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Fecha: 20020317

Título: La hora de la gloria de Dios para cada ser humano

Original en audio: 25 min. 23 seg.


Le dice Marta a Jesús: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” San Juan 11,32. Tal parece que Jesús llegó tarde. Algunos dijeron: “Uno que le ha abierto lo ojos a un ciego, ¿no pudo haber impedido que muriera este? ¿no podía haberlo impedido?” San Juan 11,37.

El parece que llegó tarde. Pero antes, cuando Jesús se resuelve volver a Betania, entonces le dicen los discípulos; “Hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver ahí? Todavía no es tiempo de que vuelvas” San Juan 11,8. Parece que es muy temprano.

Para los discípulos que estaban con Jesús era muy pronto, el ambiente estaba feo, todavía no hay que volver; para los que estaban con Lázaro ya era muy tarde. Pero Jesús no obra de acuerdo con lo que uno a veces piensa, y esta es la primera enseñaza para el día de hoy.

Cuántas veces nosotros tomamos la actitud de aquellos amigos de Lázaro o de su hermana: “Si hubieras estado, no me hubiera pasado esto; llegaste tarde”.

Dios tiene su tiempo, el tiempo de Dios a veces no coincide con lo que uno espera, a veces para nosotros llegó tarde; otras veces, en cambio, consideramos que es prematuro, estoy pensando por ejemplo en la evangelización de nuestros propios amigos o parientes: "¿Ya debo hablar de Jesús? No, todavía no".

Y de pronto ya es la hora; pero nosotros obramos como los discípulos que estaban con Jesús: "No, está muy pesado el ambiente; todavía no es tiempo de que se sepa; todavía no debo decir.” Y, a veces, ya es tiempo.

Quiero encontrar el reloj de Cristo, quiero encontrar la hora de Cristo. Observemos una cosa, ¿cuál es el motor de ese reloj? Eso sí lo podemos conocer.

Dice Jesús: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios" San Juan 11,4. Jesús no se deja llevar por el temor que mueve a los discípulos, el temor de ellos era: “Te van a apedrear.” Eso no es lo que le preocupa a Jesús.

A Jesús tampoco le preocupa la opinión publica: “Llegó tarde, hermano; esta vez le quedó grande el problema.” A Jesús no le preocupa ni su seguridad, ni la opinión de los demás, no es esclavo de eso, no tiene miedo ni adentro, ni tiene miedo de lo de fuera; el miedo no es el motor de Cristo.

Él tiene otro motor y ese motor esta en esta frase: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios” San Juan 11,4. Es la búsqueda de la gloria divina. como se glorifica Dios más, cómo se puede expresar mejor su amor, su bondad su providencia, su poder su sabiduría, eso cómo se puede expresar más, y cómo se puede expresar mejor.

Eso es el móvil, eso es lo que mueve a Jesucristo, cómo puedo expresar mejor la gloria de Dios. Y Jesús llegó a la hora que marcaba su reloj, a la hora de la gloria, es esa la hora de Cristo, la hora de la gloria, donde brille más la gloria de Dios.

¿Por qué Dios visita unas vidas tan temprano y les regala cosas maravillosas y a otras las parece tener descuidadas?

Catalina de Siena debía tener unos seis años cuando tuvo aquella visión en la que contempló a Jesucristo revestido como un obispo, como un Papa, y esa visión llenó el amor de Catalina. Entonces dice uno: "Así, pues si, claro, imagínese con esa ventaja, así yo también."

Dios tuvo esa providencia con Catalina, conmigo no; contigo, tal vez, tampoco, ¿pero quiere decir que a nosotros no nos amo? No. Quiere decir que en cada criatura, el reloj de Cristo marca la hora de la gloria.

¿Cuándo llegó Cristo a mi vida? Cuando Él, que me conoce, y Él, que conoce el mundo y Él, que conoce el corazón de Papá Dios; cuando Él sabía que había llegado el momento de la máxima manifestación de la gloria.

Si por ejemplo aquel ladrón que se arrepintió estando junto a la cruz de Cristo, hubiera tenido una visión como la de Catalina, quién sabe que hubiera hecho con eso, no sé, es imposible saberlo.

Ese hombre tuvo la visita de Dios casi en el último momento de su vida, pero en ese último momento se ha convertido en un lenguaje de amor, en un lenguaje de confianza, en un lenguaje de esperanza para todos nosotros.

Es decir, no haber visitado, vamos a decirlo claramente: ese ladrón, cuando tenía seis años, o diez años, o veinte años, no haberlo visitado, ahí estaba en el plan de Dios.

Porque Dios pensaba la visita para ese momento en el que iba a brillar de un modo único, singular, fantástico; iba a brillar la gloria de Dios.

Entonces Dios provee, no sólo con lo que da sino con lo que no da; Dios provee cuando llega y cuando retrasa la visita; Dios provee cuando responde y cuando calla; Dios provee cuando muestra su rostro y cuando lo esconde.

Porque cuando a nosotros nos parece que lo está escondiendo, cuando parece que se está callando, cuando parece que no nos escucha, en esos momentos Dios está preparando la hora de la gloria.

Está mirando su reloj y sabe eso, sabe cuál es la hora de la gloria, y por eso hace la visita en ese momento. Todavía podemos aprender más de este texto tan bello. ¿Cuál es la hora de la gloria? Esa es una pregunta infinita, en cada vida Dios obra distinto y en cada circunstancia Dios obra distinto.

Pero hay alguna pista que nos ofrece la lectura de aquí. El evangelio de Juan, que es tan detallista en algunas cosas, nos cuenta aquello que dijo Marta: “Huele mal, lleva cuatro días” San Juan 11,39.

Hay que saber que según las creencias de los judíos de aquella época, una persona se consideraba completamente muerta, es decir, cadáver, diríamos nosotros, sin alma, tres días después; el número tres es muy importante en la Biblia, por eso Cristo también decía: “Resucitaré al tercer día” San Mateo 17,23, tres días contando, a veces, el mismo día de la muerte.

Tres días, qué indica? Más que setenta y dos horas, tres días indica el plazo en el cual se acaba toda esperanza, el plazo en el cual se resuelve definitivamente algo.

Cuando Marta dice: “Huele mal, San Juan 11,39, dice: “No hay nada que hacer, está más allá de todo poder, de toda esperanza." Y esa es la segunda enseñanza bella que podemos tomar hoy.

Está mas allá de toda esperanza, pues el terreno que está más allá de toda esperanza también es de Jesús, eso que ya no está en nuestras manos, eso también es de Él; "está mas allá de toda esperanza, ya no hay nada que hacer", ese terreno le pertenece a El.

Y parece, por muchas señales que nos dan los evangelios, y por muchas señales que conocemos en nuestra vida, parece que Dios ama obrar así.

Miremos la conversión de Pablo, él estaba mas allá de toda esperanza; miremos la concepción de Cristo, ¿una virgen fecunda? Miremos cuántos casos de la Sagrada Escritura de mujeres estériles, de mujeres ancianas que se vuelven madres por la acción de Dios.

Está mas allá de toda esperanza. “Huele mal” San Juan 11,39, "está mas allá de toda esperanza". Es impresionante ver que ese terreno le pertenece a Dios.

Hay una imagen muy bonita para pensar en el amor de Dios, pensar que Dios es un papá y que nosotros somos niños; nosotros, con nuestras súplicas, levantamos las manos y Él, que es Papá cariñoso, nos levanta; pero el niño que levanta las manos frente al papá, siente cerca las manos del papá.

Hay una obra de Dios que está más allá de nuestras manos, más allá de lo que podemos tocar; hay tierras que uno no se atreve a tocar; hay sueños que uno no se atreve a pronunciar, y son esos los sueños, son esas las tierras, que le pertenecen más propiamente a Dios.

Dentro de esas tierras está, por ejemplo, la santidad, "¿santo yo?" "¿Reconstruido en Él?" Observemos lo que le dijo Jesucristo a Marta: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? San Juan 11,40. Entonces parece que la fe y la esperanza son hermanas, hay momentos en que la fe se para sobre la esperanza y salta.

"Mas allá de toda esperanza" Carta a los Romanos 4,18, como dice la Carta a los Romanos, por ejemplo de Abraham y de todos estos grandes hombres de fe, "esperando contra toda esperanza" Carta a los Romanos 4,18.

Llega un momento en el que la esperanza parece terminarse, hay una tierra que no nos atrevemos a tocar, hay un sueño que no nos atrevemos a pronunciar, ese sueño le pertenece a Dios, está en sus terrenos.

Y la fe se para sobre la esperanza y con una audacia que le da el Espíritu, salta, se abandona, confía, ¿y que dice Jesús? "Si crees, verás la gloria de Dios" San Juan 11,40.

Marta brilla por su fe en este pasaje, que es el mismo que se lee en la fiesta de Santa Marta, mire lo que dice ella: ¿Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” San Juan 11,40, en eso se parece a los demás, que criticaban y juzgaban a Jesús, pero añade: “Aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá” San Juan 11,22.

Es decir, ya Marta estaba en esa actitud, sentía el olor de la muerte y presentía el aroma de la vida. Eso es fe, la fe obra ahí.

Hay que saber, mis queridos amigos, que los judíos no enterraban como nosotros estamos acostumbrados a pensar sobre la sepultura, abrir un hueco en la tierra, meter el cadáver y tapar con tierra, ese es nuestro estilo, ellos no, ellos excavaban en la roca, dejaban como un cuartito adentro donde quedaba el cuerpo sobre una especie de mesa, y quedaba otro cuartito, todo pequeño para hacer visita.

El cuerpo se envolvía en muchísimas vendas y las vendas se untaban de muchísimos ungüentos, pero se podría ahí; claro, nadie miraba eso porque estaba envuelto en vendas, pero a pesar de los ungüentos, que son la imagen de los deseos y de los esfuerzos humanos, a pesar de los ungüentos, Marta había pasado muchas horas ahí.

Seguramente, corrían la loza que era como la entrada del sepulcro, se metían al primer cuartito, no donde estaba el cadáver, ahí hacían algunas oraciones y ahí se sentía que se estaba pudriendo el muerto.

Entonces Marta siente que todos sus perfumes no sirven para tapar el poder de la muerte, y esa es una imagen de la imposibilidad humana: "Es que lo he intentado todo, y huele a muerte; es que he hecho lo que he podido, y no ha sido suficiente; ya traté y apesta;" Esa es la realidad de Marta y esa es la realidad del ser humano. "Ya puse mis ungüentos, pero huele mal."

Y la grandeza de la fe de Marta: "He sentido el olor de la muerte, pero creo en tu aroma de vida, aun ahora." ¡Huy, que pudiera uno decir eso! "Aún ahora, cuando ya se siente la muerte, ahora que me apesta a muerte, aún ahora sé” San Juan 11,22; ¡qué verbo: sé!

Dice Santo Tomás de Aquino que la fe no es contraria a la inteligencia, la fe es la perfección máxima de la inteligencia en esta vida, porque da la capacidad de saber lo que la inteligencia, porque por la vía de la sola razón no podría saber; o sea que lejos de lo que tanta gente dice de oponer fe y razón, la fe es la máxima perfección de la razón y de la inteligencia en esta vida.

Y eso lo vemos en las palabras de Marta: “Aún ahora sé” San Juan 11,22. ¡Que grande esa fe! ¡Qué grande esa mujer! Por eso se ganó la admiración de los cristianos antiguos, y por eso se la celebra como santa.

“Aun ahora sé, que lo que le pidas a Dios, Él te lo concederá” San Juan 11,22. Esa frase es muy importante, porque Marta le habla a Cristo como hablarle a un pontífice, como hablarle a un puente, como hablarle a un mediador.

Y dice Pablo: “Uno es el medidor entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también Él” 1 Timoteo 2,5.

Marta le habla a este puente, le habla a Cristo hecho hombre por nosotros y le dice: “Si tú pides por mí, entonces se va ir el aroma de muerte en mi vida; si tú ruegas por mí, se me va ir la muerte y va a venir la vida".

¡Qué súplica tan ardiente!, cómo no repetirla, como no decirle a Jesús: “Si tú pides por mí, se me va a ir el aroma de muerte y va a llegar tu aroma de vida; “si tú lo haces, lo que tú le pidas a Papá Dios, Él lo va a hacer”. Esa es la fe.

Y dice San Pablo que "Cristo está vivo intercediendo por nosotros" [[Categoría:Romanos 008_034|Carta a los Romanos 8,34]; entonces yo le puedo decir eso a Jesús: “Jesús, tu estás intercediendo por mi, dame la fe de Marta, que si tú pides por mí, se me va a ir la muerte y va a llegar la vida.” Eso fue lo que le dijo Marta y eso fue lo que hizo Jesús.

Le dice Jesús a Marta: “Si crees verás la gloria de Dios” San Juan 11,40, y entonces Marta se queda en silencio, ese silencio también me impresiona, porque fíjate que era como un diálogo entre Jesús y Marta, Jesús le decía y Marta respondía, pero aquí Jesús le dice: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” San Juan 11,40, y Marta ya se queda callada.

Ese silencio es tan lindo, es el silencio que deja obrar a Dios, no le golpea los oídos con más súplicas, no le presenta más quejas, simplemente calla y aguarda, se parece al silencio de la Virgen, se parece al silencio del sepulcro de Cristo; hay que entender el misterio de ese silencio y entender que hay un momento en el que hay que dejar a Jesús con el problema.

“Quitad la loza dice Jesús” San Juan 11,39; “huele mal, lleva cuatro días” San Juan 11,40; “¿no te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” San Juan 11,40.

Y queda un silencio. Podemos imaginar, podemos sentir ese silencio; y quitan la loza, queda Jesús a solas con la muerte, eso es orar, poner a Jesús solo con mi problema.

A veces uno quiere aturdir a Jesús, presionar a Jesús, que Jesús adelante o atrase su reloj; Marta no hizo eso, Marta dejó a Jesús con el problema, no protestó más, no suplicó más, simplemente estuvo ahí en un silencio de absoluta acogida, en un silencio de absoluta contemplación.

Y queda Jesús con la muerte, y sólo se oye la voz de Jesús, primero alabando a Papá Dios y luego traspasando con audacia los terrenos de la muerte. Ahí donde sólo reina la muerte, ahí penetra Jesús victorioso, la voz de Cristo como una lanza arrojada al corazón de la muerte enemiga, destruye el poder de la muerte, “¡Lazaro, ven fuera!” San Juan 11,43.

Y nos dice Pablo que Dios es aquel que llama a lo que no es para que sea, es la voz de Cristo la que está, por así decirlo, recreando, está volviendo a crear a Lázaro en ese momento, es un símbolo. El milagro termina diciendo: “Desatadlo, dejadlo andar” San Juan 11,44.

Ya no necesita ungüentos que maquillen su tragedia, ya no necesita vendas que escondan la corrupción de su cuerpo, no hay que esconder una tragedia, hay que manifestar una gracia.

Y dice San Pablo: “Nosotros, con el rostro descubierto, manifestamos la gloria de Dios” 2 Coreintios 3,18. Ya no tengo que esconderme, no tengo que esconder ni lo que soy, ni lo que he sido.

No tengo que esconder mi cara, ni mis sentimientos, ni mi vida; no necesito vendas, porque no tengo que taparme; y no necesito ungüentos, porque huelo a Jesús. Ese es Lázaro vuelto a la vida por el poder de la palabra del Señor.

Jesús, que lo hizo una vez, lo puede hacer hoy. "Llámame afuera, Señor; sácame del terreno de la muerte, Señor; ahora, si tú lo pides ahora, ahora va a suceder."