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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020224

Título: La Iglesia ve oyendo

Original en audio: 13 min. 38 seg.


Con palabras muy sencillas pero muy elocuentes, el evangelio nos invita a contemplar el rostro de Cristo. Casi nos parece sentir la hermosura de este rostro brillante como el sol. El primer mensaje de este domingo de Cuaresma es ése: contemplar a Jesucristo, enamorarnos de la belleza de Jesucristo.

Es impresionante la experiencia espiritual que han tenido Pedro, Santiago y Juan. Pedro estaba como fuera de sí, -eso es lo que significa la palabra éxtasis: fuera de sí-, estaba transportado, estaba desbordado por esa hermosura.

Y sería tanto lo que vivía y sentía, que dijo: "Hagamos unas enramadas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías" San Mateo 17,4. Él no pensó ni siquiera en sí mismo ni en sus compañeros. Él lo que quería era que ese cuadro no se acabara nunca, que esa belleza no se acabara nunca. Él quería quedarse mirando para siempre la hermosura del rostro de Jesucristo.

¿Cómo será el Cielo? El Cielo es eso. El Cielo es mirar la hermosura infinita de Dios y es sentir lo que dijo Pedro: "Esto no puede terminar. Hagamos algo para que esto no se acabe". ¡Qué belleza! ¡Qué hermosura!

Estamos en Cuaresma, tiempo en que la Iglesia nos invita a orar más, a hacer penitencia y a hacer obras de misericordia. Pero nuestra penitencia no puede ser triste, nuestra limosna no puede ser de mala gana, y nuestra oración no puede ser rutinaria ni obligada.

Necesitamos una experiencia conmovedora, estremecedora, así como la que tuvieron Pedro, Santiago y Juan, una experiencia que nos deje fascinados con el rostro de Cristo, y que nosotros podamos decir como Pedro: "Esto no debiera terminar nunca; hagamos algo para que esto no acabe".

Con ese horizonte, con ese deseo de Dios, con esa hambre de Cristo, podemos vivir bien la Cuaresma. La Cuaresma no es un ejercicio aburrido. La Cuaresma es la preparación que todos nosotros, el pueblo de Cristo, junto a Cristo Jesús, realizamos para acercarnos a estos misterios celestiales.

Primera enseñanza: Pidámosle a Dios que nos regale hambre y sed de la hermosura espiritual, especialmente de aquella que brilla en el rostro de Jesús.

Segunda parte: Es impresionante la sencillez con la que obra Jesús. En Él brilla toda esa belleza, toda esa hermosura. Pero Él obra con una sencillez tan grande, como si las cosas le estuvieran sucediendo a otro. Más bien lo que intenta es ayudar y reanimar a sus discípulos: "Levántense, no tengan miedo" San Mateo 17,7.

Cristo obra con una naturalidad, con una sencillez tan grande, que uno casi puede hacerse esta pregunta: "¿Será que el milagro sucedió en la cara de Cristo, o el milagro sucedió en los ojos de los Apóstoles?"

Mire usted que la oración que dijimos al principio de la Misa, no se refiere al rostro de Cristo, -porque el rostro de Cristo siempre es bello-, sino se refiere a nuestros ojos, a nuestra mirada. En esa oración del comienzo de la Misa, la oración colecta, decíamos: "Padre Santo, aliméntanos con el gozo interior de tu Palabra, para que podamos contemplar tu gloria con mirada limpia".

¡Mirada limpia! De pronto el milagro no fue que la ropa se le volvió rara a Cristo. De pronto el milagro no fue que una nueva especie de radiación electromagnética, salió de la cara de Jesús. De pronto el milagro fue, que el Padre Celestial por unos instantes, les limpió los ojos a los discípulos, para que pudieran mirar, para que pudieran admirar también, para que pudieran descubrir la belleza de Jesús.

Y yo creo que algo de verdad debe tener esta interpretación. Porque fíjese lo que nos pasa, por ejemplo, en la Santa Misa. Resulta que uno, como sacerdote, tiene el hermoso encargo de realizar en nombre de la Iglesia y por delegación de la Iglesia, la Consagración de la Eucaristía.

Y claro, eso es algo que no viene de las fuerzas de uno; eso es algo que viene del Espíritu de Dios, del misterio del Sacramento del Orden y de las oraciones de la Iglesia.

Cuando uno levanta esa Hostia Sacrosanta, uno tiene ocasión de mirar a los ojos de ustedes, y hay toda clase de miradas. Hay miradas aburridas: "¡Ay, esta Misa tan larga!" Hay miradas cansadas: "Estuvo bueno el paseo, pero estoy que no puedo con mi alma". Hay miradas distraídas, miradas cansadas. ¡También hay miradas enamoradas!

Eso es muy hermoso. Cuando uno siente en hombres o en mujeres, que los ojos del pueblo de Dios, como que se clavan en esa Hostia Santísima, uno siente que Dios en ese momento como que se roba los corazones de todos. Verdaderamente lo que quiere Dios en cada Misa es eso: Dios lo que quiere es como atraer todos los corazones y quiere llevarlos a su propio Corazón.

Pero hay veces que la mirada nuestra está distraída, está cansada, está turbia, porque ha visto cosas que no tenía que haber visto, o está sucia, porque tiene mucha impureza. Por eso es tan bonita la oración del comienzo de la Misa. Cristo siempre es bello, pero nosotros no siempre nos enamoramos de Cristo, no por problema de Cristo, sino por problema de nuestros ojos.

Segunda enseñanza: "Señor, en esta Cuaresma, límpiame los ojos. Que si yo logro ver algo de la hermosura de Cristo, mi vida va a ser transformada".

Tercera y última enseñanza: resulta que Dios Padre deja oír su voz. Esta es la parte más bonita en cierto sentido. Pedro, a nombre de los demás, -porque Pedro era así, era como primario, como espontáneo-, dice: "¡Ay! Esto no tiene que acabarse. Quedémonos aquí. ¡No! Esta cuadro..., espere, espere".

Él quería como congelar ese cuadro, como que eso estuviera para siempre ahí. Y Dios le cumplió ese deseo, porque San Pedro está en el Cielo, y allá está fascinándose en el rostro de Cristo por los siglos infinitos.

Pedro quería que eso no se acabara, quería ver. ¿Y qué le dice el Padre Celestial? A él, a los demás discípulos y a nosotros, lo que Dios Padre dice es: "Este es mi Hijo muy querido; escúchenlo" San Mateo 17,5.

Pedro quería ver, y Papá Dios lo que le dice es: "Si quieres ver, escucha". Es una enseñanza hermosa, es una enseñanza muy grande. La plenitud de la visión en esta tierra no se alcanza con lo que puedan ver estos ojos, por más maravilloso que sea. Lo más grande de lo que se puede ver, se ve oyendo.

¿Usted qué cree de esa expresión? La manera más perfecta de ver en esta tierra, no son los ojos, es el oído. La Iglesia Católica, por decirlo de alguna manera, funciona así. Mire por ejemplo este caso: hace como un siglo y medio, una pobre niña, una niña muy humilde llamada Bernardita Soubirou, tuvo una experiencia mística.

Vio que se le aparecía una mujer, una mujer que cuando se le había manifestado varias veces, le dijo: "Yo soy la Inmaculada Concepción". La Virgen María se le apareció a Bernardita.

Y después de esa experiencia, ha habido otras experiencias maravillosas, realmente inexplicables, experiencias místicas, como las de Fátima, o algunas otras.

¿Qué criterio sigue la Iglesia? Si una persona dice que ha visto a Jesús porque se le apareció, o que ha visto a la Virgen, o que ha visto a un Ángel, ¿cuál es el criterio que sigue la Iglesia? El criterio fundamental es: ¿cuál se supone que es el mensaje de esa visión?

En un congreso protestante en Estados Unidos, resultó un muchacho diciendo: "He tenido una experiencia increíble, maravillosa: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son lo mismo. ¡Qué cuento de tres! Son lo mismo". ¡Imagínese! El hombre puede decir que tuvo la experiencia que quiera, o se la fumó verde. Ese mensaje no es.

La Iglesia ve más con los oídos: "A ver: ¿cuál es el mensaje que sale de ti?" Tú puedes decir que viste a la Virgen, o que viste a los Ángeles, o que viste el tercer Cielo, pero, ¿cuál es el mensaje tuyo? ¿Qué es lo que sale de ti?

La Iglesia se guía sobre todo por el oído. Porque en términos de experiencias, puede haber experiencias que vienen de Dios, o puede haber engaños que vienen del demonio, que ya nos advirtió San Pablo: "Sabe vestirse como Ángel de luz" 2 Corintios 11,14.

Por eso, la manera más perfecta de ver a Jesús, no es estar buscando experiencias raras, aunque Dios las puede dar. Dios es generoso, Dios es bondadoso y da esas experiencias también.

Pero la manera más grande de ver a Jesús, no es buscando experiencias raras ni gente rara, estigmatizada, con profecías, con mensajes, con trastornos, espumarajos, lenguas extrañas. Lo más importante no está ahí; lo más importante está en el mensaje.

¿Qué mensaje brota de esa vida y qué mensaje tiene esa persona para la Iglesia? La Iglesia ve con los oídos; es decir, la Iglesia reconoce la voz del Pastor mientras estamos de camino en esta tierra.

Terminando el peregrinar de esta tierra, la gran visión será el cara a cara del Cielo, allá donde ya Pedro, Santiago y Juan nos aguardan.