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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20071223

Título: Toda nuestra realidad humana, incluso afectiva y sexual, es bendecida por Dios

Original en audio: 13 min. 20 seg.


El Espíritu Santo, el amor de Dios en persona no viene a dañar la relación de José y María. El Espíritu Santo, el poder mismo de Dios no viene a perturbar el deseo de José de tener una familia y, quizás, su anhelo de ser papá. El espíritu Santo viene a santificar, viene a elevar, no viene a destruir.

De manera que el saludo que recibe José es este: “No temas recibir a María tu esposa, lo que ha sido engendrado en Ella proviene del Espíritu Santo” San Mateo 1,20. Ella es la esposa de José, y al final el texto dice: “José llevó a María a su casa” San Mateo 1,24. Ella es la esposa de José, y sin embargo, lo engendrado en Ella es obra del Espíritu Santo.

¿Qué nos indica esto? Que el Espíritu viene a regalar la presencia de Cristo no sólo en la vida de María sino también en la vida de José. Jesús es el don máximo de Dios otorgado no sólo a una mujer; es el don máximo de Dios otorgado a una pareja.

No del modo como las parejas engendran a sus hijos, –aquí hay otra realidad-, pero es un don para la pareja. Es decir, José no es un extraño que tiene que servir únicamente de guardaespaldas, algo así como para proteger una especie de apariencia alrededor de la Virgen.

La vida de José es cambiada tan radicalmente como la vida de María. Así como María es madre virginal de Jesús, así José, por virtud de ese mismo Espíritu, es padre de Jesús, pero no como son padres por la carne y la sangre de los demás, es padre virginal de Jesús.

La relación entre José y Jesús no es entonces basada en la carne y la sangre sino es basada en esta intervención soberana, poderosa y amorosa del Espíritu. Así como María de modo natural y ordinario no hubiera podido concebir a Jesús, así también José es llamado a ser papá, José es llamado a ser papá de Jesús pero de un modo que no es modo ordinario.

Y por eso, María es verdadera esposa de José, María es verdadera madre de Jesús. Y cuando María se encuentra años después a Jesús en el templo le dice: “Tu padre y yo te estábamos buscando” San Lucas 2,48.

José se siente y obra como verdadero padre porque el amor que él tiene hacia María, y el deseo que seguramente él tiene de ser padre, ha sido tomado por Dios y ha sido llevado a una dimensión distinta a través de esta intervención inesperada, milagrosa pero realísima que hizo posible el nacimiento de Cristo.

Yo pienso que José y María nos pueden enseñar un par de cosas en estas lecturas. Nos pueden enseñar en primer lugar que Dios conoce de nuestra intimidad, y de nuestros deseos y de nuestros anhelos.

En la sociedad erotizada en la que estamos como que se le tapa la cara a Dios, como que se sella la boca de Dios para que no nos hable de sexo. La gente siente que Dios es como un entrometido en su vida sexual y lo expresa rechazando todo lo que la Iglesia quiera decir sobre sexo.

Dios no es un entrometido en ninguna parte de ninguna vida, Dios sabe de sexo, Dios sabe de intimidad. Dios sabe del deseo de ser papá, del deseo de ser mamá. Dios abe del deseo de ser esposo y de ser esposa. Dios recorre toda nuestra realidad humana, la conoce, la ama y no quiere aplastarla sino que quiere bendecirla, levantarla, encaminarla, encauzarla.

Alguna vez hace eso por caminos inesperados, caminos incluso milagrosos. Eso fue lo que sucedió claramente en el Nacimiento de Cristo.

Pero lo primero que quisiera, mis hermanos, es que tomáramos conciencia de que todo nuestro ser está en la presencia de Dios. Y esto incluye los anhelos, los deseos, las preocupaciones, los complejos.

Se ha dicho a veces que el sacerdote es el psicólogo o el psiquiatra de los pobres. Yo creo que sí, por lo que a veces oye uno en el confesionario, creo que sí. Y por eso sé que muchos hombres y muchas mujeres se sienten atribulados, acomplejados, divididos, rotos en esas dimensiones profundas de su intimidad, de su sexualidad.

A esos hombres y mujeres yo quiero decirles: “Dios conoce lo que nosotros somos, Dios no viene a aplastar lo que Él mismo ha creado”. Eso tampoco significa o eso no debe interpretarse como que cualquier cosa que hagamos con nuestra intimidad o con nuestra sexualidad es del agrado de Dios.

Dios también conoce nuestras manos y sabe que con ellas podemos construir edificios o empuñar armas. Podemos usar nuestros puños para despedazarnos unos a otros, o podemos utilizar nuestras manos para sostenernos o también para acariciar y para consolar.

Lo miso sucede con la sexualidad, con la intimidad, con el deseo de ser esposa, con el deseo de ser mamá. Dios conoce todos esos deseos. Pero eso no quiere decir que uno pueda hacer cualquier cosa con esos deseos. Hay personas que dicen: “Como yo quiero ser mamá, haré lo que sea con tal de ser mamá”.

Entonces algunas mujeres, porque creen que tienen un derecho infinito, sin límites de ser mamás, harán cualquier cosa, y esa cualquier cosa incluye matar embriones. En ese procedimiento que se llama la fertilización in vitro, –esto hay que decirlo claramente-, se mata un promedio de ocho o nueve seres humanos por cada bebé probeta.

Cada niño que nace de un proceso de fertilización "in vitro" tiene nueve hermanos muertos, fueron matados o están congelados en algún laboratorio esperando que los papás se cansen de pagar un arriendo, por que hay que pagar un arriendo para que tengan el embrión congelado, y ese embrión se vuelva objeto de estudio en un laboratorio o desecho que se va por un desagüe, por un sanitario.

Sí, es noble tu deseo de ser mamá, pero eso no significa que puedes hacer cualquier cosa. Es noble tu deseo de ser amado o de ser amada, pero eso no significa que puedas hacer cualquier cosa. "Ah, como yo quiero ser amado, y esta mujer ya no me ama, entonces voy a conseguir una que sí me ame como yo quiero que me ame".

Lo que tenemos que aprender de esto es que nuestra compleja realidad afectiva y sexual está ante los ojos de Dios como todo nuestro cuerpo, como toda nuestra vida, y esto vale para todo el mundo, para el niño, para el adolescente; esto vale para el homosexual y para el heterosexual; esto vale para el casado, para el viudo, para el separado; esto vale para el que está empezando un adulterio o para el que está tratando de reconciliarse con la esposa.

Lo que nos enseñan estas lecturas es que Dios ya sabe todo y Dios quiere ayudar y bendecir y reconstruir todo, y Él tiene mejores ideas que nosotros. Entonces, cada vez que el ser humano dice: “Yo tengo una inteligencia y la usaré como me venga en gana”, termina destruyéndose a sí mismo.

Cada vez que el ser humano dice: “Yo tengo fuerza y haré con mi fuerza lo que a mí se me dé la gana”, termina destruyendo a otros seres humanos. Y cada vez que el ser humano dice: “Yo tengo un sexo y voy a hacer con este sexo lo que se me dé la gana”, termina destruyendo vidas humanas.

Lo que tenemos que aprender, una de las muchas cosas que nos enseñan José y María es a tomar esa intimidad nuestra, tomar esa sexualidad, tomar esa afectividad con toda la problemática que cada uno de nosotros tiene, porque la mayoría de nosotros hemos pasado por momentos oscuros, traumas, inseguridades, complejos.

Pues así como esté esa parte de tu vida, preséntala ante el Señor. El Señor no vine a aplastar eso. El Señor no envió su Espíritu Santo para aplastar la humanidad de María, para aplastar la intimidad o la sexualidad de José. Tomó eso, esa realidad y la bendijo.

Es que eso es lo que Dios siempre hace. Eso fue lo que sucedió en ese momento y eso es lo que sucede en la Eucaristía. Jesús se hace presente en la Eucaristía. Se toma una realidad, el pan de trigo, el vino de uva, y es levantada esa realidad por el poder del Espíritu, y es Cuerpo y Sangre de Cristo.

Lo mismo tiene que suceder en nosotros, toma tu realidad afectiva con todos sus traumas y todas sus posibilidades; toma tu realidad sexual con todos sus complejos y con todas sus posibilidades y con toda la hermosura que tiene.

Toma eso, pero en vez de esconderlo de Dios, en vez de mirar a Dios como un enemigo o en vez de decir: “Yo haré con esto lo que se me dé la gana”, ¿por qué no hacer lo de José y María?: Tener el corazón abierto al señor, recibir su voz, recibir su bendición, y Él va trayendo la paz, y Él va trayendo ese orden recto, ese orden hermoso que Él pensó para nosotros, porque Dios nos pensó con amor.

Cada célula de nuestro cuerpo, cada pedacito de tejido de nosotros, todo lo que somos, de la punta de los pies hasta la coronilla, todo lo que somos fue pensado y diseñado con amor por Dios, y cada uno de nuestros días es importante para Él.

Si aprendemos a vivir así en su presencia, ¿qué va a suceder? Que Jesús va a llegar a nuestras vidas; entonces en una vida mucho más serena, mucho más ordenada, mucho más luminosa, vamos a experimentar la presencia de Cristo, vamos a experimentar que Jesús vive y reina entre nosotros como Jesús vino a la vida de José y de María a bendecir esas vidas.

Así viene Jesús a bendecir nuestra vida, para que también nosotros demos esa misma vida a otros.

Que Dios el Señor nos conceda esa bendición en esta Navidad, tan necesaria, pienso yo, especialmente para quienes en su juventud o en su edad adulta están pensando en formar hogar.