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Fecha: 20041128

Título: El Adviento es un tiempo en el que celebramos que Jesus nos sale al encuentro

Original en audio: 32 min. 5 seg.


Precioso domingo, precioso día del Señor, nos regala su Providencia aquí en Santa Cruz, Bolivia.

Reciban el saludo más cariñoso todos ustedes habitantes de Santa Cruz, peregrinos de otros países que hoy alegran con su canto, con su oración este lugar al que todos llamamos "La Mansión". Queremos también saludar desde aquí a quienes siguen esta predicación por las ondas de la radio, a través de la televisión o a través de Internet.

Es un día de júbilo y es un día lleno de enseñanzas para nosotros; es el primer domingo del Adviento. La palabra esperanza ha estado flotando encima de nosotros, ha estado sobrevolando esta asamblea desde el mismo comienzo de la celebración.

La palabra esperanza que es inseparable de la palabra vigilancia. Nuestra esperanza es al mismo tiempo nuestra vigilancia, y como sabemos muy bien, vigilar, en su sentido original, quiere decir estar despiertos.

Fue lo mismo que nos dijo el Apóstol San Pablo en la segunda lectura de hoy. ¡Qué advertencia tan saludable! "Tengan en cuenta en qué tiempo vivimos" Carta a los Romanos 13,11. Creo que toda la homilía podría hacerse con esa sola frase: “Tengan en cuenta en qué tiempo vivimos” Carta a los Romanos 13,11.

Jesús pidió, exigió muchas veces a sus discípulos que conocieran la señal del tiempo. Incluso alguna vez los reprendió duramente; les dijo: “Ustedes saben cuándo va a llover, cuándo va a hacer buen tiempo, pero no reconocen los signos del tiempo” San Lucas 54,56.

De manera que necesitamos el auxilio del Espíritu Santo y una gran apertura de corazón para obedecer lo que dijo el Apóstol San Pablo: “Tengan en cuenta en qué tiempo vivimos” Carta a los Romanos 13,11.

Y este tiempo en el que vivimos, mis hermanos, es un tiempo que está lleno de confusiones, que está lleno de violencia, de agresividad, de muchas tentaciones, pero que también tiene multitud de posibilidades, multitud de oportunidades.

Dios no está ni dormido, ni enfermo, ni de viaje, ni cruzado de brazos. Dios es siempre el Señor de nuestra historia y Él guía de modos misteriosos, Él guía nuestra historia; Él hace que podamos encontrarnos, como dijo el mismo Jesucristo, que podamos encontrarnos con el Salvador.

Dijo Jesús en una ocasión: “Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” San Juan 6,44. ¿Qué significa esa expresión? Eso quiere decir que el Padre celestial, a través de su divino Espíritu, nos va como empujando suavemente, nos va poniendo en el camino en el que un día aparece Jesús.

¡Esta imagen cómo me gusta a mí! Dios Padre, de un modo oculto a nuestro conocimiento, pero bien conocido por Él, nos va como empujando, nos va como llevando hasta que un día nos encontramos con Cristo.

Nosotros quedamos como en un emparedado, como en un sándwich, Dios que me empuja y Dios que me sale al encuentro. Ese es el sándwich de la gracia. Dios que me va llevando, llevando, llevando, por caminos ocultos me va atrayendo y que por otra parte me sale al encuentro.

Dios detrás de mí me va empujando, Dios delante de mí me sale al encuentro. Yo quedo apresando en un sándwich de amor, de gracia y de salvación. Y cuando uno se da cuenta está envuelto en Dios, cuando una se da cuenta está envuelto en su amor, está recubierto por su gracia, está bañado en su Sangre, está salvado por su poder, por su Espíritu.

Y en ese momento uno canta aleluya y uno proclama la gloria del Señor, porque hizo posible ese momento. Ese momento lo hemos vivido muchos de nosotros, y queremos que nuestra vida sea eso siempre, Dios que me mueve y Dios que me atrae, Dios que me empuja y Dios que me llama, Dios que no quiere que me quede quieto y Dios que me llama para que me ponga en camino. Esa es la vida cristiana.

Por eso, con toda razón comparamos la vida cristiana con una peregrinación, con un caminar. Porque vamos efectivamente así como en camino. Empujados por los caminos, empujados por su Providencia y atraídos por la obra de su misericordia y de su poder.

Cada uno de nosotros, estoy seguro, tiene una historia que contar en este sentido. Cómo me empujó Dios. Dios tuvo que empujarme de mi casa, tuvo que sacarme de mi cama, tuvo que sacarme de delante del televisor, tuvo que decir: “Ernesto, Claudia, Alejandro, Patricia, muévete, muévete”. Dios tuvo que empujarme.

¿Cómo me empujó Dios? Dios nos empuja de muchas maneras. Nos empuja cuando nosotros sentimos: "Mi vida no tiene sentido, esto que estoy haciendo es absurdo, ¿yo qué estoy haciendo con mi cuerpo? ¿Qué está pasando con mi dinero? ¿Qué clase de amigos tengo?”

Es Dios empujándome. Cuando Dios, en el interior de mi conciencia me dice “Mira, tú fuiste creado para otras cosa, tu vida no puede ser solamente producir, producir, producir, consumir, consumir, consumir.

Es una vida muy aburrida estar con los ojitos colgados del televisor; "Ahora, ¿qué tengo que comprar? Huyy, o me va a alcanzar el dinero, bueno, pero tendré que sacrificarme, partirme la espalda para producir, producir, producir, consumir, consumir, consumir". Es muy aburrida esa vida.

"Y ahora ¿qué falda me tengo que poner? ¿Y ahora qué desodorante tengo que utilizar? ¿Y ahora dónde tengo que ir a divertirme? ¿Y ahora cómo tengo que aprender a bailar? ¿Y ahora de quién me tengo que enamorar? Y ahora...."

¡Ay, qué aburrimiento, qué vida tan esclava, qué pereza de vida, hay un día en el que siento fastidio de esa vida y digo: “¡Necesito algo distinto!” Y no entiendo yo mismo que el que me da ese fastidio es Dios.

Es Dios el que me pone ese fastidio, es Dios el que me hace sentir el absurdo de esa vida, es Dios el que dice, allá con esa voz que yo no alcanzo a reconocer, que viene de Él pero que ya es de Él, es Dios quien me dice: “Mira, fuiste creado para algo más, la vida tiene que ser algo más”.

Otras veces los caminos de la Providencia son un poco más drásticos: un dolor espantoso, una enfermedad, la traición de un amigo, golpes fuertes que llegan a nuestra vida, que de repente destruyen todo nuestro universo y nos dejan como en un vacío, como en un desierto: "¿Por qué se me murió esa persona? ¿Cómo pudo suceder esto? ¿Cómo pude cometer tal o cual cosa?"

Tantas personas han llegado al Señor, por ejemplo después de un aborto: "¿Pero cómo pude matar a mi propio hijo? ¿Pero cómo pudo pasar esto? La persona queda destruida, su universo ha quedado destruido.

No es que Dios quiera que nosotros cometamos crímenes, pero a través de esos mismos crímenes, caídas, problemas, enfermedades, contrariedades, a través de esas mismas cosas Dios siembra en nosotros una especie de fuerza, de llamado: Debe haber algo más, la vida tiene que ser algo más.

Cuando yo siento eso seguramente que yo no sé que es Dios quien me está empujando, pero ya es Él, el Él quien está preparando mi corazón, el que le está dando apetito, el que le está dando hambre a mi boca para que un día pueda comer el pan de los Cielos que es Jesucristo.

Por eso dijo Jesús: “Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” San Juan 6,44. A través de todas esas historias, -y cada uno de nosotros tiene una historia distinta que contar-, Dios me va empujando.

Y por lo visto Dios pudo empujar a mucha gente de la cama hoy, porque esto está lleno de gente. Mire a cuánta gente empujó mi Dios, cuánta gente sacó hoy Dios de la cama. Ustedes podían estar viendo por allá panza arriba viendo la televisión.

Pero ya no hay televisión que me sacie, ya no hay musical que me sacie, ya no hay concurso que me sacie, ya no hay desfile de modas que me sacie. Ya no me sacia eso, porque ya Dios me empujó, Dios me llevó a su asamblea, Dios me dejó gustar un poquito de la dulzura del Cielo y ahora, yo, empujado por el Señor avanzo, camino, le busco, porque Él ha venido a mi vida.

Y así llegamos un día a un seminario de vida en el Espíritu, o llegamos a un encuentro de "La Mansión", o llegamos a un retiro espiritual, llegamos, y llegamos un poco aburridos, y llegamos un poco confundidos, llegamos con más curiosidad que otra cosa, llegamos, y llegamos como espectadores. Pero lo que nosotros no sabemos es que es una santa trampa que nos ha puesto Dios.

Porque Él nos venía empujando y ya nos tenía por aquí rodeados. Y llegamos y nos encontramos con Cristo y ese es el sándwich de la gracia. Él me empujaba por atrás y Él me atraía hacia su divino Hijo. Entonces, aburrido de la vida que traía, fastidiado del absurdo de mi pasado, ya no quiero dar marcha atrás.

Y cuando ya estoy como resguardado a mi espalda por la presencia de la providencia del Padre celestial, entonces me encuentro con Jesús, y entonces sucede algo maravilloso, sucede que descubro el encanto, la belleza, la luz que hay en el Señor Jesucristo.

Fíjate cómo nos atrae Dios en la primera lectura que escuchábamos: “Vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, para que Él nos enseñe sus caminos, y podamos andar en sus senderos” Isaías 2,3.

Mis caminos antiguos quedaron atrás, no me llenan, no me convencen; ahora necesito aprender otros caminos. Y a eso venimos, a eso venimos a la iglesia, por eso escuchamos la divina Palabra, por eso nos comemos a Jesús en el sacramento, porque queremos conocer los nuevos caminos, porque queremos entrar en los nuevos caminos.

Y la realidad que Dios nos anuncia es hermosa, es una realidad de paz. Precisamente el que ha sido tema y lema de nuestro encuentro en este XXV congreso de "La Mansión"; nuestro lema ha sido: “Hazme mensajero de la paz”.

Y yo que vengo de un pasado de conflictos y de fastidio y que siento que no me llena y que mi corazón está descompensado, está aburrido, está incompleto, está dolido, encuentro en Jesús, ese Jesús hacia el cual me atrajo el Padre celestial, encuentro en Jesús mi paz.

Él es nuestra paz, Él es la paz de las naciones, Él es la paz de las familias, Él es la paz de los corazones. No hay remedio sino repetir la frase inmortal de San Agustín: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”.

En mi pasado, todas esas inquietudes, todos esos vacíos, preguntas sin respuesta, esa sensación de remordimiento, de asco o de fastidio, lo que sea, en mi futuro, Jesús que me sale al encuentro; me encuentro con Jesús.

Eso es lo que estamos celebrando en el Adviento, hermanos, es un tiempo precioso, es un tiempo en el que caemos en la cuenta, un tiempo en el que descubrimos cuál es la dinámica del amor de Dios. Eso es lo que vamos a descubrir en este Adviento que hoy inauguramos.

Lo que queremos descubrir en el Adviento se llama “la dinámica del amor de Dios”. Y es algo que tenemos que descubrir y redescubrir cada día, cada mañana, casi digo yo, a cada instante. La Iglesia lo recuerda de un modo solemne y litúrgico en este tiempo que se llama el Adviento.

Yo quiero descubrir y también redescubrir la dinámica del amor de Dios. Dios, que con su poder, me empuja y me saca de mi pasado; Dios, que con su sabiduría y su belleza, me atrae y crea un futuro para mí.

Pero lamentablemente no todo el mundo está dispuesto a escuchar este llamado; son muchas las voces que nos llegan, muchas las voces; y por eso es muy fácil que uno se confunda y es muy fácil que uno se distraiga.

Ya Jesús conocía este problema y por eso en el evangelio de hoy hemos escuchado lo siguiente: “Como fue en tiempo de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. En los días anteriores al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba” San Mateo 24,37-38. Así decían en tiempo de Jesús; en nuestro tiempo dicen: "Producir, producir, producir, consumir, consumir, consumir".

La gente estaba en eso, la gente estaba comiendo, bebiendo, casándose y descasándose hasta el día en que cayó el diluvio. Hermanos, lo mismo sucede en nuestra época. Dios está llamando, Dios está convocando a su pueblo. Nos está llamando para que experimentemos su paz y para que anunciemos esa paz a los demás.

Y sin embargo, mucha gente todavía no se cansa de producir, producir, producir, producir, consumir, consumir, consumir, consumir. Y no se cansan.

¿Qué vamos a concluir de eso? Mucha gente no se cansa de eso; mucha gente como en el tiempo de Noé sigue como si nada sucediera, como si nada sucediera.

Se está destruyendo la institución de la familia en Argentina, en España, en Colombia, en Estados Unidos, muy pronto entrarán proyectos de ley semejantes al parlamento en Bolivia, se está destruyendo, se está despedazando la familia, y la gente ¿qué? Tranquila: producir, producir, producir, consumir, consumir, consumir, como si nada sucediera.

Millones de abortos al año, como si nada sucediera, sigo yendo a la tienda, al supermercado, sigo comprando mi música, sigo comprando el último celular, sigo enviando mis correos electrónicos, sigo disfrutando la vida como si nada pasara. Y Dios llama a conversión a su pueblo, pero yo estoy tan feliz todavía porque produzco, produzco, produzco, consumo, consumo, consumo.

Hay gente que no se cansa y la pregunta es: ¿qué debemos concluir nosotros de eso? Debemos concluir dos cosas: primera, que el hecho de que a uno lo canse el mundo, es una misericordia de Dios; si te cansaste de tu vida pasada, es amor de Dios, es amor de Dios.

Es una gracia, es una gracia que a mí me haya cansado el mundo pasado, que me haya cansado mi vida pasada, incluso ese golpe salvaje que recibí y que me llevó a recapacitar, eso, en el fondo todo eso es una misericordia, en el fondo todo eso es una gracia maravillosa.

¡Bendito el día en que me cansé del mundo, bendito el día en que me cansé de la repetición de producir, producir, producir, consumir, consumir, consumir; bendito el día en que me cansé de eso, bendito el día en que entendí que la solución no era enamorarse de otra mujer, buscar otra aventura, comer en otro restaurante, irme a otra discoteca, comprar otro aparato!

¡Entendí, por fin, bendito sea el Señor, entendí que la solución no era comprar algo más, vender algo más, bailar algo más, comer algo más! ¡Entendí que la solución era abrir el pecho, abrir el corazón a Jesús, recibirlo en mi vida! ¡Esa es la gracia!

Y por eso nosotros no tenemos por qué ser duros, no tenemos que ser crueles ni ser fariseos con las personas que no viven lo que nosotros vivimos. Entendamos hermanos, que es una misericordia de Dios que estemos aquí.

Domingo, faltan 12 para las 12 de noviembre 28 del año 2004 en Santa Cruz, Bolivia. ¿Qué hago yo aquí, qué hago aquí? Yo podía estar en muchas otras partes haciendo muchas otras cosas. Mi vida iba para otro lado, mi vida iba para otros caminos, y sin embargo estoy aquí dando testimonio del Señor, feliz de alabarle, ¿por qué? Porque su gracia me dio un beso, porque el Señor me besó, me abrazó, se compadeció de mí.

Y cada uno, cada uno de nosotros tiene que tener muy clara, clarita, clarita en la cabeza la historia del amor de Dios. Dios me amó, Dios me salió al encuentro, pero ojo, antes de salirme al encuentro hizo un milagro que mucha gente no cuenta en su testimonio.

El primer milagro que hizo Dios fue producirme fastidio; ese es el primer milagro. El primer milagro es que uno logre sentir fastidio de la vida pasada, ese es el primer milagro.

Recuerdas muy bien aquella parábola del hijo pródigo, ¿cuándo le mejoró la vida al hijo pródigo? El día en que sintió fastidio, ese día le mejoró la vida.

Luego, la primera misericordia de Dios es que logre producir una sensación de fastidio ante el pecado y la conciencia de que no es asunto de buscar otro sabor de cerveza, otro estilo de discoteca, otros labios para besar, otra aventura amorosa, otro aparato para comprar, otro millón para ganarlo y depositarlo en mi cuenta.

La solución no está ahí. Que uno logre entender esto, que uno sienta como una especie de fastidio existencial de todas esas cosas, y que pueda decir: “A mí nada me saciará de eso, no es eso lo que va a cambiar mi vida”.

El día que uno puede decir eso, uno no es consciente, pero en ese día es el Espíritu Santo el que está hablando por la boca de uno. “A mí eso no me va a saciar”. Ya ahí, en ese instante, uno está listo, está preparado, está cocinado y maduro para encontrarse con Jesús.

Y ahí es cuando entra uno por una de esas puertas y de pronto le dicen: “Jesús es el Señor”. Y uno dice: “Sí, sí, sí, eso es así, eso tiene que ser así", porque ya venía preparado, porque ya venía preparado.Esa es la maravilla del amor de Dios.

De manera que las grandes conversiones no suceden ni en las iglesias ni en los pauichis. "¿Cómo así? ¿Qué está diciendo, padre?" Lo que quiero decir es que las grandes conversiones no empiezan aquí.

La gran conversión empieza por la calle, en la discoteca, incluso en el prostíbulo, allá empieza; el día que usted siente fastidio, asco de usted mismo, el día que usted dice: “No tiene sentido que me siga emborrachando, no tiene sentido que siga mintiendo, no tiene sentido que siga robando, no puedo seguir haciendo esto".

Ese día usted estaba solo, ese día usted sintió lágrimas y lástima de usted mismo, ese día Dios estaba llorando a través de sus ojos y lo estaba preparando para que un día usted llegara aquí.

Ese es el amor de Dios, y esto se llama, hermanos, "la dinámica del amor de Dios", así nos va moviendo Dios. Por eso, la labor de un predicador no es tan difícil, porque cuando yo me pongo a hablar aquí y le digo a usted que Jesús es el Señor, ya el trabajo duro lo ha hecho el Espíritu Santo.

El trabajo duro lo hizo el Espíritu cuando hizo que a usted esa cama, donde usted se echa panza arriba a mirar como un tonto horas y horas de televisión, siendo así que sólo hay que mirar horas de televisión cuando son transmitidas desde "La Mansión, claro, ahí sí hay que mirar. Esas horas de televisión, esas sí hay que mirarlas.

Pero bueno, la conversión empezó cuando usted estaba allá echado panza arriba y usted empezó a sentirr: “No, mi vida tiene que ser otra cosa, yo tengo que hacer algo distinto”. Ese es Adviento.

“Tengo que hacer algo distinto, tengo que salir al encuentro del Señor, algo me hace falta, estoy incompleto, ¿qué me pasa, qué me pasa?” Y me encuentro con un amigo y me dice: “Oye, ¿sí sabes que salió una maravillosa cerveza?” Y otro amigo me dice: “Mira lo que encontré y que estuve fumando anoche, delicioso, delicioso, es un viaje increíble, hermano”. Y yo siento: “No, no es eso, no es eso”.

Y entonces me sale otro y dice: “Mira que cambié de novia y ahora tengo tres mujeres”. Y yo digo: “No es eso, no es eso”. Y otro me dice: “Si vieras que me entré en un negocio buenísimo y me gané dos millones”.

Y yo digo: “No es eso, no es eso”. Ese es el Adviento. El Adviento es descubrir: “No es eso, no es eso, no es más dinero, no es más placer, no, no eso, es algo distinto”.

Ese día descubro: “Me hiciste, Señor, para ti y sin ti jamás seré feliz”. Y por eso salgo al encuentro de Él, por eso se llama una gracia. Descubrir eso, podría no haberlo descubierto, pero el Espíritu de Dios, en un misterio que yo jamás podré descifrar me amó tanto, se entró en mí y me permitió proclamar con mis labios y creer en mi corazón que Jesús es el Señor, y eso me salvó. ¡Bendito sea el Señor, bendito sea Dios!

Bueno, pero habíamos dicho que eran dos enseñanzas las que había que sacar cuando mirábamos el tiempo, porque San Pablo dijo: “Tengan en cuenta en qué tiempo vivimos” Carta a los Romanos 13,11.

Son dos, una es “la gracia, es una gracia lo que me ha sucedido”. La segunda consecuencia o enseñanza es muy sencillita también. Si es una gracia, la gracia es, como lo indica su nombre, un regalo; si es un regalo, ni se compra, ni se vende, ni se impone a los demás.

Nosotros, como tocados, acariciados, besados por el amor de Dios, mimados por el amor de Dios, lo que tenemos que hacer es mostrar con nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, mostrar con nuestras manos obras de justicia, mostrar en nuestras palabras el Evangelio de la verdad.

Mostrar, mostrar. Dios tendrá su hora para los pueblos, para las gentes, para las familias. Dios sabrá cuándo convierte. No es nuestra tarea imponer a nadie nada; nuestra tarea es ofrecer, pero ofrecer con una belleza tal, con una caridad, humildad y pureza tales, que todas las armas del enemigo sean quebrantadas.

Por eso nos dice San Pablo en algún lugar, que nuestra conducta sea "irreprensible" 1 Tesalonicenses 3,13. Y San Pedro dice: “Para que en aquello mismo que nos critican tengan que reconocer su error" 2 San Pedro 2,20

Nuestra conducta ha de ser desinteresada, pura, generosa, humilde, amorosa, alegre; de manera tal que cualquier burla que se haga del Evangelio, tenga que quedar con la boca tapada; de manera tal que los que critican la obra de Dios en su Iglesia, tengan que cerrar el pico; de manera tal que el anuncio de la gracia alcance hasta el último rincón de la tierra.

Si obramos así, si llevamos así la luz del Señor, nosotros, nosotros mismos vamos a ser como instrumentos del amor del Padre para que muchos más sean atraídos hacia Jesucristo.

Hermanos míos, al terminar estos días santos, estos días bellos de encuentro, de reflexión, de oración, de alabanza, de fraternidad, también de dificultades, yo sé que hay dificultades, y hay limitaciones humanas; acabamos de hacer una oración pidiendo perdón por las personas que no entendieron la hospitalidad y no sé. Bueno, sí, tenemos una cantidad de limitaciones humanas y hay que ser humildes y ser realistas en eso.

Pero al término de estos días yo pienso que el balance es muy hermoso; yo pienso que al término de estos días tenemos mucho que agradecer al Señor.

¿Hay alguno que tenga algo que agradecer al Señor, que quiera levantar la mano? ¿Alguno que tenga algo que agradecerle al Señor? Mire, siempre hay algunos, siempre hay bastantes manos levantadas, o sea que el Señor estuvo grande con nosotros ¿cierto? Estuvo grande el señor con nosotros.

Al término de estos días, hermanos, nos queda un mensaje muy claro: la tarea apenas empieza. Qué hermoso que este XXV encuentro de la Mansión culmina en la espera gozosa de Jesús, para que nosotros tengamos que testificar, para que nosotros llevemos a todas las naciones, llevemos estas palabras de gracia y de verdad.

Para que nosotros entendamos que la tarea apenas empieza, hermanos, y que si llevamos en nuestro rostro, en nuestro corazón, en nuestras manos y en nuestras palabras a Jesús, se multiplicará la obra de la gracia y muchos comprenderán que la visión de la primera lectura no era una fábula.

“Convertirán sus espadas en arados, convertirán sus lanzas en podaderas, y ningún pueblo tomará armas contra otro, y ya nadie se preparará para la guerra” Isaías 2,4

Amén.