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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20011209

Título: El mensaje de un Profeta

Original en audio: 11 min. 40 seg.


La Iglesia quiere que en este segundo domingo de Adviento fijemos nuestra mirada en ese personaje, ese hombre atrayente, misterioso, rudo, sincero, un hombre hecho como de fuego.

Su nombre, Juan, pariente de Nuestro Señor Jesucristo, y por el oficio que realizó en el ministerio público que Dios le encomendó, lo llamamos Juan el Bautista, Juan el de los bautismos, el Bautizador.

¡Qué figura extraña, y sin embargo, cercana a la vez! Es extraña por su manera de vivir, es extraña por la dureza de sus palabras, pero resulta cercana a nosotros, porque lo que él denuncia, la hipocresía contra la que él se opone, y la verdad que él busca, son las mismas luchas, las mismas búsquedas de nuestro corazón, y me atrevo a decir, de los corazones de todos los tiempos.

Juan es un hombre que vive en el desierto. Ese vestido tan extraño que lleva, y esa dieta tan rara, tienen una razón de ser. Se viste de piel de camello, se alimenta de langostas y miel silvestre; es decir, encuentra todo su sustento, encuentra el alimento y el vestido, encuentra la vivienda y el descanso, en el desierto.

Y esto, sólo esto ya, es un mensaje profético. No se nos olvide, hermanos, que los profetas hablan, no sólo cuando abren la boca; su modo de vida es ya un mensaje. Y en el caso de Juan, vivir en el desierto, y ser sostenido por la providencia de Dios en el desierto, es un gran mensaje.

¿Por qué? Por tres razones. Primera, porque el tiempo de mayor amor, de mayor unidad y amor entre Israel y Yahveh, fue el tiempo del desierto; fue en el desierto, cuando los israelitas no tenían nada. Fue allí, donde descubrieron que Dios era todo.

Y así Juan, con su forma de vida, está mostrando que el mismo Dios que fue capaz de sostener a un pueblo en el desierto, es el mismo Dios que lo sostiene a él. Su manera de vivir y de comer, está llevando la memoria del pueblo hacia los tiempos grandes del amor entre Yahveh e Israel.

En segundo lugar, Juan el Bautista, con ese modo de vestir y de comer, está separándose de un sistema social, está denunciando un sistema social.

Su pueblo está bajo el dominio de los romanos, pero en el desierto no mandan los romanos. En el desierto nadie puede vivir, en el desierto nadie manda; o mejor dicho, el único que manda es Dios. De modo que Juan, viviendo en el desierto, está deslindándose, está separándose de todo un sistema.

Hace unos treinta y tantos años, empezó con una fuerza impresionante el movimiento hippie, y luego ha tenido otros hijos, sobrinos y nietos, entre los cuales está el piercing, el tatuaje y los peinados raros.

Pues todas esas actitudes del hippie, que desgreñado vive en un parque haciendo artesanías con alambritos, o del punk, que se hace una cresta de gallo, o del que se cuelga un poco de argollas en la lengua o los cachetes, son actitudes de rebeldía frente a un sistema social; con el grave problema de que el hippie no logra separarse completamente de ese sistema.

Lo denuncia, pero pone una página en Internet; lo critica, pero recibe los pesos o dólares que le den. Y además, el verdadero hogar del verdadero hippie, está en las nebulosas dudosas de la droga.

Juan Bautista es el hombre al que hay que ver antes de volverse hippie. Yo creo que si yo no hubiera conocido el vigor de la predicación de Juan Bautista, y sobre todo, el encanto del Corazón de Jesucristo, quién sabe qué alambritos estaría torciendo yo en cuál parque.

Porque a mí, lo mismo que a muchos de ustedes, me fastidian una cantidad de hipocresías y mentiras, de injusticias y traiciones que tiene este sistema social, donde muchas veces ascender, significa apoyarse en el cráneo de otro. Se asciende por vía de traición, de mentira, de lambonería. Eso fastidia, eso da asco, eso apesta.

Y el amor humano, la amistad y la familia apestan muchas veces, y uno siente, de pronto siente ganas de volverse hippie, volverse un Rolling Stones, volverse por allá un rebelde, y eso es lo que tienen los muchachos que se cuelgan tres argollas aquí, se perforan la fosa nasal, y se ponen un tatuaje con un diablo bien salvaje en la espalda. Están tratando de decir: "¡Eh, su sistema social vale muy poco!"

Pues bien, toda esa gente tendría que mirar los ojos de Juan el Bautista. ¡Ese sí es un rebelde! ¡Ese sí es uno que la supo hacer completa! ¡Ese no se fue a los paraísos artificiales de la droga!

Por eso, el Evangelista especificó, qué era lo que él comía, para que nadie pensara que el hombre la fumaba verde. Langostas y miel silvestre, piel de camello: un hombre libre, un hombre separado del sistema social, un hombre que se convierte en una especie de conciencia.

En nuestro país somos expertos en varias cosas; una de ellas es en criticar. Tenemos unos columnistas, sobre todo en revistas de amplia circulación, columnistas expertos en ser ácidos, amargos, que echan, critican contra todo el mundo, el presidente, Castaño, Tirofijo, Jojoy, Bush, Osama; todo el mundo está mal, todo el mundo... .

Hace poco leía una columna de uno de esos señores amargos; ustedes ya saben de quién estoy hablando, pero no lo voy a decir; uno de esos tipos amargos, ácidos, que critican a todos. Lo leía en Internet, y como el Internet tiene la ventaja de que hay retroalimentación, la gente también pone mensajes ahí.

Y había una cantidad de mensajes, diciéndole a este ilustre periodista ganador de un Simón Bolívar: "¡Buena esa! Usted es la conciencia de este país".

Yo me acordaba de Juan Bautista, sobre todo porque Juan Bautista también tenía barba, y decía: "Bueno, pero este señor, ¡bonita la gracia! Todo lo critica: del Papa al presidente, del terrorista al terrateniente, del guerrillero al autodefensa. ¡Muy bonito!"

Bonita manera de ser conciencia: echarle a todo el mundo, criticar a todo el mundo, renegar de todo el mundo. Muy fácil ser conciencia así. Porque, ¿cuál es el ser humano que no es criticable? ¿Cuál es la vida que si usted no la espulga bastante, no le encuentra uno que otro escándalo?

Póngase a revisar la vida de la gente de su familia, póngase a revisar la vida de un convento, o la vida del Congreso de la República, y tendrá para escribir cientos de columnas, y ganarse premios Simón Bolívar. ¡Muy fácil ser conciencia así!

Pero lo maravilloso de este hombre que a mí me convence, este tipo sí me convence, Juan Bautista, es que él, haciendo toda esa denuncia, desde una vida difícil, no desde un apartamento cómodo en España, desde una vida de penitencia y de oración, no ganando plata destruyéndole la fama a los otros, este hombre convence, Juan Bautista.

Porque él no sólo tiene el ácido y la amargura, sino tiene la capacidad de señalar a Otro, y tiene la capacidad de ser humilde, y tiene la capacidad de decir "detrás de mí..." San Mateo 3,11. Ese es un hombre grande.

La grandeza de un hombre se mide, porque es capaz de reconocer la grandeza de otros. El que sólo tiene ojos para las miserias ajenas, de fondo quiere quedar como el único lúcido, tal vez no el único bueno.

Por eso me encanta Juan Bautista, porque es verdadero, porque lleva la luz por dentro, porque su vida testifica lo que él es.

Y ese es el ejemplo que la Iglesia nos pone hoy, para que nosotros en este Adviento, escuchando estas palabras, reflexionando con sinceridad, limpiando nuestro propio corazón, podamos decir también como Juan Bautista: "Es que ya viene, es que está cerca el que puede transformar mi vida, mi familia y mi país".