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Fecha: 20071209

Título: La invitacion del Adviento es a descubrir la dinamica del amor de Dios

Original en audio: 8 min. 49 seg.


Adviento es una palabra que viene del latín y que significa “la llegada”. Lo que nosotros estamos celebrando es la venida, la llegada de Jesucristo nuestro Salvador.

Pero para poder recibir todo lo que Cristo nos ofrece nos preparamos. Tenemos cuatro domingos de Adviento, están representados precisamente por esas cuatro velas del círculo de la corona de Adviento.

El círculo mismo hace referencia a ese círculo que es el año. El año es eso, ¿no? Es una vuelta, la vuelta, el retorno de las estaciones. Así entendían los antiguos que era un círculo. Ahora nosotros con la astronomía sabemos que la tierra da sus vueltas alrededor del sol, y por consiguiente esa imagen de un círculo, aunque que es una elipse lo que hace la tierra, pues evoca el tiempo que va pasando y Dios que permanece.

El color violeta o color morado es un color que alude a la actitud de penitencia, de conversión. Es un color discreto, es un color humilde. Contrasta mucho sobre todo con el rojo y con el blanco. Es un color que indica el recogimiento de quien está a la escucha. Es un tiempo que nos invita a mirar un poco hacia adentro.

La palabra fundamental en la predicación de Juan Bautista es: "Conviértanse". Es una invitación a hacer el bien: "Aprende a hacer el bien". De eso se trata. La conversión es dejar el mal que uno está haciendo; es aprender a hacer el bien.

No se trata de cambiar las apariencias como querían hacer de pronto estos fariseos o estos saduceos de los que habla el evangelio. No es hacer una apariencia, es tener un cambio real en nuestra vida.

Y por eso el cambio no sólo se queda afuera como el agua que nos lava y que corre, sino que es un cambio interior. Juan Bautista nos habla de esa acción interior como el fuego que transforma. El fuego hace distintos los alimentos, por ejemplo, o el fuego se utiliza para purificar. Todavía hoy muchas cosas se limpian así con agua muy caliente o sometiéndolas a temperaturas muy altas.

Hoy tenemos el bautismo de Judith; entonces Judith va a ser sometida a una temperatura altísima, va a ser sometida a la temperatura del Corazón de Cristo que nos amó con un fuego irreprimible.

Ese es el Adviento, es una mirada humilde, recogida, que nos invita a prepararnos para la llegada de Cristo para experimentar su fuego, para encontrar su luz.

Por supuesto, ese es el significado de la vela blanca que está en el centro. Que ya nos anuncia que viene un tiempo que se llama el tiempo de la Navidad, esa vela blanca es la luz de Jesucristo, la luz de Cristo.

Recordamos que cuando celebramos la Pascua también utilizamos una gran vela blanca que se llama el cirio de la Pascua, el cirio pascual. Este es más discreto pero es el mismo Cristo, es la misma victoria, es el mismo blanco de gloria.

Entonces ya sabemos que son cuatro semanas de Adviento. Como estamos en la segunda o este es el segundo domingo de Adviento, por eso tenemos dos velas encendidas y sólo dos. No es que a alguien se le olvidó encender las otras, sino que apenas estamos en la segunda, entonces hay que tener paciencia.

No se pierdan el desenlace. La próxima semana ustedes verán tres velas encendidas, y luego, las cuatro, y luego, en Navidad, la plenitud de la luz.

Pero hay una vela que tiene algo que es más tierno, que es más suave que el violeta, que el morado. Es ese color rosado.

Resulta que en el Adviento hay un domingo especial, que es el tercer domingo, es un domingo en el cual como que ese espíritu tan fuerte, de pronto tan duro, ese lenguaje tan duro de “conviértete, deja el pecado”, ese lenguaje se aligera un poco, no porque deje de ser importante convertirse, sino para recordarnos que en nuestra conversión tiene que haber alegría también.

El morado es un color, de algún modo, triste; entonces por eso tenemos un domingo rosado. En Cuaresma, que es otro gran tiempo de conversión, también hay un domingo rosado; me parece que es el quinto domingo de Cuaresma.

Ese rosado que viene como a aliviar como la dureza del morado, lo que nos quiere decir es que nuestra conversión tiene también una nota de alegría. Quiere recordarnos que no se trata simplemente de castigarnos y castigarnos o deprimirnos porque hemos hecho mal.

Ese rosado nos habla de la suavidad, nos habla de la ternura, nos habla de la alegría que hay en medio de la conversión. Es decir, nosotros no nos estamos convirtiendo porque Dios es un juez implacable, sino nos estamos convirtiendo porque Dios es un papá lleno de amor y porque realmente tenemos la gozosa esperanza de encontrarnos con su abrazo, encontrarnos con su ternura.

Por eso, el tercer domingo de Adviento que será el próximo, nos vamos a encontrar con esa vela rosada encendida que nos recuerda que sí hay que convertirse pero hay que convertirse en espíritu de alegría, en espíritu de confianza y de esperanza.

Este mensaje llega muy a tiempo con la encíclica del Papa Benedicto, o mejor digo lo contrario, el Papa quiso que su reciente carta, su reciente encíclica sobre la esperanza fuera publicada precisamente para el Adviento, que es el gran tiempo de la esperanza de la Iglesia.

Vamos a seguir, pues, esta celebración dándole gracias a Dios, tomando en serio la palabra del profeta. No se trata de guardar apariencias, se trata de volver a Dios con todo el corazón, se trata de comprender que tenemos que ser transformados por ese fuego que todo lo cambia. Se trata de descubrir la voz de Dios.

Por eso vivía Juan Bautista en el desierto. Desierto es el lugar de cierta separación y de cierto silencio. Y nosotros somos invitados también en el Adviento a ser eso. Cada vez en más parroquias, en más lugares se hace por lo menos un retiro de Adviento para todo el mundo, para todo el que pueda asistir.

Me parece una idea muy buena; tenemos que aplicarla pronto. Un retiro de Adviento; un retiro es como un desierto, es como tomar un tiempo aparte de nuestras actividades, apartarnos, alejarnos, como se aleja uno cuando va al desierto para escuchar con mayor atención la voz de Dios, para dejarnos cautivar por esa voz, y sobre todo para dejarnos transformar por ella. Así nos lo conceda el Señor como se lo pedimos con fe y con amor.

Amén.