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Fecha: 20090410

Título: Jesucristo es el embajador del Padre en la tierra, y es nuestro humilde y muy digno embajador en los cielos.

Original en audio: 8 min. 17 seg.


Es terrible la incomodidad de la cruz. Los romanos, y también otras culturas antiguas, inventaron esta clase de suplicio como un modo de matar torturando, un modo también de matar dejando un ejemplo, sentando un precedente, para que nadie se atreviera a repetir los crímenes que de tal modo eran castigados.

Sabemos que en el Imperio Romano, por ejemplo, el suplicio de la cruz estaba reservado para los esclavos, los esclavos rebeldes. En una sociedad que algunas veces contaba con un noventa por ciento de la población de esclavos, era absolutamente indispensable mantener un régimen de terror. Nada más pensemos, hermanos, lo que podía significar en una ciudad de cien mil habitantes, una sociedad que tenía noventa mil esclavos, imaginémonos qué podría suceder a los diez mil ciudadanos libres si esos otros noventa mil se levantaban insurrectos.

Por eso era necesario mantener un régimen de terror y de miedo, y cualquier revuelta de esclavos era castigada de modo ejemplar, sobre todo con la cruz. La cruz, suplicio terrible, es suplicio incómodo.

Este dato histórico nos ayuda a introducir un dato teológico: la cruz es incómoda también porque se encuentra entre la tierra y el cielo; y así esta Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, entre la tierra y el cielo, suspendido; y así está este Jesús, y podemos mirar su Humanidad como la expresión del lenguaje de Dios para nosotros, o podemos mirarlo como nuestro lenguaje hacia Dios.

Podemos tomar los ojos benditos y hermosos de Cristo y decir: "A través de esos ojos nos mira Dios", o podemos tomar esos ojos, ojos llorosos y decir: "Esos son nuestros ojos mirando al Padre". Podemos tomar los brazos de Cristo en la Cruz y decir: "Esos son los brazos de Dios que nos está acogiendo en el regazo", o podemos mirar esos brazos y decir: "Esos son mis brazos y tus brazos extendidos en oración, en súplica insistente.

Podemos mirar el corazón de Cristo y decir: "Así nos está amando Dios", o podemos mirar palpitar agitado, angustioso y decir: "Esos somos nosotros cuando padecemos nuestras grandes y graves dificultades".

Este es Jesucristo, este, al que estamos contemplando, es Jesucristo, es el enviado del Padre para nosotros, pero también es nuestro enviado para el Padre; es el embajador del Padre en la tierra, y es nuestro humilde y muy digno embajador en los cielos.

Con este criterio, qué hermoso meditar la quinta palabra: "Tengo sed" San Juan 19,28, porque entonces la sed de Cristo es la expresión de la sed misma de Dios, que ha venido a buscarnos, que pareciera necesitar de nosotros. Como el buen pastor de la parábola, este Cristo, embajador del Padre, recorre parajes oscuros y difíciles, buscando a sus ovejitas, que somos nosotros.

Pero este Cristo, en su incómoda posición, es también el embajador nuestro ante el Padre, y por eso la sed de la que Él habla es nuestra sed, nuestra sed profunda.

Cristo está diciendo "tengo sed" San Juan 19,28, y eso nos lo dice a nosotros para recordarnos cómo el Padre Celestial busca el bien de todos, empezando por los más pequeños y por los más olvidados.

Pero Cristo también está diciendo ese "tengo sed" San Juan 19,28, se lo está diciendo al Padre, y se lo está diciendo a nombre de todos nosotros, y no sólo de nosotros, a nombre de la creación entera que también padece sed. No podemos nosotros como cristianos, no podemos ser irresponsables con lo que está sucediendo en este planeta.

Y créanme, hermanos amados, que este grito de Cristo es hoy el grito de la naturaleza, cuando las fuentes de agua limpia se están acabando, cuando en tantos lugares hay crisis, verdaderas crisis en las cosechas por ese fenómeno que se llama "desertificación".

¿Sabemos acaso cómo se están perdiendo hectáreas, qué digo yo hectáreas, kilómetros cuadrados de selva cada día? ¿Sabemos cuántos metros están avanzando los desiertos, incluyendo el más grande de todos, el Sahara, cada día? La tierra entera también se muere de sed, y a nombre de la creación y a nombre de la humanidad Cristo grita: "Tengo sed" San Juan 19,28.

Ese grito estaba indicando una necesidad profunda de un cuerpo deshidratado después de la terrible flagelación, y había dos respuestas posibles, este es un dato interesante: Por una parte, había gente que acostumbraba darles a los crucificados una mezcla narcótica, una especie de anestésico primitivo hecho a base de mirra. Y los Evangelios nos cuentan que Cristo probó esta especie de narcótico, pero no quiso beberlo.

En cambio cuando dijo: "Tengo sed" San Juan 19,28, le pasaron la esponja humedecida en ese vinagre que no hace sino empeorar las cosas, y esta bebida, esta extraña bebida sí que la recibió Cristo.

Y aquí también hay una última lección para nosotros: la verdadera respuesta al dolor no es el escape del narcótico; la verdadera respuesta al dolor, la verdadera respuesta a la dureza de esta vida no el olvidarnos de los dolores emborrachándonos o drogándonos, no es experimentando placeres exóticos a un ritmo exacerbado como quien quiere olvidarse que la vida es dura.

Cristo crucificado, Cristo sediento nos enseña que este no es el camino; narcotizarse, drogarse, emborracharse, huir, jamás será el camino del cristiano.

En cambio Jesús probó este vinagre, jesús aceptó esa dureza, la aceptó en la profunda resignación de su corazón, pero sobre todo la aceptó en la profunda obediencia al Padre, y ya sabemos cuál será el resultado: ya resucitado, este mismo Cristo que le vemos padecer sed llevará a su plenitud la palabra que Él pronunció: "El que crea en mí, de su interior brotará un manantial de agua que salta hasta la vida eterna" San Juan 4,13. Eso va para nosotros.

Creamos entonces en este Jesucristo, que aunque está sediento, da de beber; creamos en este Cristo, que aunque está tan solo, sabe acompañar; y este Cristo, que siendo tan triste, es nuestra única alegría.

A Él acudimos, a Él nos confiamos, y junto con Él decimos: "Tenemos sed, tenemos sed de Dios, tenemos sed del Dios vivo.