el cántico de la Santa Virgen".

Y no le dice el nombre, no le dice: "Alégrate, María", la llama Kejáritomene, en griego; la llama "llena de gracia" San Lucas 1,28. Parece que el nombre de esa niña, María debía tener unos trece o catorce años, para Dios no es María, sino Kejáritomene; el nombre de ella es muy amada, la amadísima, la predilecta, la agraciada; así le habla el Señor.

"El Señor está contigo" San Lucas 1,28, dice el Ángel. Estas mismas palabras habían aparecido muchas veces en el Antiguo Testamento, siempre que se trate de una misión difícil.

Así, por ejemplo, en el libro de los Jueces leemos que a Gedeón un Ángel también le dice: "El Señor está contigo" Jueces 6,12, porque Gedeón va a tener que emprender una terrible lucha y necesita del auxilio divino.

Parece como si se tratara de una batalla que va a empezar, y en realidad esa va a ser toda la vida de Cristo, el Ángel le dice a María: "El Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres" San Lucas 1,28-30.

¡Habría tanto qué comentar sobre esto! Pero por decir sólo una palabra, el misterio de lo femenino, el misterio de lo materno, el misterio de lo esponsal sólo encuentra su lugar justo en María.

Hay muchas mujeres y niñas y esposas y madres hoy aquí, ¿a usted quién le está enseñando a ser mujer? Perdón que hable en estas palabras sólo al público femenino; ¿a ti, mujer, seas esposa, madre, hija, amiga, novia, quién te está enseñando a ser mujer? ¿Qué modelo de mujer es el que marca tu vida y tu ritmo?

La Iglesia quisiera en este día que nosotros pudiéramos levantar nuestro corazón y nuestros ojos hacia María y descubrir en ella lo que significa ser mujer.

¿A ti te está enseñando a ser mujer, dime la verdad, una cantante por ahí? ¿Es una ejecutiva, por ahí, la que te está enseñando a ser mujer? ¿Es una actriz, la actriz de moda, la que te está enseñando a ser mujer? ¿Quién te está enseñando a ser mujer? ¿Qué mujeres te han enseñado a ser mujer a ti?

¿Tu vida ha sido esculpida por la mirada de Dios, como es el caso de la Virgen? ¿O han sido las miradas de deseo, de ira, de venganza, de plata las que han hecho tu cuerpo y tu alma mujer?

Porque las mujeres se esculpen, se tallan no con cincel y martillo, cual si fueran trozos de mármol, sino con miradas. ¿Qué miradas aceptas tú? ¿Qué miradas han modelado tu cuerpo, tus ojos? ¿Qué miradas te han enseñado a amar? ¿Ha sido la mirada de Dios? Esa es María, una mujer hecha por los ojos de Dios, hecha por la mirada de Dios.

Y esto, entonces, también significa mucho para nosotros los hombres, porque eso también significa que sólo en Ella podemos comprender nuestro propio origen, todos hemos nacido de mujeres, y que sólo en Ella podemos comprender cuál es el verdadero trato, el verdadero amor, la verdadera amistad, el verdadero noviazgo.

"Bendita tú entre las mujeres" San Lucas 1,28, le dice el Ángel; María se sorprende ante estas palabras; el Ángel le dice: "No temas. Concebirás en tu vientre, darás a luz un hijo, le pondrás por nombre Jesús, porque has encontrado gracia ante Dios" San Lucas 1,30-31.

La pregunta que hace Ella es muy distinta de la pregunta de Zacarías. Zacarías como padre pelea con Dios, como algunos de nosotros, pide certezas: "Asegureme"; María no pide certezas, pide caminos: "¿Cómo será eso?" San Lucas 1,34.

Pero todavía hay más: si María dice: "Pues no conozco a varón" San Lucas 1,34,esta pregunta sobraría a menos que hubiera en Ella un propósito de ser virgen y de permanecer virgen; un propósito que venía, indudablemente, del mismo Dios; propósito rarísimo, inexplicable dentro de la cultura hebrea, pero comprensible si entramos en el corazón de Dios, que tenía ese designio y que así quiso venir a esta tierra.

Un eminente cristólogo y mariólogo dice que muy probablemente Dios quiso nacer así de una virgen, porque de esa manera queda como más patente que la salvación es enteramente de Diosa, es decir, la virginidad de María es una imagen inmediata, perfecta, completa de la gracia de Dios y de que sólo Dios puede salvar a su creatura.

Si Ella dice: "No conozco a varón" San Lucas 1,34, es evidente que no se trata simplemente de un hecho fisiológico: "No he tenido relaciones"; "No conozco a varón" San Lucas 1,34, sólo puede significar: "He tenido este propósito", y puesto que ya estaba comprometida con José, eso significa que ese mismo propósito debía estar en José.

Si a alguien esto le parece imposible, arrodíllese y rece; entre en el corazón de Dios y sepa que el Señor tiene palabras de amor para las personas que quieren ser solamente para Él. Al fin y al cabo los deseos que Él inspira, cuando son de Él, cuando son suyos, Él mismo tiene fuerza y gracia para realizarlos.

María dice: "Aquí está la esclava del señor; hágase en mí según tu palabra" San Lucas 1,38. Dios llevaba siglos esperando esa respuesta, porque eso era lo que nadie le había dicho, nadie había abierto así la vida.

María no abrió simplemente sus entrañas a la concepción; abrió su mente a la luz, abrió sus oídos a la palabra, abrió su inteligencia a la fe; María es aquella criatura invadida de Dios, y cuando Ella dice: "Aquí está la esclava del Señor" San Lucas 1,38, con esas palabras se desatan las rebeldías de la humanidad.

Porque la humanidad no podía redimirse a sí misma, pero Dios tampoco podía redimirla sin un sí de esta naturaleza. Cuando Ella acepta la voluntad de Dios, el sí de María y el sí de Dios se convierten en un abrazo y un beso; se convierten en una caricia y una unción; se convierten en una luz y en una penumbra, y en ese momento inicia su existencia en nuestra tierra el Verbo de Dios.

Eterno, a partir de este momento, es también criatura del tiempo; Espíritu, espiritual, invisible con el Padre; a partir de este momento tiene una carne, tiene una historia, tiene una fragilidad.

Y al entrar a este mundo, nos dice la Carta a los Hebreos, el primer sí de Jesús está todavía en el eco del sí de María; el primer sí de Jesús se convierte en una aceptación de la voluntad del Padre, como ha hecho María, y esa voluntad, nos dice la Carta a los Hebreos, es que nosotros nos salvemos.

De manera que el gran protagonista en este día es Papá Dios, es el Padre Celeste, que por una voluntad inexplicable que desborda nuestro entendimiento, ha querido ser solícito, ser diligente de nuestra salvación cuando ya a nosotros eso no nos importaba.

El protagonista de este día es el Padre Celeste que ha querido introducir a su Hijo en nuestra historia, ¿para qué? ¿Para que sea aplaudido y recibido? No. Para que esta Carne, que dio origen María, sea desgarrada y despedazada.

Hoy Dios nos da a su Hijo, no para que sea aplaudido, abrazado y festejado; hoy nos da a su Hijo para que sea destruido ante sus propios ojos, para que muera en la cruz por nuestros pecados; para que ese Hijo, llevando la misma historia nuestra, quede tan pegado a nuestra historia, que Dios no le pueda mirar a Él sin mirarnos a nosotros; para que desde este día toda culpa humana quede cosida a la cruz, y lo que era nuestra desgracia, sea nuestra salvación. Eso es infinitamente más, eso es el amor de Dios.

Yo les pido, por el amor de María, por el sí de María, recíbanle ese amor a Dios, abran su corazón a Él; este amor y este dolor, esta fe y esta misericordia no se pueden perder para nosotros.

Aleccionados por el sí de esta mujer, que fue torturada en su ser femenino viendo morir a su propio Hijo; aleccionados por esta mujer, y sobre todo por este Hijo de quien viene la salvación, vamos a decirle también nosotros un sí infinito a Dios.

Eso es lo que sucede en el bautismo, que no es otra cosa que la aplicación de este amor de la cruz a nuestras vidas.

Por eso, Pregunto yo, si hay una obra de misericordia que se parezca a bautizar a una persona; nunca nadie hará por nosotros un favor tan grande; nunca nadie podrá hacer algo semejante, algo que se parezca a ese entrarnos en el amor mismo de la Trinidad, a ese hacernos semejantes al que se hizo semejante a nosotros.

¡Bendito sea Dios en este día santísimo! Y que la gracia abundantísima de María y el don inefable del Espíritu nos hagan semejantes a Cristo.

Así sea.