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Fecha: 20020217

Título: La Cuaresma, un peregrinar junto a Jesucristo

Original en audio: 11 min. 41 seg.


Hermanos:

Acabamos de empezar el tiempo de la Cuaresma, y en la Cuaresma se cumple lo que es verdad en toda nuestra vida cristiana: es una vida para vivirla con Cristo. La Cuaresma adquiere todo su sentido y tiene toda su gracia en la Persona de Jesucristo.

La Cuaresma es aquella peregrinación, no en el espacio, sino en el corazón humano, que la Iglesia realiza junto a Jesús. Fue Cristo, mis hermanos, el que santificó este tiempo con su ayuno, con su oración y con su victoria sobre el demonio, como hemos escuchado en el evangelio de hoy.

Jesucristo es nuestra Cuaresma, así como Jesucristo es nuestra Navidad, así como Jesucristo es nuestra Pascua. Él es la fuente, la raíz, el principio, el cimiento de todo lo que somos como cristianos.

Por eso, si un propósito tenemos que hacernos en este momento, es vivir la Cuaresma con Jesús, estar con Él, y desde luego, esto implica participar de esa primera y santísima Cuaresma, con la que Cristo inauguró su ministerio público.

Porque el Señor Jesús, nos cuenta la Biblia, después de ser bautizado en el Jordán, después de ser ungido por el Espíritu Santo, fue movido, fue empujado por ese mismo Espíritu hacia el desierto.

Y allí, en un retiro, podemos hablar así, en un nuevo éxodo que une a Nuestro Señor con la historia de Israel, en ese retiro y en ese éxodo, Jesús resume las luchas, las tentaciones, la dureza del camino de Israel y de toda la humanidad, y tomando victoria, es el testigo de la grandeza de la gracia que viene.

Porque fue en el desierto, donde Israel se rebeló contra Dios. Fue en el desierto, donde Israel desconfió y preguntó: "¿Está Dios en medio de nosotros?" Exodo 17,7. Es allí, donde todo parece vacío, donde todo parece fallar; es allí, donde el corazón humano se siente inseguro y por lo tanto es allí donde surge con fuerza, con altanera fuerza, la tentación que pretende derribarnos.

Pues miremos a Jesús, descubramos a nuestro Campeón, admiremos a nuestro Héroe, alegrémonos por el que va delante de nosotros. Él es Jesús, el que viene a rehacer la historia de Israel sobre su propio Cuerpo, y el que viene a tomar la historia de la humanidad sobre su propia Carne, acercándose al borde de la muerte con un ayuno sobrehumano.

Acercándose al borde de la muerte, en esa soledad y en esa desprotección absoluta del desierto, Jesús está tomando victoria allí, donde nosotros sólo hemos reportado derrota. Vamos a mirarle a Él, vamos a vivir la Cuaresma con Él.

También en nuestra vida, claro que sí, abundan los desiertos. También nosotros nos sentimos desprotegidos; también nosotros sentimos que las fuerzas se nos agotan y que el hambre de seguridad, de bienestar, de placer, se adueña de nosotros. En esos momentos, mirar a Jesús es la gran escuela en la que quiere matricularnos la Santa Iglesia en este primer domingo de Cuaresma.

Fiel, Jesucristo es el Fiel, es el que permanece fiel. Él es el que perdura, Él es el que permanece, Él es el que no se quiebra. ¡Qué hermosa es la fidelidad! ¡Qué grande es la fidelidad! La fidelidad nos levanta por encima de nuestra debilidad y nos hace participar de alguna manera de la fortaleza que sólo Dios tiene, porque sólo Dios es fuerte, sólo Él es Rey, sólo Él es Santo.

Nuestros tiempos son tiempos en que todo parece tener un precio. Son tiempos en que todo parece poderse vender y poderse comprar. Una sociedad que puede vender y que puede comprar todo, una sociedad en la que todo el mundo tiene un precio, es una sociedad que no conoce la palabra fidelidad.

Porque la fidelidad es la resolución de no ceder por ningún precio. La fidelidad es la permanencia, no importa cuál sea la oferta. Una sociedad que todo lo compra y todo lo vende, es una sociedad que no puede conocer la fidelidad, o mejor, o peor, que sólo conoce la fidelidad al ídolo del dinero, al ídolo del poder.

Pero en Jesús encontramos a Aquél que vence. Esa sociedad, donde todo tiene precio, donde todo es intercambiable, tiene que detenerse ante Jesús. Él es el que vence. La reconstrucción moral y espiritual de la sociedad, requiere de la fidelidad. Porque el ser humano también requiere de la fidelidad.

Cuando somos débiles, cuando no tenemos mucho que ofrecer, necesitamos la certeza de que también así nos van a querer, también así nos van a apoyar, también así van a estar con nosotros. Necesitamos certeza.

La grandeza de la fidelidad no es solamente la grandeza del héroe, que es de bronce y que todo lo resiste. Es una grandeza que nace del amor, porque el ser humano necesita sentirse apoyado, necesita sentirse amado, sentirse sostenido cuando no tiene mucho que ofrecer.

Y esa es la grandeza del amor fiel, es la grandeza del amor que está más allá, más allá del error, más allá de la caída, más allá de la imperfección.

La fidelidad, el amor fiel, es lo que le permite al corazón humano sentirse sostenido. Una sociedad que todo lo compra y que todo lo vende, es la sociedad del provecho propio, es la sociedad que idolatra el propio beneficio.

Y aquél que idolatra el propio beneficio, cuando no puede sacar ningún provecho del que es pequeño, del que es pobre, o del que se equivocó, lo deja caer. Es una sociedad que se vuelve en contra del hombre, porque todos tenemos que pasar por ser pequeños, por ser enfermos, por ser pobres, o por ser sucios.

Y si no hay un amor fiel que pueda soportarnos, entonces nos hundimos, nos precipitamos en la nada. La sociedad que todo lo compra y que todo lo vende, la sociedad que no conoce la fidelidad, es una sociedad que deja caer a sus hijos en el abismo de la nada y de la desesperación, y eso es lo que incluso vemos en más de un caso.

Por eso encontrar las raíces de la fidelidad, no es solamente un asunto de principios, no es darle un maquillaje bonito, tal vez hipócrita a nuestro mundo. Al contrario, encontrar las fuentes de la fidelidad, es encontrar el amor grande, es encontrar el amor que puede sostener al ser humano, aunque sea pequeño, aunque sea pobre, aunque esté manchado.

Ese es el amor que necesitamos, porque todos somos así. Ese es el amor que Cristo nos presenta hoy, cuando permanece fiel, cuando se une de corazón a Dios.

Y así, unido a Dios, su Padre, Nuestro Señor Jesucristo tiene un amor que es capaz de sostener. Por eso efectivamente vemos, que el ministerio público de Jesucristo soportó, sostuvo a los que caían.

¿Quiénes son los grandes predilectos? ¿Quiénes son los que están presentes en primer lugar en el ministerio de Cristo? Pues todos esos que no caben en la sociedad de la compraventa, todos esos que no reportan beneficios: el leproso, el niño que era considerado un inútil y un estorbo, la prostituta, el publicano, el pagano, los que no importan, los que son rechazados, los que estaban destinados a hundirse en el abismo sin nombre de la desesperación.

Esos son los que son sostenidos por Jesucristo, porque Jesucristo, el Fiel, es Jesucristo que tiene amor para sostener, amor para levantar.

Amigos, este es el rostro maravilloso de Jesucristo, el rostro de un amor más allá de toda caída, más allá de toda suciedad, más allá de toda enfermedad. Es ese amor, es ese tamaño de amor, el que ha salido vencedor de estas tentaciones, y ese es el amor que necesita nuestro corazón humano.

¡Bendito seas Jesucristo! ¡Bendito por ese amor! ¡Bendito por tu victoria!

Amén.