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Fecha: 20020329

Título: La sed de Cristo en la Cruz es la senal de un dolor que no se ve y que corresponde a la Pasion interior que El sufrio

Original en audio: 8 min. 26 seg.


Hay un refrán que dice: "Nadie sabe la sed con la que otro camina". Y entre los muchos significados que tiene la sed, uno es precisamente ése: la sed es la señal del dolor que no se ve.

Cristo no pidió nada cuando lo estaban azotando, no pidió nada para sí mismo cuando lo estaban crucificando, nada pidió cuando le hundían las espinas en sus sienes. En esos dolores que no se ven, nada pidió. Pero hay un dolor que no se ve. Y esta frase, perfectamente explicable por el desangre que padecía el Señor por los acontecimientos espantosos vividos en esas últimas horas de su vida, esa sed no solamente una necesidad interior fisiológica, esa sed es una puerta, podríamos decir, una puerta mística al dolor que no se ve.

Cómo es de importante, al recordar la Pasión del Señor, prestarle cuidado a esa Pasión interior. Porque podemos quedarnos en la Pasión exterior, que ya de hecho, pues nos dice tantas cosas; es decir, las Llagas, la Cruz misma, la Sangre, las espinas. Esa es la Pasión exterior, pero hay una Pasión interior, y parece que con esta palabra: "Tengo sed" San Juan 19,28, Cristo abre, discreta pero suficientemente, abre la puerta para que nosotros sepamos que esa Pasión, la que no se ve, también existe.

La Pasión invisible, la Pasión interior de Cristo es, de acuerdo con los que saben de estas cosas, infinitamente mayor que la Pasión exterior. Porque a Cristo le dolía no sólo lo que podemos ver nosotros de la psiquis humana, esa también sería como otra Pasión exterior.

Me refiero a esto: el verse traicionado de los amigos no es algo que se vea como una llaga, pero es algo que sí se ve si uno lee el Evangelio. Sentir que había perdido su tiempo y que estaba frustrado, es algo que tampoco se ve como se ven las espinas, pero es algo que podemos ver si leemos el Evangelio.

"Tengo sed" San Juan 19,28, es algo que sale de las entrañas de Cristo y es algo que nos invita a ahondar hasta el fondo, hasta donde sea posible en el misterio de Jesucristo, ir más allá de toda pasión exterior, de todo dolor que nosotros podamos entender para llegar al dolor que no podemos entender, hasta llegar al dolor que no podemos nombrar, un dolor que tenía que ver con ver a Dios ofendido, un dolor que tenía que ver con descubrir el abismo que separa a Dios de los hombres, un dolor que tiene que ver con ver la gloria de Dios empantanada, enfangada en nuestras miserias. Es ese dolor.

Y un dolor todavía más grande aún: hay algo tan profundo, que si yo lo pudiera descubrir y lo pudiera nombrar lo diría, pero no puedo porque me supera, yo creo que nos supera a todos, desde luego. Es el dolor de entender, es el dolor de descubrir el precio que hay que pagar. Es que a Jesús le dolía que sus Padre tuviera que desprenderse de Él.

San Juan dice en el capítulo tercero: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único" San Juan 3,16. Ese dar al Hijo único, ese esa es una manifestación de un amor sin límites, y esa parte nos alegra mucho, pero que ese tenga que ser el remedio, ¿qué creen ustedes que indica sobre el estado del mundo? ¿Qué creen ustedes que indica sobre la dureza del alma humana? Por allá, por esos lados está la fe profunda de Cristo, por allá va el dolor de Él ante la perspectiva de ver el cáliz cuando oraba y lloraba en Getsemaní. Son esos descubrimientos, son esas revelaciones las que torturan el corazón de Jesús.

Y desde luego está el drama de la soledad. Yo creo que podemos inscribir dentro los misterios de esta fe, el drama de la soledad. Jesús pidió muy pocas cosas, a la samaritana le pidió precisamente agua, ¿qué más pidió Cristo? Uno pasa páginas del Evangelio en su mente y no recuerda muchas cosas que cristo haya pedido; pidió compañía, cuando llegó el momento de la oración final, pidió compañía.

Hasta donde me da la memoria en este momento, yo no recuerdo sino que Cristo haya pedido agua y compañía, nada más. Compañía que no es tener a alguien, compañía que es ver la realización, sentir la llega del Reino, sentir la acogida del Reino, entrar en diálogo, entrar en comunión, es la palabra, entrar en comunión con otros.

A mí me duele mucho pensar que Cristo se fue de esta tierra sin encontrar plenamente esa comunión, salvo seguramente, en la relación de fe y amor con María. No encontrar esa comunión, no es simplemente el tener amiguitos o tener amiguitas, es encontrar la comunión. Esa compañía que pide Cristo en el momento de la oración, es la búsqueda de la comunión, lo que tendremos en el cielo, el ser uno, el compartir una misma herencia, el poder hablar el mismo lenguaje, el ser movidos por un mismo Espíritu, eso lo pidió Cristo, y no lo encontró en ese momento.

Sed y comunión, se parecen mucho, fueron las únicas súplicas de Cristo en esta tierra. Y se fue sin que le calmaran esa sed, porque sabemos lo que pasó: le acercaron fue vinagre; se fue sin que le calmaran esa sed, porque esa sed no se podía calmar en este mundo, en este siglo.

En el banquete, más allá de esta historia, esa sed se podrá saciar completamente, cuando haya esa plenitud de comunión de todos en Dios.