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Fecha: 19951210

Título: Tomemos conciencia del estado de pecado del mundo, pero sobre todo, tomemos conciencia del estado del amor de Dios.

Original en audio: 22 min. 7 seg.


Queridos Hermanos:

El profeta Isaías nos habla de un Ungido de Dios, Ungido que en hebreo llamamos Mesías y en griego Kristós, de donde provienen desde luego nuestras palabras en castellano, Mesías y Cristo.

¿Por qué habría que prometer este ungido? ¿A quiénes se ungía en Israel? Se ungía como señal de bendición a aquel que Dios mostrara que se ungiera. El profeta obraba como voz de Dios, como aquel que conoce la mente de Dios, así por ejemplo Samuel unge a Saúl como rey de Israel, pero luego de Saúl unge a David como rey.

Unción, untar, más que untar diríamos nosotros casi embadurnar, se derramaba aceite sobre la cabeza del elegido, aceite perfumado y como la costumbre de hacer en la época eran bien distintas de las nuestras, ese perfume penetrante quedaba unido a esa persona durante muchísimos días, y la persona quedaba “untada” por ese aceite durante mucho tiempo.

Al contrario del agua cuando pasa por la piel se lleva la mugre y rápidamente se va, el aceite tiene una compatibilidad con la piel nuestra, que también es oleaginosa en cierto modo, y por eso el aceite penetra y permanece mucho más que el agua.

En el pueblo de Israel entonces, el rey era ungido, y esto significa que no es rey el que tenga más fuerza, el que tenga más ejércitos, ni siquiera el que tenga más estudios, es rey aquel que Dios ha señalado como rey.

¿De dónde ha venido esa idea en los Israelitas? Esa idea provino de que al principio Israel no tenía rey, el primer rey de Israel fue Saúl, pero Moisés, por ejemplo, no fue rey.

¿Qué fue Moisés? Un gran profeta, un vocero de Dios, el verdadero y grande rey de los hebreos fue siempre Dios, fue siempre Yahvé y cuando por conveniencia o por igualarse con los otros pueblos, ellos quisieron tener rey, entonces era obvio que sólo Dios podía decir: "Este es el que yo quiero que sea rey", esto es una diferencia entre Israel y los demás pueblos.

En los demás pueblos el rey es rey porque ganó una gran victoria, el rey es rey porque tiene un inmenso ejército, el rey es rey porque tiene más fuerza o tiene más ciencia o lo que sea. En Israel el rey es rey porque Dios lo ha ungido, porque ese es el señalado por Dios, ese es el hombre que necesitamos, ese es el caudillo que nos hace falta.

Con esta convicción creció el pueblo de Israel, pero ellos se dieron cuenta de que esos reyes ungidos, de que esos ungidos de Dios, de que esos jristós en griego, de que esos ungidos no siempre respondían a lo que Dios quería, y muchos reyes hubo que lejos de conducir al pueblo hacia la fe de Israel, mas bien lo extraviaron y lo llevaron al culto de los ídolos.

Si vamos a ser mas estrictos, casi ningún rey dio la talla, se recuerda con cariño al rey Josías como un rey justo y alguno que otro rey se le recuerdan cosas a su favor, pero el único que mas o menos pasa como en limpio la prueba, es el rey David.

Como el papá de David se llamaba Jesé, cuando el profeta Isaías habla de la raíz de Jesé, se refiere a un descendiente de David, es decir, nacido de su mismo padre, Jesé, y está diciendo que el pueblo necesita un rey como fue el rey David, es decir, se necesita a un ungido de Dios, con toda la grandeza, con toda la inspiración, con todo el poderío de David.

Pero David no era un gran soldado, el episodio de la lucha con Goliat muestra que David no era un gran soldado, más bien era un hombre pequeño, débil y un hombre al que Goliat, por ejemplo, desprecia porque era hermoso.

Lo importante de destacar en David es que David llega a ser rey no por sus propias cualidades, sino porque era hermoso no sólo ante los ojos de los hombres, sino ante los ojos de Dios, esa hermosura de David nos habla del “donaire”, de la gracia que había en él, y es como una anticipación de la gracia que vendrá luego por Jesucristo.

David hizo grandes cosas, por ejemplo, David unificó las tribus del norte con las tribus del sur, esas tribus vivían agarradas, vivían en pelotera. Las tribus del norte se llamaron propiamente Israel y las del sur se llamaron propiamente Judá. De esos del sur proviene lo que nosotros llamamos el judaísmo, judío viene de Judá.

Entonces David unificó las tribus del norte con las del sur y a David se debe también que logró la paz en la fronteras de Israel con los pueblos vecinos, que eran los llamados filisteos, esas fueron las dos grandes obras de David, unificar por dentro y defender hacia fuera.

Consolidó al pueblo de Dios, unió las tribus entre sí, y por otra parte las defendió frente los enemigos externos. Pero lo más admirable en David es que este hombre no era solamente un estratega.

Más que un gran soldado, más que un militar, era un hombre tocado por el amor de Dios, un hombre sensible para las cosas de Dios, y por eso se atribuyen a él muchísimas oraciones que nosotros llamamos los Salmos, muchos Salmos se atribuyen a David precisamente por eso, un hombre inspirado, una especie de poeta.

Es bien bonito ver que el modelo del rey para los israelitas no era el rey que se impone a las patadas, sino el hombre que tiene sensibilidad para oír a Dios, el hombre que tiene sensibilidad para la belleza de lo divino, el hombre que es un artista y un poeta. Quién creyera que el gran modelo de rey para los israelitas, era este artista poeta, David.

Ahora bien, ese aceite en la cabeza lo habían recibido todos los reyes, porque a todos se les ungía, ¿pero que había pasado para que en algunos ese aceite, como en David o como en Josías, diera como tan buen fruto? ¿y en otros ese aceite no sirviera por lo visto para nada?

Los israelitas llegaron a la conclusión de que el puro aceite no hacía el milagrito, que lo que se necesitaba, que junto con ese aceite, Dios diera algo más y ese algo más que Dios da y que mueve a su criatura, que mueve al hombre, eso es lo que en el Antiguo Testamento se llama un Espíritu de Yahvé o el Espíritu de Yahvé.

Por eso el profeta Isaías ha dicho que ese ungido, ese Mesías que él entrevé en sus profecías, será revestido de poder, de sabiduría, de fuerza, pero no por los hombres sino por Dios; será ungido pero ya no ungido simplemente con aceite, sino ungido con Espíritu, y así Isaías estaba anunciando al Ungido con “U” mayúscula, al Ungido por excelencia, a este hombre, a Jesucristo.

Entonces, ¿quién es Jesús? Jesús es aquel que tiene el encargo de parte de Dios, o sea que los israelitas tenían claro que en ese tipo de cosas no vale que diga "yo quiero", se necesita que Dios quiera, no es asunto de ofrecerte de voluntario, tampoco es asunto de ser un fanfarrón.

La verdadera lucha por defender, por consolidar al pueblo y por protegerlo de sus enemigos, en esa lucha si no está uno ungido por el espíritu de Dios, uno no hace nada y por eso el pueblo de Israel a lo largo de ese camino largo y tortuoso, estaba esperando que llegara el Ungido de Dios, estaban por decirlo así, dicho en lenguaje colombiano, “hartos de politiquería”.

Estaban aburridos de partidos, de tendencias y de esfuerzos humanos, y yo creo que en este sentido tiene mucho que decir a las necesidades y a las esperanzas nuestras.

El problema de la salvación, no es un problema simplemente de ponerse uno con su mejor buena voluntad a hacer las cosas: “Señor, danos un ungido, unge alguien”, “determinas tú quién es el que nos va a ayudar”. Estas eran las oraciones de los judíos.

El pueblo de Israel tenía esa convicción de que sólo alguien así, tocado, movido por Dios, sólo alguien que sea el que Dios quiere, ese sí va a poder hacer las cosas, ese sí nos va a dar la verdadera libertad, ese sí nos va a curar, ese sí va a restaurar a Israel.

De una manera más próxima, Juan el Bautista ve que está próximo el juicio de Dios, ve que el tiempo está maduro para la intervención divina. Para captar en su profundidad las palabras del Bautista, hay que tener en cuenta, hermanos, que el pueblo de Israel llevaba años y años y siglos sin escuchar la voz del profeta.

Después de esos últimos profetas menores, habían desaparecido las profecías en Israel, ya estaban muy lejos los tiempos de un Jeremías, de un Isaías o de un Ezequiel.

Y si uno lee, por ejemplo, el libro de los Macabeos, se encuentra con que ellos dicen, mire: “No supieron qué hacer con las piedras del Templo, de ese Templo que fue profanado por Antíoco, y decidieron dejarlas en un lugar aparte, mientras viniera algún profeta para que dijera qué se va a hacer con eso" 1 Macabeos 4,46.

Es decir, el espíritu de profecía había desaparecido de Israel ya hacía muchos siglos, cuando de pronto aparece Juan Bautista, ¿y qué dice Juan en su predicación? Que está cerca la intervención de Dios, que ya llega el reinado de los cielos, y que hay que prepararse para recibir ese reinado, con la conversión del corazón y con obras que sean dignos frutos de esa conversión.

Juan el Bautista está preparando así el camino para ese Ungido, está abriendo espacio en Israel, está levantando la esperanza de Israel, para que pueda recibir a ese que antes se había esperado.

¿Qué nos dice hoy la predicación del Bautista? En primer lugar, estamos en tiempos en que la virtud de la esperanza ha decaído y se ha perdido. Necesitamos un Juan Bautista, necesitamos un precursor del Mesías, que hable y que levante la esperanza. El apóstol Pedro nos dice en la Primera Carta, que leímos hoy, se trata de hacer renacer una esperanza para otras personas.

Pues bien, Juan el Bautista nos invita hoy a ser mensajero de esa esperanza, pero atención, se trata de darle esperanza a la gente, no falsas ilusiones.

¿Cuál es la diferencia entre la virtud de la esperanza y las simples ilusiones? ¿Cuál es la diferencia entre el cristiano que brilla por su esperanza y el que es un pobre iluso? La gran diferencia es que el cristiano conoce el precio de la conversión y el cristiano conoce la realidad del pecado.

Iluso es el que pretende que venga un mundo nuevo sin conversión, iluso es el que pretende que las cosas cambien, pero siguiendo en su pecado. Esperanzado es el que conoce el tamaño del pecado, pero conoce mejor las dimensiones del amor y del poder de Dios, ese es Juan el Bautista y por eso la gente acudía a él.

Nosotros, pues, movidos por la predicación del Bautista, tomemos conciencia del estado de pecado del mundo, pero sobre todo, tomemos conciencia del estado del amor de Dios.

Por favor, no tomes el pulso al pecado del mundo sin buscar al mismo tiempo el pulso del amor de Dios, si tú te quedas sólo percibiendo, buscando, el pulso de los pecados del mundo, te llenas de desesperación, de depresión.

No busques la realidad del pecado, si eres cristiano si has escuchado la predicación del Bautista, no busques el tamaño de tu pecado sin buscar al mismo tiempo y en el mismo acto, el tamaño del amor que Dios te tiene.

Esto es lo que Catalina de Siena llamaba “el conocimiento de Dios en ti mismo, y de sí mismo en Dios”. Si té separas esos dos conocimientos o te vuelves un fanfarrón, presuntuoso, que cree que ya domina lo divino, o te vuelves un deprimido y oprimido por tus culpas, que no encuentra salida, que todo lo ve negro, que todo le sabe amargo, que en todas partes encuentra muerte y qué criticar y de qué entristecerse.

¿En qué se afianza la esperanza cristiana? Nos lo enseña el Bautista: en saber que la salvación viene de Dios, en saber que esta salvación sólo la recibe aquel que se convierte en tomar conciencia de nuestro propio pecado y en descubrir, sobre todo, el tamaño del amor de Dios. pPr favor, no tengas tus ojos tan abiertos a tus pecado, que se te cierren para el amor; y no tengas tus ojos tan abiertos para el amor, que se te cierren para tus pecados.

Como Dios sabe que nosotros somos a veces malos discípulos, como Dios sabe que a veces somos malos alumnos, dijo, esta gente es capaz de que si yo les muestro en una hoja sus pecados y en la otra hoja mi amor, se queda mirando una hoja o mirando la otra; y por eso, en una sola hoja y en una sola imagen, quiso retratarnos el tamaño del pecado y el tamaño del amor y esa es la Cruz de Jesucristo.

Como supo que éramos ignorantes y como supo que éramos torpes para entender, quiso darnos en una misma plana, en una misma imagen, el tamaño del pecado, el tamaño de la traición, de lo que significa mentir, de lo que significa egoísmo, de lo que significa traición.

Pero también en esa misma página, en esa misma imagen, lo que significa amar, lo que significa perdonar, lo que significa redimir. Y por eso nosotros los cristianos no podemos prepararnos a la Navidad, sin prepararnos para la cruz.

No podemos prepararnos a ver la tierna carne de Cristo en el pesebre, sin pensar que esa carne es la misma que se ofrecerá en el ara de la cruz. Nosotros no podemos extasiarnos ante el bebé, ante el niño Dios, sin pensar al mismo tiempo, que ese bebecito con igual y mayor pureza, con igual y mayor santidad, un día será torturado por nuestras culpas.

Pero esa Sangre de Cristo fue sacada por nuestros golpes, pero donada a golpes de amor, y por eso la Sangre de Jesús es la sangre del Adviento y es la sangre de la Pascua, ¿que quiero decir? Que es la sangre que al mismo tiempo denuncia el tamaño de la culpa, pero anuncia el tamaño de la gracia.

La puerta para todo esto conciencia del propio pecado, humilde confesión de esa culpa y certeza del amor. Uno no puede mirar largo rato esta cruz, uno no puede mirar con atención esta cruz, sin descubrir al mismo tiempo quién es Dios y de qué es capaz; y quien es el hombre y de qué es capaz.

¿Podíamos encontrar mejor maestro? ¿Podíamos encontrar mejor enseñanza? Para que no se nos olvidara quién es Dios cuando vemos al hombre, aquí tienes al hombre Dios, y para que no se nos olvidara quién es el hombre cuando ves a Dios, aquí tienes a Dios humanado.

De esta manera, en el camino del Adviento descubrimos que la salvación viene sólo de Dios y que Él encontró manera y providencia de que esta salvación se realizara en cada uno de nosotros, por eso decía algún santo: "Hasta qué punto, hasta qué momento hay que mirar la cruz?

Hasta que tú veas tu carne en Él y su Sangre en ti; hasta que té descubras que no puedes lastimar a alguien sin ser cómplice de la crucifixión, y que no puedes recibir el amor de alguien sin ser otro beneficiario de la misma crucifixión.

Demos gracias a Dios que nos prepara a acoger la carne de Cristo en esta Navidad, recibamos también nosotros la unción del Espíritu, santifiquemos nuestra carne en la carne de Cristo que ahora se ofrece en este altar y al prepararnos para este Adviento, preparémonos también nosotros para extender nuestra carne, ser también nosotros hostias y participar del misterio de la salvación a favor de todos los hombres.

Amén.