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Fecha: 20090410

Título: Pidamos a Jesucristo que nos regale el don de orar al Padre como El lo hizo en el momento de su crucifixion

Original en audio: 7 min. 3 seg.


Hermanos:

Cuando nos reunimos en esta noche solemne para meditar en las últimas palabras de Cristo, debemos preguntarnos con qué espíritu y con qué corazón vamos a escuchar lo que nos tiene que decir el Señor.

Y por supuesto la única respuesta es: hemos de escuchar a Cristo, sus palabras, con el mismo amor con que Él las pronunció; hemos de recibirlas con el mismo espíritu, con la misma ternura, con la misma delicadeza con que salieron de sus labios.

Tengamos en cuenta siempre, mis hermanos, que la Carne bendita de Nuestro Señor Jesucristo, aún martirizada en la Pasión, era el instrumento precioso de nuestra redención, como dice alguno de los Padres de la Iglesia, "era la lira del Espíritu Santo".

Y en esa Carne y a través de esa Carne, en esa voz y a través de esa voz, es dios mismo quien nos está enseñando no solamente cómo vivir, sino también cómo morir.

Llamamos a Cristo, y con toda razón, "Nuestro Divino Maestro"; si así le llamamos, tenemos que reconocernos discípulos suyos y estar dispuestos a aprender las lecciones que este Maestro lleno de sabiduría y de bondad tiene para darnos.

Entre esa lecciones las más importantes son las que han de definir nuestra eternidad; de poco valdría tener negocios exitosos en esta tierra, llenar nuestras arcas de dinero, o recibir el aplauso de muchos sobre esta tierra, si al final la muerte ha de arrebatarnos todo.

Únicamente, el que sepa enseñarnos cómo morir, merece el título de "Rabí", el título supremos de Maestro, y este es Cristo.

Cada una de estas siete palabras pertenece al testamento de Nuestro Señor Jesucristo, y todos sabemos para qué sirve un testamento: es la expresión de la voluntad de una persona, es el tesoro que quiere que quede en medio de sus herederos, es aquello que considera más durable, lo más permanente y también lo más valioso.

Siete joyas preciosas, siete palabras de Cristo y entre ellas la primera, que es una invitación a que nosotros aprendamos a perdonar y es una súplica al Padre para que perdone.

Sobre todo, nos llama la atención esa palabra, la palabra "Padre". Toda la Pasión, todo el sufrimiento que cayó sobre el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, todo ese sufrimiento parecía tener un único propósito: arrancarle, despojarle de todo rastro de humanidad. Todo ese dolor, todas esas humillaciones, hasta el punto que como había dicho el profeta Isaías,y lo hemos repetido ya hoy, Cristo ni siquiera parecía humano.

Pues incluso en ese punto, cuando no parece humano, Él sigue siendo el Hijo amado del Padre, Él sigue siendo el maestro de la oración, Él sigue siendo la voz de la humanidad entera que en su dolor, no tiene otro consuelo sino levantar los ojos al cielo.

Bien nos enseña Cristo que tenemos que conservar esta palabra y esta invocación en nuestros labios, incluso cuando llegue la peor de las desgracias, la injusticia más grande, el dolor más penetrante. Así como su carne fue penetrada por esos clavos, así como su alma fue herida por la traición y por el abandono, así también nosotros a veces padecemos sin llegar a entender.

Pues bien, mis hermanos, lo más importante no es la razón, lo más importante, nos lo enseña Cristo, es el corazón, y dentro del corazón lo más importante es ese santuario en que el alma puede levantarse y puede orar.

Le han quitado todo: le arrancan las vestiduras, como le han arrancado jirones de carne con cada latigazo, y sin embargo no le pueden quitar al Padre, y sin embargo no le pueden quitar el corazón lleno de bondad, y sin embargo no le pueden arrancar la capacidad de amar, y sin embargo no le pueden arrancar, no le pueden quitar la capacidad de comprender a los mismos que se han mostrado incapaces de comprenderlo a Él.

Aprendamos, mis hermanos, de estos ejemplos que nos da nuestro Salvador, desde el comienzo en la hora solemne de su crucifixión; pero entendamos también que sólo con la gracia del Espíritu de Dios podremos nosotros acercarnos en algo a lo que tiene Cristo.

Está sin duda más allá de las fuerzas humanas poder pronunciar una oración por los enemigos, está más allá de nuestra capacidad orar por aquellos que nos persiguen, y sin embargo eso nos mandó Cristo; nos lo ordenó, no porque desconociera lo difícil que es, sino porque Él mismo iba a estar dispuesto a otorgarnos la gracia para hacerlo.

Supliquemos, hermanos, en esta Colombia, en este amado país que ha estado herido de tantas maneras, en este país que ha padecido división y violencia, asesinato y tortura y desaparición, roguemos para que este Espíritu, el Espíritu del Nazareno haga posible esta oración en muchos corazones.

"Padre, perdónalos" San Lucas 23,34. Eso necesitamos, esa palabra necesitamos que se escuche en todos los ecos de nuestra Patria: necesitamos que los niños la aprendan desde pequeños en el senos del hogar, necesitamos que los esposos la puedan orar cuando surjan incomprensiones entre ellos, necesitamos que los gobernantes y todos aquellos que tienen poder o influencia sean maestros en el arte de la reconciliación, único camino posible hacia la paz.

¡Oh, Señor Jesucristo! Otórganos el don de orar como tú lo hiciste, y sea tu Nombre bendito por los siglos.

Amén.