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Fecha: 19981220

Título: Las senales de Dios

Original en audio: 13 min. 27 seg.


Hay veces que uno, agobiado por los problemas, o por la desesperación, siente que Dios no lo escucha, que Dios no le habla, que Dios no se manifiesta. Y en esos momentos, a veces uno le pide a Dios que le dé una señal.

Otras veces, uno tiene que tomar decisiones muy serias en la vida, y uno también espera, o aguarda una señal de Dios. Pero hay veces que Dios no da esas señales, o por lo menos no da las que nosotros estamos esperando.

Y como si fuera una especie de señal, como si fuera un rasgo de su sentido del humor, otras veces Dios da señales cuando no se las están pidiendo. Él dice por boca del profeta Isaías: "Hablé a un pueblo que no me buscaba" Isaías 65,1. Y también dice "¿Quién dio crédito a nuestro mensaje?" Isaías 53,1.

O sea que a veces nosotros queremos que Dios nos hable, y no nos habla. Y otras veces Dios quiere hablarnos, y nosotros no le hemos pedido ninguna señal.

Algo así es lo que se presenta en la lectura de Isaías. El rey Acaz se sentía angustiado. Se había anunciado una invasión al pueblo de Judá. El rey se sentía agobiado, y el profeta Isaías le dice: "Pide una señal al Señor, tu Dios" Isaías 7,11.

Acaz responde: "No la pido; no quiero tentar al Señor" Isaías 7,12.

Hay veces que la preocupación lo lleva a uno a pedir señales, pero hay veces que uno está tan supremamente agobiado, que no se atreve a pedir las señales.

¿Y sabe por qué? Porque uno teme que ese último recurso, que ese último amigo falle. Uno tiene miedo de que Dios no vaya a responder en la dirección que uno quisiera, que Dios de pronto vaya a pronunciar sentencia, vaya a sancionar lo que los hechos nos están gritando.

Así estaba Acaz. Acaz prefiere no pedirle una señal al Señor, porque teme que esa señal sea adversa, y que sea simplemente el pronunciar de una sentencia en su contra.

Acaz se siente realmente sin piso, y no pide esa señal. Entonces Isaías dice: "El Señor por su cuenta te da una señal: La joven está encinta, y va a tener un hijo, al que pondrá por nombre Emanuel" Isaías 7,14.

La versión hebrea original no dice "virgen", sino dice "la joven". Lo que parece que sucedió, fue que Isaías habló refiriéndose a la esposa del rey que estaba ahí presente. Isaías comprendió por inspiración del Espíritu, que en ese mismo instante, esa joven estaba embarazada. Y lo que le dice a Acaz es como una revelación que Dios le otorga.

El embarazo de la esposa de Acaz no se sabía. Probablemente no lo sabía ni ella, ni tampoco él. Pero Isaías recibe esa revelación de Dios, y le dice: "Tu esposa está esperando, ella está embarazada. Y ese hijo se llama "Dios con nosotros" " Isaías 7,14. "Esa es la señal que Dios te da: el embarazo de tu esposa. El hijo tuyo que está por nacer, esa es la señal".

Hay que saber que Acaz pertenecía a la dinastía de David. Y Dios había prometido a la dinastía de David, que siempre iban a tener un rey reinando.

Entonces cuando Isaías le dice a Acaz: "Tu esposa ya está esperando" Isaías 7,14, lo que le está diciendo es: "Mira que Dios cumple su promesa, mira que la dinastía sigue, mira que el germen no se ha muerto, mira que lo que Dios dijo se está cumpliendo. Y ése que está en las entrañas de tu mujer, ése va a reinar, ése va a estar en el trono en el que tú estás, y Dios sacará adelante sus palabras".

Ese es el sentido que Isaías le da a esa profecía. O sea que ese recién concebido, que probablemente nadie sabía que existía, tal vez ni la esposa de Acaz, ni el mismo Acaz desde luego, ese pedacito de humanidad, ese germen, ese embrión pequeñito, humilde en el vientre de esta mujer, ese es el signo, esa es la señal de la esperanza.

"Mira que hay una esperanza para ti; ya viene el germen, el reino va a llegar; Dios cumplirá su promesa". Una señal que estaba oculta en el cuerpo de esa mujer, una señal que estaba oculta de la luz del sol, una señal que sólo Dios sabía, estaba solamente ahí, en el vientre de esa mujer. Pero era la señal que Dios daba de su cumplimiento y de su promesa.

Este pasaje fue escrito primero en hebreo, y en hebreo prácticamente no hay diferencia entre mujer joven y virgen. El hebreo no hace una diferencia en ese sentido. Doncella sería la traducción. Una jovencita en hebreo, se dice con una palabra, que significa jovencita, o significa virgen.

Unos años antes de que naciera Jesucristo, la Biblia fue traducida del hebreo al griego. Resulta que en griego, sí hay dos palabras distintas para decir lo que es una joven, y lo que es una virgen. Y cuando los traductores fueron a transcribir este pasaje del capítulo séptimo de Isaías del hebreo al griego, tenían que escoger una palabra.

Probablemente ellos sabían que este pasaje se refería en primer lugar a la esposa de Acaz, que en términos biológicos no era virgen. Pero cuando fueron a hacer la traducción de este capítulo séptimo de Isaías, pusieron la palabra "parthenos", la palabra griega que significa una virgen.

Esa palabra "parthenos" en griego, todavía puede significar de alguna manera una jovencita sin más. Pero la palabra "parthenos" en griego, primero significa una virgen.

Esto nos está indicando, que a medida que fue pasando el tiempo entre ese siglo en que vivió Isaías, y el siglo en que se hizo la traducción al griego, el pueblo de Israel fue comprendiendo, que no sólo había en ese germen, en esa concepción, en ese hijo de Acaz, una señal para una victoria militar en un momento de asedio.

Efectivamente, Acaz salió vivo de ese problema, no sucedió la invasión, y Dios cumplió esa promesa.

Pero los israelitas fueron entendiendo, que la cosa no acababa en esa victoria militar, no acababa en la victoria sobre ese asedio, sino que ahí había una promesa: que Dios puede esconder su respuesta en el vientre de una mujer, donde nadie lo mira, donde nadie lo escucha, donde nadie lo cree, donde nadie lo siente.

En el vientre de una mujer, en lo más profundo del cuerpo y del amor de una mujer, Dios puede tener escondida su respuesta. Y por eso, porque entendían que Dios es la única señal, habían llegado a pensar antes de que naciera Jesucristo,- esto es lo más valioso de esa traducción, que es llamada "la traducción de los Setenta" -, que Dios es el único que puede dar verdadera respuesta.

Y por tanto habían llegado a creer, que Dios podía hacer fecunda la vida de una virgen. Esta fecundidad en la virginidad, no es una negación a la sexualidad, no es asco, ni miedo, ni descalificación de la sexualidad, no es un rechazo, no es una desaprobación del ser masculino, ni de la relación sexual. Esta concepción virginal, lo que está indicando, es: "Sólo Dios es la respuesta".

Y Dios esconde sus respuestas, las esconde como se esconde el embrión en el vientre de la mamá, como cada uno de nosotros algún día estuvo escondido en el vientre de la propia madre. Porque cada uno de nosotros, de alguna manera, es una palabra que Dios también tuvo escondida, una promesa que pudo llegar a este mundo.

Se ha dicho bellísimamente: "Cada niño que nace es una prueba de que Dios no ha perdido la esperanza en la humanidad". Cada niño que nace es una edición distinta, es una edición nueva de lo que significa humanidad, es una propuesta diferente. Cada niño es una Navidad.

Pero hay un Niño que es la Navidad, un Niño en el que están todas las respuestas de Dios, un Niño que como todos nosotros estuvo escondido en el vientre de su Madre. Y allí, en el silencio de ese Sagrario, en el silencio de ese Templo, escuchó a través de la carne de su propia Madre, las plegarias de Israel.

María era una judía piadosa, una judía que oraba. Las oraciones de María, la voz de María, fue la música que escuchó ese embrión, ese germen de salvación que estaba allá escondido.

Y mientras el mundo entero corre detrás de lo que parece más importante, más vistoso, de lo que parece más adinerado, o más poderoso, la respuesta de Dios llegaría de la humildad de ese vientre, de ese silencio, y de esas oraciones.

Ya los judíos anteriores a Jesucristo habían presentido: "Dios nacerá de una Virgen". Y así vino a suceder. Por eso, cuando el Ángel le explica a José, y le dice: "No tengas reparo en llevarte a María; la creatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo" San Mateo 1,20, José, que también era hombre de fe, hombre de piedad, y hombre que conocía la Escritura, comprendió que a su lado estaba aconteciendo algo maravilloso: era la visita misma de Dios.

Sin duda alguna, él la conocía muy bien, él la amaba muy bien, él la admiraba muchísimo, él sabía que se trataba de una Santa, de una mujer de Dios.

Pero cuando el Ángel le dijo estas palabras, entonces José empezó a entender hasta dónde Ella era de Dios, y hasta dónde Dios a través de esas entrañas, y de ese silencio misterioso pero fecundo de María, estaba preparando una Palabra, la Palabra de salvación que es Jesucristo, a quien todos nosotros aguardamos en Navidad.

Ese silencio amoroso, gozoso y creyente de María, esa fe gozosa, ilustrada por la Palabra, ilustrada por el Ángel de José, ese silencio y esa fe, ese gozo y esa esperanza, son como las características, son como los sentimientos, son la cuna en la que nosotros podemos recibir a Jesucristo.

Con esa fe, con esa humildad, con ese silencio, preparando en nosotros nuestra vida como el vientre de María, nuestra vida como ese Pesebre, para que venga Jesús, y en nosotros pronuncie una palabra nueva, una existencia nueva, inesperada, fantástica, única, la que sólo Él podía darnos.