Ak03002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990307

Título: En el desierto de la Cuaresma podemos sacar, con la ayuda de Dios, un surtidor de agua, para no mendigar poquitos de alegria y de amor

Original en audio: 9 min. 27 seg.


La Palabra de Dios es inagotable, es como ese surtidor que dice Cristo "que salta, que salta hasta la vida eterna" San Juan 4,14.

De este pasaje que tiene tantas enseñanzas, de este pasaje de la samaritana donde podemos aprender qué es adoración, donde podemos aprender qué es ser misionero, cómo vence Jesús las barreras, de este pasaje donde se podrían predicar tantas cosas, hoy la Iglesia nos invita a fijar nuestra atención en esa agua, en ese pozo.

Porque ese fue el tema también de la primera lectura, el agua. El pueblo torturado por la sed, habló contra Moisés: "¿Fue que nos trajiste aquí para matarnos de sed?" Exodo 17,3. El pueblo habló contra Moisés; es una problema de sed, es la misma sed que lleva a esta samaritana a fatigarse para conseguir agua.

Saca el agua del pozo, pero ella no puede llevarse el pozo a la casa; ella lo que puede llevar a la casa es el cubo de agua. La diferencia entre el cubo y el pozo, es la clave de las lecturas de hoy. El que tiene un pozo en la casa, el que tuviera un manantial en a casa, y la casa es el corazón, entonces no tendría que fatigarse para conseguir el agua.

Esta mujer busca agua para un cubo, para llenar su cubo, y Cristo le ofrece un pozo, Cristo le ofrece un surtidor, el surtidor es mejor que el pozo, porque todavía demanda el esfuerzo de sacar el agua, mientras que el surtidor regala el agua.

Cristo está prometiendo agua regalada. El pueblo está torturado por la sed. La samaritana está fatigada. Y Cristo está reglando. Ese es el mensaje de hoy.

Ahora pensemos quiénes somos nosotros. Probablemente nosotros somos de aquellos que reniegan cuando necesitan de beber; cuando la necesidad nos apremia, a veces somos de aquellos que renegamos.

O tal vez somos como esta samaritana que, aunque no renegaba, sí quería cambiar su suerte, porque apenas Cristo le dijo lo del agua viva, entonces dijo ella: "Dame de esa agua para que tenga que venir aquí ni tenga que fatigarme, así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla" San Juan 4,15.

"No tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla" San Juan 4,15. O sea que propiamente el tema de hoy no es la samaritana, ni es la conversión, ni es la misión; el tema es esa agua viva, esa agua que brota de Jesucristo.

Yo quiero comentar una cosa, mire: esta mujer fue al pozo a sacar agua, se encontró con Cristo y Cristo le pidió a ella que le diera de beber; pero la conversación se fue por otro lado, se fue por la vida de ella.

La sed de Cristo quedó crucificada, porque ya se pusieron es a hablar de la sed de ella y había que atender la sed de ella; entonces la sed de Cristo no se resolvió, se resolvió la de ella. Y ella encontró lo que no había hasta el momento encontrado, encontró agua viva, la encontró en Cristo, pero Cristo no bebió.

Este pasaje me parece hermoso por eso. Cristo da de beber a costa de su sed; le dio de beber a ella agua de fe, agua de Espíritu, agua de una vida nueva, pero la sed del Señor quedó ahí, quedó crucificada.

Este es un sediento que da de beber, caso extraño. Un sediento que da de beber es lo mismo que un crucificado que salva a otros porque no se puede salvar a sí mismo. Cuando Cristo estaba crucificado los que estaban ahí alrededor le decían: "Sálvate para que creamos" San Mateo 23,37; esos no conocían a quién le estaban diciendo eso.

Jesucristo no se salvó a sí mismo en la cruz por la misma razón razón por la que aquí su sed quedó crucificada.

Jesucristo pospuso aquí su sed, y Jesucristo pospuso su salvación. ¿Y quién le resuelve la sed a Cristo? Gracias a Dios sabemos responder. Porque más adelante llegan los discípulos y le ofrecen alimento y Jesucristo rechaza ese alimento, y dice: "Es que yo tengo otro alimento; mi alimentación es de otra forma. La sed de Cristo se la sacia el Padre.

Cristo no se salvó a sí mismo cuando estaba en la cruz; Él dejó que lo salvara el Padre y el Padreo salvó, el Padre lo salvó de esta sed. Quién sabe qué obra maravillosa hizo Dios con su Hijo amado, que es Jesucristo, el hecho es que lo salvó; le quitó esta sed, le quitó esta hambre, le quitó este cansancio.

Y así también el Padre salvó a Cristo de la cruz. La gente decía: "Sálvate" San Mateo 23,37, y no sabía la gente que cuando le decía a Cristo: "Sálvate" San Mateo 23,37, estaban diciendo: "Que no te salve el Padre, sálvate tú"; y Cristo estaba diciendo: "No me salvo yo, porque a mí me salva el Padre". Y el Padre fue el que lo salvó.

Esa es la misma actitud que nosotros hemos de tener cuando nos unimos a Cristo. Ser cristiano es vivir en la actitud de que a mí me va a salvar esto; es vivir como Jesucristo, es vivir como el Crucificado; es apartarse de los intereses de Dios y que Dios se ocupe de mis intereses.

"A mí me salvará el Padre; yo no me voy a preocupar de alimentarme". Lo que les está diciendo Cristo a los Apóstoles es eso: "Yo no me ocupo de mi alimentación; el Padre resuelve lo mío". ¿Y en la cruz qué dice Cristo? "Yo no me preocupo de salvarme; el Padre me salvará".

Esta unión íntima, intimísima entre Cristo y el Padre hace que todos los bienes del Padre sean de Cristo, como dice el mismo Cristo en otro pasaje de San Juan: "Todo lo que tiene el Padre es mío" San Juan 16,15. Entonces así Jesucristo es un ser paradójico que no tiene nada, pero que lo tiene todo.

Donde más se ve esta paradoja es en la cruz. No tiene nada, está desposeído de todo, ahí es donde lo puede dar todo. Ese en nuestro amado Señor Jesucristo, y ese es el misterio de esta Cuaresma.

La Cuaresma es larga, es desértica, es árida, es dura como esa roca, pero de esa roca sale agua; es ardua como esa sed, pero de esa sed sale para beber.

De esta Cuaresma nosotros podemos sacar, con la bondad de Dios, agua viva, y entonces ya no andaremos mendigando en uno o en otro lugar que nos den pedacitos de alegría, poquiticos de amor, sino que tendremos adentro un surtidor, ni siquiera un pozo, tendremos un surtidor. ¿Y hasta dónde salta esa agua? Hasta la vida eterna. Esa es el agua que más salta; es el agua que alcanza al mismo Dios.

Con esa confianza, sigamos esta celebración. Qué bonito esa pregunta que le hace la samaritana en su simplicidad de mujer de pueblo; le pregunta ella: "De dónde sacas el agua viva?" San Juan 4,11.

Yo creo que es la misma pregunta que uno puede hacer ante la Eucaristía, ¿no? "De dónde, de dónde viene? Teníamos pan, teníamos vino, ¿tú de dónde vienes? ¿De dónde sacas todo o que nos das?"

Cristo nos respondería: "Estoy muy habitado, así como estoy unido a vosotros por mi naturaleza humana, estoy muy habitado por mi naturaleza divina. Y así, a través de Jesucristo, tenemos tesoros inagotables.