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Fecha: 19951203

Título: La vida cristiana es la vida de Cristo realizada en nosotros.

Original en audio: 9 min. 57 seg.


Queridos Hermanos:

La Palabra de Dios va acompañando nuestro camino. Preguntémonos al comienzo de este Año Litúrgico, de este que se trata del primer domingo de Adviento, preguntémonos al iniciar este Adviento, ¿qué es la vida cristiana? La vida cristiana es la vida de Cristo realizada en nosotros. ¿Eso cómo es posible?

Sucede porque Dios, por los méritos de Cristo y la oración de Cristo y por el cuerpo de Cristo, Dios Padre nos envía por Cristo, El Espíritu Santo. Ese Espíritu santo realiza su obra en nosotros, y así cada uno de nosotros encuentra en Cristo su propio modelo y sin embargo, nosotros no somos fotocopia de Él.

Él es Él, y cada uno de nosotros es cada uno; sin embargo, Cristo se convierte en el modelo de cada uno, y Cristo realiza su obra en todos y en cada uno.

Realiza esa obra comunicándonos su Espíritu Santo, de modo que el Espíritu renovando nuestro interior nos concede tener los pensamientos de Jesús, nos concede tener sus mismos afectos y concede así que nuestra mirada reconozca el paso de Dios en la historia y que nosotros mismos llevemos esa historia a su consumación.

Esta es la vida cristiana; esta vida cristiana se realiza a través de un camino, se realiza a través de un proceso. Hay momentos fuertes del encuentro con Dios; por ejemplo, el sagrado Bautismo y fundamentalmente ese, el Bautismo.

A través del Bautismo se aplican a nosotros los méritos infinitos del amor de Cristo en la cruz y la gloria infinita de Cristo resucitado; este es un momento fuerte, pero la realización del plan de Dios en nosotros es un camino, no sucede instantáneamente.

¿Por qué no sucede instantáneamente? ¿Por qué Dios ha querido que nuestra vida sea un camino? Por una razón muy sencilla: si Dios nos transformara en un instante nosotros no tendríamos actos de nuestra voluntad para acoger esa salvación y para llevarla a su plenitud.

Desde luego que Dios podría salvarnos como costales; Dios podría cogernos como un cargador que se echa al hombro un costal y atraviesa el puente y lo descarga en el buque y estuvo salvado el cristiano. Así nos puede salvar y quizá haya personas salvadas así.

Pero Dios no quiere que sea esa la obra de la salvación en nosotros, porque Él precisamente nos creó con un pensamiento y nos creó con una voluntad; y ese entendimiento y esa voluntad sólo se realizan temporalmente.

Entonces son los actos sucesivos de nuestra voluntad de acuerdo con el ser creatural que Dios nos ha otorgado, son los actos sucesivos de nuestra voluntad los que van desplegando la fuerza de la salvación de Dios.

Aquí puede servir una comparación: imagínese que muere un hombre muy adinerado, un gran empresario; el hombre más genial para los negocios, ha amasado una cuantiosa fortuna y hay muchos proyectos que están en marcha en sus fábricas y en sus empresas.

Este hombre deja todo en herencia a sus hijos, pero supongamos que el día en que el abogado le comunica al hijo: “tú has recibido la herencia más grande que pueda soñar humano alguno”; en el momento en que el abogado le comunica al hijo: “tú vas a recibir la herencia”; ese mismo día el muchacho en un accidente se murió.

Cuando se murió, evidentemente, la plata era suya, y los proyectos de desarrollo estaban en sus manos, pero no alcanzó a hacer nada, no hizo nada, no disfrutó esa herencia, no llevó a cabo esas posibilidades.

De alguna manera algo semejante es lo que sucede en nuestra vida cristiana; tú tienes que mostrar qué es lo que vas a hacer con ese Espíritu que Dios te da, o mejor, Dios muestra cuál es ese Espíritu en el caminito; en el camino se ve.

Quizás este muchacho no se muera el día que recibe la herencia sino que él recibe la herencia y la trabaja diez, quince, treinta años; ahí sí se ve si el hijo resultó ser digno de tal padre; ahí sí se ve si el hijo tiene talento propio, o si únicamente el del talento era el papá.

Lo mismo acontece con nuestra vida cristiana: Dios nos ha dado desde el Bautismo la efusión de su Espíritu, pero ese Espíritu muestra su poder en el caminito, en la historia, a través de la vida, a lo largo de los actos voluntarios que cada uno de nosotros va realizando, singularmente con su capacidad de amar.

Esto explica por qué nosotros necesitamos ser acompañados por la Palabra de Dios: porque nosotros no hemos acabado de conocer a Dios, porque nosotros no hemos terminado de conocer a Jesús.

Le doy otra comparación: suponga que va a entrar en la selva y a usted le dan un libro más o menos grueso, con indicaciones para defenderse en medio de la jungla; ahí hay enseñanzas, advertencias para el caso en el que le salga un leopardo o para el caso de un ataque de hormigas, o para el caso de una tempestad eléctrica, y tiene todo tipo de indicaciones; un libro gordo. Usted entra en la selva.

Cuando usted entra en la selva ese libro todavía no significa mucho para usted porque todavía no ha pasado ningún peligro. Dos años después lo entrevistan en un noticiero: “Cuéntenos, ¿cuál ha sido su mayor tesoro?”

Yo estoy seguro de que usted sacará ese libro y dirá: “Este ha sido mi mayor tesoro, porque cuando me atacó el leopardo este libro me había enseñado qué tenía que hacer, y cuando vino la tempestad eléctrica, y cuando nos atacaron las hormigas, este libro nos sacó adelante.”

Así también pasa con Cristo: nosotros no conocemos que buen defensor es Cristo sino en la medida en que Él precisamente nos va sacando a flote, nos va liberando, nos va sacando adelante. En la medida en que su Palabra nos va transformando, en la medida en que en cada circunstancia de nuestra vida descubrimos: Él es mi Señor, Él es mi Salvador.

Y por eso la Iglesia nunca tiene agarrado a Cristo como usted puede agarrar un manojo de billetes o como usted puede agarrar, qué sé yo, una flor. Ni la belleza, ni el poder, ni la riqueza de esta Tierra se parecen a la belleza, el poder y la riqueza de Jesucristo.

Porque a Cristo nunca lo tenemos totalmente agarrado, y por eso es constitutivo de la Iglesia, del ser mismo de la Iglesia, el estar siempre aprendiendo a Cristo, siempre conociendo a Cristo, en este sentido podemos decir que la Iglesia, mientras esté en esta tierra, mientras sea Iglesia peregrina, sea Iglesia en Adviento.

La Iglesia siempre es Adviento, siempre tiene que esperar esa plenitud de salvación que apenas se ha iniciado, apenas ha empezado a realizarse en ella.

Durante este tiempo de adviento que hoy comenzamos reflexionemos en estas palabras: la Iglesia, cada uno de nosotros es adviento. Nosotros sólo conoceremos a Cristo en la medida en que Él vaya mostrando toda su fuerza, todo su pode ren nuestras vidas.

Pues bien, para que nosotros no lo olvidáramos, la Iglesia en su sabiduría ha dispuesto que haya este tiempo de adviento: para que nos acordemos, para que todos recordemos que ese Cristo nos está haciendo falta, que sin Él nada somos, que no hemos terminado de conocerlo.

Sigamos nuestra celebración eucarística. También a nosotros se nos dice como al profeta Elías: “Levántate y come que el camine es superior a tus fuerzas; aliméntate bien, come bien, aliméntate de Cristo, escucha con hambre y con atención la Palabra de Dios, porque el camino es largo, es superior a tus fuerzas, pero con este alimento llegarás hasta la meta”.

Así lo conceda Dios en su bondad.

Amén.