Acys003a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990606

Título: Cualidades deseables para recibir y aprovechar el sacramento de la Eucaristia

Original en audio: 39 min. 30 seg.


A veces es difícil hablar de las cosas más grandes, precisamente porque nos desbordan.

Nuestras palabras o nuestros conceptos son como manos que tendemos para agarrar las cosas, ¿pero quién puede agarrar el tamaño de los misterios de Dios, y sobre todo de este misterio eucarístico, en que se anuda el cielo con la tierra?

Es difícil, y como sacerdote siento dolor de que no sólo es difícil por la materia de la que queremos predicar, sino que es difícil porque se necesita gran amor y gran santidad para hacer conocer y para hacer amar este misterio.

Y la realidad que encontramos en la Iglesia es que falta muchísimo amor, así como falta mucho respeto y mucha adoración y mucha gratitud por este sacramento.

Este sacramento es como la fibra más sensible, podríamos decir, de la Iglesia, ningún otro está tan protegido por la teología, por la legislación, por la tradición, por la costumbre de la Iglesia.

Así como el Sagrario es el lugar más protegido de la iglesia, del templo, así también el misterio eucarístico, es el secreto, un secreto visible, el secreto más protegido, el más custodiado de la Iglesia; pero ni aún así se salva del resfrío de la indiferencia, ni aún así se salva de las manos, a veces descuidadas, a veces ignorantes de nosotros los sacerdotes.

Ni aún así se salva de ciertas teorías o teologías, que sintiéndose incapaces de admitir tanto amor, recortan lo principal del misterio para dejar de la Eucaristía sólo una especie de encuentro amigable entre creyentes.

Y claro que es el encuentro más amable y más amigable, y claro que es la Cena más fraterna; pero no por eso deja de ser lo que es: la presencia siempre nueva, siempre actual del sacrificio de Jesucristo, el hontanar mismo, manantial mismo de su gracia, el preludio más claro que tenemos en esta tierra del Banquete de los Cielos.

Mirando cómo comulgan los fieles cristianos y mirando cuántos no comulgan, es necesario que nosotros, como amigos de Jesús, nos unamos a su Corazón herido y sangrante y podamos sentir en el palpitar de ese Corazón, un amor que no es correspondido, como varias veces lo ha manifestado el mismo Cristo a algunos de sus santos.

Si no nos interesan los intereses de Cristo, si eso no nos interesa en este misterio, nada de Cristo verdaderamente llegará a ser importante para nosotros.

Pensando en estas cosas, encontré como una secuencia, podríamos decir, como una lista de cualidades deseables, de preparación deseable para recibir, para celebrar y para proclamar este misterio, el misterio eucarístico, el centro de nuestra fe.

En el momento más solemne de la Misa, el elogio que se hace de la Eucaristía y la proclamación que se hace de ella, es: "Este es el sacramento de nuestra fe".

Un modo de recodar, lo que quiero compartir con ustedes, es tomar la palabra Cristo como se dice en latín, es decir, "Christus".

Vamos a tomar cada una de esas letras para recordar una cualidad que es provechosa, que es deseable para vivir este misterio, para recibirlo mejor, para que dé mayor fruto en nosotros y para que también lo podamos trasmitir con mayor caridad y con mayor eficacia a otras personas.

Empezamos por la letra “C”, y en esa letra “C” la palabra caridad. Primera cualidad, primera virtud, la que abre el lenguaje de todo este tratado es la caridad. La Eucaristía es un asunto de amor, sólo el amor hizo posible la presencia del Cuerpo de Cristo en nuestra tierra, y sólo ese amor hará posible que nuestros cuerpos glorificados estén con Él en el Banquete de los Cielos.

Lo primero que se necesita, lo primero que ha de estar vivo para entender el lenguaje de la Eucaristía es la caridad, y si no existe esa caridad no se la puede reemplazar ni con mucha inteligencia, ni con muchos libros, tratados, erudición, o lo que sea. Es un lenguaje de amor.

La Eucaristía es la expresión más pura, la más patente, la más intensa del amor de Jesucristo, y como esa es la señal que este Amado le da a su amada, que es la Iglesia, entonces la Iglesia necesita reconocerse amada y disponerse al amor. Un lenguaje de caridad, un lenguaje de amor.

Hay señales que han preparado este amor. Toda la historia de la salvación es una historia de amor, pero no basta con que la historia que se cuenta en la Biblia sea una historia de amor, es necesario haber leído la propia vida como una historia que también es de salvación, como una historia que también es historia de amor.

Las almas eucarísticas son almas que se sienten amadas, son almas que de algún modo se proclaman, no por institución humana sino por acción del Espíritu como embajadoras de la Iglesia amada; cada persona que se acerque a comulgar, acérquese porque se siente amada, y acérquese como embajadora de toda la Iglesia, amada para recibir amor.

La caridad con todas sus delicadezas, la caridad también con toda su fuerza, la caridad con toda su elocuencia. La caridad es delicada, tal vez es la flor más delicada.

Quienes hemos tenido ocasión, por el ministerio sacerdotal, de escuchar confesiones de muchas personas y desde luego también de confesarnos, hemos podido comprobar algo, ciertamente el Espíritu Santo obra en todo el pueblo de Dios, es el Espíritu el que mueve a la conversión, es el Espíritu el que instruye y forma y luego es el Espíritu el que perfecciona la ofrenda y completa la obra.

Yo me atrevo a decir, aunque soy ignorante, que yo he conocido algunas almas que yo estimaría santas, santas en vida; y he podido tratar y escuchar a esas personas y he oído confesiones de personas que yo consideraría santas.

Para esas personas muy, muy adelantadas en el camino de la virtud, muy fortalecidas con los dones del Espíritu, muy ungidas en la oración, para esas personas hace mucho tiempo no existen los pecados en los que lamentablemente vivimos o nos movemos muchos de los mediocres que existimos en esta tierra.

Atrás han quedado muchos pecados, ha sido virtud de Dios y ha sido correspondencia a la gracia en esas personas; han dejado la mentira, el orgullo, han dejado todo género de impureza y deshonestidad, han dejado toda codicia, han querido conformar su vida a la voluntad de Dios, pero siempre hay una virtud que queda herida, la caridad. Siempre ha faltado más amor.

La caridad es la virtud más excelsa y por eso también la más delicada, aún los corazones más generosos, los más puros, los más sinceros, los más pobres y los más consagrados, siempre tienen algo que acusarse en esta virtud, esto indica el tamaño y la importancia que tiene la caridad dentro de la Iglesia, y esto indica cómo la caridad es el único lenguaje con el que podemos entendernos completamente con Jesucristo.

El idioma que habla Jesucristo no es tanto el arameo, ni el latín, ni el griego, el inglés, o español; el idioma que habla Jesucristo es caridad, y el que no haya aprendido este idioma, no le entenderá nada, mucho menos le entenderá el lenguaje precioso de la Eucaristía.

Después de la “C” está la letra “H”, en la palabra "Christus", el nombre de Cristo dicho en esa lengua, en latín. Si utilizamos el latín es solamente porque "Christus" nos sirve de recordatorio de estas virtudes o cualidades.

Desde luego ustedes se imaginan cuál será la virtud de esta "H", la humildad. Humildad que tiene su raíz en la palabra “humus” que significa tierra; la mejor manera de ser desagradecidos es no recordar de dónde venimos.

San Agustín, en algún sentido fundador o cofundador de la vida consagrada, de la vida religiosa dentro de la Iglesia en Occidente, le decía a un grupo de vírgenes que se habían congregado para hacer vida comunitaria, lo que llamaremos hoy religiosas, les decía que era importante que en el monasterio, en el convento, no fuera a suceder la detestable perversidad de que mientras los ricos intentan hacerse pobres, los pobres se les olvide de dónde han venido y se hagan ricos, lo que nosotros llamamos hoy “acomodarse”.

San Agustín advierte de ese peligro a estas religiosas, porque una vez que hemos olvidado nuestro origen, una vez que hemos olvidado de dónde nos ha sacado Dios, olvidado eso, creemos que todo lo merecemos; y si hay un método eficacísimo para no aprovechar nada el Santísimo Sacramento es ese, creer que se le merece.

Si nos acercamos a la Eucaristía y perdemos el sentido de la distancia, perdemos el sentido del don; cuanto mejor percibamos la distancia infinita entre Dios y nosotros, mejor percibimos el tamaño del regalo que nos está haciendo. Por eso las almas eucarísticas, las almas de verdadera adoración a este Santo Sacramento son almas profundamente, infinitamente humildes.

Además, la vida entera de Jesucristo está escrita en clave de humildad. Se revela primero a los pastores y a los extranjeros, y los que estaban ahí al pie y los que creían que tenían derecho de conocerlo, se quedan sin verlo.

Anda siempre en compañía de pobres, de los marginados, de los humillados; anda en compañía de los que no cuentan, y escoge entre sus discípulos a gente que no significaba ni representaba nada en esa cultura y en esa sociedad.

La muerte que tiene es muerte de malhechor, y hundido en el sepulcro, parece haber desaparecido de esta tierra; toma luego como primera testigo a una mujer despreciable por su pasado, y pone en boca de esos mismos hombres, pobres e iletrados, la noticia más grande del Universo.

O sea que Cristo no puede darnos más pruebas de que ama la humildad y de que revela sus secretos a los humildes, por algo dice el Apóstol San Pedro, "que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” 1 Pedro 5,5.

Si este sacramento eucarístico es el sacramento de la gracia, el sacramento por excelencia de la manifestación de la gracia, indudablemente ha de ser el sacramento de nuestra humildad, humildad que es acordarse simple y sencillamente de la verdad de lo que somos, recordar quiénes somos, de qué estamos hechos, de qué familia y de qué pasado venimos, de cuántas cosas nos ha sacado, nos ha salvado el Señor.

Recordar eso, yrecordarlo con gratitud y sencillez ante Él, indudablemente será una excelente preparación para gozarnos en el tamaño de su regalo.

La letra “R” sirve para recordar la reverencia, es un acto por el cual no sólo miramos nuestra pequeñez sino que ensalzamos su grandeza. Reverenciar es proclamar el honor, la grandeza, la belleza, la majestad de Él.

Cuando Pablo estalla en alabanza en su Carta a los Efesios: “Bendito sea Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo” Carta a los Efesios 1,3, cuando Pablo se desborda en alabanza, ahí parece que estaba como dándole curso a un río de fuego que llevaba dentro del alma.

En verdad en del corazón humano hay una necesidad intensa de admirar y de alabar, porque la admiración es la que le da dirección al alma.

¿Hacia donde nos vamos a dirigir? ¿Hacia dónde tenderemos sino es hacia donde admiramos? La admiración, el reconocimiento del bien, no sólo la percepción de nuestra pequeñez y de nuestro mal, sino sobre todo el reconocimiento del bien, es lo que le da una dirección, es lo que le da un rumbo a nuestra vida.

Y esto es lo que trae el verdadero sentido de la reverencia: el darle honor y darle alabanza, el ofrecerle nuestra admiración, nuestro elogio y nuestro aplauso sobre todo a Él.

Esta admiración, esta reverencia hace que el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu Santo y la voz del Padre celestial estén en nosotros.

El primero que nos enseña a alabar a Jesucristo es el Padre Celestial, fue el Padre el que hizo las más hermosas alabanzas de su Hijo, fue el Padre el que dijo: “Este es mi Hijo amado” San Mateo 3,17, el amado del Padre, ¿puede pensarse elogio más grande que hubiese venido de esa voz? Y dijo también: “En Él me complazco” San Mateo 3,17.

El Espíritu Santo no se queda atrás, ya en tiempos antiguos había inspirado aquel salmo hermosísimo que luego la Iglesia aplica para las bodas espirituales: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente” Salmo 45,3.

Entrar en verdadera reverencia, admiración y alabanza a Jesucristo, es, pues, darle un rumbo a nuestra vida, pero incluso por encima de eso, es meternos, sumergirnos en el misterio Trinitario y escuchar los susurros de cariño, de amor que el Padre Celestial y el Espíritu de amor tienen para Jesucristo. Reverencia.

Sigue la “I”, indigencia, una palabra que no nos gusta. Vivimos en una época en la que preferimos otra que rima con la indigencia, pero que es su antónimo, la suficiencia, queremos ser individualistas, que también se escribe con “i”, pero aquí se pide que nos sepamos y nos reconozcamos indigentes, que nos sepamos necesitados.

Esa indigencia que también nos ayuda a pensar en el hambre profunda. Debería ser superfluo decirlo, pero no lo es: para alimentarse hay que tener hambre, hay que prepararse en el hambre, hay que aprender a tener hambre.

Predicando sobre el temor de Dios, decía un Santo Padre de la Iglesia: "El temor es distinto del miedo, el miedo no hay que enseñarlo, en cambio, sobre el temor de Dios leemos en aquel Salmo: “Venid, hijos, escuchadme, os instruiré en el temor del Señor”.

El temor de Dios es algo que necesita ser aprendido y por eso es algo que necesita ser enseñado. Si este es el temor, si este es el sentido del temor de Dios, lo mismo podríamos decir de esta indigencia, de esta hambre.

Sentir hambre de Dios, sentir hambre de Él, aprender a tener hambre de Él. Sin esta indigencia, sin esta hambre, el Banquete que Dios nos ofrece en la Eucaristía se quedará perdido, tomaremos muy poco; más se aprovecha de la Eucaristía el que llega con mayor indigencia, el que llega con mayor hambre. Llegar con hambre, tener hambre.

Pero todavía hay un aspecto con esta indigencia que quiero destacar. Cuando uno tiene varias necesidades es capaz de olvidarse de unas por otras.

Por ejemplo, en algunas ocasiones hemos tenido que hacer viajes pesadísimos, realmente agotadores, y ha sucedido que llegando al término del camino, aunque tengamos algo de hambre, por no habernos alimentado muy bien, es tanto el cansancio, que preferimos dormir y al otro día a comer.

Una necesidad mayor acalla o aplaca las necesidades menores. Aún hay otro ejemplo: cuando una persona necesita o quiere ser amada, cuando es necesario para ella ser amada, busca ese amor, incluso, aunque tenga que pasar o tenga que suplir otras necesidades; y por eso, por búsqueda de ese amor, la persona soporta el ridículo, soporta estrecheces, soporta indigencia, porque busca ese amor.

El que ama es capaz de sacrificarse por lo que ama, pues bien, si nosotros llegamos a sentir hambre de Dios, del tamaño que Dios quiere alimentarnos a nosotros, las otras hambres y necesidades que nosotros tenemos pasarán a segundo plano.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” San Mateo 5,6, dijo Jesucristo; bienaventurados el que tiene un hambre tan grande de Dios, que todas las otras necesidades de esta tierra pasen a segundo plano.

Y es este el camino por el que la Eucaristía nos salva de todas las otras hambres, de todas las otras necesidades, caprichos o placeres que tengamos.

Si alguno es víctima de alguna adicción, vicio, mala costumbre, puede pedirle y debe pedirle a Dios: “Dame una percepción tan honda de mi indigencia, dame un hambre tan grande de ti, que esa hambre aplaque todas las otras hambres”.

Esta es una realidad que se cumple para toda persona, pero que es indispensable sobre todo en las almas consagradas, porque nosotros no vamos a dejar de tener todas las otras hambres que tienen todas las personas; también nosotros tenemos hambre de importancia, hambre de afecto, hambre de dinero, hambre de poder.

Pero nosotros, que de algún modo estamos más expuestos por nuestras renuncias, saldremos adelante, saldremos victoriosos, con la gracia de Dios, si esta indigencia reina en nosotros. Si hay una hambre más grande que domine a todas las otras hambres, si hay una necesidad tan absoluta, que por decirlo así, deje dormidas, deje en segundo plano todas las otras hambres.

Necesitamos, pues, indigencia, y si Dios nos da la gracia de tener hambre de la Eucaristía, con esa sola gracia venceremos a todos los demás pecados. El hambre divina de la Eucaristía, el hambre profunda de la Eucaristía da muerte a todo lo demás en el alma. El hambre de esta vida nos libera de todas las otras muertes.

Vamos con la primera “S”, Christus. Acerquémonos a la Eucaristía con santidad. Las iglesias cristianas de Oriente, cuando se va a dar la Eucaristía, lo que se le dice a la persona, lo que se acostumbra decir no es lo que decimos nosotros aquí en Occidente.

Lo que aquí se suele decir: “El cuerpo de Cristo", “la Sangre de Cristo”, o se dice tal vez: “Cristo, Pan de Vida”, en las Iglesias de Oriente lo que se acostumbra decir es: “Lo Santo para los santos”.

La santidad, desde luego, ¿quién puede tener, quién tiene en plenitud esta santidad? Pues sólo el que es santo, pero sin esa aspiración y sin esa búsqueda de la santidad, sin ese estar en camino hacia la santidad, pues se pierde el peregrinar, y este es sacramento de peregrinos.

Como ya lo insinúa la Iglesia en la primera lectura que se ofrece para este domingo, la Eucaristía es alimento de peregrinos y es alimento para santos, es alimento para peregrinos en la santidad, no podemos renunciar a la búsqueda de la santidad.

Alguna vez confesándome me sentía yo como angustiado, me sentía como derrotado, como se siente uno cuando no logra vencer ciertos pecados, y yo veía que recaía y estaba realmente triste, estaba realmente deprimido cuando me confesé.

Me decía el confesor: "Dos cosas puedes hacer: una que no te sirve y otra que sí te conviene. La que no te sirve es, que como no has podido vencer en eso, rebases el ideal al tamaño tuyo; y la otra es, que aunque no hayas podido vencer en eso, sigas manteniendo ahí en el lugar donde se encuentra y sigas en camino hacia ese ideal, hacia esa altura".

Siempre será tentación nuestra tomar el primer camino: "Puesto que no pude, puesto que se me acabaron las fuerzas, puesto que he sido derrotado muchas veces, entonces bajemos el ideal", lo que hacían los gnósticos: "Digamos que ya hemos llegado y hagamos de cuenta que ya estamos".

Pero lo que Cristo quiere de nosotros, y para eso nos da un alimento de este tamaño, es que el ideal, ese que Él describió tantas veces en la Escritura: “Sed santos, sed perfectos”, ese siga ahí donde está.

Sepamos que este alimento llega a nosotros no como una medalla porque nos hemos portado bien, sino ante todo como fuerza, como vigor para que lleguemos a ser lo que Dios quiere que seamos.

Hay ciertamente un requisito mínimo que pide la Iglesia, la comunión en la gracia santificante, y por eso se nos pide que si hay conciencia de pecado mortal, pues primero acudamos a la confesión; pero sobre la base de esa vida de gracia en nosotros, la Eucaristía está para confirmar en nosotros el don de la santidad y para conducirnos a esa plenitud de santidad.

Con la letra “T” que es la letra de temor de Dios, quiero recordar una anécdota que tiene que ver con la Eucaristía y que tiene que ver con los sacerdotes. Con el respeto de ustedes la recuerdo, sobre todo para acordarme yo de ella.

Un padre mayor de mi comunidad me contaba que estuvo en una ordenación sacerdotal, y luego tuvo ocasión de acompañar varias Misas, varias de aquellas primeras celebraciones del nuevo ordenado, esto sucedía en otro país.

Y me cuenta el padre que este sacerdote, este recién ordenado, en esas primeras Misas obraba con un gran temor, en parte timidez, esa timidez o ese temor de llegar como a equivocarse, de que a uno se le olvide algo, de que uno diga algo que no es, o lo que sea.

Y decía el padre: “Cuando están muy recién ordenados, los sacerdotes tienen como miedo de Cristo", dice, "pero a veces pasa el tiempo, y luego Cristo tiene como miedo a los sacerdotes”.

Tenemos nosotros los sacerdotes el peligro de tener una mala confianza con Jesucristo. Él sí quiere tener confianza y quiere tener intimidad con nosotros y con todo el pueblo santo, desde luego; pero hay un mal sentido de esa confianza y la expresión “temor de Dios” nos recuerda que esa mala interpretación existe, hay una mala confianza con Cristo.

Un pensador que no era cristiano, Confucio, hablando sobre la amistad dice: “La clave para la amistad duradera es que aunque crezca el cariño no disminuya el respeto”. El peligro, efectivamente, del aumento de cariño, es la disminución del respeto.

Y santo Tomás de Aquino, dándole consejos a un fraile joven de nombre Juan, le decía: “Recuerda siempre que la excesiva familiaridad engendra desprecio”.

Pues bien, nosotros tal vez podemos cambiar la intimidad con Cristo con la familiaridad con Cristo, son dos cosas en cierto modo distintas: una cosa es estar muy cerca de las oportunidades de la gracia y otra cosa es aprovechar frecuentemente la gracia.

Nosotros como sacerdotes, y otro tanto se puede decir de predicadores, misioneros, religiosos, consagrados, estamos muchas veces muy cerca de oportunidades y ofertas de la gracia; pero nosotros no llegaremos a la gloria celestial por haber estado cerca de las oportunidades, sino por haber aprovechado las oportunidades.

De nada sirven nuestras amistades espirituales, o de nada sirven nuestras bibliotecas, o de nada sirve la elegancia de nuestros templos si no está la vida así decorada y arreglada y hermoseada para que sea de Dios y para que a Él le guste.

No nos van a pedir a la puerta de los cielos, por utilizar ese lenguaje, no nos van a pedir el catálogo de libros que compramos, sino más bien aquella sabiduría de Dios que realmente se convirtió en vida de nuestra vida.

Por eso me gusta la expresión: “Temor de Dios”, esa expresión que nos hace sensibles a la grandeza de Él, como decíamos en la reverencia, pero también al peligro en el que estamos de no aprovechar y el peligro en el que estamos de despreciar.

El temor de Dios lo conoció y lo predicó el Apóstol San Pablo refiriéndose expresamente a este sacramento, allí cuando dijo: “El que comey bebe indignamente este sacramento, come y bebe su propia condenación” 1 Corintios 11,29. Aquí esta la fuente de vida, ¿pero por ver la fuente de vida no es encontrar la fuente de la muerte?

Entonces hay temor en el alma, un temor que no es miedo, como ya dije, un temor que es la conciencia de la grandeza y la conciencia de la propia fragilidad, y de la propia indignidad, y del riesgo en el que estamos de perder mucho o casi todo.

Vamos con la letra “U”, nos quedan dos. La letra “U” es la letra de la unidad. Tal vez este era el aspecto que más exaltaba Santo Tomás de Aquino de las cualidades de la Eucaristía, autor de textos inmortales que la Iglesia ha tomado para el oficio de este día del Cuerpo y Sangre Santísimos de Cristo.

La unidad, este es el sacramento en el que nos unimos a Cristo, este es el sacramento en el que tenemos comunión con en el Padre en el Hijo; este es también el sacramento de la unidad entre el pueblo cristiano; un solo pan, una sola ofrenda, una sola copa, una sola fe, un solo bautismo, este es el sacramento de la unidad, pero también es el sacramento de la unidad en cada uno de nosotros.

En este sacramento todo lo que nosotros somos tiene parte, nuestro cuerpo que recibe la prenda de la resurrección futura, nuestra inteligencia que recibe el rayo, la iluminación más preciosa de la verdad del amor divino.

Nuestra voluntad y nuestro afecto que se acercan a la fuente misma de la ternura de Dios y de la potencia de su amor salvador, todo en nosotros encuentra unidad en la Eucaristía, todo en nosotros encuentra orden en la Eucaristía, pero esta palabra unidad está también aquí para que recordemos la unidad que no tenemos.

Insisto, la Eucaristía no llega a nosotros como una medalla, llega a nosotros como puerta que necesitamos y sin la cual no subsistimos. Si hablo aquí de unidad es también para que recordemos que es la unidad, toda la unidad que nos hace falta.

La Eucaristía es el sacramento también para llorar porque los cristianos estamos divididos. La Eucaristía es el sacramento para recordar todos los que no están nunca, los que nunca se alimentan de este Pan del Cielo; la Eucaristía es el sacramento para caer en la cuenta de cuán injustas son las divisiones que tenemos muchas veces en nuestra sociedad, en nuestras comunidades y en nuestras familias.

Cuando vemos a Cristo otorgarse con tanta liberalidad, entregarse tan completamente a todos sin distinción, ¿cómo no sentir aversión y repulsa a las divisiones que nosotros introducimos en esta tierra y sobre todo en la distribución de la gracia?

Finalmente, con la letra “S”, la última "S", recordamos la solidaridad. Sacramento que nos hace solidarios con todos los hermanos, sacramento que nos hace solidarios con todos los creyentes de todos los siglos.

Sacramento que nos hace semejantes a los que ya están en el cielo y nos hace unidos a todos los que en esta tierra caminamos y necesitamos de este mismo Pan. Solidaridad también que ha de ser el primer fruto de la Eucaristía.

Si hay algo que el Nuevo Testamento reprueba, tanto en esa primera Carta a los Corintios que ya mencioné, como en la Carta del Apóstol Santiago, son las discriminaciones que hacen que prestemos poca atención, poco amor, o poca caridad a los más necesitados.

Se llama Cuerpo de Cristo este sacramento, pero también se llama Cuerpo de Cristo la Iglesia, y hay confusión en esos dos nombres, y las mismas manos del sacerdote que oran, que se vuelven oración para que el pan sea Cuerpo de Cristo y el vino sea Sangre de Cristo, esas mismas manos oran por el pueblo, oran por todos ustedes.

Si estas manos, si estas palabras, si esta oración pueden consagrar el pan y el vino como Cuerpo y Sangre de Cristo, y se llama cuerpo de Cristo, pues así también la palabra y la oración y las manos de los sacerdotes están llamadas a construir Cuerpo de Cristo en esa asamblea por la que también se ora; y mientras no se logre que la Iglesia sea tan Cuerpo de Cristo como la Eucaristía, todos seremos un poco hipócritas.

Es preciso que si llamamos Cuerpo de Cristo a la Hostia consagrada, tratemos también como Cuerpo de Cristo a la Iglesia consagrada, y el mismo Espíritu que hace posible el milagro de la Eucaristía, haga posible el milagro de la Iglesia.

No podemos reducir la Eucaristía, como a veces sucede, sólo a un acontecimiento vertical. Maravillosa la reverencia, la adoración, la acción de gracias, pero hay una dimensión horizontal.

Nunca olvides que la Iglesia también se llama Cuerpo de Cristo, y que el mismo Espíritu que hace posible que la Hostia, a la que tú adoras, es el mismo Espíritu que obra en los hermanos, a los que entonces ya no puedes despreciar.

Caridad, humildad, reverencia, indigencia, santidad, temor de Dios, unidad y solidaridad, una manera tal vez apropiada de recordar algunas cualidades para aprovechar este sacramento.

Que Dios en su amor, que nos alimenta con este Pan del Cielo, nos conduzca por esta tierra, reúna a sus hijos de Dios dispersos como ahora la Iglesia, y un día nos permita celebrar el Banquete de los Cielos.

Amén.