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Fecha: 19960609

Título: Abrir nuestro propio sagrario a Cristo

Original en audio: 15 min. 18 seg.


Celebramos hoy con la Santa Iglesia la Solemnidad del Cuerpo y Sangre Santísimos de Cristo. Es también para nosotros la solemnidad de su amor.

Voy a tratar de ayudarme con una comparación. Supongamos que usted me invita a su casa. En primer lugar, yo no entro a las alcobas. Uno entra a la sala, y si se va a ofrecer alguna atención, se le dice al invitado que pase, por ejemplo, al comedor.

Suponiendo que sea una persona de la familia, o de muchísima confianza, o que haya un enfermo, entonces sí se le dice que se acerque a una de las alcobas. Pero cuando yo entro a una de esas alcobas, no abro uno de los armarios y empiezo a buscar dentro de las gavetas. Usted diría: "¡Un momento! ¡Respete! Ahí están mis cosas".

Mas, suponiendo que se tratara de una emergencia, o que fuera una persona de excesiva confianza y no hubiera nada más que hacer, o alguien de la casa, de pronto se le permitiría que viera algo en alguna de las gavetas.

Dentro de esas gavetas me encuentro una caja de hace mucho tiempo, donde están fotos, recuerdos y escritos de la época en que usted y su actual esposa eran novios, de lo cual hace mucho tiempo. Para nuestro ejemplo, hace mucho tiempo, pues aquí habrá gente de distintas edades.

Entonces, yo tomo esa caja y la voy abriendo. Usted me dice: "¡Un momento, por favor, padre! Ahí están mis recuerdos". Y de este modo podríamos hacernos una idea de lo que significa la intimidad del amor de una familia.

Así como la Iglesia tiene un Sagrario, las casas y las personas tienen sagrarios. Usted se ve muy común y corriente aquí. Pero si yo me metiera con el sagrario de su casa, que pueden ser esas cajas donde están las fotos de los niños y donde están las cartas de cuando eran novios y un arrugado papel de la primera chocolatina que él le regaló, usted, seguramente, se puede poner hasta violento conmigo: "¡Ahí está mi corazón!"

Amigos, esta fiesta es la Fiesta del Sagrario. En esta fiesta la Iglesia con inmenso respeto, con el respeto que usted tendría para acercarse a mi cajita de recuerdos, y con el respeto que usted me pediría para que yo me acercara a la cajita de sus recuerdos, la Iglesia, con ese respeto, se acerca a mirar los testimonios y las cartas, que Jesús, su Amado, le ha escrito. Porque eso es la Eucaristía para nosotros, o por lo menos, esa es una de las dimensiones de la Eucaristía.

Dice Santo Tomás de Aquino, religioso de nuestra Comunidad Dominicana que vivió en el siglo trece, que "Cristo quiso dejar la Eucaristía como memorial de su Pasión". Es el testimonio de la manera como nos ha amado. Y dice este gran Santo y Doctor: "Para que no olvidásemos el amor de la Cruz, nos dejó la Eucaristía".

Para que nunca se fuera de nuestra memoria el retrato de lo que Él hizo cuando se ofreció a sí mismo en la Cruz hasta derramar su Sangre, para eso nos dejó la Eucaristía. Por tanto, la Eucaristía debe celebrarse con la devoción, con el amor, con la ternura de quien sabe que está tocando el Corazón de Dios.

Sea éste el momento para exhortar a todos, empezando por mi propio corazón, para que cultivemos verdadero espíritu de adoración al Señor. Porque la ternura que se tiene para con los hombres, se llama ternura, pero la ternura que se tiene para recibir el amor de Dios, se llama adoración.

Y así, en la manera de recibir la Sagrada Eucaristía, sea en nuestra boca o en nuestra mano, como algunas personas la reciben, en la manera de tratarla, de mirarla, en la compañía que hacemos ante el Santísimo, hemos de saber que estamos en la Cajita de los Recuerdos, que estamos ante el Sagrario del mismo Dios.

Ahí estamos, ante lo más delicado y lo más débil de Él. Porque Dios, cuando crea las montañas, Dios, cuando despliega los cielos infinitos, Dios, cuando colma los océanos, nos parece inabarcable, inatacable, inmenso.

Pero Dios, cuando le vemos temblar de miedo en Getsemaní, Dios, cuando se le quiebra la voz y dice: "Uno de vosotros me va a entregar" San Juan 13,21, Dios, cuando abre su Corazón y nos habla: "Este es el Cáliz de mi Sangre, derramada por vosotros y por todos los hombres para perdón de los pecados" San Mateo 26,28, "Dios de la Eucaristía, Dios del Santísimo Sacramento, eres un Dios muy débil".

Cuando se dispone la Sagrada Eucaristía para ser vista y amada por el pueblo, se dice que es la exposición del Santísimo. Y efectivamente, queda expuesto el Santísimo, expuesto a que le amemos, expuesto a que no le creamos, expuesto a que nos burlemos de Él, o expuesto a que también nosotros abramos nuestro corazón ante Él.

La exposición del Santísimo es abrir la cajita de los recuerdos, es sacar lo más precioso del amor de Dios. ¿Te acuerdas de la voz que se oyó en el Bautismo de Jesús? "Este es mi Hijo", dice Papá Dios, "este es mi Hijo, el Amado, en Él me complazco" San Mateo 3,17. Ese es el mismo Hijo, es el mismo Amado, y es la misma complacencia que está en el Santísimo Sacramento.

Cuando se deja la Hostia a la vista y a la adoración del pueblo de Dios, o cuando se le ofrece a un cristiano, y se le dice: "Cristo, Pan de vida", o se le dice: "El Cuerpo de Cristo", ahí está el amor expuesto, expuesto a que le creas, expuesto a que le confíes tu amor, o expuesto a que no le creas y a que te retires confundido de Él.

Esta es entonces también, la celebración del todo por el todo. Una vez que alguien se resuelve a abrirme la cajita de sus recuerdos, me encuentro allá una poesía que él le escribió a ella cuando llevaban tres meses de novios, empieza él diciendo: "Cuando miro tus ojos, amor de mi alma", y yo noto que el señor escribió ojos con hache: ¡Hermanito, cuidado con reírse! Usted puede hacer cualquier cosa en ese momento menos reírse.

Si usted vio ese papelito arrugado, viejo, y le dice: "No se te olvide que ojos es sin hache", la embarraste, hermano. Era el momento del todo por el todo. Jamás volverán a abrirte esos recuerdos; jamás volverán a abrirte esa cajita. Es el momento bendito en el que se toca lo más íntimo de la otra persona.

Ciertamente, en la Eucaristía no hay ojos con hache, no hay error, no hay defecto, no hay falta y no hay mancha de parte del Señor. Pero a veces sí hay errores, faltas y manchas en nuestra fe. A veces dudamos, o a veces tenemos el corazón frío como un témpano. En esos momentos corremos el riesgo de tratar de cualquier modo el Santísimo Sacramento.

Para ventaja nuestra, para salud nuestra, aunque Dios es como nosotros en el llanto, en el dolor y en la muerte, Dios es más que nosotros en el perdón, en la gracia y en la gloria. Por eso, éste tiene que ser también un día de reparación; es decir, un día de decirle a Cristo Jesús: "Perdóname, si no he creído suficientemente en ti. Perdóname, si he comulgado de cualquier manera, y perdona al mundo, que no entiende de este sacrificio. Perdona al mundo, que no entiende de tanto amor y de tanta gracia".

Porque yo no me voy a quedar sin decirles, que la Santísima Eucaristía, presencia real y verdadera del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Salvador, es algo totalmente único de la Santa Iglesia Católica Apostólica. ¡A tanto no llegan las otras religiones!

Los demás pueden tener maestros. Los demás pueden tener profetas. Los demás pueden tener sabios. ¿Pero de alguno de esos sabios y profetas se dice que haya muerto para perdón? ¿De alguno de ellos se dice que haya resucitado? ¿Se cuenta acaso de Mahoma que vive resucitado? ¿Se dice de Confucio que se da en alimento a sus discípulos?

¡Teorías y palabras! Muchas de ellas hermosas, muchas de ellas útiles, y no las despreciemos. ¡Teorías y palabras! Pero Alguien que viva resucitado y un sacrificio como el de la Santa Misa, no existe sino aquí.

Hermanos, apreciemos, amemos y hagamos amar este Amor inmenso. Si Dios nos abre su Sagrario, abrámosle también nuestro propio sagrario. Efectivamente, cada uno abra en este día su propia cajita de recuerdos, -no sólo la que tiene con su familia-, abra su propia historia, muéstrele a Cristo lo más delicado de su corazón.

Quizá usted es un personaje muy importante que nunca puede llorar, porque es un personaje muy importante, y los personajes importantes nunca pueden llorar.

Si usted es un personaje serio, importante, con un gran cargo, a quien nadie puede ver llorar, quiere decir que usted tiene sus lágrimas en un rinconcito de su cajita de recuerdos, donde está lo más íntimo. Hay muchos hombres, hay muchas mujeres, que se esconden para llorar.

Que un día Cristo vea esos diamantes; que un día Cristo vea sus lágrimas. Junte usted lo más doloroso de su vida con lo más doloroso de la vida de Cristo, cuyo memorial celebramos en la Santa Misa.

Las alegrías más profundas que usted haya tenido, muéstreselas también al Señor. Quizá usted es un padre de familia y ha vivido el gozo indescriptible del cual yo no tengo idea, el gozo de oír que su hijo le dice papá, o le dice mamá. Esa alegría íntima y profunda está allá, en su sagrario. Ábrale usted su sagrario a Cristo también.

Porque así nos dice el libro del Deuteronomio: "Se vive de todo lo que sale de la boca de Dios" Deuteronomio 8,3. Y así sale de su boca la Palabra que está en nuestra boca, y comulgamos. Es un lenguaje de amor, es un lenguaje de besos, de bocas, de palabras.

Estamos en el Corazón mismo de Dios cuando celebramos la Santa Misa. Agradezcámosle este don. Abramos nuestro propio sagrario, y pidámosle a Él que esa vida, que no se la arrebataron sino que Él dio, esté siempre en nosotros.

Perder esa Vida, créanme, es perderlo todo.