Aa01005a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20071202

Título: En el Adviento recordamos dos cosas: que Jesus ya vino y que Jesus va a venir.

Original en audio: 16 min. 59 seg.


Amados Hermanos:

La invitación que se repite más continuamente en el tiempo de Adviento que estamos empezando hoy, es esto que acabamos de oír en el evangelio: estar vigilantes, estar preparados.

La palabra “Adviento”, es un modo elegante de decir “la venida", "la llegada”. Y el Adviento entonces es aquel tiempo litúrgico en el que recordamos dos cosas: que Jesús ya vino y que Jesús va a venir. Que Jesús ya vino, es lo que vamos a celebrar en la Navidad, con agradecimiento, con ternura, con amor.

Porque en ese venida del Señor se mostró la misericordia y brilló para el mundo el mensaje de salvación. Eso celebramos en el Adviento, que Jesús ya vino. Pero también celebramos que Jesús va a venir, y la lectura que acabamos de oír del evangelio nos recuerda esa verdad que es esencial en nuestra fe.

También en el Credo decimos que Él vendrá glorioso, "Él vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos". Eso es parte de nuestra fe, nosotros creemos eso, que el Señor va a venir.

El Adviento nos prepara entonces para las dos cosas: nos prepara para este Jesús que va a venir un día como juez de vivos y muertos, es decir, para el último retorno de Cristo; y a la vez nos prepara para celebrar con gratitud el hecho de que ya vino en Belén, nacido de la Santísima Virgen María.

Obviamente, esto significa que el Adviento tiene dos fases, dos partes. La primera parte del Adviento va hasta el 17 de diciembre.

No importa cuándo comience, el Adviento tiene dos fases, dos partes: la primera parte va hasta el 17 de diciembre, y la última parte, o sea esa última semana del 17 al 24 es la que celebra que Jesús ya vino. O sea que la primera parte es sobre todo para recordar que Jesús vendrá.

Quienes tengamos ocasión de participar de la Eucaristía durante estos días hasta el 17 de diciembre, estemos por favor muy atentos a las lecturas, porque vamos a encontrar una cantidad de enseñanzas sobre lo que significa el retorno de Jesucristo.

Es algo que nosotros los católicos hemos descuidado un poco, y por eso cuando uno oye que una persona habla mucho de la segunda venida de Cristo, uno tiende a pensar “este debe ser un adventista”, adventista, adviento. “Este debe ser un adventista, este debe ser un protestante”.

Mal hecho. Puede ser también un católico; sobre todo si nosotros los católicos recuperamos esta parte tan importante de nuestra fe: que Jesús vendrá.

¿Y por qué es importante recordar que Jesús vendrá? Porque es una manera de comprender que el Evangelio está incompleto y estará incompleto hasta que Él retorne. Jesús vino a esta tierra, nos dio un mensaje de salvación, nos dio unas pautas, unas indicaciones para saber comportarnos en esta tierra; pero lo esencial de su mensaje no termina en esta tierra.

El Evangelio está incompleto. El Evangelio sólo estará completo cuando nosotros acompañemos a Jesucristo a donde Él está.

Porque dice la Carta a los Romanos que "nosotros somos herederos con Cristo; nosotros somos coherederos" Carta a los Romanos 8,17, y eso significa que lo mismo que ha recibido Cristo, estamos llamados a recibirlo nosotros que somos su cuerpo, que somos sus discípulos, que somos sus seguidores, sus hermanos.

El Evangelio no está completo simplemente con que yo sea una buena persona, con que yo me porte bien, con que yo sea un buen ciudadano; con que yo sea un buen amigo, buen padre de familia o buen esposo.

El Evangelio sólo estará completo cuando yo participe de la misma herencia de Cristo. Y la herencia de Cristo, lo que Él ha recibido en su humanidad glorificada es una vida imperecedera. No es solamente que Cristo resucitó de entre los muertos, sino que una vez resucitado ya no muere más.

La clase de vida que Cristo ha ganado para nosotros en su dolorosa Pasión, es una vida que nadie puede destruir.

La gloria que brilla en el Cuerpo de Cristo, esa gloria santísima que es reflejo de la belleza del Dios eterno, esa es la misma belleza y la misma gloria que tu cuerpo y que mi cuerpo tienen que recibir. Nuestro cuerpo tiene que brillar con la misma gloria que ya resplandece en el Cuerpo de Cristo resucitado.

Tú tienes que vivir con la misma vida del Señor, tú tienes que sentir lo que es una vida que no muere, una vida que no acaba, una vida invencible. Es algo que no podemos imaginar. Cuando a uno le dicen: “Una vida que no acaba”, uno tiende a pensar en una vida larguísima, años y años y años, siglos y siglos y siglos. Y uno dice: “Eso debe ser hasta aburrido”, todos esos años y años y años y años.

La vida eterna, la vida que no acaba, es una vida plena, es una vida sin límites; no quiere decir una vida que dura y dura y dura. Porque allá donde está Cristo, en la eternidad del Cristo glorioso ni siquiera hay años. El tiempo ya no existe, el tiempo ya ha sido vencido.

El Adviento entonces, esta primera fase del Adviento, está para recordarnos que esa es nuestra herencia, que esa es la vida que estamos llamados a llevar. Que si nosotros, como dice San Pablo, hemos muerto con Cristo, resucitaremos con Él. Y esto también lo decimos cada domingo al renovar nuestra fe; decimos que "creemos en la resurrección de la carne", que "creemos en el mundo futuro".

¡Qué grande es nuestra fe! Estamos anunciando que nosotros creemos que esta naturaleza nuestra, tan débil, tan frágil, puede ser fortalecida con la gloria de Jesús y puede recibir una vida que ya no acaba, una vida indestructible.

Estamos anunciando que nosotros vamos a recibir una vida que ya no termina, una vida que no muere. Y en esa plenitud de vida desaparece el temor, por supuesto, a la muerte, al pecado, a la enfermedad, a la división, a la violencia. Es la vida en perfecta comunión con Dios.

De lo que se trata es de que la misma vida que está en Dios circule a través de nosotros. Esto ya empieza a suceder cuando nosotros participamos de la Eucaristía. El cuerpo de Cristo que tú y yo vamos a recibir de este altar, ese Cuerpo de Cristo no es un Cristo muerto.

Cuando a uno le dan la hostia no le dicen: “El cadáver de Cristo”; lo que nos dicen es: “El Cuerpo de Cristo”. Es el Cuerpo vivo y vivificante de Cristo.

La Eucaristía es lo más parecido al Cielo, es lo más parecido a la eternidad, que tenemos en esta tierra. Cuando recibimos la Eucaristía, toda la vida de Dios entra en nosotros.

Cuando comulgamos con la Sangre de Cristo, sabemos que también se comulga con la Sangre de Cristo aunque no nos puedan dar del cáliz, cuando comulgamos con la Sangre de Cristo, la misma Sangre del señor, la vida misma del señor circula por mis venas.

Esto incluso ha querido manifestarlo el Señor milagrosamente en la existencia de algunos santos. Santa Catalina de Siena, por ejemplo, vivió meses enteros sin comer otra cosa que la divina Eucaristía.

Ella vivía de la hostia, ella vivía de la comunión. Por supuesto eso es imposible, medicamente hablando, era un milagro; pero por medio de ese milagro Dios quería mostrar a todo el pueblo de Dios, es decir, a todos nosotros, Dios quería mostrar a todo su pueblo que en esa Eucaristía que tú y yo vamos a comulgar, ahí está verdaderamente la vida que no muere.

El Adviento es importante porque el Adviento nos recuerda que estamos en camino, que el Evangelio todavía no se ha terminado de completar, que el Evangelio sólo se va a completar cuando tú y yo recibamos esa vida que no termina, esa vida que no muere.

Pero aquí hay algo grave, porque resulta que el Evangelio nos cuenta que esa vida eterna, esa vida maravillosa y plena que ya resplandece en Cristo Resucitado es una oferta, es un regalo del cual tú y yo podemos participar, pero parece que es un regalo que algunos han rechazado.

Nos dice el texto del evangelio que "mucha gente anda distraída, viven distraídos en su comida y en su bebida, viven distraídos en sus proyectos, como por ejemplo casarse” San Mateo 24,38. ¿Qué nos está enseñando Cristo? ¿Que no debemos preocuparnos o que no debemos alimentarnos? ¿Que la gente no debería casarse? ¿Eso es lo que nos está diciendo Cristo? Claro que no.

Lo que nos está diciendo es que hay personas que le dan tanta atención a las cosas de esta tierra, es decir, su comida, su bebida, su vestido, su automóvil, su casa, su matrimonio, sus proyectos, sus empresas, sus acciones, su dinero, están tan pendientes de todo eso que se les olvida levantar la mirada para descubrir: "¡Oye hay algo mayor!"

"La vida a la que yo he sido llamado en Jesús es una vida distinta, no es solamente ganar dinero, gastar dinero. No es solamente comer y gozar; no es solamente casarse y seguir procreando, y más gente, y yo me muero y siguen mis hijos y siguen mis nietos; no. Hay una vida mayor"

Pero hay gente a la que no le interesa eso; su única atención está puesta en las cosas de este mundo.

Viven tan distraídos, viven tan completamente olvidados de esa otra dimensión, de la dimensión maravillosa y eterna de la vida, la vida que sí permanece, viven tan distraídos de eso que entonces, cuando llega el Hijo del Hombre, estas personas no tienen interés en irse con Cristo, no tienen interés en estar con Él, porque su corazón está apegado solamente a esta tierra.

Entonces también el Adviento es el tiempo para recordar que aunque hay que tener los pies en la tierra, hay que tener la mirada en el Cielo. Los pies en la tierra porque yo necesito un trabajo, y necesito comer, y necesito beber. Porque si tengo una familia tengo que cuidarla, porque tengo que educar a unos niños, si los he tenido.

Sí, hay muchas cosas en esta tierra; pero el Adviento me enseña que yo no me puedo quedar pegado sólo a esta tierra, tengo que recordar lo que va más allá; tengo que recordar las promesas maravillosas del Señor, tengo que recordar en dónde está Cristo, el cual dijo: “Si me voy, es para prepararles a ustedes un lugar” San Juan 14,2.

No se me puede olvidar la casa del Cielo, aunque tenga una casa muy hermosa en lugar más bello de California, no se me puede olvidar mi casa del Cielo. Aunque tenga una mesa muy bien servida y unas comidas deliciosas, no se me puede olvidar el banquete del Cielo. Aunque tenga una cama sabrosa donde puedo descansar, no se me puede olvidar que mi descanso es mi Señor.

Jamás me puedo olvidar de Él. No me puedo olvidar de la morada del Cielo, porque allá se fue Jesús y me está esperando.

Además, esta lectura me está recordando que hay personas que se distraen, tanto, tanto, que no les interesa, y entonces se pierden de esa vida eterna.

Recordemos que hay una seriedad en la vida humana. Rechazar el mensaje de Cristo es escoger las tinieblas, rechazar la vida eterna es escoger la muerte eterna. El infierno es como un morir eternamente; el infierno no es desaparecer; el infierno no es como un sueño; el infierno no es la aniquilación; el infierno no es como estar dopado o en coma.

El infierno es como un sentir perpetuamente, eternamente que estás muriendo, que estás muriendo, que estás muriendo. Una sensación que no termina nunca, una sensación que te atrapa y que te impide amar.

Por eso somos llamados hoy, también en el Adviento, somos llamados a tomar en serio nuestro proceder en esta vida, como nos dice san Pablo. Oye ¿yo hacia dónde estoy caminando? ¿Estoy caminando hacia la vida o hacia la muerte? ¿Cómo hago para saberlo? Si mis intereses están únicamente en las cosas de esta tierra, estoy caminando hacia la muerte eterna.

Si lo único que ocupa mi corazón, si lo único que a mí me importa es lo que se ve sobre esta tierra, es decir, y el comer, y el beber y el casarse, el gozar y el estar bien, y el descansar y tener vacaciones, si eso es lo único que llena mi corazón, si eso es todo lo que hay en mí, si no estoy esperando nada más, entonces estoy caminando hacia la muerte eterna.

Por el contrario, si el Señor ha levantado mi mirada, si el Señor me ha recordado dónde vive Él, si el Señor me ha recordado para qué fui creado, para qué Cielo fui creado, si el Señor me recuerda eso y yo ejerzo fe en Jesucristo y me arrepiento de mis pecados y doy los pasos que tengo que dar, entonces hay una vida perdurable que me aguarda.

Por eso, el tiempo de Adviento es un tiempo de conversión, porque yo quiero estar para siempre con mi Señor Jesucristo, ¿tú también? Quieres estar para siempre con Jesús.

Amén.