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Fecha: 19990516

Título: Las apariciones del Resucitado infunden la fe en nosotros

Original en audio: 38 min. 3 seg.


La liturgia de este día, nos invita a contemplar a Jesucristo glorioso, a Jesucristo que entra a la gloria del Padre.

Esta solemnidad tiene su raíz, tiene su razón de ser en los textos de la Escritura que hemos escuchado, especialmente aquella de la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles.

Es Lucas quien nos habla de un tiempo de cuarenta días en el que Jesús resucitado se aparece a los discípulos y luego, cerca de Jerusalén, asciende ante la mirada extasiada de sus propios discípulos.

Para comprender estos textos hasta donde sea posible, para beber de ellos esa agua de vida que Dios tiene dispuesta en su Palabra, es necesario que descubramos el significado también de estos números, ese número cuarenta es bien frecuente en la Sagrada Escritura.

Cuarenta es el número de años que peregrina Israel por el desierto, cuarenta es el número de días que pasa Moisés antes de recibir la Ley en el Sinaí y después de que el pueblo ha pecado.

Otra cuarentena son el retiro expiatorio de Moisés allá en la montaña, cuarenta es también el numero de días que nos cuentan los Evangelios en donde Cristo permanece en el desierto orando, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán y después de haber recibido el Espíritu Santo. Esta repetición de una cifra nos está indicando algo.

Los números en la Sagrada Escritura suelen tener significado, así como el número siete nos habla de perfección, así como el número cuatro nos habla de algo que sucede en la tierra, es como el número de la tierra, así como el número uno es propio del que es perfecto y único Dios, cuarenta es el número que se utiliza para expresar un proceso, un proceso que cambia a una persona.

Porque el número cuarenta cobró importancia a raíz de algo bien sencillo, y es que cuarenta años era el tiempo que más o menos vivía una persona.

En nuestro tiempo la edad esperada, la edad promedio que vive una persona, pues está como por los sesenta y tantos años, setenta incluso; hay países en los que la edad esperada es de setenta y dos o setenta y cinco años, pero en los tiempos bíblicos la edad que una persona podía esperar vivir era muy reducida, la gente vivía muy poco tiempo, por las enfermedades, por la mala alimentación, por lo que fuera.

Cuarenta años es el tiempo de una generación. En la numeración de la Biblia, usted puede buscar el salmo 95, que para la Liturgia de las Horas sirve de Invitatorio y dice: “Durante cuarenta años aquella generación me repugnó y dije”.

Esos cuarenta años de peregrinación en el desierto lo que están indicando es que toda esa generación, que fue incrédula, desapareció y desapareció en el lapso de cuarenta años.

Es decir que cuarenta es el lapso de una vida, y lo que sucede durante cuarenta días o cuarenta años. Ese cuarenta que aparece por muchos lados lo que esta indicando es la transformación de una persona, el convertirse en alguien distinto o de la aparición de una generación nueva.

Este significado tan profundo y tan hermoso del número cuarenta, lo aprovecha la Liturgia de la Iglesia Católica en ese tiempo, que se llama precisamente la Cuaresma. Nosotros este año hemos tenida ya nuestra Cuaresma, y ahora comprendemos que está por acabarse la Pascua.

Comprendemos el significado de ese número cuarenta aplicado a la Cuaresma. La idea de la Cuaresma es que pasemos por un proceso, pasemos como por un desierto y que al final de ese camino, al final de esos cuarenta días salga otra persona, una persona nueva.

Después de esos cuarenta años por el desierto, los israelitas que salieron, se supone, es decir, los que salieron de esos cuarenta años, salieron distintos, o por lo menos eso era lo que se quería.

Resulta que no salieron distintos; pero bueno, la idea era esa. Salieron de Egipto y duraron cuarenta años por el desierto y llegaron a la Tierra Prometida y la idea era que llegaran otras personas y que llegaran convertidas en otras personas y que de hecho llegara una nueva generación a esa Tierra Prometida.

Armados de esta comprensión del número cuarenta, vamos a la fiesta de hoy. Es Lucas el que nos dice que durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios, si este numero cuarenta tiene ese significado tan amplio, tan profundo a la vez, quiere decir que lo más importante no es el número y la cuenta de los días, lo más importante no es si fueron treinta y ocho o cincuenta y cinco días.

Cuando la Biblia utiliza estos números, no nos está tratando de hacernos un reportaje como lo haría un historiógrafo o un reportero. Nuestra cultura actual, nuestra cultura occidental ama las cifras, los datos precisos, la exactitud de las noticias, nosotros queremos que se nos diga que si en tal guerra, por ejemplo, en este conflicto de Kosovo, si murieron diecisiete personas, no es lo mismo si murieron ciento setenta personas.

La Biblia no fue escrita por reporteros ni fue escrita con esos criterios de exactitud de nuestra cultura occidental, la Biblia está antes del surgimiento de esta ciencia contemporánea que impregna nuestro amor por las cifras precisas.

De manera que no tenemos que depender de cuarenta días exactos, desde el día de la Resurrección hasta el día de la Ascensión.

El significado de la Biblia, a esto van todas mis palabras en este momento, el significado de la fiesta de hoy, no es que cuando llegó el número cuarenta ascendió a los cielos, ese no es el significado, más bien el significado es que durante un tiempo, que puede ser cerca de cuarenta días o de cuarenta días exactos, eso no es lo más importante.

Durante un tiempo, Jesucristo se les apareció y les habló del Reino de Dios, pero si cuarenta está indicando un proceso del cual sale una persona renovada, distinta, ¿qué se nos quiere decir con estos cuarenta días de aparición de Jesucristo?

Se nos quiere decir que durante cuarenta días, Jesucristo resucitado, dio una comprensión a sus discípulos del misterio de esa resurrección, fue como una especie de regalo, de catequesis del Resucitado para toda esta iglesia naciente.

Pero todavía hay más que decir ahí. Esta aplicación el número cuarenta a las apariciones del Resucitado, nos obliga a meditar sobre qué significan estas apariciones mismas.

Yo quiero plantear esto con una pregunta muy sencilla de hacer y muy difícil de responder tal vez: ¿Cuál es la diferencia entre las apariciones que Cristo Resucitado hace durante estos cuarenta días y las apariciones que nuestro Señor ha querido regalar a algunos de sus santos a lo largo de la historia, por ejemplo, las apariciones a Santa Faustina Kowalska o a Santa Teresa de Jesús o Santa Catalina de Siena?

¿Qué diferencia hay entre las apariciones de Jesucristo Resucitado que se nos cuentan en las Escrituras, estas apariciones que nos cuenta el capitulo primero de los Hechos de los Apóstoles que se dieron durante cuarenta días? ¿Qué diferencia hay en estas apariciones y las que luego se dan durante la historia de la iglesia?

Hay una diferencia fundamental, estas apariciones de Cristo a sus Apóstoles y a otros discípulos, tenían un objetivo, por decirlo así, muy preciso, tenían una razón de ser muy especial.

Ellos, los Apóstoles y los otros discípulos habían conocido a Cristo en esta tierra, habían conocido a Cristo antes de su muerte, y por consiguiente, el objetivo, la razón de ser de estas apariciones, es confirmar, en esos mismos discípulos, la certeza de que Aquel que murió, es el mismo que resucitó.

Las apariciones de Cristo Resucitado, que han sucedido durante este tiempo que Lucas llama de cuarenta días, todas esas apariciones tienen una razón de ser y es producir, engendrar la fe en que Aquel que murió es el mismo que resucitó, es decir, unir en un mismo corazón, en el corazón de esos Apóstoles y de otros discípulos, empezando por María Magdalena en la mañana de la Pascua, engendrar en ellos la fe, la certeza de la victoria del Cristo pascual.

Cuando Cristo se aparece a Sor Faustina, no se manifiesta a ella para darle la fe de la Pascua, Sor Faustina ya creía en Cristo Resucitado antes de haber visto a Cristo en esas apariciones, y lo mismo podemos decir de otros santos y santas como San Francisco o Santo Domingo.

Los que han visto a Cristo Resucitado, es decir, que hay unas apariciones que son fundantes para la fe, hay apariciones que producen, que engendran la fe y que sólo pueden darse en ese momento ante aquellos que habían visto a Jesús antes de morir.

Estas apariciones de los días más inmediatamente posteriormente a la Resurrección, son esencialmente distintas de todas las otras apariciones de la historia de la Iglesia, porque estas son las apariciones que engendraron, que suscitaron, que hicieron brotar la fe en aquellos que habían conocido a Cristo antes de morir y que ahora lo pueden reconocer ya resucitado.

Para decirlo de una manera breve, las apariciones del Resucitado, durante estos cuarenta días que llama Lucas, son apariciones de reconocimiento, se trata de reconocer a Cristo; mientras que las apariciones que luego vienen en toda la historia de la Iglesia a San Francisco, Santa Teresa, Sor Faustina, todas esas apariciones de la historia de la Iglesia, no son apariciones de reconocimiento, porque San Francisco no conoció a Cristo antes de la Cruz, no lo conoció en su carne mortal antes de padecer, es lo que quiero decir.

No son apariciones de reconocimiento, sino apariciones de conocimiento, es decir, acrecientan la certeza, ¿y de dónde le viene a San Francisco de Asís o a Teresa de Jesús o Catalina de Siena ese conocimiento y esa fe en el Resucitado?

Pues viene de una predicación que tiene su origen último, precisamente en los testimonios de aquellos que reconocieron a Jesucristo, es decir, de aquellos que supieron, que pudieron constatar que el mismo que ellos habían tratado y que había muerto en la cruz, había resucitado.

¿Que tenemos entonces hasta aquí? Tenemos que el número cuarenta tiene un significado especial, ese fue el primer punto de nuestra reflexión.

En segundo lugar, tenemos que Cristo Nuestro Señor, que Cristo Resucitado, tiene por decirlo así, dos tipos de apariciones, estas apariciones de los cuarenta días, fueron los que otorgaron la fe, de la que luego vivimos todos los creyentes de todos los siglos; ese es el contenido fundamental de estas apariciones.

En estas apariciones de reconocimiento, en estas apariciones en la que estas personas que lo habían tratado antes de la Cruz, lo ven ahora resucitado, en estas apariciones de estos cuarenta días, Cristo estaba haciendo germinar la fe de la que iban a vivir ellos, pero la fe de la que luego, por la predicación de los Apóstoles y misioneros y todos los demás, iban a vivir los santos de todos los siglos y también nosotros.

En estos cuarenta días y en estas apariciones gloriosas y benditas, Cristo otorgó, infundió con el poder de su Espíritu, infundió la fe, la fe fundamental, la fe cimiento, raíz de la que se sostiene todo el árbol de la Iglesia.

Esas apariciones son únicas, completamente únicas y no pueden volverse a dar en la historia del mundo, por la razón muy sencilla de que el misterio de la Encarnación ya no se repite, y esas personas eran las únicas que podían dar testimonio de que Aquel que habían tratado, conocido y que había hecho milagros, y que había muerto en la Cruz y que había sido sepultado, ahora vivía gloriosamente.

Así entendemos un poco mejor cuál es el sentido de estas apariciones y por qué son fundamentales para toda la Iglesia. Todos nosotros tenemos fe por la acción del Espíritu en nuestros corazones interiormente y por la Palabra que nos ha sido predicada por los Apóstoles y demás misioneros, obispos, sacerdotes en todos los siglos.

Pero toda esa fe que nos ha sido predicada, tiene su origen en estas personas que recibieron las apariciones fundantes, es decir, que tuvieron las apariciones de reconocimiento y que por consiguiente quedaron confirmadas en la certeza de que Cristo, verdaderamente, había vencido a la muerte.

Ahora miremos qué significa, dentro de esta catequesis o explicación que ya rebasa el tamaño de muchas homilías, miremos cuál es el sentido de esta fiesta de la Ascensión.

Hemos dicho que se trata de que durante cuarenta días se da un proceso, ya entendemos cuál es el proceso que quería Cristo que viviera la Iglesia naciente.

Cristo resucitado no necesita cuarentena, Cristo resucitado no es que necesita Cuaresmas, el objetivo de la ascensión de Cristo no es que dejara de deambular, me disculpan si es que suena un poquito irrespetuoso, no es que dejara de dar vueltecitas por esta tierra y ahora si por fin se va a los cielos.

No es que Cristo estuviera durante cuarenta días, como la ingenuidad o la superstición popular cree de los muertos, que duran como unos días devolviendo los pasos y que dicen: "Bueno, ahora sí se murió y ahora sí desaparecen del mundo de los vivos".

Hay una interpretación de la ascensión de Cristo como en estos términos, como que Cristo estuviera por ahí deambulando "y bueno, ahora sí se acabó, me voy", y se llega la fiesta de la Ascensión. Ese no es el sentido, esa no es la idea, Cristo no necesita días, ni necesita cuarentenas, ni Cuaresmas, ni un millón de días.

De manera que, propiamente, quien estaba viviendo este proceso de estas apariciones fundantes para la fe del universo, la misma fe que vivimos, quienes necesitaban de estos cuarenta días, eran los discípulos, eran ellos los que necesitaban, a través de la gracia del Espíritu que exhala el Cuerpo glorificado de Cristo, eran estos discípulos los que necesitaban esa certeza, ese convencimiento, esa gracia que podía darles Cristo.

Es decir, los cuarenta días, son cuarenta de la Iglesia naciente o una especie de camino que hace la Iglesia naciente, el camino que hace Cristo Resucitado. Cristo, una vez levantado del sepulcro, participa de la gloria del Padre. Las señales del Resucitado son las señales de la gloria del Padre, de acuerdo con esto, tenemos que decir, que durante estos cuarenta días, a Cristo no le estaba pasando nada.

Cristo Resucitado ha roto ya las cadenas, ha abierto la loza del sepulcro, nadie lo puede detener, pertenece definitivamente a la gloria del Padre. Cristo Resucitado, está desde el momento mismo de su Resurrección, en la gloria del Padre, en el cielo, en la plenitud.

Y los cuarenta días no son cuarenta días para Cristo, como si Cristo estuviera sometido al tiempo después de resucitar, más bien estos cuarenta días son un tiempo en el que el Resucitado otorga, por la gracia del Espíritu Santo, una enseñanza fundamental, una fe que va a servir de cimiento para toda la Iglesia.

De acuerdo con eso, podemos entender mejor cuál es la característica de este día. Realmente, lo que sucedió aquí, fue una aparición del Resucitado. Pero el Resucitado no sólo les hablaba, el Resucitado también les comunicaba, les infundía su gracia y su enseñanza con gestos, no sólo con palabras.

Hay una escena, por ejemplo, muy simpática, en la que Jesucristo se aparece ante sus discípulos y estos estaban que no podían creer de la alegría y creían que era como un ser irreal, entonces Jesucristo les decía: “Miren que soy yo, un fantasma no tiene carne y huesos como ustedes ven que yo tengo”.

Y el Evangelista dice: “Como no acaban de creer por la alegría, les dijo: ¿Tenéis un trozo, tenéis algo de comer?" San Lucas 24,41, y ellos le pasaron un trozo de pez asado, y dice el Evangelista: “Y se lo comió delante de ellos” San Lucas 24,43.

Este gesto de comer pescado delante de los discípulos, es lo mismo que estos cuarenta días, Cristo Resucitado no necesita pescadito para alimentarse, Él es el alimento. Cristo Resucitado no necesita tampoco de estos días ni necesita de estos pescados.

Cristo, a través de estos gestos o de estas acciones, instruye la fe de los Apóstoles, para que todos ellos tengan la certeza de que Aquel que conocieron y murió verdaderamente, ha resucitado.

Pero Cristo no se puso a explicarles como era eso de la fisiología de los cuerpos gloriosos, Cristo no se puso a decirles: “Miren, les voy a contar lo que pasa, lo que sucede es que cuando a uno lo resucitan como yo, entonces uno cambia, es en el fondo la misma naturaleza humana, pero transigida de la gloria del Padre, eso es lo que pasa, si quieren les explico mejor”. Cristo muchas veces no defendía esas explicaciones ni cuando estaba vivo en esta tierra ni después de resultar glorioso, sino que Cristo obraba con gestos.

Otro día les preparó un desayuno a los Apóstoles. Nos dice el Evangelista Juan, llegaron de la pesca de toda la noche y les preparó un desayuno, eso significaba algo, eso significaba que después de la brega de esta tierra, es Cristo el que está preparando la mesa de familia.

Pero en vez de decirles: “En la contemplación beatifica todo esfuerzo que haya sido animado por la caridad, encontrará su plenitud, por la comunicación de la gloria", les prepararé un desayuno.

¿Ven? Cristo que siempre fue como tan cercano, que siempre fue como tan concreto en sus enseñanzas, utilizaba todos estos gestos.

Otra vez se puso a caminar con ellos, con los discípulos de Emaús y cuando ya iban llegando a Emaús, entonces Cristo hizo como que seguía derecho. Cristo se vuelve artista, se vuelve cocinero, Él hace lo que sea para que nosotros comprendamos un poco estos misterios.

Entonces Él hizo que iba a seguir derecho, entonces le dijeron: “Quédate, quédate” San Lucas 24,28, entonces Cristo se sentó con ellos a la mesa, tomó pan, lo partió. ¿Necesitaba Cristo de pan, necesitaba partirlo? Claro que no, son misericordias, son providencias de su amor, son ternuras de Jesucristo para infundir la fe.

María Magdalena, el primer día, creyó que era el hortelano. Estaba Cristo resucitado y quién sabe qué vestido tenía, parecía como un jardinero. Mire, se hace jardinero, se hace cocinero, se hace peregrino, se hace anfitrión, se hace invitado.

Cristo }Resucitado no sólo enseña con las palabras, Cristo Resucitado, en cada una de sus apariciones, enseña también con gestos. Cuando dije apariciones, estoy hablando solamente de las apariciones de reconocimiento, es decir, de las que Lucas dice que son los de cuarenta días.

Entonces Cristo tenía muchas cosas qué comunicarles, quería infundirles fe a sus Apóstoles, desde luego que desde el día de la Resurrección, Cristo está en la gloria del Padre, eso no cabe la menor duda, pero Cristo glorioso, con la gloria del Padre por el don de su Espíritu, va manifestándose de un modo místico, procesual, catequético, para que los discípulos hagan un camino, para que los discípulos hagan un proceso, un recorrido.

Así como Israel hizo un recorrido por el desierto para llegar a la Tierra Prometida, así Cristo quería y quiere que la Iglesia haga un proceso en la comprensión del misterio.

Él vivió el misterio de una vez y para siempre, pero nuestra comprensión y acogida de ese misterio requiere tiempo, requiere proceso y camino y por eso Cristo hizo este camino con los Apóstoles.

Como en las apariciones Cristo tomaba distintos aspectos, Cristo se valía de tantas cosas, hasta de un pez asado, así también en esta última aparición, les iba a dar una última catequesis y la última catequesis fue la nube y lo más importante de esta última aparición del Resucitado, e insisto la última aparición de reconocimiento, lo más importante en esta aparición, era infundir en todos la certeza de que la gloria del Padre es el destino final del mismo Cristo y la casa que nos espera a todos nosotros.

Y por eso la nube, la clave de este pasaje está en la nube, dice aquí: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad" Hechos de los Apóstoles 1,7.

Les habla luego del Espíritu. "Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” Hechos de los Apóstoles 1,7. Esa nube me parece que no la entendió el poeta Lope de Vega cuando habla de la nube envidiosa de...

Un himno que la Iglesia católica utiliza para la Liturgia de las Horas, la utiliza para el día de hoy. Con el debido respeto por los liturgistas, ese himno está mal, ese himno no ha captando el sentido de lo que quiere enseñarnos Lucas. Miren, lo que quería decir Lope de Vega y ahí se ve lo que es comprender, llamémoslo así como a medias este misterio y lo que es avanzar un poquito más en él.

Para Lope de Vega más o menos la historia es esta, que es el himno que hoy se reza para la Liturgia de las Horas en español, entonces los Apóstoles estaban mirando a Jesús y se atravesó una nube, y "ay, no dejo ver más".

Y Lope de Vega trata a esa nube como una nube envidiosa. Ese no es el sentido de Lucas. Como quien dice, Lope de Vega quería un día de verano sin ninguna nube para que se siguiera viendo a ver que más pasaba; si se seguía viendo un punto o una luz.

Lucas no quería decir eso. Esa nube es fundamental para que entendamos cuál era la catequesis con la que Cristo quería cerrar su ciclo catequético, su ciclo de fe fundante para los Apóstoles y para toda la iglesia, porque esta es una de las últimas apariciones de reconocimiento.

Lo que Cristo quería decir con esa nube, esa nube no fue la que se le atravesó a Cristo. Hombre, si Cristo decía cuando lo iban a agarrar en Getsemaní: "¿Acaso no puedo pedir yo doce legiones de Ángeles para que me defiendan?" San Mateo 26,53.

¿No había por ahí un angelito para que hubiera quitado esa nube rápidamente para que no se perdieran los Apóstoles este espectáculo?

Mis queridos amigos, esa nube no es un estorbo es un pesar, me perdonan que diga esto, sé que esta predicación está siendo transmitida, me perdonan si lastimo a la susceptibilidad de alguien, pero ese himno está mal. Ese himno no ha entendido el sentido de Lucas. La nube no es un estorbo. Así como el número cuarenta tiene un significado en la Biblia, así la nube tiene un significado en la Biblia.

Cuando iban por el desierto ¿quién los guiaba? Una nube, una nube que durante el día parecía opaca y por la noche parecía luminosa; y cuando Cristo está orando en el Tabor ¿qué sucede? Quién lo envuelve? Una nube y de en medio de la nube la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado" San Lucas 9,35.

Cuando el profeta Elías cerró el cielo durante tres años y seis meses, y cuando va a volver a abrirse el cielo para que caiga la lluvia lo primero que ve el mensajero del profeta Elías como respuesta a la oración del profeta Elías fue una nubecilla, la nube no es un estorbo la nube es la señal más amada del Antiguo Testamento para indicar la gloria del Padre, la gloria de Dios, que Dios se ha hecho presente, que Dios envuelve.

Cuando Isaías está en el Templo, capitulo sexto, ¿qué sucede? Él dice que vio como el ruedo del manto de Dios, y una nube, la nube es lo fundamental en esta última aparición Cristo que puso a hablar, lo digo en forma figurada, al pescado asado para enseñarles todo lo que significaba la naturaleza humana glorificada.

Cristo, que puso a hablar a ese trozo de pan que les partió a los discípulos de Emaús; Cristo, que hace hablar a ese desayuno para que proclame la gloria del Resucitado, Cristo hizo también elocuente a esa nube, bendita nube, digo yo, contradiciendo al poeta aquel.

¡Qué cuentos de nube envidiosa! ¡Bendita nube! Porque el objetivo de la aparición es ese, que nosotros entendamos que la gloria de Dios resplandece maravillosamente en el Cuerpo de Cristo, que esa gloria de Dios es el destino final de todo su esfuerzo, de todo su amor, de toda su misericordia, y que nosotros entendamos que esa presencia densa, maravillosa, misteriosa de Dios es también nuestro camino, es decir, es el final de nuestro camino y es nuestra casa.

Y dice aquí: “Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se los quitó de la vista" Hechos de los Apóstoles 1,9.

¿Y por qué la nube? ¿Por qué es tan importante la nube? Eso no es muy difícil de responder porque una nube es una presencia sin ver ninguna figura, puesto que Dios no puede darnos ninguna figura distinta del rostro glorificado de su Hijo. "Quien me ve a mí, ha visto al Padre" San Juan 14,9, le dice Cristo a Felipe.

Puesto que Dios no tiene ninguna figura que nosotros podamos reconocer distinta al rostro glorifacado de su Hijo, cuando el rostro glorificado de Cristo, que es el retrato, la imagen de Dios invisible en el Nuevo Testamento, se une, se entra, se introduce en la nube, que es la imagen más grande de la imagen de la presencia Dios en el Antiguo Testamento, ¿qué nos está diciendo esta fiesta?

Míre usted qué nos está diciendo en nuestro corazón. Le repito, la señal maravillosa de la presencia de Dios en el Nuevo Testamento es el rostro glorificado de cristo, es el Cuerpo glorioso glorificado de Cristo, y la señal más grande de la presencia de Dios en el Antiguo Testamento es la nube.

Cuando Cristo glorioso, cuando la señal más grande de la presencia de Dios en el Nuevo Testamento queda fundida, integrada en la nube del Antiguo Testamento, ¿qué nos esta diciendo? El Espíritu Santo le está hablando a usted en este momento, eso que usted está sintiendo, eso lo que Cristo quería que aprendiéramos.

En esta ultima y maravillosa aparición Cristo está infundiendo, quería infundir a los Apóstoles una enseñanza que casi no cabe en palabras. La teología lo reduce a un enunciado muy sencillo: Cristo es verdadero Dios, pero eso es muy poco. La gran manifestación de Dios en el Antiguo Testamento se funde, se integra se impregnaen la gloria de Cristo Resucitado.

¿Qué nos está diciendo? Y estos Apóstoles que le habían agarrado las manos, que le habían tocado la ropa, que le habían visto destrozado en la cruz, ven a esa naturaleza humana llena de gloria meterse, introducirse, arroparse en la gloria del Padre.

Díganme qué entiende el corazón humano, cuando tú has tratado, como estos Apóstoles han tratado así cerquita la Carne de cristo, la han tocado la han sentido y ahora le ven glorioso en la nube de la gloria del Padre, ¿qué entienden ellos? Entienden cuál es el camino de la Iglesia, entienden por qué se sufre, entienden para qué se evangeliza, entienden el significado de la Cruz, entienden para qué la Resurrección.

¡Que fiesta tan hermosa esta! ¡Qué fiesta tan preciosa para que miremos nuestra propia naturaleza, miremos nuestra propia carne y sintamos nosotros que, a través de los sacramentos, podemos tocar la Carne de Cristo, comer la Carne de Cristo, como sucede aquí en la Santa Misa!

Nosotros, que podemos alimentarnos de la Carne de Cristo, hagamos como los Apóstoles, nosotros no pudimos tocar a Jesús antes de su paso, pero es Jesús quien nos toca cuando recibimos los sacramentos, Él es quien pronuncia la absolución cuando nos confesamos, es Él quien nos bautiza cuando recibimos el bautizo y, sobre todo, es Él quien nos toca, nos transfigura en el sacramento Eucarístico.

Sintamos, entonces, la cercanía de Cristo en nuestra carne y la cercanía de Cristo con la gloria del Padre, y deduzcamos de ahí la conclusión de cuál es nuestra vocación y cuál es nuestra vida.

Que Dios nuestro Padre, en esta fiesta hermosísima de la Ascensión, infunda en nuestros corazones el gozo inmenso del ser de Cristo, el gozo inmenso de comulgar, de sentir cómo nuestra vida se alimenta con esa Carne gloriosa. Y levantemos nuestros ojos y veamos a Cristo lleno de la gloria del Padre.

Y luego, siguiendo la indicación de los Ángeles y del mismo Cristo según el evangelio de Mateo, vayamos a todas las naciones para que sean muchos, para que sean cientos y para que ojala fueran todos los que, unidos en una misma fe y en una misma caridad, nos levantáramos con este Cristo, para la gloria infinita del Padre que está en los cielos.

Amén.