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Fecha: 19970905

Título: A los pecadores hay que gastarles tiempo de oracion, y hay que gastarles tiempo de penitencia y de esfuerzo

Original en audio: 9 min. 58 seg.


Nuestra Orden Dominicana celebra el 5 de septiembre el aniversario de los amigos y bienhechores difuntos. En verdad, nuestra Comunidad tiene especial cariño y especial cuidado porlos difuntos.

Repasemos un poco de lo que piden nuestras costumbres y leyes al respecto: se pide que semanalmente haya una Eucaristía aplicada en sufragio por los difuntos de la Orden, considerados así como en general; se pide que haya también este mismo sufragio en la muerte del Santo Padre, del Maestro General o de un ex Maestro General.

Y, también, en cada provincia, por los hermanos de la respectiva provincia, que cada sacerdote ofrezca una Eucaristía por cada hermano de la provincia que fallece.

Se pide que diariamente se ofrezca la recitación del Salmo “De Profundis” también por los difuntos; se pide que semanalmente se ofrezca una vez, por lo menos una vez, el Santo Rosario en sufragio por los difuntos y, aparte de esto, hay como tres relaciones grandes de intercesión por los difuntos.

El aniversario de todos los difuntos de la Orden y luego la oración especial por los padres de familia, es decir, por los papás difuntos de la Orden y, además, la celebración por los amigos y bienhechores difuntos.

Y me faltaba todavía una, la celebración en sufragio por los familiares difuntos, término en el cual, según la tradición básicamente latina, se incluyen aquellas personas que están más cerca de nosotros.

En un convento, sobre todo para el caso nuestro, hay muchas personas, hay muchos seglares, que de una u otra forma gastan su vida cerca de nosotros y, muchas veces, en servicio de nuestras necesidades.

La palabra “familia”, en latín, no alude solamente a mamá, papá, hermanos, sino a todas las personas que en cierto modo conviven, para en el caso de la Orden, un propósito común, para el servicio de la predicación.

Y esto nos indica una solicitud muy grande de la Orden de Predicadores, un cuidado muy grande y una exhortación continua en que se ore por los difuntos, con lo cual, según decíamos en otra ocasión, la Orden tampoco está inventando nada sino está queriendo ser fiel a la práctica, al amor, a la devoción de su mismo Fundador.

Como hemos dicho, nuestro Padre Santo Domingo tenía ese amor especialísimo por los fieles difuntos y dedicaba por lo menos una tercera parte de sus penitencias, de sus esfuerzos, de sus oraciones a los fieles difuntos, otra tercera parte por su propia salvación y conversión, y otra tercera parte por la conversión de los pecadores.

Incluso esta división, esta repartición de méritos, de amores y de oraciones, está indicando el tamaño colosal, el maravilloso orden y belleza que hay en el corazón de Santo Domingo de Guzmán.

No es un hombre que se centra en su propia salvación, porque verdad es que hay bienaventurados en la Iglesia cuya principal obra fue sólo como esa penitencia por la conciencia de sus pecados y la súplica de gracia de Cristo, y se convirtieron en modelos de la humildad de la Iglesia, que sólo puede esperarlo todo de su Salvador.

Otros, en cambio, brillaron por su caridad infatigable en favor del pueblo fiel, y parece que todos sus méritos y todas sus obras, -especialmente esto lo vemos en quienes se dedicaron a las obras de misericordia-, que todos sus méritos estuvieron como al servicio de esa causa de la evangelización, de la conversión, de la caridad.

No recuerdo, en cambio yo, ningún bienaventurado o santo que haya dedicado como toda su obra y toda su vida en sufragio de los difuntos, esto no lo conozco.

Pero Santo Domingo, en todo caso, como una fuente generosísima, como una fuente abundantísima de méritos y misericordias, como no queriendo dejar a nada ni a nadie fuera del espacio de su inmensa caridad, hace esta piadosa repartición de sus oraciones, de sus esfuerzos de sus penitencias. Y pienso yo, -que ciertamente no he brillado por mi equilibrio-, pienso yo que esa dosificación de Santo Domingo es de lo más sabio.

No me voy a centrar solamente en mí mismo, pero tampoco voy a olvidarme de que yo necesito conversión y de que necesito ser educado y conducido por la senda de Cristo; yo no he llegado, luego debo ser conducido; pero no me voy a centrar solamente en mí, hay espacio para mis hermanos, abundante espacio.

Uno podría decir: más de la mitad del corazón de Santo Domingo era para la Iglesia, era para sus hermanos, preservó para sí solo una tercera parte. Y entonces se dedica con ardor a orar y a hacer penitencia por ellos y entonces piensa en los pecadores, ruega con abundantes lágrimas por la conversión de los pecadores y sabe que a los pecadores hay que gastarles tiempo de oración.

La conversión y el cambio de los corazones sólo lo puede hacer Dios, sólo Dios cambia los corazones. Se gana más, entonces, con la oración a Dios, que es dueño de los corazones, que con el simple martilleo de palabras a corazones que no quieren convertirse, que no les interesa la conversión. Precisamente, el principio de la conversión será que Dios abra esos corazones a la Palabra.

Pues bien, el aceite que permita que se muevan esas puertas muchas veces cerradas, selladas, trancadas, el paño que puede limpiar esas ventanas para que por fin entre algo de luz divina, pues ese paño, esa unción, esa gracia, esa limpieza, ¿quién la puede dar sino el que es Autor de toda gracia? El Espíritu Santo.

Entonces, Santo Domingo, en oración, se convierte en un instrumento del Espíritu, en un instrumento que allana el camino como un nuevo Juan Bautista, allana el camino para que Cristo pueda entrar victorioso a las vidas.

A los pecadores hay que gastarles tiempo de oración y hay que gastarles tiempo de penitencia y de esfuerzo, y hay que ofrecer expresamente buena parte de nuestra vida, según Santo Domingo, por lo menos la tercera parte de la vida, hay que ofrecerla para que esa obra de misericordia, la gran obra de misericordia, porque esa es la obra gigante de misericordia, la conversión de los pecadores, para que esa obra se pueda realizar.

Y luego, puesto que el amor no está ocioso, puesto que el amor nunca se sacia, puesto que el amor no lleva cuentas ni de los bienes que ha hecho ni de los males que le hacen, entonces, ansioso todavía de más corazones, de más vidas, de más almas para Dios, desciende hasta más allá de los umbrales de la muerte.