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Fecha: 19990516

Título: La Fiesta de la vocacion de la Iglesia

Original en audio: 22 min. 59 seg.


Amados Hermanos:

Al comienzo de cada lectura en la Santa Misa, se dice de dónde está tomada ella. Y hoy pasó una cosa muy interesante. La primera lectura escogida, decía: "Comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles". Y el evangelio que leímos, decía: "Conclusión del evangelio según San Mateo".

Hoy tenemos una conclusión, y tenemos también un comienzo, que es lo mismo que sucede cuando se quema una etapa: se termina un proceso, y se comienza otro proceso; conclusión del evangelio, por una parte; comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, por otra parte.

Esta conclusión y este comienzo nos están explicando, nos están insinuando, qué es lo que quiere decir el misterio que hoy celebramos, el misterio de la Ascensión de Jesucristo a los Cielos. Es una fiesta un poco extraña.

Porque en la primera lectura, "los Apóstoles vieron cómo Él se alejaba" Hechos de los Apóstoles 1,9, y en el evangelio escuchamos que Cristo dice: "Yo estoy con vosotros" San Mateo 28,20.

Fíjate: Es una fiesta en la que hay una conclusión y hay un comienzo. Es la Fiesta de Cristo que se va al Padre, y es la Fiesta de Cristo que se queda con nosotros.

Todavía tengo otra parejita de conceptos, que están así también como en juego, o en tensión. Los Apóstoles quedaron lelos, como decimos. Quedaron extasiados, maravillados por la belleza de Jesucristo. Cuando una persona queda así fascinada, extasiada, tiene un acto que se llama contemplación. Esta es una Fiesta de Contemplación.

A veces decimos de los niños muy pequeñitos, -como puede ser éste que está aquí-, que son niños muy contemplados. Un niño se llama contemplado, porque lo han mirado y lo han mirado tanto. Ese es un niñito que es contemplado.

Pero el significado original de "contemplado", no es consentido o mimado. El significado original de "contemplado", es fascinado. La contemplación es la fascinación ante el misterio de Dios. Esta es una Fiesta de Contemplación. Pero esta es también una fiesta de acción y de movimiento.

Cuando una persona se vuelve contemplativa, muchas veces quiere estar recogida, sosegada. En la Iglesia Católica, por ejemplo, existen comunidades que se llaman contemplativas. Hay monjas contemplativas, y normalmente estas monjas viven en monasterios, muy dedicadas a la oración, al silencio, a la contemplación.

Pero resulta que hay en la Iglesia otras comunidades que son misioneras. Estas comunidades se van por todas partes, a los lugares más recónditos y difíciles, a predicar a Jesucristo.

La gente misionera tiene que ponerse en movimiento. La gente contemplativa se queda como quietecita, como fascinada, como cautivada y enamorada.

Y esta Fiesta de la Ascensión del Señor es una fiesta misionera, porque ya hemos escuchado lo que dijo Cristo a los Apóstoles: "¡Id! ¡Id!" San Mateo 28,19. Eso es en movimiento: ¡A moverse! ¡A moverse! "A hacer que todos los pueblos sean discípulos míos, y a bautizarlos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu" San Mateo 28,19.

Entonces, mira cómo esta fiesta es de especial. Es la conclusión de una etapa y es el comienzo de otra etapa, por un lado. Por otro lado, según hemos dicho, esta es una fiesta que es contemplativa, y al mismo tiempo es misionera.

Esta es una fiesta, en la que queda retratado el ser de la Iglesia. Porque la Iglesia misma, todos nosotros los bautizados, estamos llamados a ser contemplativos del misterio de Jesucristo, y anunciadores, misioneros que llevamos la Palabra de Jesucristo a todos los pueblos, a todas las culturas, a todos los rincones.

Esta fiesta de la Ascensión del Señor, ¿qué es lo que nos está contando? De un Cristo que se va, pero que se queda; de un Cristo que nos atrae y nos fascina como para quedarnos quietos, y al mismo tiempo, nos envía como para ponernos a correr; de un Cristo que a la vez termina su camino y empieza nuestro camino. La Ascensión de Jesucristo es la fiesta de la vocación de la Iglesia.

La Iglesia tiene una vocación. La Iglesia es llamada por Dios. Y la vocación de la Iglesia se celebra especialmente en este día. Dentro de la Iglesia hay vocaciones, pero la Iglesia misma tiene una vocación.

La palabra vocación, ¿qué quiere decir? Quiere decir llamado. Por ejemplo, las vocales son aquellas letras que pronunciamos con nuestra voz. Un vocal dentro de la Acción Comunal, dentro de una Asamblea, dentro de una Mesa Directiva, es el que tiene voz. La vocación es la voz, es el llamado. "¡Usted, venga para acá!" Esa es una vocación.

Esta es la Fiesta de la vocación de la Iglesia. Y si nosotros queremos encontrar nuestra vocación dentro de la Iglesia, hay que empezar por encontrar la vocación de la Iglesia. Hay que sentir primero el llamado de todos nosotros, el llamado que todos tenemos como pueblo de Dios, para luego descubrir en ese llamado, qué es lo que le toca a cada uno.

Voy a hacer una comparación sencillita. Supongamos que nos ponemos de acuerdo todos los que estamos aquí, y decimos: "Vamos a hacer una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en México. ¡Vámonos para México todos, al Santuario de la Virgen!" Esa sería como una vocación: "¡Vamos todos!"

Y entonces alguien dice: "-¿Pero qué hacemos? ¡Nos falta dinero!" "-Bueno, hay que hacer tales actividades". "-¿Y qué hacemos si se enferma alguien?" "-Que haya una comisión de salud". "-¿Qué hacemos para que no parezca paseo? Porque no se trata de un simple paseo". "-Se necesita una comisión que haga catequesis, otra comisión que haga oración, otra comisión que consiga pasajes, otra comisión que haga financiación".

Todas las vocaciones nacen cuando se escucha la voz: "Vamos para Nuestra Señora de Guadalupe en México". Por eso, cuando uno escucha el llamado grande para toda la Iglesia, cuando uno escucha ese llamado grande, también escucha la vocación de uno.

Yo le puedo apostar, que con sólo decir, por ejemplo, esa propuesta: "¡Vámonos para México!", usted empezó a pensar: "Pues si vamos para México, la parte mía será que me monten en una carretilla y me lleven, porque yo no sé hacer nada".

Otro dirá: "Yo me voy a encargar de las oraciones". Otro: "Yo voy a preparar unas empanaditas, y vamos a venderlas, para que todos podamos ir". A cada uno se le ocurre algo, que es su propia vocación cuando descubrimos la vocación de la Iglesia.

O sea que es de máxima importancia esta Fiesta, porque con esta Fiesta se descubre la vocación de la Iglesia. Y si uno pone cuidado a cuál es la vocación de la Iglesia, uno también descubre cuál es la vocación de uno.

De pronto alguien esté pensando: "Padrecito, muy bonitas sus palabras como para que las oigan las monjitas". Y alguien preguntará si estas niñas van a ser monjitas. No sé si van a ser monjitas. Tal vez alguna sí, la otra no. No sé, no me consta.

Pero quizás alguien dirá: "Muy buenas esas palabras suyas para los jóvenes que quieren ser sacerdotes". Yo sé por lo menos, de estos dos caballeros, que están en ese camino hermoso de la formación sacerdotal, esos dos que están aquí a mi lado. "¡Bonitas esas palabras, padre, para los que quieren ser sacerdotes, para las que quieren ser monjitas".

Mis hermanos, no es sólo para los sacerdotes y las monjitas. ¿Tú no has pensado, por ejemplo, que el matrimonio es una vocación? Y nosotros creemos que casarse es un asunto de que: "Usted me gustó, y yo le gusté, sumercé. ¡Qué vamos a hacer! Eso sí, tocó. ¡Tocó!"

El matrimonio es una vocación. Y si usted no tiene la vocación matrimonial y se mete a casado, o se mete a casada, a usted le va a ir mal, porque eso es como caminar con zapatos que no son de la talla de uno.

Es que yo quiero decirle una cosa: Mi experiencia sacerdotal, -ojalá estuviera equivocado-, es que muchísima gente de la que se casa, no debería haberse casado. ¡No se debería haber casado! Como decía yo hace poco a alguna persona: "Es que los noviazgos hoy no sirven para nada". Me perdonan, pero no sirven para nada. No sirven sino para aprender a besarse y a tocarse.

¡No sirven para nada! Son unos perfectos desconocidos. Pero todo el mundo con el miedo de que: "Me voy a quedar solo, me voy a quedar sola. ¿Será que soy fea?" En primer lugar, desengáñese; sí es fea. En segundo lugar, sepa que a las feas les va mejor.

Hay un refrán que dice eso, incluso. Hay un refrán que dice que le va mejor a la fea. De manera que aquí hay mucha gente a la que le va a ir... . "-¿Cómo le va a ir?" "-¿Bien?" "-Ahí si no supieron qué responder".

El matrimonio es una vocación. ¿Quién ha dicho que Dios hizo a todo el mundo para casado? ¿Quién ha dicho? Dios hizo a muchas personas para que no se casaran. Y entonces, ¿qué tiene que ser esa gente? Muchos de ellos deberían, viviendo en oración y en amistad con Cristo, consagrarse a Él.

"¿Cómo? ¿Usted quiere que entonces todos seamos sacerdotes o monjas?" Mire, hay más de una vocación, hay más de un camino. Yo puedo asegurar, que entre los niños que hay aquí, empezando por este vecinito, nada de raro que haya veinte o treinta que estén llamados por Cristo para consagrarse sólo a Él. ¡Nada de raro!

Y aquí no hay demasiada gente. Nada de raro que haya treinta o cuarenta mujeres, que estén llamadas, -entre las niñas y jovencitas-, a no casarse, a consagrarse enteramente a Dios.

Pero como en los matrimonios, como en las familias hoy no se educa para eso, sino como me decía una señora, una señora que por cierto a estas alturas es viuda: "Fíjese usted, cómo desde el principio se educa a los niños como si fueran para casados, y a las niñas como si fueran para casadas".

Santa Rosa de Lima, que fue una virgen consagrada a Dios, no era religiosa. Ella era seglar; ella vivía en su casa, pero era una virgen consagrada. Santa Rosa de Lima, que era consagrada a Dios, de niña tenía entre sus recuerdos y entre sus juegos, hábitos que ella hacía, flores, cruces, coronas, viacrucis, altares.

¿Por qué todas las niñas tienen que jugar con muñequitos, como si todas las niñas fueran a ser mamás? ¡Desengañémonos! No a todas las niñas las llama Dios para ser mamás. No a todos los niños los llama Dios para ser papás o esposos.

Y por eso se casan; porque se tienen que casar. Porque como me decía un señor: "-Padre, cáseme". Y yo decía: "-Pero a este hombre, no le veo realmente,...; es que no le veo ni por dónde". "-Padre, cáseme. ¡Cáseme! Que me quiero casar".

Y yo dándole largas, desanimándolo: "_Hombre, piénselo; creo que usted, tal vez, no". "-Padre, cáseme, cáseme. Yo quiero que usted me case, padre. Quiero casarme, así me muera de eso, pero yo quiero casarme".

"¡Así me muera de eso!", decía este hombre. ¡Claro! ¡Se casan! Se casaron por escampar soledad. Se casaron por vivir unos placeres. Se casaron porque no se les ocurrió otra cosa.

Se casaron porque ya el proyecto de suegro que tenían, los puso contra la pared, y dijo: "Bueno, ¿usted es que me va a acabar los sofás de la casa, o qué? Ya está gastado este sofá donde usted viene y se sienta. ¡Decídase, señor! ¡Decídase! ¡Haga algo!" Y el otro allá pálido: "¡Sí! ¡Sí, señor!" Entonces decidió casarse.

Se casan y no tienen vocación de esposos. No tienen vocación de papás. Y por tanto, viene la lucha de la mujer por tratar de sostener y sacar adelante, sacar adelante y sacar adelante".

Le da a uno pesar. ¡Vida de una mujer! Se la voy a describir, no de una, sino de muchas mujeres. De niña, jugó con muñequitos; fue la última etapa feliz de su vida. De jovencita, vivió el terror de quedarse sola; se casó, y luego vivió el terror de que se le acabara el hogar.

Cuando finalmente logró, o no logró sostener el hogar, estaba enferma, estaba acabada, estaba achacosa. Vivió el terror de morirse. Vino el padre, le puso los Santos Óleos, y al otro día se murió. Fin de la señora.

Esa es la vida, no de una ni de dos mujeres; es la vida de una cantidad de mujeres que no fueron felices. ¡No fueron felices!

Yo creo que este ejemplo nos muestra, cómo uno tiene que preguntarse por la propia vocación. Pero no sólo en asuntos de afectividad. Hay que preguntárselo también en asuntos de profesión, de oficio.

En un día como hoy, día de la Ascensión, en que Cristo muestra la vocación de la Iglesia, hay que preguntar: "Señor, tú me hiciste. ¿Para qué me hiciste? ¿Cuál es mi camino? ¿Qué es lo que tú quieres de mí?" Eso hay que preguntárselo. "Señor, ¿cuál es la carrera, la profesión, el oficio, el trabajo donde voy a darle gloria a tu Nombre?"

¿Cuántas personas de las que están aquí, escogieron carrera así? Es una vergüenza para la Iglesia Católica. ¿Cuántas personas? ¿Sabe usted dónde debería escoger carrera uno, oficio, o lo que vaya a ser? ¿Sabe en dónde? En la iglesia.

¡En la iglesia! Uno debe venir a la iglesia, sentarse, arrodillarse, postrarse ante el Señor y decirle: "Señor, muéstrame cuál es mi camino. ¿Tú quieres realmente que yo sea novio, que yo sea novia? ¿Tú quieres que yo sea lo que a mí se me está ocurriendo ser? Señor, muéstrame tu voluntad. ¿Para qué me hiciste? ¿A qué me estás llamando?"

Descubrir la vocación, es descubrir cuál es el sentido de la vida, es descubrir para qué nos hizo Dios. Dios, a cada persona la hizo con un plan maravilloso de amor.

El otro día estábamos reunidos con un grupo de mujeres consagradas, un grupo de vírgenes consagradas a Dios, precisamente. Y uno de los temas que hablábamos, y lo hablábamos con dolor, es: ¿Por qué hay tan poquitas personas que se sientan felices, que se sientan realizadas? ¿Por qué la gente se siente tan infeliz? ¿Como tan amargada?

Le pregunta uno al dueño de la tienda: "-¿Cómo van las cosas?" "-Mal, mal. Esto está acabado; se acabó todo". Le pregunta uno al señor transportador: "-¿Y usted cómo va?" "-Mal, padre. Esto se acabó; esto fue el acabose completo".

Le pregunta uno a los músicos: "-¿Esto cómo va?" "-Mal, mal. Todo se acabó. ¡Todo!" Le pregunta uno a los sepultureros: "¿Cómo va la causa?" "-Mal; ya ni se muere la gente. ¡Mal!"

Imposible que le vaya mal a todo el mundo. ¡Imposible! Por eso dicen que, "más peligroso que médico con funeraria". Por algún lado o por otro, imposible que le vaya mal a todo el mundo. No puede ser solamente, "que la situación del país..., que es que estamos graves". No es sólo eso.

No es solamente eso. Hay un vacío en nuestro corazón; hay un interrogante que no hemos resuelto. Y en este día de la Ascensión de Jesucristo, hay que pedirle a Jesús: "Tú, que conociste el camino hacia la Casa de tu Padre, Tú, que sabes cuál es el camino hacia la Casa de Papá Dios, muéstrame el camino. ¡Muéstrame el camino!"

Es un camino que va por los Cielos, pero también es un camino que va por los pueblos. Va por los Cielos, porque Cristo asciende al Cielo; y va por los pueblos, porque Cristo nos manda predicar a todos los pueblos.

Mis hermanos, habría tanto que decir, pero yo no quiero decirlo en una sola noche. Solamente quiero que nos extasiemos en Cristo que asciende a los Cielos, que pensemos que Él conoce los caminos, y que le pidamos que nos dé claridad en nuestros caminos.

Que salgamos felices, convencidos y gozosos a contarle al mundo, que hay Alguien que no se perdió, que hay Alguien, -Jesucristo-, que sí sabía a qué había venido, que sí encontró camino, y que sí puede conducirnos, si nos unimos a Él, hasta la gloria de la Casa del Padre.

Amén.