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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20110327

Título: En el Espiritu de Jesucristo encontramos respuesta a la sed mas honda de nuestro corazon

Original en audio: 4 min. 27 seg.


¡Es domingo, el día del Señor!

Y este domingo tiene un hilo conductor en las lecturas de la Santa Misa: Agua, Espíritu, Amor de Dios.

En la primera lectura, del capítulo diecisiete del libro del Éxodo, tenemos el reclamo del pueblo que se muere de sed; y precisamente, porque experimenta tan grande y tan grave necesidad, llega a dudar de Dios: "Sí está Dios en medio de nosotros?"

La necesidad profunda que experimenta le hace sentir que Dios lo ha abandonado, y por eso está el tema de la sed y el tema del agua que vendrá a saciar esa sed.

En la segunda lectura, del capítulo quinto de la Carta a los Romanos, tenemos a San Pablo hablándonos de una abundancia de amor, un amor que se derrama sobre nuestros corazones; no simplemente se vierte, es un amor que se derrama, es decir, sobreabundante, capaz de colmarnos y capaz de desbordar nuestras expectativas, y capaz también de llegar a otras personas a partir de nosotros.

Ese amor abundante es el Espíritu de Dios, es el Espíritu Santo de Dios, el mismo Espíritu que, saciando nuestra sed profunda de amor, nos capacita para que nosotros llevemos este lenguaje del amor divino a otros hermanos.

Pero todo se aclara en el evangelio, un evangelio bellísimo que amerita tantas reflexiones. Está tomado de San Juan, en el capítulo cuarto.

Es el diálogo que tiene Jesús con una mujer samaritana, que ciertamente tiene varias clases de sed: en ella está la sed física, porque de hecho, se encuentran junto al pozo de Jacob, porque ella viene a sacar agua, agua para ella misma, para su casa, para sus ganados, si los tiene, agua material.

Pero hay otro tipo de sed que ella tiene y que no es inmediatamente evidente: tiene sed de amor, es una buscadora de amor, y ese amor ha hecho que ella peregrine por caminos bastante oscuros. Jesús le hace ver que ya lleva cinco maridos, y que el que tiene tampoco es su marido.

Es decir, también tiene ella esta otra clase de sed, seguramente, sed de afecto, sed de compañía, sed de apoyo, todo aquello que está incluido en una relación de pareja, todo aquello que una mujer legítimamente podría esperar en una relación de amor con su hombre.

Pero ella ha estado buscando y su búsqueda ha sido frustrada varias veces, claramente no ha encontrado lo que buscaba. Jesús le anuncia que existe esa agua que se vuelve surtidor, y esa agua, ese manantial que salta hasta la vida eterna no es otro que el don del Espíritu, el mismo que mencionaba San Pablo en su Carta a los Romanos.

Esta mujer tenía también otra clase de sed: tenía sed de verdad. Ella está enredada en la maraña de las interpretaciones religiosas, lo que dicen los samaritanos, lo que dicen los judíos y, finalmente, no termina de aclararse.

Jesús trae también esa verdad, mostrándose a sí mismo como el Mesías, disipa todas las nubes y confusiones y deja sólidamente establecida la verdad, que también es respuesta a una fe profunda.

Este es el domingo para encontrar en Jesucristo, para encontrar en el Espíritu respuesta a la sed más honda de nuestro corazón.