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Fecha: 19960108

Título: El Bautismo del Senor

Original en audio: 24 min. 8 seg.


Con esta fiesta del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad. Es bueno que hagamos un balance de qué es lo que la Iglesia nos ha ofrecido durante este tiempo de Navidad, para que miremos también qué es lo que nosotros hemos recibido.

Espero que esté ya suficientemente claro que la Navidad cristiana es muchísimo más que el simple recuerdo de nuestras infancias y blancas navidades, y también es muchísimo más que la simple memoria del nacimiento de Cristo.

La verdad es que el objetivo de este tiempo de Navidad está todo al final, está todo en la revelación del misterio, está todo en la donación de Cristo, donación que Él hace de sí mismo, pero sobre todo donación que el Padre hace de su Hijo, para que puesto como enseña, sirva de señal, sirva de orientación, sirva de luz, sirva de revelación del misterio del Padre y del misterio del hombre para todas las naciones.

En verdad es así, lo fuerte y lo sustancioso del tiempo litúrgico de Navidad, pienso yo que está al final, está concretamente en la festividad, en la solemnidad de la Epifanía del Señor y en esta solemnidad del Bautismo, porque en estas dos celebraciones se muestra Cristo y se muestra el por qué de este nacimiento, y se muestra cuál es el camino que habrá de recorrer hasta la Cruz y la Pascua.

Lamentablemente, la mayoría de los cristianos ya a estas alturas no sienten ni siquiera la palabra Navidad cerca de su corazón; la Navidad probablemente se les ha disuelto en algunos villancicos y en algunas costumbres hogareñas, sin que el nacer de Jesús signifique un nuevo nacimiento para ellos.

Nosotros, sin embargo, no juzguemos de esas vidas, sino pidamos la gracia de que en nuestras vidas la Navidad dé su fruto propio, y al despedirnos hoy con esta celebración y con esta Eucaristía del tiempo de Navidad, roguemos al Señor que nos dé la gracia propia de este tiempo, que no nos deje sin la gracia que Él quiso darnos y que Él quiere darnos con la celebración litúrgica del nacimiento de su Hijo.

Ahora bien, ¿Cuál es esa gracia? Lo dice muy bien la celebración del bautismo del Señor. Se puede decir que cada celebración, cada fiesta, cada solemnidad tiene, por decirlo así, su gracia propia.

En la contemplación de los misterios del Señor en el Rosario, algunas personas acostumbran hablar de la gracia propia de cada misterio, un término semejante utilizo yo en este caso.

¿Cuál es la gracia propia de esta fiesta del Bautismo? Es decir, ¿qué es aquello particular que Dios nos ofrece como enseñanza y como auxilio en esta celebración del Bautismo del Señor? es importante conocerla, es importante pedirla, aceptarla, cultivarla.

Me parece que la gracia propia del Bautismo del Señor está descrita en el oráculo del profeta Isaías. “Mirad a mi siervo” Isaías 42,1, dice el profeta Isaías, esa es la gracia de esta fiesta del Bautismo, la gracia de volver nuestra mirada hacia Cristo.

Todo el tiempo de Navidad tiene su culminación en esta fiesta del Bautismo; ya está bastante crecido Cristo, donde se ve que la celebración de los tiempos litúrgicos no está marcada por la cronología, sino por decirlo de alguna forma, está marcada más bien por la lógica interna del misterio que se va mostrando.

¿Y qué es lo que se está mostrando? Este Cristo que fue primero entrevisto en la fe por María el día de la Anunciación, que fue adorado por los pastores, bueno, por José, por María y por los pastores en la noche de la Natividad.

Que fue reconocido, y amado y adorado por los Magos de Oriente, según recordábamos en Epifanía, y que ahora se presenta, en esta celebración del Bautismo, como señal de salvación para todos los pecadores que somos todos nosotros.

De manera que la Navidad es un movimiento que va desde la noche del nacimiento, hasta el día del Jordán; desde aquello que está prácticamente sólo en el corazón de María y en su vientre santísimo, y que está por lo tanto oculto a los ojos del mundo, hasta este día del Bautismo en el que Ése que es fruto de la fe, del sí y del amor de María, se muestra al mundo como Salvador y como Aquel en quien que de veras son lavados nuestros pecados.

Entonces el tiempo de Navidad nos ha conducido desde lo oculto y desde la noche, hacia lo manifiesto y hacia el día; desde aquel que apenas es como pura promesa y puro anhelo, el bebé del pesebre, hasta aquel que ya aquí, ungido por el Espíritu Santo, está por decirlo así, listo, preparado, equipado para salvar al mundo.

Ese es el itinerario de Navidad, eso es lo que la Iglesia, movida por el Espíritu, quiere del tiempo de Navidad, que nosotros vayamos desde la humildad del pesebre hasta la humillación del Jordán, y desde la fe de María hasta nuestra propia fe.

Por eso decía, la gracia propia de esta fiesta, es que nuestros ojos se dejen conducir por los ojos creyentes de María, de José, de los pastores y de los Magos, nuestros ojos se dejen conducir por todas esas miradas de fe, hasta posarse y reposar en Cristo, hasta descubrir en Él a nuestro Salvador.

Esa es la gracia que tiene esta fiesta, “mirad a mi siervo” Isaías 42,1, mirar a Cristo, esa es la gracia que tiene esta fiesta.

Hay otro modo de decir esto mismo. Antes del nacimiento, el Ángel había dicho a José que le pusiera el nombre de Jesús al niño, esto según la versión de San Mateo. El Ángel había hablado del “Hijo del Altísimo" San Lucas 1,32, y de "Hijo de Dios" a María San Lucas 1,35, según San Lucas.

El nombre de Jesús aparece, pues, dado por el cielo tanto a José como a María antes del nacimiento; y Jesús, de acuerdo con lo que recordábamos al término de la Octava de Navidad, es decir, en la fiesta de María, Madre de Dios, recibió efectivamente ese nombre, Jesús, el nombre que había sido dado por el cielo.

Pues ahora, del cielo recibe Jesús el complemento de su nombre, o su segundo nombre, como se quiera ver; hasta este momento del Bautismo ha sido sólo Jesús, ha sido el Jesús de María, ha sido el Jesús de José; hasta este momento ha sido sólo Jesús, desde este momento del bautismo en adelante recibe su nombre completo, es Jesucristo.

Cristo es ahora este Jesús, porque ahora este Jesús ha recibido gracia, ha recibido unción del Espíritu Santo, y precisamente, ungido, en este caso, ungido por el Espíritu Santo, eso es lo que dice la palabra griega Jristós.

De manera que en esta fiesta del Bautismo del Señor, se completa el nombre de Jesús, se completa con el nombre Cristo; y así, si en la noche de Natividad estábamos celebrando el nacimiento de Jesús, en este día del Bautismo, estamos, por así decirlo, el comienzo de Cristo, porque si fue Jesús desde Natividad, sólo es Cristo desde el bautismo.

Y es muy bonito pensar que el tiempo de Navidad queda enmarcado por Jesús en Natividad y por Cristo en el Bautismo, y así no se le vuelve a uno a olvidar para qué sirve el tiempo de Navidad. El tiempo de Navidad sirve para ir desde Jesús, ese Jesús anunciado, esperado, amado, creído, hasta Cristo.

El mismo Jesús, cuando recibe la unción del Espíritu, no para sí mismo; obviamente, el don del Espíritu inhabita en Jesús desde el principio; pero aquí recibe e don del Espíritu, ya no para sí, sino para nosotros.

Y por eso, a partir de esta fiesta, es Cristo. Eso, amigos, eso no hay que olvidarlo. El tiempo de Navidad es el tiempo de Jesús Cristo, es el tiempo de Jesucristo, pero el nombre no se le completa sino hasta hoy.

Qué pesar, dice uno, que haya tantos cristianos que desconocen que hoy se está completando el nombre de Jesús en esta celebración; por otra parte, qué fortuna, qué gracia para nosotros, y también qué responsabilidad para nosotros.

Por último tomemos de esta celebración una enseñanza para nuestra vida práctica, para nuestra vida cotidiana.

Esa enseñanza la ofrecemos en tres momentos. Primero: Jesús sale de Galilea, donde vivía seguramente ya sólo con María, ya José había fallecido. Jesús sale de Galilea, donde vivía con María, allá en Nazareth, y se dirige al Jordán, donde estaba predicando Juan.

Esa predicación de Juan era fundamentalmente para la conversión. Jesús se mezcla en esa multitud de pecadores, y como un pecador más pide el bautismo.

Enseñanza para nosotros: allí donde hay arrepentimiento del pecado, Jesús está muy cerquita; allí donde hay confesión de las propias culpas, está pronto para llegar Jesús; y este Jesús, que lo vemos aquí tan cercano de los pecadores arrepentidos, no ha cambiado.

Lo dice la Carta a los Hebreos: "Es el mismo ayer, hoy y siempre” Carta a los Hebreos 13,8. Este Jesús no ha cambiado. Esa costumbre que le vemos aquí, la sigue teniendo.

Él sigue estando cerca de ese corazón que se arrepiente, de ese corazón que busca el perdón de Dios, porque el que busca el perdón de Dios, ya está buscando salvación, ya está buscando a Jesús y a él le saldrá al paso, al que se arrepiente pronto le saldrá al paso Jesucristo.

Enseñanza, pues, para nosotros, modo práctico de acercarse a Jesucristo: la contrición de las propias culpas. Tenemos certeza de que a ese lugar Él irá, a los otros lugares no se sabe.

No sabemos si aparecerá en las altas academias, en las escuelas de los escribas, en los palacios de los poderosos, en las mansiones de los ricos, allá no tenemos certeza de si irá a aparecer Jesús; pero aquí, donde se está la gente arrepintiendo de los pecados, aquí sí que va a venir, aquí sí podemos estar seguros de que va a llegar Jesús.

Lo mismo vale para nuestras vidas. Un momento de pletórica alabanza, un momento de paz muy grande, un momento de abundancia material, un momento de simpatía con todos, son momentos bonitos, quizá, pero ahí tal vez no esté el Señor.

No necesariamente está Jesús, ni en nuestras alegrías, ni en nuestras simpatías, ni en nuestras amistades o riquezas; pero en ese momento en el que la persona se arrepiente y ruega perdón por sus culpas sin desesperación, sino como un homenaje a la misericordia de Dios y a este Espíritu que unge a Cristo, allí donde una persona se arrepiente así, ahí con toda certeza está el Señor.

Esto es tan verdadero, que yo me permito contarles una anécdota. Fray Raymundo de Capua fue, como sabemos, padre espiritual, director espiritual de Santa Catalina de Siena, a no dudarlo una de las más grandes y más extrañas Santas de la Iglesia, extraña digo por la cantidad y profundidad de las experiencias místicas a veces tan difíciles de discernir e incluso de creer.

Fray Raimundo de Capua llevaba ya años en la dirección espiritual de Catalina y en un momento dado empezaron a entrarle una cantidad de dudas: "¿Será que he obrado bien? ¿Será que he sido demasiado crédulo o demasiado escéptico?"

Y le dijo a la misma Catalina: “Hazme el favor de rogar hoy a Dios para que me dé un señal de si yo he acertado en las palabras y en la dirección espiritual contigo”. Catalina, efectivamente, oró, y esa noche Raymundo lloró.

Raymundo, efectivamente, era un gran religioso, recto y probo, un hombre santo, tal vez uno de esos hombres a los que quizá les costaría trabajo encontrar pecados, por lo menos si utilizan nuestras medidas usuales.

Pero le llegó esa misma noche un dolor tan infinito de sus pecados y de los pecados del mundo, y un llanto y un deseo de acercarse a Dios, de ponerse a paz con Dios, de confesarse y de que todo el mundo se confiese, y mientras estaba en medio de ese llanto recordó la petición que le había hecho a Santa Catalina, y entendió que esa era la señal que Dios le daba.

Donde hay mucha alegría y donde parece que hay mucha amistad y mucha paz, muy bonito, pero ahí no tenemos total certeza; la total certeza de que Dios estaba en esa amistad y en esa dirección, la recibió Raymundo cuando la contrición tocó su alma.

Y esto es gran enseñanza para nosotros: no creamos demasiado a nada que no sea dolor por el pecado, con alegre confianza en la misericordia de Dios, en la Sangre de Cristo, en el don del Espíritu. Segunda enseñanza para nosotros: nosotros también hemos sido bautizados, el agua ha sido santificada por el Cuerpo de Cristo, y desde entonces muchos hombres y mujeres hemos nacido del agua y del Espíritu a la vida divina.

¿Qué dijo Dios el día que nos bautizaba? Esto mismo: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto” San Mateo 3,17. Dios es feliz bautizando gente, porque es Dios el que bautiza, el sacerdote o el ministro es sólo un instrumento ahí.

Dios es feliz bautizando gente porque es feliz viendo en en cada bautizado a éste, su Hijo, su amado su predilecto.

Dios el día que nos bautizó pronunció sobre nosotros esta misma frase: “Este es mi hijo, mi amado, mi predilecto”, seguramente lo dijo, con certeza lo dijo: “Esta es mi hija.”

De manera que una enseñanza también para nosotros es: ¿qué hemos hecho nosotros de nuestra adopción filial? ¿Puede Dios pronunciar cada día en nosotros eso? ¿Puede Dios, al vernos dormir, al vernos hablar, al vernos jugar, al vernos estudiar, al vernos trabajar, puede siempre Dios decir "este es mi hija, este es mi hijo? ¿O hay momentos en que Dios tiene que apartar su mirada y sus manos de nosotros y decir: “No os conozco”?

De manera que esta fiesta del Bautismo tiene también como gracia suya el invitarnos a caminar en la presencia del Dios, de modo que a cualquier hora del día o de la noche, solos o acompañados, en grave tribulación o en muchos consuelos, en todo momento Dios nos pueda decir: “Este es mi Hijo, el amado”, y Dios pueda reconocer la gracia de su Bautismo en nosotros.

Tercera aplicación práctica. Jesús evidentemente es santo, desde el primer momento de su existencia en el vientre de María, santo, santo sobre toda ponderación, santo sobre las más altas legiones de Ángeles, santo incluso sobre la santidad de su propia Madre, la Santísima, la Virgen María; sin embargo, este Jesús recibe don del Espíritu para su misión particular.

Enseñanza para nosotros: no nos fiemos de nuestra experiencia, por favor, ni siquiera de nuestras virtudes, ni siquiera de la santidad que pudiera haber, -qué eso quién lo va a medir-, pero bueno, ni siquiera de la santidad que pudiera haber en nuestras vidas.

No nos fiemos ni de nuestros conocimientos, ni de nuestros sentimientos, ni de nuestras experiencias, ni de nuestras virtudes, ni de la santidad que pudiera haber, de nada de eso nos fiemos a la hora de emprender una tarea.

Yo creo que la grandeza y la absoluta necesidad del Espíritu Santo no podían estar más claras aquí; yo creo que es evidente el argumento, ¿había alguien, hay alguien más santo que Jesús? No. Pero para su misión particular, para ser Salvador de los hombres, -el Bautismo del Señor está a las puertas de su vida pública-, para ser Salvador de los hombres, este Jesús requería del Espíritu.

Nosotros necesitamos del Espíritu no sólo para esa misión particular, sino para consolidarnos en la virtud; y aún antes, para ser limpios de pecado, de manera que nosotros triplemente necesitamos esta gracia del Espíritu.

Como enseñanza para nosotros, tomemos esa consigna: ni un paso, ni una obra, ni una tarea hagamos sin ponerla bajo la protección, bajo el poder, bajo la unción del Espíritu Santo. Sólo con esta unción las cosas alcanzan su objetivo, de resto no es que sean malas, pero probablemente no van a tener ni la fuerza, ni la utilidad, ni la belleza que Dios quería de ellas.

Hemos recogido estas enseñanzas, hemos sentido que nuestra gracia bautismal también se renueva en nuestras vidas. Continuemos esta celebración Eucarística, y al comer el Cuerpo de Jesús, ungido por el Espíritu, imploremos de ese Cuerpo lleno de Espíritu, lleno de vida, que nos comunique su misma vida y su mismo Espíritu, para la gloria del Padre, para bien del mundo, para salud de la Iglesia,

Amén.