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Fecha: 20020303

Título: Encontrarnos con Cristo

Original en audio: 21 min. 36 seg.


Indudablemente, hermanos, estamos ante uno de los pasajes mas hermosos del evangelio según San Juan, lo hemos leído completo, está en el capítulo cuarto.

Una historia tan sencilla, tan hermosa y tan llena de enseñanzas, el encuentro de Jesús con la samaritana, y verdaderamente fue un encuentro que estaba en la mente de Dios, pero que parecía no estar en las agendas de este mundo, porque Jesús no estaba solo mucho tiempo y ahí estuvo solo; ¡qué cosa tan linda tener a Jesús para uno solo!

¿Por qué no ponernos por un momento en la situación de la samaritana y pensar en la hermosura de tener a Jesús para mí? Casi siempre Jesús estaba rodeado, aplastado, abrumado de gente, aquí está Jesús solito, ¡que bello encontrarse así con Jesús!

En nuestra época hay gente que se encuentra así con Jesús, es la gente que viene a visitarlo en el sagrario, es la gente que saca un tiempo para leer la Biblia con amor y hacer oración, es la gente que saca unos días para hacer un retiro espiritual; son ocasiones para encontrarse a solas con Jesús.

Pero tampoco era tan común que esta mujer fuera a sacar agua al medio día. Primera razón, porque en esa sociedad oriental es muy raro que una mujer esté sola por la calle; en segundo lugar, tenía que ser muy grande la necesidad de agua, la hora de sacar el agua era temprano por la mañana y en la tarde, podríamos decir, al ocaso.

El medio día no es la hora de sacar el agua, si miramos otros pasajes de la Biblia o las costumbres de aquellos pueblos, veremos que la hora de sacar el agua era especialmente al caer de la tarde, nunca iba una persona sola y mucho menos una mujer, iban en grupo y era ocasión de visita y por qué no decirlo, de algunos chismes.

Pero esta mujer, apremiada por la sed o miedosa por las habladurías del pueblo, va a medio día, esto era una especie de tortura para ella, porque ese pueblo donde ella vivía, Sicar, no debía ser un pueblo muy grande y se ha dicho que "un pueblo chiquito es un infierno muy grande"; y ya sabemos, por el relato, que esta mujer iba por el sexto marido, si no eran más.

¿Ustedes se imaginan cómo andaría el cuero de esta pobre samaritana en lenguas de las vecinas? Y le toca a esta Samaritana pasearse por el pueblo, atravesar el pueblo para llegar al pozo de Jacob y sentir en todas las calles los dardos de las miradas de reprobación, las risitas, los comentarios siempre irónicos, siempre agrios: “Ahí va la quita maridos”, “mira la vida fácil de aquella”, "¡vieja bruja, quien la ve!”

Cuántas cosas estarían diciendo de ella y ella lo sabía; tenía que ser muy grande la sed que tenía o tenía que ser un miedo muy grande a la hora de la tarde, porque no se atrevía a juntarse con nadie, estaba sola, y por eso iba al medio día, para no encontrarse con nadie, pero se encontró con alguien, nada menos y nada más que con Jesucristo.

Ella estaba fastidiada del trabajo de cargar agua, fastidiada del calor del sol, fastidiada de las miradas y reproches de la gente, fastidiada de no encontrar el amor de su alma, fastidiada de seguir buscando hombres y afecto, fastidiada, en fin, de estar sin una compañía, sin quién compartir su pequeña desgracia; y esta mujer llega al pozo de Jacob y se encuentra con un hombre solo, un judío.

Como hemos notado en el relato, la primera reacción de ella era defenderse, intenta no tener ningún trato, ninguna conversación, ninguna relación con ese judío y el primer pretexto que encuentra es precisamente que se trata de un judío.

Los judíos y los samaritanos estaban seriamente divididos, muy resentidos el uno con el otro, pero Jesús rompe esa barrera, ese prejuicio étnico, Jesús lo rompe con su petición: “Dame de beber” San Juan 4,7.

Esta es una gran enseñanza también, porque las necesidades muchas veces sirven para quitar las barreras que levantó el orgullo. El que se siente abundante, fácilmente se vuelve orgulloso; el que se siente necesitado, fácilmente se vuelve humilde; y el que se vuelve humilde, quita barreras.

Y por eso si un día nos vamos a encontrar los seres humanos como hermanos, indudablemente no será al lado de la opulencia ni del lujo, sino será cuando nosotros volvamos el oído y el corazón hacia aquellos que hoy nos dicen como dijo Cristo: “Dame de beber” San Juan 4,7; junto a las verdaderas necesidades y junto a los verdaderos necesitados, ahí vamos a encontrarnos todos.

La mujer se defiende, pone por delante la aduana del prejuicio: “¿Cómo se te ocurre pedirme de beber?” Pero entonces Jesús la desconcierta, porque Jesús pide de beber y a la vez ofrece agua viva, la samaritana no entiende qué está sucediendo. Un desconocido, un judío debiera ser un enemigo, pero es demasiado indigente para ser enemigo, y es demasiado generoso para ser enemigo.

Indigente y generoso, esas son las dos palabras que resumen la vida de Cristo, que si lo miramos en la Cruz es lo mismo. En la Cruz está desprovisto de todo, como el más desarrapado de los indigentes, pero de la Cruz nacen el bautismo, la Eucaristía, el don del Espíritu, la caridad entre nosotros, el perdón de los pecados, la expulsión de Satanás, la renovación de todas las cosas; toda la riqueza está en la Cruz Cristo, es el gran generoso.

Cristo es el gran indigente y el gran generoso, Cristo es el que necesita, el que ha querido necesitar todo de nosotros y sin embargo Cristo es el que puede dárnoslo todo a nosotros, ese es Jesucristo; y el que quiera encontrarse con Cristo tiene que saber que tiene al mismo tiempo el doble vestido, de la indigencia y de la generosidad.

La mujer no entiende lo que le dice Cristo, pero sí entiende de la miseria que está pasando y por eso desahoga un poco su corazón atribulado diciendo estas palabras, “Dame de esa agua para no volver a tener sed ni tener que venir aquí a sacarla” San Juan 4,15.

Esa es la doble tortura que ella sufre: la sed como necesidad interior, y el tener que ir a ese bendito pozo a exponerse a las miradas, a la reprobación y a la falta de amor de la gente.

Esos son los dos problemas que la abruman y cuando encuentra una válvula para descansar y sacar un poco de amargura, la saca ante Jesucristo. Jesucristo, entrando por los ojos de esa mujer, comprende inmediatamente el drama interno que ella tiene, entonces con delicadeza, pero con firmeza, lleva la conversación al terreno de la verdadera sed: "Que el problema tuyo, mujer, no solamente es de agua, hay una sed más profunda que sigue sin respuesta.

“Tráeme a tu marido” San Juan 4,16. El dedo en la llaga, una sed que estaba sin resolver, y por lo menos la sed del agua se podía resolver en el pozo de Jacob, pero esa sed de amor, esa sed de seguridad, esa sed de intimidad, de afecto, ¿en qué pozo se pudiera saciar?

Ella no había encontrado un pozo de Jacob que le pudiera calmar esa otra sed y por eso sufre interiormente. De repente, con la pregunta de Jesucristo se da cuenta de su espantosa realidad, ha tenido seis y no tiene ni uno: “No tengo marido” San Juan 4,17.

¡Qué terrible respuesta! Seguramente ella misma sintió que sus oídos retumbaban oyendo su propia voz cuando dijo: “No tengo marido" San Juan 4,17.

"He tenido y no tengo, ha parecido que tengo pero no tengo". En ese momento, una gran mentira, una tremenda mascara cayó por tierra, en ese momento esta mujer se hizo conciente de su más dolorosa realidad: “No tengo marido” San Juan 4,17, pareciera que lo he tenido, pero en realidad no tengo nada."

Así vemos como este Cristo, que es un indigente, nos ayuda a descubrir nuestra indigencia. Hasta este punto de la conversación parecía que Jesús era un mendigo, era un aparecido, y que en cambio esta mujer era la que tenía la solución, porque tenía el cántaro.

Pero en este momento de la conversación, Cristo Jesús ha cambiado los papeles, ahora le ha mostrado a ella, a pesar de que tiene el cántaro, que su cántaro está vacío y que el cántaro de su corazón tiene más sed que la sed que puede expresarse con palabras.

Entonces Jesús le muestra la realidad: "En eso has dicho verdad" San Juan 4,18. Esa palabra es fundamental, Cristo siempre nos llevará al terreno de la verdad, y en el terreno de la verdad descubrimos que somos apariencia, que parecemos pero no somos así, como esta mujer, parecía feliz, parecía casada, parecía satisfecha pero no lo estaba.

Ella sin embargo no se rinde, levanta todavía otra barrera, se va al tema religioso: “Ah, con que tu eres profeta, pues tenemos una discusión religiosa muy larga, porque resulta que ustedes dicen que hay que ir a Jerusalén y nosotros decimos que es en este monte”, como quien dice, “hablemos de religión, no hablemos de mi corazón”.

Esta es una enseñanza grande para nosotros, especialmente para muchos de nosotros, que a veces, a través de la religión, queremos maquillar las necesidades que tenemos, sean económicas, afectivas, laborales, sociales. La verdadera religión nunca será una droga para huir de la verdad dolorosa del corazón.

Ella intenta el tema religioso, a ver si Jesús se envuelve por allá en una discusión larga y la deja tranquila y Jesús sí quiere dejarla tranquila, pero no con la tranquilidad con la que se tapa una llaga para que se siga dañando, sino con la tranquilidad que deja una llaga cuando al fin se cura, esa es la tranquilidad que quiere dejarle Jesús.

“Cuando venga el Mesías nos va a aclarar todo” San Juan 4,25. Ella como que esperaba que Jesús dijera: “Ah, bueno, pues sí, entonces falta mucho para eso”, y hasta ahí va a llegar la conversación.

Pero Jesús, me parece estarlo viendo, entra por esos ojos, envía una flecha de amor divino, ese amor que ella no conocía, ese amor que nace en el cielo, entra por esos ojos, lanza su flecha de amor celeste y le dice: “ese Mesías soy yo, el que está hablando contigo” San Juan 4,26, y ya la mujer no se atrevió a poner más barreras.

¡Qué momento sublime! Eso es lo que le tiene que pasar a uno en la vida para que la vida le cambie a uno, un encuentro personal con Jesucristo, poder uno decir: "Es que yo lo vi, es que me habló, es que yo sé cómo es Él; es que lo Él me dijo nadie me lo hubiera podido decir". Esa flecha de amor celestial, esa palabra candente de Cristo, es la que transforma la vida.

Y ya la mujer no puso más barreras, sintió que algo se le rompía por dentro, sintió que toda su falsedad se derrumbaba, sintió que estaba más desnuda que nunca, pero que por fuera había alguien que podía vestir esa desnudez; sentía que estaba más pobre que nunca, pero que por fin había llegado la moneda de la verdadera riqueza.

Sentía que nunca había estado tan sola con la verdad, pero nunca la verdad la había acompañado tanto, y su vida cambió como un relámpago maravilloso, y por eso la Iglesia nos ha puesto este evangelio en este día, con la dulce esperanza de que muchos de nosotros tengamos la experiencia de la samaritana, que también en nosotros brille un relámpago de gracia y nuestra vida pueda cambiar.

Porque para eso es la Cuaresma, para eso venimos hoy a la iglesia, para eso estamos hoy aquí, para que brille Jesús, para poder escuchar de sus labios: “ese soy yo, yo soy el Mesías, yo soy el Ungido, yo soy tu Salvador.” Y que gran trasformación la que tuvo esta mujer.

Ella, que iba a medio día a sacar agua, evitando las miradas de la gente y teniéndole terror a la murmuración de la gente, ahora va a buscar a la misma gente y lo que pone por delante es su misma vida, su vida herida, su vida vergonzosa, su vida triste.

Eso es lo que pone ella por delante, con tal de que brille la gloria de Jesucristo, y esto sí me pare a mí lo más impresionante del mundo, que uno diga: “¡Qué grande es Dios, que ha hecho esta naturaleza"; pues bonito, porque uno queda bien y queda bien Dios.

¿Se da cuenta de lo que hizo esta mujer para que brillara la gloria de Cristo? Ella levantó su miseria, su vida sucia, la levantó así como ropa inmunda y dijo: “Miren, hay alguien que trae verdad”, y le importó cinco centavos lo que dijeran o lo que pensaran de ella, le importó cinco centavos que alguien mirara esa vida de ella, porque ya no le importaba la vida de ella sino ese sol de gracia que estaba amaneciendo en su corazón.

Allá quedó ese cántaro, el cántaro que recoge el agua, que no apaga la sed y se fue llena de una alegría nueva, llena de un agua de vida, como Jesús se lo había anunciado, y se fue a contarle a la gente que la verdad existe, que el Mesías existe, que Cristo ha venido y que es capaz de transformar la existencia.

Era un mensaje que llevaba el poder del Espíritu, porque el Espíritu es agua de vida; era un mensaje que tenía fuego de Dios, porque el Espíritu es fuego que arde, fuego que purifica y con ese ardor y al mismo tiempo con esa agua fresca, qué paradoja, la mujer atrajo a toda aquella gente hacia Jesús.

Otra enseñanza para nosotros. ¿Ustedes qué opinan de esas colaboradoras que se busca Jesucristo? En ese pueblo para evangelizar no buscó a las familias de bien, no buscó a la gente de la alta sociedad, no buscó a los hogares intachables, buscó a una mujer que tenía fama de quita maridos, buscó a la mujer de peor fama y a ella la convirtió en la gran evangelizadora.

Y si no es por esa mujer, ese pueblo nunca hubiera disfrutado de la evangelización maravillosa que el Hijo de Dios les iba a brindar; Cristo escogió como colaboradora a ella, a esa mujer y fue ella la que trajo al pueblo entero a los pies de Cristo.

Por eso habrá muchas sorpresas en el cielo, porque de pronto nos vamos a encontrar con muchas familias muy honorables y muy egoístas, muy sanas y muy cómodas, de muy buena fama y de muy poco amor.

Y de pronto nos vamos a encontrar en el cielo con gente de muy mala fama, pero de grandísima humildad; gente con un pasado muy sucio, pero con un futuro lleno de luz; gente que conoció el pecado, pero que nos da clases a todos nosotros de lo que significa la misericordia.

Esa es la gente que vamos a encontrar en el cielo, esa es la gente maravillosa que es capaz de llevar a los demás hacia Cristo y esta mujer no decayó en la humildad, su primer acto de humildad fue exhibir su propia vida, pero su segundo acto de humildad.

y esto que lo escuchemos todos los evangelizadores, fue desaparecer para que sólo brillara Cristo, y la gente le decía a ella: "Ahora creemos, no por lo que tu dijiste, sino porque nosotros mismos nos encontramos con Él" San Juan 4,42.

Así tiene que ser un sacerdote, así tiene que ser un evangelizador, así tiene que ser un misionero, tiene que ser una persona consciente de que su propia miseria se le va a ver tarde o temprano, como a la samaritana, pero también tiene que ser una persona, que cuando esté Jesús presente, le pueda decir a todos: "A mí no, mírenlo a Él, no se queden en mí, ni se amarren a mi, únanse a Él, amárrense a Él, en Él está la verdad, en Él está la vida, en Él está la salvación.

Amén.