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Fecha: 20080113

Título: No caigamos en el error de creernos inocentes

Original en audio: 17 min. 27 seg.


Queridos Hermanos:

El agua es un símbolo muy natural para hablar de la limpieza espiritual; así como el agua sirve para lavar nuestros cuerpos, así también en muchas culturas y también en la época de Cristo se utilizaba profusamente el agua como señal de purificación, como señal de ablución, de limpieza.

Unos grupos más que otros utilizaban esta agua, por ejemplo, cuando los judíos iban al mercado, al volver a casa siempre se lavaban, no por razones de bacterias o de microorganismos, sino como una señal de querer dejar fuera de ellos, querer desprender, separar de ellos todo lo impuro que hubieran podido encontrar en ese mercado.

También otro grupo llamados los esenios, un grupo religioso de la época de Juan y de la época de Cristo, también ellos utilizaban muchas abluciones, muchos bautismos y a través de esas ceremonias querían buscar, querían significar la limpieza interior, así que este lenguaje del agua y del baño purificador era bastante común en aquella época.

Pero hay unos detalles en la misión de Juan, llamado el Bautista, que atraen nuestra atención. Él bautiza junto al río Jordán, este fue el rio que los israelitas tuvieron que cruzar cuando ya iban a entrar en la Tierra Prometida.

Moisés los había guiado a través del desierto y para ese último trayecto, para la entrada misma en la Tierra Prometida, otro líder, llamado Josué, era el que estaba a cargo. Pero Josué no se limitó para pasar por las aguas del Jordán, hizo otras dos cosas.

Primero, le preguntó a la gente si estaban dispuestos a ser fieles a la alianza que se había sellado en el monte Sinaí, les preguntó si ellos querían y si podían ser fieles a esa alianza, y el pueblo contestó que sí.

Pero Josué, con una desconfianza que provenía de su experiencia anterior, les volvió a preguntar: "¿Pero seguro que sí van a ser fieles?" Y ahí, junto a las aguas del Jordán, el pueblo entero dijo que sí, que iban a ser fieles.

Y entonces Josué repitió un milagro parecido a lo que hizo Moisés cuando habían salido de Egipto: al salir de Egipto tuvieron que cruzar el Mar Rojo, y sabemos según el relato bíblico que un milagro aconteció, porque Moisés golpeo las aguas y estas se separaron y pudieron los israelitas pasar por tierra seca.

El Jordán era un río de cierto caudal en aquella altura por donde el pueblo de Dios iba a entrar a la Tierra Prometida y Josué hizo un milagro parecido: también él separó esas aguas y también los israelitas pasaron por tierra seca para entrar en aquello que Dios les había prometido.

Pero la historia que siguió desde esa época, esa época fue más o menos el año mil trescientos antes de Cristo. Durante esos mil trescientos años, entre la entrada en la Tierra Prometida y la llegada del Mesías, en esos mil trescientos años el pueblo de Dios mostró que era muy bueno para prometer, pero muy malo para cumplir.

Y yo creo que aquí empezamos a identificarnos con ese pueblo de Dios, porque también nosotros creo que somos muy buenos para prometer, pero cuando se trata de cumplirle a Dios nuestras promesas, especialmente en lo que tiene que ver en la fidelidad a su alianza, en la oración, en la gratitud, en la generosidad, en la compasión, pues uno va viendo que a nosotros nos pasa lo mismo que a este pueblo: nos gusta prometer, nos gusta hacer buenos propósitos, cada primero de enero hacemos una cantidad de buenos propósitos y cada 31 de diciembre decimos: "Bueno, una buena parte no se cumplió".

Por eso Juan Bautista quiere que esa ceremonia del bautismo se realice en el Jordán.

En ese sitio, en el mismo sitio donde el pueblo había dicho "sí, si vamos a cumplir", ahí, donde le prometimos a Dios que íbamos a ser fieles pero luego no lo fuimos, ahí se paró Juan Bautista, y frente a ese rio y frente a esas aguas y frente a esas piedras, recordó: "Hemos prometido a Dios y no le hemos cumplido", por eso estaba Juan ahí.

Y el sentido del bautismo que realiza Juan en el Jordán es muy profundo. Resulta que este era bautismo por inmersión, la gente se metía en el agua, ¿y eso qué quiere decir? A ver, recordemos que los israelitas cruzaron el Jordán por tierra seca, porque las aguas se habían separado, el agua para los israelitas es señal de vida, por supuesto, porque da vida a las cosechas y porque sacia la sed, pero el agua también es señal de muerte.

Los israelitas nunca fueron buenos navegantes, como por ejemplo los fenicios, los israelitas le tenían bastante miedo al agua y miraban en el agua sobre todo esa capacidad destructora, devastadora, como aparece por ejemplo en el relato del diluvio.

Sumergirse en el agua es lo mismo que decir: “Esto es lo que yo merezco. Yo merezco ser sepultado, lo que yo merezco, lo que yo me tengo ganado es la muerte, lo que nosotros hemos estado buscando como pueblo como cultura es la muerte. Al darle la espada a Dios, al servirle a los ídolos, lo que hemos perseguido es la muerte, lo que tenemos en nuestras manos son crímenes y muerte; y lo que yo merezco por consiguiente es morir".

De manera que el bautismo, incluso en el caso de Juan, no solamente era una purificación, sino que era una especie de declaración de sentencia, era un juicio, es el reconocimiento público de que como nación, como pueblo, le hemos dado la espalda a Dios, y lo único que nosotros mereceremos sería la destrucción, porque nosotros no hemos sido fieles a los mandamientos de vida que el Señor nos ha traído.

Y aquí yo creo que viene una segunda conexión con nuestra propia cultura y con nuestro propio pueblo.

Las injusticias, especialmente sociales que cometemos, las injusticias contra los niños no nacidos, que son asesinados con tanta abundancia en tantas partes del mundo donde es legal y donde es ilegal el aborto, la injusticia social, el crímen contra la vida, la destrucción de la familia, el orgullo, la vanidad, la dureza de alma que hemos venido acumulando, todo eso es llamar a gritos a la muerte, todo eso atraer sobre nosotros catástrofe, porque el egoísmo, el resentimiento, la vanidad lo único que puede surgir es el odio fratricida y la muerte misma.

Por eso, lo que está haciendo Juan aquí es llamando a la gente a que reconozca su verdadera condición. Juan es un gran profeta y está llamando a la gente a que caiga en la cuenta de que ese comportamiento que han llevado lo único que puede merecer, la única consecuencia que puede traer es la catástrofe, es la muerte, y en ese contexto aparece Jesús.

Jesús no está confesando pecados personales. Pero observemos una cosa, es que en realidad el objetivo principal de la misión de Juan no eran los pecados personales, como decir: "Dije una mentira", o como decir: "Tuve un mal pensamiento".

El objetivo central de la misión de Juan, y por eso se parqueó ahí junto al Jordán, es que el pueblo como tal, todos caigamos en cuenta que tenemos una responsabilidad, que todos como pueblo caigamos en cuenta que le hemos dado la espalda a Dios, que caigamos en cuenta que los más pequeños de nuestra sociedad son los que más terminan sufriendo por la dureza que de los que nos sentimos suficientemente acomodados, de los que nos sentimos suficientemente a salvo.

Cuando muere gente de hambre en este planeta tierra, cuando muere gente por enfermedades que se podrían haber tratado, nosotros seguramente nos sentimos inocentes, porque no hemos levantado un arma para dispararle a ese niño que se muere de hambre.

Pero Juan está aquí para decirnos que todos nosotros, el tejido de la sociedad, nosotros como pueblo tenemos una responsabilidad, y que si nosotros como pueblo volvemos hacia Dios, entonces no tendrán que seguir muriendo los más pequeños, los más pobres, los más inocentes.

Viene Jesús y se acerca a donde Juan está bautizando, Juan reconoce su propia condición, Juan sabe sus propios límites, él sabe que tiene una misión muy importante, pero que él mismo se queda corto frente a todo lo que el mismo necesita, y por eso le dice a Jesús: “yo necesito ser bautizado por ti” San Mateo 3,14.

Pero Jesús se une a ese movimiento de solidaridad y de arrepentimiento, recibe el bautismo, y junto a ese bautismo, la unción del Espíritu que hará de Él el instrumento de nuestra salvación.

Saliendo del bautismo Jesús entra en oración en el desierto donde es tentado y después empieza a predicar, y con su palabra, y con su plegaria, y con sus exorcismos, y con su testimonio magnifico de coherencia y de caridad, Jesucristo nos irá mostrando el camino de retorno hacia el Padre.

Podemos decir que la misión de Juan Bautista fue despertarnos, hacernos caer en cuenta que sí necesitamos ser salvados; que aunque parecemos buenos y estamos muy cómodos, tenemos que convertirnos todos.

Hasta ahí llegaba Juan; pero necesitamos a Jesús, necesitamos la gracia de Jesús, porque de nada sirve reconocerse uno malo o culpable si se va a quedar ahí; necesitamos la fuerza, necesitamos la guía que nos saque de esa condición y que nos lleve a la vida para la que fuimos creados, la vida para la que fuimos destinados, esa vida que nos muestra Jesús.

Y por eso, a partir de su bautismo, Jesús inicia lo que nosotros llamamos "su ministerio público", que tendrá la culminación en el momento de la Cruz, en donde son perdonadas nuestras culpas, donde somos absueltos de nuestros pecados y donde recibimos una vida nueva.

¿Qué podemos aplicar de esta fiesta para nuestra vida? Primero, yo pido a las familias, sobre todo a las familias con valores cristianos, enseñen a sus hijos que no son inocentes.

Mientras se estén destruyendo vidas humanas, nadie puede considerarse inocente; mientras estemos ahorrando esfuerzos, mientras estemos encerrados en nuestra comodidad y siga muriendo gente de hambre o de enfermedades que se podían haber curado; mientras se sigan cometiendo abortos, nosotros, aunque no hayamos propiciado esos crímenes, tenemos una responsabilidad, porque nos falta como pueblo ser ese tejido solidario que toca hasta los más pequeños y que levanta hasta los más pobres.

Por favor quitémonos esa idea. Nosotros, los que venimos de familias católicas buenas, con principios, de Misa cada ocho días, quitémonos la idea que somos buenos.

Más bien pensemos que hay uno que es bueno y santo que se llama Dios y que todos nosotros somos siempre llamados a conversión hasta que no muera un niño más de hambre, hasta que nadie tenga que tomar la justicia por su propia mano, hasta que no quede un solo secuestrado, hasta que no se vuelva a cometer un aborto mas.

Cuando eso suceda, cuando los bienes de esta tierra alcancen para todos y haya justicia para todos y una sonrisa para todos los hogares, ahí podremos pensar que el plan de Dios se está realizando; si eso no sucede, alegrémonos de que hay buenos principios en nuestras casas, pero no pensemos que por eso somos buenos y somos inocentes. Creo que ese es el mensaje de Juan Bautista hoy.

Y en segundo lugar, reconozcamos que esa clase de conversión, la que trae Jesucristo, esa clase de conversión requiere una fuerza nueva, es la fuerza del Espíritu.

Hermanos, yo soy tan cómodo como ustedes, o más cómodo que ustedes, y también yo disfruto quedándome tranquilo en mi cuarto, leyendo lo que me gusta o consultando mi correo electrónico o viendo el programa de televisión que me encanta. Todos somos cómodos, el ser humano tiene una inercia, según la cual, una vez que se siente seguro en sus cuatro paredes, ya se olvida de todos los demás.

Necesitamos el fuego, necesitamos la luz, necesitamos la fuerza del Espíritu para salir de esa comodidad y para descubrir que todavía hay demasiada tarea por hacer y que somos nosotros los cristianos los que tenemos que hacerla. Como decía un santo obispo: “Dios hoy no tiene más ojos que tus ojos, ni más manos que tus manos, ni más corazón que el tuyo”.

Que venga entonces, en esta fiesta del Bautismo del Señor, que venga esa gracia del Espíritu a sacudirnos, a despertarnos, a sacarnos de nuestro sofá cómodo delante de la televisión y a recordarnos que hay mucho amor para dar, hay mucha luz para ofrecer y hay mucha tarea por hacer.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.