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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19951210

Título: El Adviento es para que el cristiano recupere su hambre de Dios

Original en audio: 9 min. 57 seg.


Queridos Hermanos:

La palabra fundamental en este segundo domingo de Adviento parece que es “conversión”; conversión: dejar el camino que se llevaba, hacer un alto, descubrir algo nuevo, tomar un nuevo camino.

Y para movernos a conversión la Iglesia nos ofrece el testimonio de un profeta que es Isaías, de un apóstol que es San Pablo y de uno que es profeta, pero más que profeta, precursor del Mesías, que se llama Juan Bautista. Puede decirse que la Iglesia nos habla con estas tres voces como con tres trompetas a ver si nos despertamos y caemos en cuenta y le ponemos cuidado.

Y en este sentido nos envía también como decir tres médicos. Cuando el enfermo está grave no basta con que lo atienda uno sino que hay que hacer junta de médicos a ver cuál de los especialistas da con el chiste de la enfermedad de la persona.

O puede decirse también que la Iglesia durante el adviento, y por ejemplo, en este domingo nos envía varios maestros, para que la predicación de estos maestros nos ilustre, y lo que no le entendamos a uno le entendamos a otro o si no a l tercero.

Pero también se puede decir que en este caso como en tantos otros domingos la Iglesia lo que ha hecho también es preparar para nosotros un banquete; y todos sabemos que un banquete no se prepara con un solo tipo de comida, sino que precisamente en la variedad, en la riqueza de las viandas está buena parte de la satisfacción de los invitados.

Todo eso es la Palabra de Dios para nosotros, y estos textos que no han sido escogidos la semana pasada, porque estas lecturas no las escogió la Iglesia la semana pasada como diciendo: “bueno, ¿y ahora qué vamos a sacar para el próximo domingo? Pues, a ver, tú busca algo ahí en Isaías y tú trata de buscar algo en san Pablo”.

Estos textos han madurado, por decirlo así, en la liturgia de la Iglesia. La Iglesia lleva muchos siglos celebrando el adviento, y por eso ha aprendido en qué voces, en qué recodos de la Escritura puede encontrar los acentos que quizá mueven más el corazón de los bautizados.

Y es esa experiencia, esa amorosa solicitud de la Iglesia la que en cada Adviento nos recibe, la que en cada Adviento nos conduce, ¿para qué? Para que cuando llegue el acontecimiento central, para que cuando celebremos la Navidad de Cristo, no como simple recuerdo, sino como sacramento y preludio de su venida gloriosa.

Para que cuando llegue ese momento no estemos distraídos, para que cuando llegue ese momento no se pierdan las palabras fundamentales de salvación que Dios nos ofrece. Porque Dios tiene más para decir que nosotros para escuchar; Dios tiene más alimento que nosotros hambre, y por eso, siendo como es grande esta Iglesia, y aunque ha aumentado ciertamente la concurrencia a nuestro templo, yo muchas veces me pregunto: "¿Por qué quedan tantos espacios en las bancas?"

Habrá fallas de unos y de otros, pero en cualquier caso, yo estoy seguro de que Dios preferiría iglesias repletas de gente ávida por escuchar la Palabra, porque Él tiene demasiado para dar y en cierto modo el Adviento es el tiempo de recuperar no el alimento, y que de alguna forma siempre está ahí en la Sagrada Escritura y en la Eucaristía; no para recuperar el alimento, sino para recuperar el hambre.

Para eso es el adviento: para que el cristiano recupere su hambre de Dios, para que descubra que no ha terminado de conocer a Cristo, para que descubra que no está totalmente convertido, que ninguno de nosotros ha llegado a la plena conversión. Para eso es el adviento.

Y ¿qué métodos utilizan estos maestros? He hablado de las lecturas como de especies de maestros. ¿Qué métodos utilizan? Isaías en este capítulo 11 nos invita, casi diría yo, a soñar; nos invita a dirigir nuestra mirada a un mundo mejor, a un mundo nuevo.

¿Qué hace el profeta con su lectura? Invitarnos a que no nos acostumbremos al mal como lo conocemos. Desde luego que al profeta no le interesa que los leones no se coman a los cabritos, ¿qué importan los cabritos y los leones en esta historia? O por lo menos eso no es lo más importante.

Pero sí hay gente que se traga la vida de otros y hay gente que tiene garras en el alma, y hay gente que tiene no boca sino fauces, y despedaza con sus palabras y despedaza con sus comentarios y con su ironía al otro.

Hay leones terribles y hay víboras terribles; hay fieras temibles en la especie humana; y esas fieras temibles nos han acostumbrado a su presencia; y así como nos hemos acostumbrado a que en la naturaleza hay leones, también nos hemos acostumbrado a que en la especie humana hay violentos.

Y así como en las especies animales hay serpientes, así nos hemos acostumbrado a que hay gente que engaña y que tiene veneno en la boca, y que con su astucia seduce y pervierte a los inocentes.

Pues el profeta quiere que nosotros nos desacostumbremos a eso. El profeta quiere que nosotros digamos, aunque seamos los únicos tercos en Bogotá, los únicos tercos en Colombia o los únicos tercos en el mundo, el profeta quiere que no nos acostumbremos.

Un maestro general, que es el nombre del superior máximo de nuestra comunidad estuvo una vez haciendo visita al Brasil, visita canónica a los religiosos dominicos del Brasil; y después de visitar un barrio pobre, de los más pobre que tenía, de las famosas favelas, cinturones de miseria que tienen todas las megápolis de nuestros días.

Preguntaba el maestro general, en una reunión de frailes y les decía: “Hermanos, ¿ustedes han llegado a acostumbrarse a esa injusticia así como la gente se acostumbra a sus malos olores?” Porque hay casas, casuchas, tugurios, favelas en las cuales al entrar se siente ese aire raro, ese aire no ventilado, esa mezcla de olor, de basura, de desperdicios.

Y uno al principio como que se frunce un poco quizá, pero seguro que si vives ahí, terminas acostumbrándose a eso.

Pues el profeta nos dice que no podemos acostumbrarnos al mal, que no podemos acostumbrarnos a las serpientes, a los leones, y no podemos acostumbrarnos a la ley de la jungla y a que el grande se coma al pequeño ante la mirada impasible de la mayoría.

Un tono no menos vigoroso tiene Juan el Bautista en el texto que hemos escuchado del santo Evangelio. Se trata de que descubramos que si nosotros nos hemos vuelto indiferentes, Dios jamás será indiferente a la dureza, a la perversión, a la corrupción.

Nosotros tenemos ese aparatito que se llama televisor, y tenemos en el televisor esos aparatitos que se llaman los noticieros; y para mí tengo, es una opinión personal, que los noticieros sirven sobretodo para anestesiarlo a uno frente al dolor humano.

Porque igual que presentan la terrible noticia de un niño muerto de hambre en Etiopía y de una mujer violada en Bosnia, y luego te presentan la reina del café, y luego te presentan cómo ha subido el dólar, y luego te presentan el último triunfo ciclístico de no sé quién, y todo sucede tan rápidamente, que el corazón no alcanza a reaccionar.

Sabemos bien que el principio científico por el que funciona la televisión es ése. La retina conserva las imágenes, algo así como un dieciseisavo de segundo, y por eso si tú pasas imágenes a una velocidad más rápida que eso la retina crea la ilusión de que la imagen se está moviendo. Así funciona la televisión. Pero esa no es la única ilusión que crean los noticieros, que crea la televisión.

Las imágenes de dolor, de gozo, de superficialidad, de vanidad, política, deportes, ciencia, tecnología, pasan tan rápidamente que uno termina anestesiado, uno termina indiferente ante todo lo que sucede.

Pues bien, Juan el bautista está aquí para decirnos: “Si tú ya te acostumbraste a que se están muriendo los niños, Dios jamás podrá acostumbrarse.

Si ya te acostumbraste a que el matrimonio no vale nada y a que los hogares son desechables, Dios jamás podrá acostumbrarse.” Ahí está Juan el bautista para decirnos que Dios también tiene su opinión y que esa opinión la pronuncia en el drama de la cruz de Cristo y en el desenlace de la resurrección.