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Fecha: 20041205

Título: Al convertirnos nos damos cuenta que lo mejor de nuestra vida esta por suceder cada dia

Original en audio: 31 min. 49 seg.


¿Será que a Dios le interesa que un oso pequeño, un osezno, se pueda recostar con un ternerito? ¿Le interesará a Dios que un cabrito se pueda recostar junto a un leopardo? ¿Será que a Dios le interesa que eso suceda con esos animales?

El profeta Isaías representa el tiempo del Mesías, el tiempo nuevo que trae Dios, lo representa con estas imágenes en las que suceden cosas fantásticas: animales que son fieros aparecen en tranquila convivencia con otros animales que parecen indefensos.

Pero desde luego, esta revelación no es para que vayamos a contársela a los osos, las vacas, los leopardos y las cabras; esta revelación tiene que ver con nosotros los seres humanos; esta palabra se dirige a nosotros.

Y por eso, es a nosotros a quienes corresponde averiguara qué significan esas imágenes de unos animales feroces que pueden recostarse, que pueden estar tranquilos en tranquila convivencia con otros.

¿Qué quiere decir eso? Vamos aplicando el método de las preguntas, ¿qué quiere decir eso? Lo que eso quiere decir se entiende un poco cuando pensamos en las personas y en la manera de obrar de las personas.

Cuando una persona es muy astuta decimos: “Es un zorro”, y si una persona anda metiendo historias y chismes decimos: “Lengua de serpiente tiene”, y si una persona es desagradecida decimos: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”.

Es decir, estos animales podemos tomarlos como interpretación de lo que a veces somos los seres humanos. Este cuadro que está pintando Isaías de panteras, leopardos, tigres, víboras no es tanto para retratar animales, es para contar de qué manera nosotros los seres humanos podemos llegar a ser transformados cuando llegue el Mesías.

Parece imposible que un oso esté tranquilo y se sienta cómodo junto a un ternero; parece imposible que un leopardo esté tranquilo junto a una cabra; pues del mismo modo parece imposible que muchas personas cambien.

Pero lo que está prometiendo Isaías es: “Si a ti te parece tan extraño que estos animales cambien, has de saber que Dios tiene poder suficiente para transformarlos a ellos y a quienes ellos representan, es decir, a los seres humanos, a nosotros”.

De lo que se trata en últimas es que entendamos, hermanos, que nadie está condenado a ser siempre un zorro o una lengua de serpiente.

Y que si hasta ahora hemos sido eso, si hasta ahora hemos sido tercos como mulas, o hasta ahora hemos sido tontos como burritos, o hasta ahora hemos sido apestosos como algunos animales, como el zorrillo, que Dios puede cambiarnos, que no estamos condenados a nuestra antigua naturaleza, que tú no estás condenado a ser lo que eres, que Dios tiene el poder de transformar tu naturaleza.

No importa mucho si los osos se ponen de acuerdo con las vacas, eso no interesa. Lo que sí interesa es que nosotros los seres humanos podemos ser cambiados, podemos ser transformados por el Señor. Es un mensaje de tremenda esperanza el que nos da Isaías, y yo lo expreso con esta frase: “No estás atado a tu pasado, no estás encadenado a tu pasado, tu naturaleza puede ser transformada”.

Hace poco conocí un matrimonio muy amables, muy lindos, buenos esposos, buenos papás, llenos de amor y fervor; un hogar que me dejó tremendamente edificado. En un momento me dice la esposa: “Si usted lo hubiera conocido a él hace unos años no creería que es la misma persona”.

Claro que luego hablé con él y me dijo: “Si usted la hubiera conocido a ella hace unos años no hubiera creído que es la misma persona”. Y las dos cosas son ciertas. Dios cambió totalmente a ese hombre como si fuera otra persona, y Dios cambió totalmente a esa mujer como si fuera otra persona.

Dios puede cambiar tu naturaleza, Dios puede cambiar lo que tú eres, no estás atado a tu pasado, no estás condenado a ser lo que siempre has sido. Porque eso es lo propio de los animales. El cuervo es desagradecido desde pequeño hasta que se muere. Y la serpiente es artera y cruel desde pequeñita hasta grandecita.

Y el leopardo y el tigre, cada uno de ellos tiene su misma naturaleza todo el tiempo. Si Isaías nos dice que esos animales cambian es como diciéndonos: “Eso puede hacer Dios contigo. Dios puede transformar tu naturaleza".

Nosotros a veces encadenamos a las personas a su pasado: “No, no, no, yo ya sé cómo eres tú, tú siempre…”. Decía un psicólogo: “No hay frases más peligrosas que las que tienen los adverbios "siempre" y "nunca”.

Cada vez que utilizamos las palabras "siempre" y "nunca", estamos encadenando a alguien a su pasado. “Tú siempre con esa historia, nunca vas a cambiar”. Con esas palabras estamos tratando a la persona y diciendo: “lo mismo que un oso tarde o temprano hace el oso, lo mismo que un burro hará su burrada, tú siempre con lo mismo”.

Pero la Biblia me está diciendo el día de hoy: “No, es posible una transformación, es posible un cambio, lo mejor de ti está por aparecer”. Y eso es lo que también nos dice el evangelio con la palabra conversión.

Conviértete quiere decir: empieza a ser lo que no te has atrevido a ser hasta ahora, empieza a ser, empieza a ser lo que Dios ha querido para ti y que tú hasta ahora le has dado la espalda. Esa es la nueva vida, no estás encadenado.

Como cristianos no podemos utilizar las expresiones "siempre" o "nunca": “Pero es que tú siempre...", "nunca...”, no, no las utilizamos, y no las utilizamos porque el Señor puede cambiar a las personas. Nuestro Dios es un Dios que hace maravillas.

A mí qué me importa si se recuestan o se apoltronan o se duermen un oso y una vaca, eso no tiene importancia para mí, pero el mensaje que se me da es muy grande: “Dios puede cambiar mi naturaleza, Dios puede cambiar lo que yo soy, Dios puede transformarme”. Y la razón por la que Dios puede transformarme es porque Él es el Creador, y el creador puede volver a crear.

La conversión es como una nueva creación, por eso hablamos de nuevo nacimiento, por eso hablamos de nueva vida, porque es como empezar de nuevo. El que te creó te puede volver a crear, esa es la conversión, darle la oportunidad a Dios para que haga su obra a su manera. Dios tenía un plan pero yo le he estropeado, he estorbado ese plan con una cosa que se llama el pecado.

A través de la confesión sacamos de nosotros ese pecado, arrojamos de nosotros ese intruso, quitamos eso que nos estorba para que el Señor pueda realizar su plan. Lo mejor de ti está por aparecer.

¡Si Dios pudiera contarte lo que ha pensado para ti! Algunas veces podemos hacernos una idea de los cambios que Dios trae a la vida de las personas, y siempre me gusta recordar el caso del Apóstol Pedro.

Pedro era un pescador, como sabemos, a orillas del mar de Galilea. No era tal vez una vida mala, probablemente era un hombre honrado, probablemente llevaba una vida buena; él no se podía imaginar los planes que Dios tenía para él. Lo mejor de su vida empezó el día en que le dijo a Jesús: “Voy contigo, voy a seguirte, voy a ser discípulo tuyo”.

Tú no te puedes imaginar las maravillas que Dios tiene pensadas para ti, pero Dios no te va a obligar; Dios llama, tú le puedes responder; Dios te invita, tú le puedes aceptar la invitación.

El Adviento, mis hermanos, todo el Adviento es un llamado a conversión, es un llamado a abrir la puerta al Señor y decirle: “Te doy permiso, Dios, te doy permiso de que hagas tu obra a tu manera, obra en mí como tú quieras”.

El Señor puede hacer obras maravillosas. De ese humilde y anónimo pescador en Galilea, tenemos al príncipe de los apóstoles, al primer Papa, a aquel que con su testimonio y con su vida es como un modelo para tantos de nosotros. Ese es Pedro el de Galilea, el Apóstol San Pedro.

Lo mejor de mi vida está por suceder. Yo quisiera que cuando saliéramos de este recinto, cuando saliéramos a las calles lleváramos muy claro en nuestra mente esa frase: “Lo mejor de mi vida está por suceder", lo mejor está por suceder, todavía no ha empezado. Dios quiere transformar tu naturaleza.

Si acaso ustedes han leído la biografía, por ejemplo, de la Madre Teresa de Calcuta, tal vez una de las personas más conocidas y más admiradas de nuestro tiempo, la Beata Teresa de Calcuta.

Cuando ustedes miran lo que fue la juventud de esta mujer, cuando ustedes miran la vida en la primera comunidad en la que ella estuvo, porque ella primero fue religiosa de otra comunidad, luego se retiró para fundar las Misioneras de la Caridad, las que llamamos las Hermanas de la Madre Teresa, pero se llaman en realidad Misioneras de la Caridad.

Ellas, en ese momento tú la hubieras visto, te la hubieras podido encontrar por la calle y hubieras visto una muchacha más bien común y corriente, y cuando estaba de religiosa en la primera comunidad en la que estuvo, también hubieras visto: "Bueno, sí, una monjita, una hermanita que pasó ahí".

Ella no se podía imaginar, nadie se podía imaginar la obra maravillosa que Dios tenía pensada para esa mujer. Es que no sabemos qué maravillas hay aquí en esta misma asamblea, es que no lo sabemos, hermanos.

Yo lanzo estas palabras en el Nombre de Cristo, y yo no sé quién está aquí, y yo no sé qué planes tendrá Dios para las personas que están aquí. Yo no sé si de pronto, aquí tenemos a un presidente de la república, aquí tenemos a un gerente, aquí tenemos a un gran artista, y aquí tenemos al que un día será Arzobispo de Asunción. Yo no sé, tal vez está aquí.

Dios transforma nuestra naturaleza, Dios tiene planes maravillosos y Dios quiere inaugurar la mejor parte de tu vida, Dios quiere empezar la mejor parte de tu vida. No le pongas límites al Señor, Él tiene cosas fantásticas, incluso si ya has iniciado un proceso de conversión. ¿Quién ha dicho que porque yo realizo tal o cual obra buena ya eso es lo quería Dios?

Vuelvo al ejemplo de la Madre Teresa. Ella no era una religiosa mala, en la comunidad en la que estaba ella no era una religiosa mala, pues tenía algunos problemas normales entre comillas con las otras hermanas, es normal. O sea, uno sabe que donde hay seres humanos pues hay dificultades. Ella no era una persona mala, pero lo mejor de su vida estaba por suceder.

O sea que si tú estás evangelizando, si tú ya evangelizas y vas a otras partes y te toca salir de noche "porque me tengo que ir para Argentina" y no sé qué más historias, y viajas y vas a unas partes y otras, eso no significa que ese sea todo el plan de Dios.

Lo mejor de mi vida está por suceder. Dios quiere abrir paso a la mejor etapa de mi existencia, y la puerta para esa etapa bella de unión con Él, la puerta se llama conversión. Si me abro a la conversión le doy el derecho a Dios de abrir verdaderamente esa etapa.

Pero hay una condición, hay que abrir esa puerta con sinceridad. La hipocresía es un obstáculo mayúsculo para recibir la vida nueva que Dios nos trae.

Cuando Juan Bautista estaba precisamente predicando conversión, hubo algunos que se acercaron, pero se acercaban de una manera hipócrita. Eran los saduceos y los fariseos, ellos iban a espiar a ver qué era lo que hacía, a ver qué era lo que decía. No llevaban un corazón dispuesto a ser cambiado, querían recibir información.

Dios te dice: "Mira, no es asunto de que tú te enteres únicamente, no es asunto de que recibas información, es asunto de entregar el corazón a Dios, es asunto de decir: "Señor, ¿qué estoy frenando yo? ¿Qué estoy frenando yo?" Y esto nos lo tenemos que preguntar todos.

A veces creemos que la conversión es únicamente cuando la gente dice: "Yo era un terrible alcohólico, ahora fumo mucho". No, hermanos, no es únicamente dejar el cigarrillo, dejar el alcohol, dejar las mujeres o dejar los hombres, según sea el caso.

El tema no es únicamente dejar los vicios. El tema es: ¿qué no le he dejado hacer a Dios en mi vida? Ese es el tema. ¿Qué es lo que le estoy frenando a Dios en mi vida? Y por eso la conversión es algo que de alguna manera nunca termina. Por eso todos los años tienen su Adviento y todos los años tienen su Cuaresma que son como los dos grandes llamados a conversión.

Por lo menos dos veces al año la Iglesia nos pone a los sacerdotes a vestir de este color, color de penitencia, color de abnegación, color de recogimiento, porque queremos vivir y predicar la conversión. Adviento y Cuaresma son dos grandes tiempos de llamado a la conversión.

¿Y por qué tantos llamados a la conversión? ¿Será que porque la gente sigue siendo alcohólica o viciosa? ¡No! El tema es ¿qué le estoy frenando a Dios? Sí, es verdad, predico y voy a una parte y otra, hago cursos en el exterior y tengo página en el Internet y no sé qué más.

Pero, ¿qué le estoy frenando a Dios? ¿Qué no le he dejado hacer a Dios? ¿Qué quiere hacer Dios y yo se lo estoy impidiendo por mi ceguera, por mi terquedad, por mi comodidad, por mi egoísmo o por estar compitiendo con otras personas?

A veces nos enredamos tanto con las otras personas, y en que en si hacen, en que si miran, no miran, me miraron, pensaron, torcieron la boca, la destorcieron, yo creo que, no sé, quién sabe. Nos enredamos en las personas.

¿Qué le estoy frenando a Dios en mi vida? Esa es la conversión. Y esto se lo tiene que preguntar, lo digo con todo respeto, desde el santo padre en Roma, desde Juan Pablo II en este caso, en Roma, hasta el último de los fieles cristianos, que tal vez seamos nosotros, tenemos que preguntarnos esto: ¿qué le estoy frenando a Dios?

Lo mejor de mi vida está por suceder, pero tal vez yo ya me sacié. ¿Saben cuáles son las conversiones más difíciles? Las conversiones más difíciles no son las de las personas que están metidas en grandes vicios, pecados o problemas. Casi siempre cuando una persona está metida en grandes vicios o problemas, sabe que está obrando mal.

Por eso Jesús dijo: “Publicanos y prostitutas les llevan la delantera” San Mateo 21,31. Eso no lo decía Jesús porque esas personas fueran moralmente mejores que el resto de la población. Jesús lo decía porque esas personas normalmente tienen conciencia de que están obrando mal y por eso hasta les queda más fácil arrepentirse.

El problema no son esas personas, el problema es la gente que dice: “Yo ya me convertí”. Como decía una amiga mía que tristemente murió a edad prematura, creo que hubiera podido vivir mucho más, pero bueno, el Señor la llamó.

Una ama de casa, una mujer de evangelización maravillosa, María Isabel de Márquez. Como decía ella: "El problema es la conversión de los buenos", ese es el problema. “Yo ya me convertí”, ¡qué frase tan triste para un cristiano!

A ver, en cierto sentido sí me convertí o el Señor me convirtió, en cierto sentido sí; yo no puedo negar la obra que Dios ha hecho hasta ahora, ¡pero tampoco puedo negar la obra que me hace falta!

¡Qué maravillas quiere hacer Dios conmigo y yo no se las estoy dejando hacer, porque estoy apegado a mis costumbres, a mis modos de pensar, porque me da pereza, porque soy un cómodo, un cómodo de siete suelas y ya me acostumbré a hacer las cosa de determinada manera, y ya como las hago así, siempre es más fácil repetir lo mismo!

Una vez fue un obispo a hacerle visita, lo que se llama visita canónica a un párroco, a una parroquia fue y entonces era la época de Semana Santa y el obispo miraba un poco lo que había preparado el párroco para la Semana Santa.

El párroco llevaba muchos años ahí, para ser exactos llevaba veintidós años en esa parroquia, y le dice el obispo al párroco: “-Noto que usted ha celebrado solamente una Semana Santa”. Y el sacerdote se asustó y le dijo al obispo: “-Pero cómo así, excelencia, yo siempre estoy aquí en Semana Santa, yo siempre he celebrado la Semana Santa aquí, ¿por qué me dice eso?”

"Noto que solamente ha celebrado una Semana Santa", volvió a decirle el obispo. "-¿Por qué me dice eso?" Repite el sacerdote, son veintidós Semanas Santas que he celebrado". Y le dice el obispo: “-Tú no has celebrado veintidós Semanas Santas, has celebrado la misma Semana Santa veintidós veces”.

Uno se apega a un estilo, uno se apega a unas ideas, uno dice: “Ya sé cómo se hace esto, ya sé cómo se predica, ya sé cómo se evangeliza, ya sé cómo se canta”. Eso frena el evangelio.

Cuando uno dice: "Ya sé cómo se predica"; digamos que he predicado y que el Señor ha hecho obras, pero cada vez que me encuentro con un nuevo grupo tengo que aprender a predicar, porque este instante, este domingo aquí con ustedes nunca jamás existió antes en la historia y nunca jamás volverá a existir, este momento es único para ustedes y para mí.

De manera que si yo llego aquí a decirles a ustedes: “Ah yo ya sé, sí, este es segundo domingo de Adviento ciclo A, ah, esto es pan comido, yo ya sé predicar esto”. ¿Qué pasa? Cuando yo ya sé empiezo a repetir, y cuando empiezo a repetir el cassette, entonces usted empieza a sentir que el padre es tan aburrido.

La Palabra es nueva, esta Palabra se vuelve nueva cada día, cada hora, cada instante, yo no puedo quedarme con que: “Como soy de la Renovación Carismática, ya sé evangelizar, yo ya sé imponer manos, yo ya sé...” La frase “yo ya sé” es tan peligrosa como “yo ya me convertí”. Ambas son terriblemente peligrosas.

Lo mejor de mi vida está por suceder; esa es la frase número uno. Cuando usted salga a la calle llévese esa frase: “Lo mejor de mi vida está por suceder”, y por consiguiente una pregunta: ¿qué le estoy frenando a Dios en mi vida? Sí, que ya canto, que ya predico, ¿y? Los únicos que siempre encuentran la voluntad de Dios tienen un nombre.

Una gran santa a la que le debo muchísimo, muchísimo, se llama Catalina de Siena, vivió en el siglo XIV, una virgen seglar, mujer enamorada de Jesucristo, de las almas de fuego, ella les tenía un nombre a las personas que siempre buscan y siempre encuentran la voluntad de Dios: son insaciables.

Lo que tenemos que preguntarnos, no importa cuánta gente se haya convertido. A ver ¿cuánta gente se ha convertido? Supongamos que a través de la predicación del padre Pepito Pérez se han convertido dos millones de personas, ¡uy qué padre, por Dios, dos millones de personas! Bueno, ¿y qué hacemos con los otros cinco mil novecientos noventa y ocho millones que faltan?

Ningún número es suficiente hermanos, ningún amor es suficiente, los verdaderos santos han sido todos insaciables, insaciables.

¿Ustedes se acuerdan de San Vicente de Paúl el gran apóstol de la caridad, famoso por su entrega a los pobres? San Vicente murió de viejo pensando hasta el último día cómo podía hacer mayor bien a los pobres, cómo podía llegar a otros, cómo podía hacer crecer las misiones, cómo podía...

Los santos son así: insaciables. San Vicente de Paúl no se consideraba ya convertido, ni él decía: “Ah, yo ya sé cómo se maneja el tema de los pobres, yo soy experto en pobres, ¡ah, eso para pobres llámenme a mí!” No, hasta el último día.

En el convento donde vivo, en Irlanda, San Saviurs se llama, murió un sacerdote con fama de santidad. Hasta donde yo lo conocí, durante un año, yo estoy de acuerdo con eso, me parece que ese hombre era un santo; más de ochenta años, a los más de ochenta años seguía buscando maneras de evangelizar.

Y mire las cosas que se le ocurrían a este santo sacerdote: llegaba un circo a la ciudad, ¡un circo! Llegaban los payasos, y llegaban los gorilas,los leones, allá llegaban a Dublín, llegaba un circo.

Él, junto con otros amigos de la Legión de María, iba a visitar al circo. ¡Imagínense, a quién se le ocurre eso! Y miren lo que hacía: Iba allá y los visitaba y les decía: “Bienvenidos a la ciudad de Dublín, ustedes van a tener unas presentaciones aquí, pero tal vez algunos de ustedes son católicos, de pronto les interese confesarse, porque como ustedes viajan tanto debe ser difícil confesarse”.

A los ochenta y cuatro años este viejito se le ocurrió: "Oiga, nadie piensa en evangelizar a la gente del circo". Y él dijo: “Pues yo me voy a ir a evangelizar a un circo”. Eso es un santo.

Él perfectamente hubiera podido decir: “Yo ya a mi edad, yo ya he evangelizado; mire, confesar, yo ya sé confesar; predicar, yo ya sé predicar”. Pero él no se detenía. El que tiene amor adentro jamás se detiene.

¿Tú has visto al viento quieto? El viento no se detiene, el Espíritu jamás se detiene. El día que un carismático me dice: “Yo sé predicar”, ese día digo: “Dejaste de ser del Espíritu”.

Hermanos, ¿qué me hace falta? Lo mejor de mi vida está por suceder.

La gente que se aburre; yo siempre le recomiendo a todos: "Hombre, no se aburra"; la gente que se aburre en los grupos de oración o en la Renovación Carismática, ¿saben por qué se aburren? Se aburren porque ya aprendieron lo que tenían que aprender; porque ya saben levantar manos, ya saben cantar, ya saben el repertorio, ya saben danzar, ya saben reír, ya saben orar en lenguas, "ya se me acabó el repertorio, ya quemé esa etapa".

Me decía una vez por allá un señor: “Ah sí, sí, sí,¿Usted está en qué? Ah, sí, en los grupos de oración, yo ya quemé esa etapa, ya pasé”. ¡Qué tristeza!

Un santo es un insaciable. Que sí, que puedo cantar, lo que sea, no importa lo que he hecho; que puedo predicar, si; que puedo visitar enfermos, sí. Pero, ¿qué me hace falta? ¿Qué le estoy frenando a Dios? ¿Cómo puedo atravesar con sinceridad la puerta de la conversión y empezar lo mejor de mi vida? Esa es la pregunta.