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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960519

Título: "Yo estoy con vosotros"

Original en audio: 11 min. 14 seg.


Queridos Amigos:

Son hermosas las lecturas de esta fiesta, la Ascensión de Cristo Nuestro Señor; además, tiene sus curiosidades la primera lectura, el comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, que viene inmediatamente después de los Evangelios, en el orden usual del Nuevo Testamento.

Entonces, en la primera lectura leíamos el comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, y en la última lectura escuchábamos precisamente la conclusión de uno de los Evangelios, en este caso del evangelio según San Mateo.

Este evangelio tiene veintiocho capítulos; la lectura que hemos escuchado hoy, está precisamente en el vigésimo octavo capítulo de San Mateo, o sea, hoy estamos leyendo el final del evangelio, y el principio de los Hechos de los Apóstoles.

Eso tiene su importancia, porque indica, de alguna manera, el lugar que tiene esta fiesta, como espero que Dios me ayude a aclararlo con otras palabras. Además, fíjate que es una celebración en la cual ¿qué estamos celebrando?

Un hombre que asciende gloriosamente. ¿Quién es este Jesús, que cuando llega, lo aplaudimos; y cuando se va, nos alegramos? Se parece como a los niños que se alegran cuando empiezan las vacaciones, y a veces se alegran cuando se acaban las vacaciones porque ya no sabían que hacer en la casa.

Algo parecido aquí. ¡Que bueno que vino Jesús! Nos hemos alegrado en Navidad, y hoy como si estuviéramos diciendo: "¡Qué bueno que se va Jesús!" Es un aspecto muy curioso. Déjeme añadirle un tercero.

Estamos celebrando la Ascensión de Cristo Nuestro Señor, pero resulta que el evangelio que hemos escuchado lo que dice es: “Yo estoy siempre con vosotros hasta el fin de los tiempos” San Mateo 28,20. Entonces, en el día de la Ascensión del Señor celebramos que está siempre con nosotros, tampoco se entiende mucho. Ayúdenos Dios que puso en el Apóstol San Pablo estas palabras.

“Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo os conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo más y más” (véase Carta a los Efesios 1,17). Los que sientan que ya conocen lo suficiente de Cristo no tienen nada que hacer en este domingo.

De pronto hasta los podemos excusar del precepto de asistir a la Misa dominical, porque fíjate que los Apóstoles cuando vieron ascender al Señor, no le quitaban los ojos de encima, como aquel que quisiera, hasta el último momento, aprender la última palabra, el último gesto, la última señal de Jesús.

Una persona que dijera: “Yo ya leí bastantes evangelios”, parecido a los cristianos que dicen: “A mí ya de niño me llevaron a todas las Misas, yo ya oí todas las Misas que tenía que oír”. Pues el que dice: “Yo ya oí todas las Misas”, el día de la Ascensión hubiera dicho: “Bueno, ya que más vamos a ver aquí, ya déjenlo que ya se fue”. Pero había algo en esos Apóstoles que amarraba sus corazones a ese Cristo, y así quiso aparecer por última vez ante sus ojos.

Organicemos nuestras ideas, la primera pregunta es: exactamente, ¿qué es lo que estamos celebrando? ¿Que se fue? No. Eso no es lo que estamos celebrando. Estamos celebrando que Cristo es glorificado ante su Iglesia, ante los primeros y fundamentales testigos de la Iglesia que son los Apóstoles, Cristo es glorificado.

Segunda pregunta, esto tendrá un poco de cara de catecismo: ¿Quiere eso decir que desde el día de la Resurrección hasta cuarenta días después, Cristo estaba por ahí dando vueltas? ¿Así, iba a una casa, a otra, aparecía, desaparecía? Y de pronto dijo: “Bueno, ya me di las vueltas que tenía que darme, ahora sí, chao, chao todos”.

No debemos imaginarlo así. Desde el día mismo, desde el instante mismo de la Resurrección, Cristo está sentado a la derecha del Padre. Eso no debemos dudarlo, no es que Cristo se haya quedado por aquí cuarenta días, dando vueltas. Como en algunos sectores populares, quizá campesinos, o quizá urbanos, piensan de los difuntos. Que el difunto queda por ahí, como arreglando algunas cositas, moviendo algunos papeles, jalándole las piernas algunos antipáticos parientes que haya tenido por ahí.

No. Nosotros no estamos diciendo que Cristo resucitó, y quedó como en una especie de estado intermedio paseándose, y hablando con la gente. Desde el momento mismo de la Resurrección Cristo entró en la gloria del Padre. Y desde el momento mismo de la Resurrección negoció para nosotros el Espíritu Santo. Usted que es un oyente atento, se habrá dado cuenta que dije: “Subió a la gloria del Padre, o está en la gloria del Padre, o ascendió a la gloria de Padre". Es la fiesta de hoy.

“Envió el Espíritu Santo”, es la fiesta del próximo domingo. Pentecostés quiere decir eso. Preguntará alguien: "-¿El mismo día Cristo resucitó, ascendió y envió el Espíritu? Pues en cierto modo, sí, señor, eso es lo que quiere decir. Que esos tres misterios: la Resurrección, La Ascensión, y el envío del Espíritu Santo, los tres primeros misterios Gloriosos del rosario, por cierto, esos tres misterios son de alguna manera un mismo misterio.

Pero, por otra parte, eso es lo que tenemos que decir de Cristo, pero la compresión que la Iglesia quiere del misterio de Cristo es procesual, y por eso el Señor Jesús en su providencia, en su ternura, en su misericordia, en las manifestaciones, en las apariciones que hace a los Apóstoles, sí hay tiempo, pero no es el tiempo de Cristo que desde que resucitó es glorioso.

¿Y desde que resucitó envía el Espíritu Santo? No, es el tiempo de Cristo que está más allá del tiempo, porque ha resucitado; es el tiempo de los Apóstoles, es el tiempo de la Iglesia, y por eso, lo que sucedió en lo que nos narran en los Hechos de los Apóstoles es una de esas apariciones.

Pero una aparición, que Cristo en su ternura pedagógica quiso fuera de tal modo, que los corazones de estos hombres entendieran un aspecto de la Resurrección del Señor, porque la Ascensión de Cristo y la Resurrección, en el fondo, son la misma cosa.

Pero en el tiempo de los Apóstoles, en el tiempo pedagógico que Cristo glorificado quiso utilizar con su Iglesia, ellos sí tienen unos días, otros cuarenta días, dos meses, lo que haya sido.

Así pues, esta es una de las apariciones del Resucitado, en la cual Él quiso enseñar a sus Apóstoles un aspecto de su Resurrección, un aspecto maravilloso, y es que su divina humanidad, que su humanidad divinizada, su humanidad glorificada participa enteramente de la gloria de Dios.

Fíjate como dice el texto de los Hechos de los Apóstoles, dice así, que “Él empezó a alejarse hasta que una nube lo ocultó de sus ojos” Hechos de los Apóstoles 1,9, y esa nube ¿qué fue? ¿Que iba a llover, o que no?

Esa nube en el Antiguo Testamento es la presencia de la gloria de Dios. Moisés entraba en la nube para hablar con Dios. La nube es una de las manifestaciones visibles de la gloria Divina. Una de las principales manifestaciones de la gloria Divina en el Antiguo Testamento. Por eso también, en la Transfiguración, tú te acuerdas que había una nube.

¿Qué quiere decir? Que Cristo en su providencia les concedió esta experiencia mística, profundísima, intensísima, por la cual ellos entendieron que el Resucitado con toda su humanidad, con toda su realidad humana, tenía la plenitud de la gloria de Dios, y que ellos como testigos de este Resucitado, estaban anunciando que todos los que tenemos fe en Cristo, lo seguiremos en ese mismo camino, y también nuestros cuerpos serán llamados a la gloria del Padre.

Eso es lo que estamos celebrando, que Cristo Resucitado es glorificado en toda su plenitud humana, y eso mismo nos va a suceder a nosotros. Obviamente, cuando uno ya entiende qué es lo que estamos celebrando, se entiende también por qué el evangelio dice “Yo estoy con vosotros” San Mateo 28,20.

Yo quiero acabar con una frase estrella, maravillosa de San León Magno: “Entendieron los Apóstoles que no había dejado Cristo al Padre cuando vino a la tierra, y así llegaron a entender que no nos dejaba cuando ahora le contemplaban subir al cielo”.

Ni dejó Cristo al Padre cuando lo vimos hacer milagros en esta tierra, ni nos dejó a nosotros cuando en esta visión parece arrebatado por la nube gloriosa del Padre.

Y así entendemos que este Cristo muerto, torturado, y glorificado es verdaderamente el mediador entre Dios y los hombres. Es Dios para nosotros, y es nosotros para Dios.

A Él la alabanza por los siglos.

Amén.