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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960317

Título: El barro, la ceguera y el pecado

Original en audio: 9 min. 41 seg.


Queridos Hermanos,

Jesús sana ha un ciego de nacimiento, pero la manera como lo sana y lo que le sucede después tiene mucho que enseñarnos a nosotros.

Lo primero que a uno le llama la atención es que este hombre estaba ciego y Jesús le echa barro en los ojos; ahí si quedó completo. ¿Qué significa ese barro que le hecha Jesús? Ese barro significa la denuncia del pecado, la ceguera significa el pecado.

Vamos a seguir el hilo de la narración y veremos, cuántas enseñanzas brotan de esta alegoría. Cuando una persona tiene los ojos cerrados, es posible que esté dormida o es posible que sea ciega, normalmente, los ciegos se acostumbran a tener los ojos cerrados, ya que de nada les sirve abrirlos.

Pero si una persona tiene sus ojos buenos y cierra los ojos porque está dormido, no se va a dejar echar ni se va a echar él mismo barro. El barro en los ojos es como la denuncia del pecado; el barro en los ojos hace ver a los otros que yo no veo.

Esa parte es fastidiosa como es fastidiosa la denuncia del pecado. Uno también quiere sanarse sin que le denuncien su pecado, uno también quiere corregirse y uno quiere recobrar la salud pero sin que le denuncien el pecado, y por eso si la Iglesia dice Dios es amor: "¡viva la iglesia!"; Dios es misericordia: "viva la Iglesia! Pero si la Iglesia dice que un gobierno corrupto tiene que corregirse: "Iglesia, no te metas en eso".

Si la Iglesia dice que usted no puede hacer lo que quiera con su sexualidad, así sea su esposo o esposa: "Iglesia, no te metas en eso; si la Iglesia dice que aquí se está cometiendo injusticia de este o este otro modo: "Iglesia, te estás volviendo comunista, no te metas en eso."

Queremos curarnos pero no nos gusta que nos denuncien el pecado. Mucho hay que aprenderle a este ciego que aceptó la ignominia, no sólo de ser ciego e ir a tientas, sino ir a tientas y ciego con barro en los ojos: esa es la denuncia del pecado.

El hombre fue a esa piscina llamada de Siloé, ¿y qué se lavó ahí? El barro que le había echado en la cara Jesús, el Señor, el bueno y el Pastor. Adicionalmente, se lavó su ceguera, de manera que cuando salió de Siloé, salió sin barro y sin ceguera; esa es la imagen de la absolución sacramental.

¿Qué es lo que hace la absolución? Quita la denuncia: "Ya no hay que denunciarte porque ya has sido perdonado", y quita el pecado, es decir, aquello que provocó la denuncia.

Se fue el barro y también se fue la ceguera y el hombre quedó viendo. Entonces viene el disgusto de las autoridades Judías, porque estas autoridades creen que sí ven, y entonces no soportan que Jesús le haya dado luz a un ciego de nacimiento.

El evangelio destaca varias veces que Jesús había hecho el barro el sábado, porque esa era una de las actividades prohibidas el sábado. Los Judíos ni podían ni pueden –si son respetuosos de su ley-, hacer barro el sábado, porque es un trabajo prohibido por la ley.

¿Qué era lo que hacían los hebreos en Egipto? Hacer ladrillos de barro; de manera que se agarraron de ese detalle los fariseos, para decir que Jesús era un pecador porque había hecho el poquito de barro que le había untado en los ojos al otro. A uno le parece casi ridícula esta situación.

Pero en el fondo, a ellos no les preocupa el barro ni tan poco les preocupa el ciego. A ellos no les importa que el otro muera en su ceguera y no les importa que haya quien pueda curarlo. Lo que a ellos les importa es que se respete su propia autoridad y que ellos sigan siendo los dueños del balón, los dueños de la Sinagoga.

Jesús no les hace el juego a esa manera de ver las cosas y este evangelio, en buena parte, es un contraste entre aquel que admite su ceguera y que llega a ver, y el otro que cree que ve tanto, que en la práctica es el más ciego.

Porque el más ciego en este evangelio no es el que no quiere ver, sino el que cree que ya tiene asegurada la vista, por eso dice Jesús: “Si fuerais ciegos, no seríais culpables; pero como decís que veis, vuestro pecado no tiene remedio” San Juan 9,41.

En otro sentido es muy bonito el camino que hace el ciego: al principio se alegra de poder ver y la primera vez que le preguntan sobre quién es Jesús, responde que cree que debe ser un profeta.

Pero a medida que los otros intentan asegurar las riendas de su autoridad Judía, a medida que los otros intentan tensar las riendas para asegurarse que no han perdido poder y de que van a someter a Jesús a su autoridad, a medida que someten a Jesús a estos interrogatorios, finalmente, paradójicamente, logran que el ciego, no sólo vea la luz de ese sol sino que vea a Cristo. El hombre sale expulsado de la Sinagoga.

Jesús se encuentra con ellos, ya lo había curado de la ceguera física, ya le había otorgado la luz del sol, ahora le va a otorgar otra luz mas alta, la luz de la fe y por eso le pregunta: “¿Crees en el hijo del hombre?” San Juan 9,35. Es la segunda vez que le está preguntando y en el fondo, le está denunciando su situación. “¿Tú crees realmente?”

Y ahora este ciego no va a Siloé porque ahí tiene delante al verdadero Enviado, y le pregunta a este Enviado: “Y quién es ese Hijo del hombre?” San Juan 9,35; Jesús le dice: “Lo estás viendo; es el que te habla” San Juan 9,37.

Porque este relato maravilloso, que vale, literariamente, todo lo que tú puedas decir, llevan dos hilos: la palabra de Jesús y la luz de Jesús; y la palabra y la luz llevan dos hilos paralelos. En ese punto del relato se encuentran.

“Lo estás viendo; es el que te habla” San Juan 9,37. "La misma voz que te ha ganado, es la misma luz que te ha iluminado".

Porque en efecto, Cristo nos habla, y así su palabra viene de afuera hacia adentro; pero Cristo nos ilumina, dentro de nosotros produce esa luz que va de adentro hacia fuera, y por eso, cuando se encuentra la voz de Jesús con la luz de Jesús, todo se vuelve Jesús en nosotros y esa es la fe.

Es Jesús, no sólo como palabra y noticia que nos llega de fuera, ya no sólo como presentimiento de iluminación mía sino es voz que me gana, que me abraza, que me puede; ese es Jesucristo, y por eso este señor, abrazado por dentro y por fuera, dice: “Creo, Señor” San Juan 9,38, y se postra ante Él.

Esta lectura nos ofrece la iglesia, porque en Cuaresma nos ofrece especialmente la Palabra de Dios, y en Pascua se ve especialmente la gloria del Señor, para que también nosotros podamos decir: "El mismo que me habla, me ama, me puede, he visto su obra y también yo creo en Él, es el Glorioso, es Jesucristo."

A Él honor por los siglos,

Amén.